XCV.

 

Una gran revolucion debia surjir de la victoria popular del 7 de marzo: -revolucion en las costumbres políticas, en las ideas, en las instituciones, i en la existencia i la fisonomía social de la República. El cambio que se habia efectuado era tan radical, que su reflejo debia aparecer en todos los acontecimientos sucesivos.

Habia terminado la era de los sistemas compresivos, de las tradiciones coloniales, de la vida estacionaria,-para que comenzase la grande época del desarrollo social.

A la dominacion de tres oligarquías, -el clero, la milicia i el monopolio, -iba a sostituirse la noble dominacion del pueblo. -La verdad iba a derrotar al sofisma: La libertad a ocupar el puesto de la compresion.

En lugar del empirismo tradicional, la luz de la ciencia iba a esclarecer i dominar la situacion; i donde ántes aparecia la inercia en la vida de la sociedad, iba a reinar el movimiento de las ideas, del trabajo, de la riqueza i de las masas populares.

Triunfante la libertad, el principio de autoridad quedaba proscrito. La prensa, la tribuna i el sufrajio iban a ser los elementos de Gobierno, en reemplazo de las bayonetas, del disimulo i de la intriga.

La lucha se habia librado entre los dos principios rivales que se disputan el imperio de la naturaleza humana: -el progreso i la destruccion. Victorioso el primero, era necesario que el partido triunfante empuñase la bandera de la reforma, para lanzarse con fé, con decision i brio en la senda que el espíritu del siglo i la civilizacion le señalaban.

¡Cuán grande i hermosa era la mision encomendada al Jeneral López! De cuánta gloria estaba destinado a cubrirse si sabia cumplirla! Cuánta solemnidad habia en esa situacion que se le brindaba para dar al mundo las últimas pruebas de su elevado patriotismo!

Fundar una República en el seno de un pueblo que por tantos años habia bamboleado entre el absolutismo i la anarquía, víctima siempre de la rutina i de la decepcion; hacer soberano al que no habia sido sino súbdito; crear la luz i el movimiento donde habian imperado las sombras i la inercia: tal era la mision colosal del Presidente del 7 de marzo!

Véamos las condiciones personales de ese eminente ciudadano. El Jeneral José Hilario López no era un hombre de Estado; pero sí reunia muchas de las principales cualidades que debe tener el Jefe de un Gobierno democrático. Cualquiera, al verle por primera vez, habria dicho: este es un hombre honrado, valeroso, patriota i profundamente republicano. Porque la honradez se retrataba en la bondad de su jesto i su mirada; el heroismo en la franqueza de su continente; i el patriotismo i el noble amor a la República en la modestia natural de sus maneras.

López habia comprendido su deber desde la infancia. El habia sido en los combates de la independencia un héroe; en la época de Colombia un republicano entusiasta; durante la dictadura de Bolívar un demócrata lleno de abnegacion i patriotismo; i en 1831 el restaurador de la nacionalidad i de las libertades populares.

Cuando el continente se vió amenazado por la espedicion de Flórez, el Jeneral López habia sido el primero en ofrecer su espada a la República, i el Gobierno le habia confiado la defensa del Istmo de Panamá. En diferentes empleos públicos de alta importancia, López se habia manifestado siempre honrado i patriota, siempre fiel a la causa de la libertad. Tales eran sus precedentes.

¿Era el Jeneral López el hombre adecuado para gobernar la República en las difíciles circunstancias que la dominaban en 1849? Se ha creido por algunos que no; i en nuestra opinion, ningun hombre era tan capaz de dominar la situacion como el elejido del 7 de marzo.

El Jeneral López no tiene talentos distinguidos, ni una profunda versacion en las ciencias políticas, la lejislacion &. ª Su fuerza, su mérito eminente no estaba en sus dotes intelectuales, sino en sus grandes cualidades morales i sus precedentes. Valeroso i sereno como pocos; profundamente honrado en sus inclinaciones, en sus ideas i en todos sus actos; modesto, jeneroso i leal; patriota hasta la abnegacion, humano i filantrópico; lleno de la fé mas ciega en el porvenir del pueblo, i del mas acendrado amor a la libertad i las doctrinas democráticas; el Jeneral López era un republicano por sentimiento i conviccion, capaz de toda grandeza, de todo sacrificio patriótico, i se sentia estraño a la influencia nociva de las pasiones políticas i las vulgaridades de partido.

