SEGUNDA PARTE



CAPITULO VIII



Vuelto á levantar el telón, aparece Matilde con dos niños, uno de tres años y otro de año y medio. El mayorcito se llama Salvador. Al otro habría sido razón bautizarlo Siervo de Dios; pero el delicado gusto de Matilde, que sólo á trágala perro, había admitido el Salvador, protestó contra el Siervo de Dios, é hizo que el niño fuera llamado Enrique.

D. Salvador Ocampo se encuentra un poco agravado: sus congestiones le han retentado bastante y tiene afectadísimo el corazón. Hallámoslo domeñado, avasallado, encadenado, por los dos nietecitos, que son unos luceros. ¡Quién diablo habría podido figurarse que aquel hombrón tan soberbio y tan díscolo había de dejarse reducir á servidumbre por dos cominillos á quienes podría aniquilar con uno solo de aquellos bufidos con que solía hacer temblar á cuantos lo rodeaban!

Dimas García Zorro, á fuerza de raposerías tinterillescas, ha logrado que su gran pleito con D. Salvador no quede del todo decidido; y constantemente, aunque, á lo somorgujo, ha tenido fijos los ojos en cuanto concierne á los intereses de su tío, á los de Honorio y á los de D. Siervo de Dios.

Así las cosas, sobrevino un acontecimiento que produjo general horror é indignación. Los cundinamarqueses no pueden haberlo olvidado, pues harto se habló de él y harto trataron de él los periódicos.

La nunca desmentida sobriedad de D. Siervo, su actividad, su costumbre de madrugar y la de acostarse temprano á fin de no gastar en alumbrado, habrían podido hacerlo llegar á los cien años; pero cada hombre sabe aparejarse su ruina, cuando no por los medios y causas que más de ordinario acaban con nosotros, por errores y desaciertos especiales.

D. Siervo con su avaricia se buscó su fin, y un fin desastrado.

Residía por temporadas en la casa de una de sus haciendas llamada Lomitas. Se rugía en la comarca que allí era donde tenía el baúl con las onzas, y él no desmentía este rumor sino con afectada desmaña, procurando confirmarlo. Esta era treta de que se valía para desorientar á los que pudieran concebir el designio de robarle. Cuando pernoctaba en la casa de Lomitas, no se hacía acompañar sino de dos perros y de un mozo llamado Pascual, que fingiendo candor y suma adhesión á su amo, se había ganado su confianza, pero que era de perrísimas entrañas.

Achaque común es en los avaros desconfiar de aquellos de quienes nada deberían temer y fiarse ciegamente en bribones.

Para mayor seguridad, D. Siervo al acostarse dejaba siempre á la mano un trabuco bien cargado.

Cierta noche que estaba pasando en la dicha casa de Lomitas, oyó eso de la una de la madrugada que empujaban con violencia la puerta de su aposento. "¿Quién es?" preguntó sobresaltado, y empezó á vestirse presurosamente. Los empellones á la puerta seguían, y él empezó á llamar á Pascual á grandes voces, sin recibir contestación.

Una de las tablas de la puerta había cedido, y se había formado un boquete. D. Siervo tomó el trabuco, y manejándolo como se manejan las escopetas, hizo fuego por la abertura, recibió en la cara la coz del arma, cayó de espaldas y se dio un fuerte golpe en el occipucio. Cuando los forajidos acabaron de forzar la puerta, penetraron en la estancia, que estaba oscura; y, guiándose por el ruido que hacía nuestro viejo al bregar por incorporarse, dieron con él y lo sujetaron. El, aunque aturdido por los dos golpes que acababa de sufrir, echó de ver muy bien de qué era de lo que se trataba; y, con plegarias las más innobles y las más fervorosas de cuantas el miedo puede sugerir, rogó por su vida. Pero sus opresores, desoyéndolo, empezaron á darle cuchilladas á tientas y le acribillaron todo el cuerpo. Cuando hubieron acertado á causarle heridas mortales y cerciorádose de que su víctima no había de volver á levantarse, buscaron el baúl. Dieron con uno, el único que allí había, y lo sacaron afuera á fin de aprovecharse, al registrarlo, de la luz de las estrellas.

En el baúl no había más que guiñapos tan viejos, que los ladrones tuvieron á bien dejarlos. De lo que había en la casa, lo único que les pareció de recibo fue el trabuco.

Los bandidos se habían conchabado con Pascual, quien oportunamente se había retirado llevándose los perros á sitio repuesto y distante.

