CAPITULO V



Las conferencias de D. Salvador con el doctor Zaldívar eran tan frecuentes cuanto lo permitía la delicada situación del primero.

Cierto día estaba el doctor recapacitando, como muchísimas otras veces lo hiciera, sobre lo posible y aun verosímil de que D. Salvador hubiera recibido el pliego que contenía los valores remitidos por Centeno, y de que aquél, merced á su atropellamiento y á su exaltación crónica, lo hubiese dejado perder, á lo menos traspapelarse.

En tal sazón se le presentó en su casa aquel doctor Estévez de quien, aunque muy de paso, tenemos hecha mención, y éste empezó á hablar de sus cuentas con el señor Ocampo, que hasta esa fecha estaban pendientes.

Esto trajo á la memoria del abogado lo que en el cuarto de D. Salvador había ocurrido aquel día en que vimos extendidos y abiertos sobre el bufete los libros del mismo D. Salvador. Tras esto se acordó de que, en esa propia coyuntura, la entrada de D. Longobardo Mujica había interrumpido el trabajo.

Concibiendo ahora más esperanza que otras veces de poder llevar á buen término el más enfadoso de los asuntos que atediaban á D. Salvador y con que D. Salvador lo hostigaba á él, determinó abordar la cuestión sobre que cavilaba cuando la visita del doctor Estévez.

El día que escogió para ello, encontró á su intratable cliente un tanto blando y conversable, gracias al abatimiento causado por su dolencia.

Insinuóle con toda la maña posible cómo podía suceder que en efecto hubiese recibido los valores aquellos, origen de tántos sinsabores.

El señor Ocampo se sulfuró un poco al oír tales razones; pero como, al tratar de rebatirlas, buscó inúltilmente otras de algún peso que alegar, vino á convenir, si bien tácitamente y muy á pesar suyo, en que la cosa no era del todo imposible.

- Haga usted memoria, le dijo Zaldívar. Aseguran que fue su compadre D. Longobardo Mujica quien debió entregarle los valores. Recuerde usted en qué ocasiones lo ha visto ó se ha comunicado con él.

- Ah, las tengo muy presentes, y tengo muy presente qué ha sido lo que hemos tratado desde que este maldito asunto empezó á atormentarme. Puedo decir que desde entonces no he hablado con él sino de aquella condenada empresa que se nos frustró.

- Sí, sí. Yo estaba presente, estaba aquí mismo la primera vez que le dio á usted malas noticias sobre ese particular.

- Así fue: aquí estaba usted.

- Pero es fácil que en esa ocasión ó en otra, antes ó después de hablar de eso, le haya entregado á usted cualquier cosa, y que usted, enfrascado en lo de esa empresa., lo haya olvidado.

- Usted sabe que á mí no se me olvidan las cosas, y que siempre he sido muy arreglado en lo que mira á los negocios.

- Lo sé; pero á veces sucede que lo vivo del interés con que se mira una cosa, nos aparta la atención de otras menos importantes.

D. Salvador se quedó pensativo. El doctor Zaldívar encendió un cigarro y se puso á dar paseos á lo largo de la pieza Habiendo en uno de ellos fijado la vista en los libros de cuentas de Ocampo, meditó un rato y dijo:

- ¿Usted recuerda de qué estábamos tratando el día que vi aquí á su compadre?

- No.

- Yo sí. Estábamos examinando aquella liquidación de intereses presentada por el doctor Estévez.

- Cabal, cabal.

- Usted tenía extendidos y abiertos sobre su bufete todos estos libros de cuentas.

- Lo recuerdo perfectamente.

- Si ese día su compadre le hubiera entregado lo que dicen, y usted, embebido como estaba en lo que los dos hablábamos y en la noticia que recibió, lo hubiera dejado entre los libros ...

- No lo crea usted. Yo soy muy arreglado.

- Pero nada se perdería si buscáramos un poco.

Retiróse luégo el doctor Zaldívar, no sin haberle arrancado á D. Salvador la promesa de hacer buscar el pliego entre los libros de cuentas.

Aunque de mala gana, ordenó el señor Ocampo á su hija que, con ayuda de una criada, cumpliese lo que él había prometido.

Sacáronse todos los libros. Los anaqueles del escritorio quedaron despejados; por ellos corría una que otra araña, y Matilde se aprovechó de la ocasión para desempolvarlos y para desempolvar los libros.

El pliego no pareció.

 

Ahora entra en escena el doctor Estéves Estaba él interesadísimo en ultimar el ajuste de sus cuentas, é instó por su arreglo.

Las tales cuentas estaban muy embrolladas; ya era inminente un pleito, y el doctor Zaldívar vio la necesidad de estudiar de nuevo el asunto en los libros de Ocampo. Hé aquí porqué, cierto día, hallámos reproducida la escena en que vimos á los dos sujetos examinando los libros de cuentas.