Ningun carácter podia convenir tanto a la República, en 1849, como el del Jeneral López. No eran grandes talentos i un profundo saber lo que el pueblo exijia de sus gobernantes: él solo queria que fuesen íntegros, patriotas i republicanos. Bastábale al Presidente, para ser entónces un hábil majistrado, seguir lójicamente las inspiraciones de la teoría democrática; sacrificar las aspiraciones del poder al bien de la patria; administrar con probidad los intereses públicos, i dejarse conducir con fé i resolucion, por el viento popular de la reforma, hasta llegar al glorioso advenimiento de la verdadera República.

Tal fué la política del Presidente López, i a ella ha debido él la gloria imperecedera de que ha cubierto su nombre, para legarlo a la posteridad como el de uno de los mas eminentes varones de la libertad i del progreso de Colombia.

Posesionado de la Presidencia, su primar paso fué llamar a su palacio a la mayoría liberal las Cámaras para que le designase los cuatro ciudadanos que, a su juicio, debian componer el Gabinete. Mucho se ha censurado por algunos esa conducta que pone en evidencia el profundo respeto del Jeneral López ácia las mayorías parlamentarias, porque se ha supuesto en ella hubo una verdadera abdicacion del poder en manos de un partido. Nosotros creemos que tal opinion es equivocada, i que en las circunstancias especiales en que se encontró el Presidente del 7 de marzo, su política no podia ser otra.

Desde el momento en que el Jeneral López entró en el ejercicio de su autoridad, una oposicion formidable, apasionada i sistemática, se habia organizado por el partido conservador, i ella se exhibia por la prensa, en las Cámaras i por medio de enérjicas protestas. Semejante hecho era mui fatal para una Administracion nueva en el manejo de la política, i reemplazaba a un poder sostenido por doce años  i afianzado por una estensa combinacion de instituciones reaccionarias. El nuevo Gabinete necesitaba, pues, de una gran fuerza moral, i de mucha popularidad, para encontrarse en aptitud de dominar la situacion que iba a surjir de los acontecimientos cumplidos. De aquí la conveniencia que habia en que la composicion del Gabinete se hiciese de acuerdo con la mayoría liberal de las Cámaras.

Por otra parte, el paso del Jeneral López, que hoi despues de la eleccion inmensamente popular del Jeneral Obando, seria desacordado, era entónces de mucho valor por su significacion política. La deferencia del Presidente ácia las Cámaras, inauguraba el reinado de las mayorías, i probaba evidentemente a la nacion que el Gobierno iba a tomar, sin vacilacion alguna, el camino de la reforma para fundar la República jenuina.

El nuevo Gabinete se compuso así: para el Despacho de Gobierno el Dr. Francisco Javier Zaldúa; para el de Relaciones Esteriores el Dr. Manuel Murillo; para el de Hacienda el Dr. Ezequiel Rójas, i para el de Guerra el Coronel Tomas Herrera. Véamos cuáles eran las condiciones personales de esos cuatro ciudadanos.

El Dr. Zaldúa, si era enteramente nuevo en la escena política, se habia conquistado una alta i merecida reputacion en el foro. Jurisconsulto eminente, aunque bastante jóven todavía; dotado de un espíritu independiente, liberal e investigador; erudito, patriota con sinceridad i sin ambicion política, i empapado del sentimiento de una probidad austera; el Dr. Zaldúa, ajeno a los enconos de partido i a todo compromiso de bandería, contaba con las dotes necesarias para ser un buen consejero i exelente ministro de Gobierno i justicia.

El llegaba al Gabinete sin odios de ninguna clase, trayendo solo al servicio de la patria su profundo saber, su honradez, sus talentos i su sincera adhesion a la causa democrática. El Dr. Zaldúa era digno del puesto que iba a ocupar, i su mision era de la mayor importancia. Fundar la administración de justicia sobre las bases de la teoría democrática, de la lójica i de los principios de la ciencia, en armonía con el espíritu de la época; desencadenar la imprenta; promover la reforma política i municipal; zanjar las graves dificultades que presentaban las relaciones con la Iglesia; levantar la instruccion pública a la altura que las nuevas necesidades del pais imponian; tales eran los principales objetos que brindaban, un vasto campo de meditacion i de trabajo laborioso a los talentos del Dr. Zaldúa.

El Dr. Murillo era un jóven de 33 años apénas, lleno de ese noble i jeneroso entusiasmo que el amor de la patria i las inspiraciones de un jénio fecundo comunican a los arranques de la juventud. Murillo habia ganado su reputacion distinguida con solo su patriotismo i su talento, elevándose desde el humilde hogar de una familia pobre i modesta hasta ganar el corazon de los republicanos i merecer entre ellos un puesto superior. La prensa i la tribuna habian sido su teatro.