Las autoridades no lograron nunca echarles el guante á los principales autores del atentado. Pascual estuvo á dos dedos de pagar por todos; pero al cabo tampoco la pagó. En Cundinamarca se conserva fresco el recuerdo del jurado en que se le absolvió por la consideración de que cualquier hombre puede verse precisado á levantarse, á salir y á retirarse á sitio repuesto, en altas horas de la noche; y por la de que los perros pudieron seguirlo sin que él los llamase, máxime cuando constaba, por ser de pública notoriedad, que D. Siervo nunca los había agasajado ofreciéndoles cosa de provecho sino cuando más algunos huesos mondos; y parecía probable que Pascual les hubiera inspirado más simpatía que su patrón.

 

La noticia del espantoso suceso vuela á Bogotá, y se divulga y llega á oídos de Honorio. Honorio corre desalado al teatro del crimen; pero no encuentra allí el cadáver de su padre. El cadáver está en el pueblo, y se está verificando el reconocimiento de peritos,

Honorio iba desatentadamente á penetrar en el fúnebre aposento y á atormentar sus ojos y su corazón delante del destrozado cuerpo, cuando se vio contenido por el Cura del pueblo. En la casa de éste pasó tristes horas. Ya habían corrido algunas de las de la noche, cuando, lleno de sorpresa, se halló en los brazos de Matilde. Esta había apresuradamente hecho diligencias á fin de apercibirse para el viaje y para dejar á su padre y á los niños bien asistidos, y casi sola y con increíble celeridad había hecho la dura jornada.

¡Qué inefable é inesperado consuelo sintió el afligido Honorio al poder llorar en el seno de su esposa! ¡Y qué satisfacción fue para ésta acompañar á su marido en el acerbísimo trance!

Mucho de bueno hay en la naturaleza humana, y mucho es lo que lo bueno se arraiga y se desenvuelve en ella mediante la cultura cristiana. Honorio no se acordó de las ruindades de su padre, y lo lloró como lo habría llorado si hubiera sido el más extremoso y el más liberal de los padres.

Antes de regresar á Bogotá, Delvalle, cediendo á instancias de los mayordomos de la hacienda de D. Siervo, se enteró, aunque someramente, del estado de los negocios, y dio las órdenes que le fueron sugeridas por los mismos que debían cumplirlas.

 

En los días en que esto pasaba, Dimas recibió una carta, de la que transcribimos el principio y el fin:


"Mi querido Dimas:

Ya habrás sabido la muerte del viejo Delvalle. Según lo convenido, ya yo tengo muy bien estudiado en la Notaría de este lugar y en la de  ***, todo lo que puede interesarte.

En la hacienda de Lomitas tenían ciertos derechos pro indiviso los hijos de un hermano de Delvalle. El viejo diz que aseguraba que se los había comprado; pero en el protocolo, quién sabe por qué rara casualidad, no aparece la escritura que debieron otorgarle.

Los tales sobrinos son un varón y una mujer, los que por desgracia no residen aquí: el primero está en el Cauca y la segunda en el Tolima.

...

Ojalá vengas pronto.

Recíbe un abrazo de tu afectísimo,

Valentín Carreras"


Veamos ahora la contestación:


"Mi querido Valentín:

En contestación á tu apreciable del 17, te diré que la ausencia de los sobrinos de Delvalle no nos perjudica. Por ahora no se trata sino de entorpecer el curso de la causa mortuoria del viejo, la que ya está abierta.

Mientras más dificultades se presenten para la secuela del juicio que se puede promover, mejor se consigue el fin que me propongo. Este pleito no será más que un arbitrio para ganar tiempo. Yo tengo mi idea; pero no descubro mis baterías, mis baterías buenas, sino á su debido tiempo. Ya tú verás.

Sin embargo, vé averiguando cómo podremos comunicarnos con los sobrinos. Ojalá no haya necesidad de viajes al Cauca y al Tolima para entenderse con ellos.

Yo estoy tratando de desenredarme de varios asunticos, para poder ir por allá.

Tu afectísimo,

Dimas García Z."


La carta de que tomamos el siguiente fragmento fue escrita en fecha muy posterior á la de las dos que acabamos de ver.


"Mi estimado Valentín:

...

Aunque tú no hayas comprado los derechos de los sobrinos de Delvalle sino como apoderado mío, bien hubieras podido tener más confianza en mí y poner de tu bolsillo los doscientos pesos. Esas tus historias de que has tenido que hacer muchos gastos y de que estás limpio, están buenas para que se las embutas á quien no te conozca.

En fin, por el correo te envío ese dinero. Cuida de que la escritura que otorguen los sobrinos quede muy bien hecha y á cubierto de raras casualidades.

Ya comprenderás que ahora de lo que se trata es de hacer un pedimento para que esos derechos que he comprado se excluyan de los bienes de D. Siervo al hacerse los inventarios.

Dimas García Z."

...

Hé aquí otro trozo de carta zorruna:

...


"Mi apreciado Valentín:

...

