El Windsor
 

Una estudiosa alemana, Brigitte Köning, que está escribiendo sobre los cafés literarios, ha venido a entrevistarme sobre lo que fue en Bogotá el Windsor.

En ese pequeño trozo de Bogotá, en el corazón de lo que fue para nosotros la ciudad, aparecieron, como borradas entre el humo que hacía casi irrespirable la atmósfera, toda la poesía, el chisme y la crónica en que se ambientaba la política y nacía la nueva poesía de la Colombia de entonces.

Fue el Windsor para nosotros lo que el atrio de la Catedral para los que hacían la política en el siglo pasado, paseándose de la esquina de "la botella de oro" la  tienda de licores en la calle 10 a la de la Catedral, en la 11.

Se sabían los cuentos de la vida diaria y se conocían poemas que irían a cambiar el tono de la literatura colombiana. Mientras en la Calle Real y en la 13 llovía, y siempre estaba lloviendo, en el Windsor oíamos sonetos y sabíamos los enredos del partido liberal.

Nos apretujábamos sentados de a seis en las mesitas que eran para cuatro, y hacía prodigios el sirviente que pasaba los vasos del espumante sifón para distribuirlo sin derramarlo. En un tiempo en que todos usábamos sombrero no habría en el Windsor dónde colgar los de la clientela. Ni se necesitaba.

Para eso estaban las cabezas. Siendo limitado el espacio, casi no había separación entre las sillas que ocupaban quienes negociaban ganado y trigo de Sogamoso y los poetas que se comunicaban sonetos y baladas. Leo Le Gris, Rendón, Luis Tejada cubrían más espacio con sus chambergos, y boyacenses y cundinamarqueses se contentaban con el espacio de los borsalinos.

Como la lluvia obligaba a buscar refugio en el café, no era fácil encontrar mesa libre. A medida que avanzaba la tarde, iban saliendo los hacendados y crecía el número de los poetas. Es conmovedor recordar cómo, en medio de esa atmósfera, vinimos a conocer arietas tan delicadas como "Las manos atormentadas / de las dulces prometidas / son dos palomas aladas / son dos palomas heridas"/. O la inolvidable "Esta mujer es una urna / llena de místico perfume / como Anabel, como Ulalume /. Para mi alma taciturna / por el dolor que la consume / esta mujer es una urna / llena de místico perfume".

Cuando Gregorio Castañeda Aragón llegó de Santa Marta, nos situamos con él en una mesita del Windsor con vista a la calle. Era tímido y conservó siempre el aire del hombre que llega de un mar que nos era a todos desconocido.

León había escrito la Balada del Mar no Visto con toda la nostalgia del marino condenado a vivir en el corazón de la montaña oyendo los relatos de sus abuelos, llegados del Báltico o del Mar del Norte.

Castañeda Aragón llegaba de Santa Marta, traía impregnadas sus ropas del yodo y la sal que corren por la brisa. Lo oíamos como se oyen los cuentos de Simbad. Y así como conocimos el mar desde el Windsor, las historias de las montañas de Santander, o los misteriosos relatos de Ipiales y Pasto, traídos al café con un lenguaje en tono menor que le daba el colorido de la frontera ecuatoriana.

Yo recuerdo el Windsor no con el estrépito de las alegres comadres inglesas sino con un melancólico regreso a la juventud. La Calle Real fue ensanchándose, perdió su nombre, se llamó la carrera 7ª, la tertulia se llevó al "Automático" y el café irrespirable desapareció.

No quedaron sino el humo y la ceniza. Los hombres fueron dejando el sombrero y la cabeza dejó de perder ese empleo que la hacía entonces tan útil para muchos hombres. Todo el primer mamotreto de las tergiversaciones de Leo Le Gris lo conocimos nosotros en el Windsor. Toda la poesía de Castañeda Aragón. Todas las crónicas de Luis Tejada. No había entonces sino El Tiempo y El Espectador. Ni Eduardo Santos ni Luis Cano conocieron el café.

Esa era una provincia totalmente nuestra. Se llegaba de Medellín, de Santa Marta, de Pasto, directamente al Windsor. Y en el Windsor se tramaban todas las conspiraciones, los enredos y del Windsor salían los libros y en el Windsor nacían y morían las ilusiones.

Rendón se quitó la vida en La Gran Vía. Nunca lo hubiera hecho en el Windsor. Del Windsor a La Gran Vía había un siglo y seis cuadras de distancia. León dijo: "Señora muerte que se va llevando / todo lo bueno que en nosotros topa"...

Lo del Windsor no se repetirá jamás. Ni tiene nada que ver con los cafés de París o de Viena. Es el café de los hombres solos que no se quitan el sombrero y recitan sonetos, consumiendo tinto o sifón, mientras en la calle rueda el tranvía de mulas, sube el partido liberal y, para no romper la costumbre bogotana, llueve a cántaros y se muere de frío.

 

El Tiempo, jueves 28 de marzo de 1996, p. 5A.

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