Era en la prensa donde Murillo habia hecho brillar los primeros albores de su jénio precoz i profundamente investigador. Enviado por el pueblo a cuatro lejislaturas sucesivas, Murillo se habia mostrado siempre patriota, republicano i entusiasta; aunque en la tribuna se le veía tímido, embarazado i lento. Su palabra no habia estallado aún con esa palpitacion poética i sonora que se llama elocuencia. Murillo no fué orador, i orador brillante, sinó despues que empezó a ser hombre de Estado, i que su naturaleza, desarrollándose de pronto, le colocó a la altura de su importante posicion.

Pero en la prensa, Murillo se habia exhibido con casi todo su poder intelectual. El habia empezado a ser escritor desde los claustros del colejio. Cuando confiaba sus inspiraciones a la pluma, el modesto jóven nacido en un rincon de la provincia de Mariquita, se sentia a sí mismo. El era entónces fecundo, analítico, lójico, espiritual, i sabia elevarse hasta la idea que le dominaba, lleno siempre de una fé ciega en el porvenir del pueblo, en las verdades de la ciencia i en el triunfo de la libertad; inspirado por el sentimiento de un elevado i noble patriotismo; i dominado por el mas fervoroso entusiasmo en el amor de la República i el culto de relijiosa admiracion ácia los héroes i fundadores do la independencia.

Audaz i entusiasta para sentir i pensar, pero frio i reflexivo al ejecutar; estudioso, sagaz para conocer a los hombres i bastante versado en las ciencias políticas; íntegro i modesto; el Dr. Murillo era un hombre llamado a hacer un gran papel en la escena política del pais, si sabia estimar la situacion i conducir los acontecimientos con decision i firmeza, haciendo que el jénio supliese al conocimiento práctico de los hombres i de los negocios.

El Dr. Ezequiel Rójas era, por decirlo así, el décano de los oradores demócratas de la Lejislatura. Durante muchos años ese digno e ilustrado ciudadano habia servido a su patria en alto grado en las tres grandes tribunas del progreso: en la prensa, en la enseñanza científica i en las tareas parlamentarias. Economista sin rival en la República; jurisconsulto de grande saber, i versado en todos los conocimientos necesarios para un financista; hombre educado en la escuela de Bentham, de Say, de Tracy i de todos los filósofos de las ciencias sociales; intelijente i patriota; la luz de su palabra i de su pluma,-la fuerza de su intelijencia-estaba en el poder de la análisis, en la lójica de las ideas i de los sentimientos.

El Dr. Rójas cuando discutia iba siempre derecho al nervio de la cuestion, tomando por único medio la observacion analítica. El no tenia la elocuencia de la palabra de la accion o del sentimiento. Su poder era mas sólido, pero ménos brillante. Era la elocuencia del raciocinio de la lójica, de la verdad i de la análisis. El Dr. Rójas hablaba siempre con la voz de los hechos. Era con estos elementos que el Dr. Rójas se habia hecho, durante los ocho últimos años, el jefe de la oposicion parlamentaria, i que, no solo por su patriotismo en la defensa de los buenos principios como lejislador, sino tambien por su mérito incontestable como escritor público e institutor de la juventud, habia llegado a un puesto eminente en las filas del partido republicano.

El Coronel Tomas Herrera, ocupando la Secretaría de Guerra, encontraba un campo no ménos importante que sus cólegas para poner en accion su patriotismo. Si la reforma política, civil i financiera, en un círculo inmenso, i las relaciones diplomáticas i mejoras materiales eran para Zaldúa, Rójas i Murillo un teatro de fecunda elaboracion; el Coronel Herrera tenia delante de sí dos grandes empresas que acometer para fundar su gloria i hacer inmensos bienes al pais. Tales eran: la creacion i organizacion de la Guardia nacional, i la abolicion gradual del ejército permanente, unida a la reforma liberal del sistema de conscripcion.

El Coronel Herrera tenia cualidades que le hacian mui estimable. Militar por su espada i su valor, i por sus notables conocimientos en el arte de la guerra, era sinembargo un ciudadano enteramente civil por su amor a la paz, su patriotismo desinteresado, su entusiasmo por las instituciones democráticas, i especialmente por la organizacion de la Guardia nacional en reemplazo del ejercito permanente.

El Jeneral López iba, pues, a rodearse de cuatro ciudadanos distinguidos; i era de esperarse que su Administracion fuese lucida, progresista i altamente patriota. Con estos antecedentes, véamos cuál ha sido la política de la Nueva Granada de la revolucion eleccionaria del 7 de marzo.