Al hojearlos, iba dando el doctor con papeles sueltos metidos entre sus folios: obligaciones canceladas, cartas abiertas, borradores, recibos antiguos, esquelas impresas en cuyo dorso se habían hecho operaciones aritméticas, y otros pedazos de papel en que se había hecho lo mismo.

Súbitamente, tomó el doctor algo que había encontrado entre dos hojas de uno de los libros Era un pliego cerrado y abultado, con este sobrescrito: "Al señor D. Salvador Ocampo. -Bogotá. En la esquina inferior, á la izquierda, se leía: "Atención del señor D. Longobardo Mujica."

El doctor Zaldívar se guardó el pliego en el bolsillo del pecho, y con una risita muy pícara y señalando el bolsillo, dijo á D.
Salvador:

- ¿Cuánto me da usted por este papel que acabo de encontrar entre los inútiles?

A D. Salvador se le saltaban los ojos, y las manos le temblaban. La voz la tenía embargada.

El doctor rompió la cubierta. Esta contenía documentos de crédito contra la Nación, por valor de siete mil seiscientos pesos.

Matilde y la criada habían buscado el pliego entre volumen y volumen, cuando lo que se necesitaba era buscar entre hoja y hoja.

- Y ahora me acuerdo, dijo el doctor Zaldívar cuando hubo leído en voz alta una carta remisoria de los documentos, y pasado la vista por varios de éstos; ahora me acuerdo de que su compadre le entregó á usted algo que usted puso luégo como registro en uno de los libros.

- Pues yo no me acuerdo de nada, fue lo primero que dijo D. Salvador. ¿Y ahora qué hacemos?, añadió después.

- Lo primero que hacemos es llamar á esa niña y contarle lo que acaba de suceder. Luégo veremos.

- ¿A qué niña?

- A su hija de usted, que ha sido una mártir. Usted no sabe qué tesoro tiene, ni lo que ella ha hecho ni lo que ha padecido.

- Vamos. Yo pensaba que usted no la conocía.

- Y mejor que usted.

Y saliendo al corredor, topó con una criada, á la que dio orden de llamar á Matilde.

Matilde se presentó toda turbada: una conferencia con el doctor Zaldívar era ya para ella cosa corriente; pero una conferencia con el doctor Zaldívar y con D. Salvador, tenía sus bemoles.

La escena pudo ser dramática y sentimental: Matilde, enterada del descubrimiento, se enterneció, abrazó á su padre y dirigió al abogado una mirada que contenía una oda eucarística completa; pero el doctor Zaldívar, con ser la benevolencia misma, no era para escenas; y D. Salvador no puso en aquella coyuntura su conato sino en explicar cómo, á pesar del traspapelamiento del pliego, él nunca se había distraído ni olvidado de cosa al gana. Al principio no se había hecho alto sino en las consecuencias favorables del hallazgo; pero cuando hubieron pasado las primeras impresiones, se miró la cosa por su lado oscuro.

Cliente y abogado abordaron la gran cuestión: Entregar su dinero á Honorio era confesar el yerro; y confesar el yerro era exponerse á que la gente pensara que D. Salvador había intentado alzarse con la suma, y que no había mudado de propósito sino al verse amenazado por una causa criminal. Entregar la suma era cosa ineludible; el doctor Zaldívar opinó que no debía dejarse pasar una hora sin cumplir con ese deber, y quedó autorizado para entenderse incontinenti con Honorio Delvalle. Dado este primer paso, luégo se vería de arreglar el asunto lo menos mal posible.

- ¿Qué me das de albricias?, dijo el doctor Zaldívar á Honorio.

- ¡Albricias! ¿Y qué buena noticia me trae usted?

- ¡Poca cosa! Que tu plata pareció en poder de D. Salvador. Enterado Delvalle de los pormeores del suceso.

- Crea usted, dijo al abogado, que más me alegro por haberme justificado con el señor Ocampo, que por las demás conveniencias que esto me proporciona.

- Aquí tiene usted los valores enviados á usted por Centeno, por conducto de Ocampo. Pero, ante todas cosas, tenemos que ver cómo ponemos á cubierto la reputación de D. Salvador.

- Estoy dispuesto á, hacer lo que usted ordene.

- Yo puedo declarar sobre el asunto, y si fuera menester, haría una publicación. Pero el testimonio de un solo testigo ...

- El de usted vale por el de veinte testigos.

- Así lo cree usted; pero el público maldiciente no suelta con facilidad la presa que ha cogido.

- ¿Sabe usted lo que me ocurre?

- ¿Que?

