Semana Santa
 

Llegaba la Semana Santa y había unas cortas vacaciones. Se esperaban con la alegría de quien va a estrenar. Eran los tiempos en que los trajes resistían meses y meses, y estrenar, un acontecimiento en la vida privada. Sobre todo, los zapatos. Como eran de confección nacional, y el estreno coincidía con la visita a los monumentos el Jueves Santo, al llegar la noche, después de haber recorrido seis o siete iglesias, quien estaba amansando calzado llegaba a casa, tiraba los zapatos nuevos y sentía un alivio enorme.

Recuerdo también aquel poema que recitaba en la noche del jueves Gustavito del Castillo, bohemio empedernido, con una tristeza infinita y que empezaba así: "Semana Santa y sin vestido nuevo...".

Las procesiones eran espléndidas. Ciudades y pueblos gastaban lo del año para rivalizar en este teatro que iba a ser la vitrina de su fervor religioso. Llegado el viernes, enmudecían en las casas los pianos, en las iglesias las imágenes quedaban cubiertas con telas moradas y sólo se oía doblar el toque de los bronces de campanario en campanario.

En Bogotá la Catedral se llenaba hasta no caber un alfiler más para oír el Sermón de las Siete Palabras de Monseñor Carrasquilla. Toda la noche del jueves se había trabajado en el arreglo de la Calle Real y la de Florián para las procesiones.

El viernes, la Real quedaba convertida en un tapiz de flores de aserrín que iba desde el pie del atrio de la Catedral hasta San Francisco, quedando cerrada la calle al tranvía de mulas, que ese día llegaba solo a la esquina de la calle 15 con calle de Florián.

Era entonces la Real más angosta que ahora. En todo el trayecto se tendían festones que iban de alero en alero sobre los balcones y, colgando de los festones, angostos estandartes que remataban en coronas de laurel a una cierta altura que no impidiera la circulación del cortejo.

Los balcones de las casas se vestían tendiendo tapices sobre las barandas y poniendo al pie angostos tapetes para no dejar a la vista de los curiosos que en los andenes irían a ver la procesión, las piernas de las niñas de la casa y de los visitantes.

En cada esquina se habían construido altares en que la nota predominante eran las materas con matitas de trigo recién nacido.

El Santo Sepulcro era un paso bellísimo. El ataúd estaba recubierto con chapas de carey y el baldaquín que lo cubría, sostenido por cuatro varas de plata, con techo de terciopelo y flecos de plata; lo recuerdo todavía como si lo hubiera visto ayer. Era un honor cargar el paso. En Popayán se heredaba de generación en generación el derecho a ser carguero. Los cargueros vestían traje de penitente, encapuchados, con los rostros cubiertos y apenas los agujeros para ver el camino. Custodiaban el Santo Sepulcro el gobernador, los ministros de Estado y otras autoridades.

Siguiendo el paso, venían los canónigos con unas colas de varios metros de largo y los monaguillos que las sostenían, con sus trajes morados y sus roquetes de encaje blanco. En seguida los colegios. Lo más espectacular del cortejo que alcancé a ver en mi remotísima juventud era el cuerpo de zapadores creado por el general Reyes. Estos obreros de la civilización llevaban un uniforme vistoso con morrales de cuero peludo y por armas picas y garlanchas. Nada de casco militar, sino un morrión también de cuero peludo como correspondía a quienes estaban destinados a trabajar en las carreteras y posiblemente en la selva. Tendría uno que recordar la suerte de los hermanos Reyes a quienes se habrían comido los indios antropófagos en la selva amazónica...

Pasada la procesión comenzaba un cierto desorden, porque la gente del pueblo agarraba las coronas de laurel que colgaban de los estandartes para ponérselas en el cuello a las beatas, mientras todos volvían a las casas a consumir el tardío almuerzo de bagre salado que llegaba del Magdalena y cerraba el Viernes Santo, haciéndolo inolvidable.

El regreso a la Catedral con la procesión del Resucitado cerraba la Semana Santa, cubriendo a Bogotá con repiques de campanas. Entre el viernes y el sábado, todo era el ruido de las matracas. El paso del bronce a la madera le daba un toque único a la vida bogotana. Dejar los trajes negros y vestir de color era como pasar de la noche al día, del invierno a la primavera, en un cambio repentino de la luz. Había que ver lo provinciano que era Bogotá y el papel que jugaban los campanarios en su vida diaria. Era como pasar del silencio a la risa y la alegría. Cambiaban el clima y la voz de las campanas.

 

El Tiempo, jueves 4 de abril de 1996, p. 5A.

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