 

XCVI.

 

Al tomar posesion de la Presidencia el Jeneral López, la nacion pudo juzgar inmediatamente de su porvenir. El Presidente empezó por presentar al pueblo, franca i sencillamente, el programa de su política calcada sobre los mismos principios i las mismas exijencias que el partido liberal habia proclamado en la última lucha eleccionaria. El Congreso correspondió a ese llamamiento, en cuanto era compatible con su actual composicion.

Un fenómeno mui singular en política apareció entónces en la fisonomía de las Cámaras lejislativas. El nuevo Gabinete se encontró delante de una oposicion formidable, apoyado apénas por una de las Cámaras, en tanto que la otra, el Senado, le era casi totalmente hostil. Este hecho era fácil de esplicarse.

En tanto que el Senado se componia, en lo jeneral, de hombres avanzados en edad i comprometidos por sus precedentes en la causa del pasado, la Cámara de Representantes, con pocas escepciones, no exhibia sino jóvenes casi enteramente nuevos en la política i el manejo de los negocios parlamentarios. La lei permanente del equilibrio, esa potencia que preside a la existencia de todos los hechos sociales, físicos o morales, señalaba una tendencia diferente a los hombres de las dos Cámaras. La juventud, siempre impetuosa, impresionable, entusiasta i llena de esperanza, debia encontrarse al lado del progreso, apoyando la victoria popular del 7 de marzo. Por el contrario, el Senado, en cuyo seno se encontraban los hombres de otra época, debia patrocinar las tendencias del partido conservador.

Así, la division del Poder Lejislativo en dos Cámaras, venia a contrariar abiertamente las exijencias de la nueva situacion creada, favoreciendo la preponderancia de los dos partidos políticos, simultáneamente, en las Cámaras, por mas que, unidas estas, hubiese una evidente mayoría ministerial. Semejante estado de cosas iba sin duda a poner en graves embarazos a la nueva Administracion, puesto que al comenzar su obra, se veía en la impotencia de abrirse, en el terreno de la lei, el camino de la reforma i del progreso.

Sinembargo, era indudable que en las próximas elecciones, al renovarse las Cámaras parcialmente, el Gabinete llegaria a contar con una mayoría decidida, pudiendo entónces emprender su jigantesca obra de rejeneracion, bien meditada i sostenida. Entre tanto, era necesario que el partido liberal se esforzase en alcanzar algunas victorias parlamentarias, al par que la prensa, la política del Gobierno i las sociedades políticas irian efectuando una completa revolucion en el espíritu nacional, que condujese al pueblo a una situacion moral enteramente nueva.

Los demócratas, sinembargo de no contar con mayoría en ámbas Cámaras, lograron la sancion de leyes importantes i altamente liberales, las cuales contenian en resúmen: Las mas urjentes reformas de la Constitucion i la adopcion de un medio que facilitase la reforma total; la abolicion de la pena de muerte, trabajos forzados i otras, para los delitos políticos, i la supresion de la vergüenza pública, -esa guillotina infamante del pudor humano; la reforma de los jurados de imprenta; la proteccion a los grados académicos; la mejora liberal del réjimen municipal; la franquicia completa del Istmo de Panamá; la reorganizacion administrativa de la Hacienda nacional; el impulso mas eficaz al levantamiento de la Carta jeográfica de la República, i la abolicion tan suspirada del monopolio del tabaco.

Esto era, sin duda, adelantar mucho en la via del progreso, si se consideran las dificultades parlamentarias que hubo de vencer el partido liberal. Pero entre todas esas nuevas instituciones, nada era tan patriótico, tan noble i jeneroso, nada honraba tanto al partido demócrata, como ese llamamiento solemne, eminentemente cristiano i fraternal, hecho la conciencia de los partidos por la lei que suprimió el cadalso político i otras penas ignominiosas consignadas en el Código penal.

Perdonar anticipadamente la insurreccion de un adversario resentido por su derrota eleccionaria; prometerle la vida i garantizarle la inviolabilidad de su conciencia política; levantar un nuevo símbolo de la República sobre las ruinas ensangrentadas del pasado, para apagar los odios de todos los partidos; i desprenderse del poder de la represion que mata i estrangula, en el momento en que el partido vencido hacia las mas enérjicas protestas contra la autoridad nacida de la urna del 7 de marzo, organizaba una oposicion formidable, audaz i agresora, i lanzaba su apelacion al Pueblo en busca de la insurreccion; todo eso era para el partido triunfante el heroismo de la abnegacion, de la filosofía i de la jenerosidad; era una elevada profesion de fé política fé política formulada en la redencion de la sangre del pueblo; era una declaracion perentoria de la confianza que abrigaban los demócratas en el porvenir de las ideas i la justicia de su causa; i era tambien un himno de amor i de lealtad elevado al santo espíritu del cristianismo desde lo alto de la tribuna lejislativa del solio de la majistratura.