Tu allá y yo aquí, debemos oponer todas las dificultades posibles para evitar el nombramiento de administrador de la herencia de Delvalle, Ya tú sabes quién quiero que desempeñe ese cargo; pero es menester que el nombramiento tarde siquiera cinco ó seis meses. También sabes que lo que importa es ganar tiempo."

...

El expediente de la causa de sucesión de D. Siervo subió al Tribunal seis veces, por apelaciones que interpusieron ambas partes, ya con motivo de la exclusión de los derechos comprados por García Zorro á los sobrinos de D. Siervo de Dios; ya porque el nombramiento de administrador de la herencia dio lugar á otros incidentes que fueron también á conocimiento del superior.

Los bienes hereditarios estaban depositados; y Honorio, merced á las habilidades de Zorro y Compañía, no llegó á percibir un ochavo de sus productos.

En su hacienda había dejado D. Siervo muchas cabezas de ganado vacuno y muchas mulas. Estos animales iban desapareciendo á toda prisa. Los encargados de su custodia declaraban de cuando en cuando que habían muerto tantas reses y tantas mulas; pero los esqueletos no se veían.

Tratóse de ocultarle estas cosas á D. Salvador; pero al cabo hubo quien lo impusiese en ellas. El que su yerno se viera en peligro de perder su patrimonio, quizá habría sido para él cosa de poca monta; pero el que se viera perseguido por García Zorro no lo pudo llevar en paciencia. El orgullo y el odio conservan todo su vigor y toda su actividad en sujetos en quienes la edad y las dolencias hayan apagado las demás pasiones, amortiguado la energía y aniquilado el vigor corporal.

Esto fue lo que acaeció con D. Salvador. Los nuevos arrebatos y el terrible desasosiego acabaron de postrarlo. Vínole un insulto de apoplejía que le dejó paralizado medio cuerpo. Vino otro que lo dejó sumido en un sueño letárgico, del cual no despertó nunca. El tercer acceso acabó fácilmente con una vida que ya no se manifestaba sino por medio del pulso y de la respiración.

D. Salvador había sobrevivido ocho meses á su consuegro.

Mucho faltaba para que empezara á enjugarse el llanto de Matilde, cuando García Zorro descubrió sus baterías, las que él en una carta había llamado las baterías buenas.

No fastidiaremos á los lectores con términos jurídicos ni con la relación técnica y pormenorizada de los trámites seguidos en los juicios de sucesión de D. Siervo de Dios Delvalle y de D. Salvador Ocampo.

Dimas García Zorro, que con la paciencia del odio que sabe violentarse para no dar golpes en vago, y con una astucia tan profunda que parecía no había de caber sino en ánimos serenos, había preparado un golpe á un mismo tiempo mortal y teatral.

En una misma semana se publicaron y se declararon ejecutoriadas dos sentencias de tribunales.

La de un tribunal declaraba que Honorio Delvalle no era hábil para heredar á sus padres, porque el matrimonio de éstos había sitio contraído en el año de 1853 conforme al rito católico y sin intervención de la autoridad civil.

La del otro tribunal declaraba que Matilde Ocampo no podía heredar á sus padres, porque éstos se habían casado eclesiásticamente en Febrero de 1858, y no habían hecho constar su enlace en el registro civil.

No había sido únicamente el vano placer de dar un golpe dramático lo que había inducido á García Zorro á tener cubiertas sus baterías buenas desde la muerte de D. Siervo hasta la de D. Salvador. El había temido que, si en vida de éste se llamaba la atención sobre lo del matrimonio de los padres de Honorio, D. Salvador cayese en la cuenta de que su matrimonio había adolecido del mismo defecto que el de sus consuegros; y, con ayuda de abogados, ocurriese á algún expediente para sanearlo.

Ni los esfuerzos del doctor Zaldívar y de otros hábiles legistas, ni la indignación con que la opinión pública condenaba el proceder de cuantos pretendían aprovecharse de la legislación que regía en materia de matrimonios, fueron parte á desbaratar los planes de García Zorro. Las leyes estaban ahí claras y terminantes*, y no se había podido, ni siquiera intentado, probar lo que no había sucedido; esto es, que D. Siervo de Dios y su mujer se hubieran casado civilmente, y que D. Salvador y la suya hubieran hecho constar su matrimonio en el registro civil. ¡Qué! Ni aun se había llegado á abrir nunca tal registro en el distrito en que se habían casado.



 

*
La ley de 20 de Junio de 1853 dispuso que el matrimonio se celebrase ante un Juez, en presencia de dos testigos, y no le reconoció efectos civiles al matrimonio católico.
La ley de 8 de Abril de 1858 reconoció como válido, para los efectos civiles, el matrimonio católico, con tal que, después de su celebración, los contrayentes expresasen ante un notario ó un juez que se habían unido con libre y mutuo consentimiento.
Los hijos de matrimonios celebrados sólo católicamente, quedaron excluidos de la sucesión de sus padres.
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