- Yo declarar que la equivocación, ó el descuido, ó ... en fin, la culpa de lo que ha pasado, ha sido mía.

- Ajá: la misma invención de que hablaste el otro día. ¿Pero no ves que entonces eres tú quien cae en nota? No nos es lícito privarnos de nuestra reputación, como no lo es privarnos de la vida. Los menos malignos dirán que tú, por un descuido injustificable, has perjudicado terriblemente á un hombre de tanto respeto como D. Salvador.

- Pero, dígame usted: si es permitido dar la vida por alguno, ¿no lo será dar nuestra fama por la de otro? ... Con tal que D. Salvador quede disculpado y satisfecho, no me importa lo que digan ... Sólo me atormentaría el que pensara mal de mí una persona.

- ¿Y se puede saber qué persona es esa?

Honorio, sonrojadísirno y titubeando, contestó:

- Es ... es la señorita, hija del señor Ocampo.

- ¡Acabáramos!... Tu discípula ... Por ese lado no hay que temer. Esa señorita conoce la cosa por sus cabales.

Esto lo dijo el doctor mirando fijamente á Honorio con una risita y una sorna que convirtieron las mejillas del joven en una ascua.

- En fin, continuó el doctor Zaldívar, el asunto es peliagudo. Piénsa en él despacio, y más tarde hablaremos.

- No, señor, mi resolución está tomada.

- ¡Hombre!, dijo el viejo., poniéndole á Honorio la mano en el hombro, tú haces una cosa muy bien hecha, y vas á ganarte la voluntad de aquel abuelo. La de la niña ya como que la tienes ganada, y puede que con esto se arregle más de un asunto.

 

D. Salvador, con todas sus roñas, como al fin y al cabo era hombre bien nacido, no se mostró incapaz de apreciar la generosa acción de Honorio. Con lo cual, y con sentir en su conciencia un buen escozor recordando cuánto y cuán injustamente lo había ultrajado, fue dócil á las persuasiones con que el doctor Zaldívar trató de inclinarlo á ofrecerle á Delvalle algún desquite.

- Ninguno mejor, le dijo el abogado, que volver á abrirle á ese joven las puertas de su casa.

- ¡Hum!, replicó D. Salvador, es que tengo para mí que ese joven tiene ciertas pretensiones que no me acomodan ... y esto de sus opiniones políticas ...

- Ya sé cuáles son las pretensiones de que usted habla. ¿Y qué hay de malo en que las tenga?

- ¿Qué hay de malo? ¿Pues no ve usted que es en él mucha presunción aspirar á casarse con mi hija?

- Convengo en que la señorita se lo merece todo; pero qué defectos halla usted en Delvalle?

- Pues defectos ... lo que se llama defectos, no le sabré decir á usted cuáles le encuentro; pero ...

- Es que usted nunca había pensado en que alguno pudiera venir á quitarle su niña. Usted no le habría puesto buena cara á ninguno que se hubiera presentado á pedírsela.

- Quién sabe, quién sabe.

- ¿Quiere usted que le diga lo que yo haría en el pellejo de usted?

- Vamos á ver.

- Yo deferiría al parecer de la interesada.

- ¿Eso haría usted? ¡Fiarse del juicio de una muchacha casquivana, en asunto de tánta monta!

- ¡Muchacha casqivana! ¿Qué pruebas ha dado de poco juicio?

- Pruebas ... pruebas ... qué sé yo ... Ustedes los legistas siempre han de estarlo mareando á uno con la cosa de las pruebas ... Y al fin y al cabo, ¿á usted le consta que Matilde le corresponde á ese ... á ese joven?

- Pues lo que es constarme ... yo no me atrevería á jurarlo; pero la cosa se puede averiguar muy fácilmente.

 

Quien, conociendo á Delvalle, hubiera oído, agazapado debajo de un mueble ó haciéndose invisible, las pláticas que, desde algunos días después del de la última del abogado con su cliente, solían seguir Honorio y Matilde en la casa de ésta ó en la de las Tellos, se habría quedado estupefacto oyéndole al pedagoguito aquel que parecía no saber discurrir sino sobre ciencias y artes, y eso superficial y tímidamente, expresiones de tánto fuego y de tánta ternura, que no habría poeta ni novelista que no se diera con un canto en los pechos si lograra ponerlas iguales en boca de sus personajes.

El lenguaje de una pasión como la de Honorio, dictado por la naturaleza, exento de artificio y de retóricas, pero enérgico y vivaz como la pasión misma, no puede ser imitado. Y menos puede serlo cuando la pasión que lo dicta arde en el pecho de un hombre, á un mismo tiempo cultivado y sencillo. Y menos todavía cuando la mujer que ha inspirado la pasión, la ha hecho mantener por mucho tiempo muda y refrenada por el respeto.

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