Tales eran los primeros arranques del partido republicano al comenzar el cumplimiento de su gloriosa mision.

El se exhibia a los ojos de la sociedad con todos los caracteres de una mayoría política, i en la actitud de emprender resueltamente la re forma de las instituciones para alcanzar el desarrollo jeneral del pais. I es por esto que los primeros pasos de los demócratas tendieron a efectuar cambios importantes en punto a la reforma de la Constitucion política, la prensa, la instruccion pública, el sistema penal, la administracion fiscal, i el desarrollo del comercio i de la industria agrícola.

Desde ese momento, era ya imposible toda vacilacion en los movimientos del partido demócrata. El empezaba por dar al pueblo prendas de liberalidad que habria sido inútil tratar de recojer. La revolucion era ya un hecho: ella habia recibido de los gobernantes las arras de su magnífica alianza con el pueblo. El espíritu público se habia conmovido fuertemente; el impulso estaba dado; la esperanza del progreso i la confianza en el porvenir se habian apoderado del corazon de la masa popular, i la República estaba en marcha ácia el advenimiento real e incontestable de la democracia.

 

XCVII.

 

Disueltas las Cámaras lejislativas en junio de 1849, el pais iba a quedar sujeto a la accion de los partidos, de la política gubernativa, i de todos los grandes elementos de vida, de ajitacion i de trabajo especulativo, que aparecian en la fisonomía de la nacion.

La prensa i la tribuna popular iban a apoderarse de la situacion para fundar el reinado del raciocinio i de la intelijencia libre. Iba a inaugurarse la omnipotencia del panfleto, i a comenzar la palpitacion tempestuosa, pero vivificante, de las sociedades populares i de los círculos eleccionarios. La política, elaborando el porvenir, iba a preparar en el espíritu social el campo donde la lejislacion debia consumar la revolucion de las ideas i de la vida popular.

Hombres enteramente nuevos; principios mas vigorosos; tendencias mas universales; sistemas mucho mas enérjicos i mejor combinados; la bizarra juventud con sus arranques de supremo entusiasmo i de impetuoso i jigantesco espiritualismo; i clases hasta entónces proscritas de la concurrencia al gran mercado de las ideas i de la vida moral, iban a entrar en escena, para reemplazar a otros hombres, a otra jeneracion, a otras tendencias, a otras clases sociales i a otros sistemas i principios de gobierno.

La oposicion conservadora no solo habia protestado abiertamente contra el 7 de marzo, i lanzado al partido triunfante su apelacion al pueblo; sino que, aun ántes del 1.° de abril, habia declarado esplícitamente su resolucion hostil, i el propósito decidido de no prestar apoyo alguno a los nuevos gobernantes. En presencia de esos hechos de evidente agresion, la nueva Administracion no podia vacilar en su política. Ella estaba en el caso de rodearse esclusivamente de los hombres que le fueran adictos, con prescindencia absoluta del partido vencido. En realidad, fué la actitud hostil de los conservadores la que determinó el carácter esclusivista del Gabinete.

No era posible que los gobernantes abrigasen la menor confianza en un partido que declaraba la guerra aun ántes de quedar contituida la nueva Administracion; ni habia esperanza de que los principios que la nacion queria ver reducidos a instituciones encontrasen fiel adhesion i apoyo en sus adversarios permanentes.

Era necesario elejir entre la reforma, la conservacion del órden i el movimiento armónico de la nacion, o la anarquía de la política, la ambigüedad i vacilacion en los actos del Gobierno, i el cáos de los principios erijido en sistema. La Administracion se vió, pues, forzada a separar de los empleos públicos importantes a sus mas hostiles adversarios, para rodearse de hombres de convicciones análogas i de adhesion reconocida al nuevo órden de cosas.

Desde el mes de junio, el Jeneral López se encontró envuelto en circunstancias bien embarazosas. Resuelto a procurar el alivio del Tesoro nacional, colocado en la mas funesta situacion, el Presidente habia decretado la disminucion del ejercito en mas de la tercera parte, i ese noble acto de lealtad, de jenerosidad i de confianza en el pueblo, adunado a la supresion del cadalso político, hacia temer a muchos que el órden público fuese fácilmente trastornado.

De otro lado, el Gabinete habia hallado delante varias cuestiones fiscales, especialmente sobre salinas i caminos nacionales, de una solucion desagradable; porque, por mas que la Administracion obrase con integridad i buena fé, su conducta debia concitar fuertes censuras, que siempre se atraviesan en las cuestiones de dinero.

Por su parte, los demócratas exijian con instancia dos grandes medidas que debian poner a prueba la enerjía del Gobierno: tales eran, la remocion inmediata de todos los empleados conservadores abiertamente hostiles, i la espulsion de los Jesuitas. I entre tanto, las Sociedades democráticas se impacientaban de la vacilacion aparente de los gobernantes; i la prensa, cada dia mas susceptible, mas apremiante i tempestuosa, revelaba el estado de profunda exaltacion en que se encontraban los espíritus, haciendo temer que la situacion se complicaria visiblemente, si la Administracion no adoptaba una política enérjica i resuelta.

En semejantes circunstancias, un cambio repentino vino a efectuarse en la composicion del Gabinete, para acrecentar los embarazos. El Dr. Rójas, Secretario de Hacienda, aunque eminentemente liberal, no aceptaba la idea de las remociones de empleados, ni la abolicion instantánea del monopolio del tabaco. El consideraba lo primero como un paso de intolerancia, poco conforme con las inspiraciones jenerosas del partido demócrata; i lo segundo como un suceso lamentable, que solo paulatinamente debia realizarse para no colocar al Tesoro en sérios compromisos por la pérdida de una renta valiosa. Así, al considerar el Dr. Rójas que debia, para no luchar contra la lei i la opinion, aceptar resueltamente aquellos dos hechos, creyó de su deber hacer dimision del portafolio.

El ministerio de Hacienda habia sido siempre el timebun de la política, la tumba de reputaciones estimables i la picota donde los partidos cubrian de ignominia a los hombres públicos. Pero en el momento en que el Dr. Rójas abandonaba ese puesto peligroso, su importancia habia venido a ser mayor, i el riesgo del naufrajio aparecia mas inminente, ya por la complicacion de los negocios fiscales, ya por la situacion angustiosa i temible en que iba a encontrarse en breve el Tesoro nacional.

Juzgábase que si el Dr. Rójas, apesar de ser un profundo economista i hombre esperimentado, no habia querido llevar sobre sus hombros el enorme peso del Despacho de Hacienda, seria mui difícil encontrar un ciudadano que tuviese el valor, la abnegacion i el patriotismo bastantes para aceptarlo, desafiando todas las dificultades. Sinembargo, el Jeneral López tuvo la bella i fecunda inspiracion de llamar a ese puesto a un ciudadano que, saliendo de las filas de la juventud, llevase a la administracion de la Hacienda toda la audacia de un republicano ardiente i la intelijencia brillante de un hombre de la época.

El Dr. Murillo fué el designado para llenar esa alta mision. El carecia de esperiencia en el manejo de las cuestiones fiscales, i no habia consagrado a su estudio una atencion esmerada, acaso por la importancia de las cuestiones de alta política que la absorvian. Así, al dejar el Dr. Murillo un portafolio donde encontraba campo para brillar i lucir sus talentos fácilmente, en cambio de un puesto lleno de peligros i de dificultades, que todos esquivaban, dió a la República la prueba mas espléndida de patriotismo i abnegacion que pudiera desearse, Los resultados probaron al Dr. Murillo que en su nuevo camino, si habia de pisar abrojos solamente, debia conquistar glorias duraderas i prestar eminentes servicios al Estado.

En reemplazo del Dr. Murillo, el Jeneral José Acevedo fué llamado al Despacho de Relaciones Esteriores. Era este ciudadano un hombre ilustrado, íntegro, patriota, lleno de modestia i desinteres i digno por su moderacion en política de la mas jeneral estimacion. El Jeneral López no podia haber hecho una eleccion mas acertada. Acevedo era un republicano leal, i de los pocos que, como Pombo i Acosta, se habian conducido hidalgamente durante su injerencia en la política conservadora; i su llamamiento al Gabinete no solo debia ser considerado como una garantía para todos los partidos, sino como una prenda de reconciliacion i tolerancia, ventajosa bajo todos aspectos.

Pero los partidos llevan siempre en su seno pasiones enconadas, odios injustos i vulgaridades incalificables, - ¡tristes escorias de las pequeñeces i las debilidades de los hombres, que los acontecimientos amontonan muchas veces sobre la superficie de la sociedad! El virtuoso Jeneral Acevedo, tan pronto como entró al Gabinete, vió levantada sobre su cabeza una tormenta de rumores apasionados, de animosidades i desconfianzas; se encontró delante de un círculo que le era hostil, aun ántes de haber cometido falta alguna, i se halló completamente embarazado. Acevedo no habia cometido otra falta que la de sacrificar sus simpatías políticas i su amor propio como conservador, aceptando por patriotismo una posicion difícil.

En breve el Jeneral López se vió asediado por los hombres exaltados del partido liberal, que le reprobaban su conducta conciliadora i le exijian la separacion de Acevedo, so pena de abandonarle. En semejante conflicto, el Presidente olvidó la enerjía que cumple a los actos de una honrada política. El tuvo la debilidad de ceder a las exijencias de los intolerantes; i el digno Jeneral Acevedo se vió obligado a dejar el puesto, apénas se habia posesionado. Indudablemente, ese episodio comprometió el buen nombre de la Administracion.

 

XCVIII.

 

La prensa i la tribuna, como hemos dicho, se habian apoderado del campo del combate entre los dos grandes partidos políticos. Los panfletos se multiplicaban en todos sentidos, con mas o ménos violencia i resultados, con mas o ménos universalidad de tendencias. En Bogotá i en las provincias se fundaban, casi repentinamente, nuevas imprentas i nuevos diarios que aumentaban la combustion de los espíritus en conmocion. Las Sociedades Democráticas, tomando por modelo a la imponente Sociedad de Artesanos de Bogotá, aparecian sucesivamente, llenas de actividad i de entusiasmo i con un personal numeroso, en Cali i Popayan, en Buga i Cartago, en Medellin i Rionegro, en Mompos i Cartajena, en Santamarta i Pamplona, i en casi todas las mas importantes poblaciones de la República. Ellas eran los centros del movimiento, los focos de la revolucion que se efectuaba en las ideas, en las costumbres i en la vida social de las masas populares.

Donde quiera se levantaba una tribuna, se erijia una escuela política i se organizaba un círculo de accion. Donde quiera reinaba el movimiento palpitante de los espíritus. Todos los resortes de la sociedad se habian puesto en obra. Tal parecia que la vida de la nacion se habia concretado o refundido como en dos inmensos focos de luz i de movimiento, en los tipos de las imprentas i las tribunas de los clubs. Es que allí se encontraban la cabeza i el corazon del pueblo.

La nacion no hablaba sino con la voz impetuosa del tribuno popular, que tiene la elocuencia del sentimiento i de las inspiraciones del momento: no respiraba sino con los palpitantes pulmones de la prensa. Todo el mundo tomaba participacion en la política. Hombres de Estado, ancianos, juventud, mujeres, artesanos, sacerdotes, militares, muchachos. Cada cual significaba algo, porque habia comenzado a practicarse la soberanía del número.

De esta manera, el círculo del hombre de Estado habia venido a estrecharse momentáneamente. El tribuno i el escritor, -esos respiraderos vivientes de la caldera popular, -eran los dueños de la situacion, porque eran los intérpretes de las inspiraciones, de los caprichos, de los arranques i de las esplosiones de la multitud. Ellos absorvian casi toda la atencion de las clases sociales.

Las grandes situaciones producen siempre las grandes virtudes i los grandes crímenes, las grandes inspiraciones i los grandes hombres. La ebullicion de la sociedad habia hecho aparecer sobre la superficie, átomos brillantes que habian permanecido ocultos. Jóvenes que apénas salian de los claustros de los Colejios, se exhibian repentinamente como bellos oradores i escritores lucidos, que eran elocuentes i floridos porque sabian sentir, i la elocuencia no es mas que la poesía sentimental de los acontecimientos traducida en palabras. Cuando todo el auditorio, que lo era el pueblo entero, se sentia entusiasmado por el amor de la libertad, bastaba para ser orador el entusiasmo del sentimiento, i el haber comprendido la situacion.

De su lado, el partido conservador se habia visto compelido, a su pesar, a sostener la lucha en el terreno que siempre habia escojido su adversario. Si los demócratas querian reinar por el poder del raciocinio, llevando el combate a la prensa i a la tribuna, era forzoso batallar con ellos en ese campo, so pena de darles la victoria sin combatir, llevando la derrota del silencio.

La prensa conservadora se puso, pues, en movimiento en algunos puntos de la República, especialmente en la capital, i hubo la oposicion de apelar a su turno a las sociedades políticas con varias denominaciones. La lucha iba a ser en estremo tempestuosa i ajitada. Los partidos iban a despedazarse con el arma del recuerdo sangriento, del apóstrofe ardiente i aun de la calumnia emponzoñada, si la tolerancia mútua i el patriotismo no presidian a sus tendencias, sus propagandas i sus medios de accion.

Desde el principio del nuevo combate que se abria, los partidos políticos habian adoptado diferentes vias, i caracterizado perfectamente sus banderas i su causa por los medios que pusieron en obra. En tanto que las Sociedades Democráticas, intolerantes i apasionadas a veces, pero siempre patriotas, se consagraban a la incesante predicacion de la doctrinas liberales, a la enseñanza mútua para ilustrar las masas, i a la organizacion libre de círculos eleccionarios; la oposicion, apoyada por los Jesuitas, esplotaba la tierna candidez de las mujeres i el fanatismo de los ignorantes, i organizaba Sociedades bajo el nombre de Populares, en cuyo seno se erijia la elocuencia salvaje de la difamacion i del desórden; se predicaba sin rubor la insurreccion como una necesidad, como un deber, i se ponia en tormento el honor de los majistrados i de los hombres que dirijian el movimiento revolucionario.

Los demócratas apelaban a la predicacion: los energúmenos del partido conservador oponian la difamacion. Los unos vencian con el poder de las ideas, en tanto que los otros sucumbian atrincherados tras de las barricadas de la mentira i de la cólera.

Pero si se prostituía desde el principio la tribuna popular, erijiéndola en la picota de las reputaciones, todavía resaltaba mas el abuso incalificable que el partido conservador hacia de la prensa desde 1848, duplicando día por dia la odiosa acritud de su lenguaje, i su empeño en procurar la deshonra de los gobernantes i de eminentes ciudadanos.

Los miembros del Gobierno, los Representantes del pueblo; las Sociedades Democráticas, los escritores públicos i todas las notabilidades del partido republicano, eran el blanco de las mas odiosas calumnias, lanzadas por la prensa conservadora, cuyo tema obligado era la repeticion de esa farsa referente a la coaccion del 7 de marzo, i la consiguiente proclamacion de las vías de hecho, del látigo i de la insurreccion.

El vicio es siempre mas contajioso que la virtud. Era necesario que a su turno el partido demócrata, perdiendo la paciencia, se resintiese bastante de ese encono i esa irritacion que la oposicion provocaba con sus actos incalificables. Por eso, aunque en lo jeneral la prensa liberal i las Sociedades Democráticas seguian en su ardiente predicacion de la verdad política, con frecuencia se dejaban arrastrar de la pasion, irritados por los adversarios, llegando a tal estremo los acontecimientos, que en breve la prensa i la tribuna fueron los instrumentos tempestuosos i los ecos de la cólera de los partidos.

Así se pasaba el año de 1849. Cuando ya tocaba a su fin, tres hechos importantes se habían cumplido. El Gobierno, por su actitud enérjica i resuelta, su tolerancia absoluta para con la prensa i las asociaciones públicas, i la proclamacion solemne i constante de las doctrinas democráticas, había inspirado confianza de estabilidad i progreso a la nacion. El partido liberal habia triunfado espléndidamente en las elecciones nacionales i municipales; i por lo mismo, no solo se aseguraba el movimiento liberal del pais, sino que el pueblo dejaba resuelta la apelacion que se le había hecho, declarando solemnemente la legalidad del 7 de marzo. Por último, se habia efectuado el fenómeno mas esencial de la revolucion, a saber: la propagacion indudable del principio de la soberanía popular, de la doctrina del libre exámen, de la teoría de las mayorías fundada en la forzosa intervencion de las masas en la política de la nacion.

Con la consumacion de esos hechos, la eleccion del Jeneral López estaba legalizada; la insurreccion condenada; el triunfo parlamentario de los demócratas, asegurado; la oposicion en derrota; i la República quedaba afianzada en el corazon de la sociedad, por la lójica de los acontecimientos. La revolucion era ya una verdad consumada. Ya no era posible detenerla en su marcha.

 

XCIX.

 

El año de 1850 empezaba. Durante su curso, la revolucion principiada en 48, debia aparecer en su segundo período. Grandes acontecimientos de diversa significacion i naturaleza, debian cumplirse, especialmente en Bogotá i el Sur de la República: tal era la prediccion que podía deducirse del encadenamiento de ideas i de sucesos que rápidamente se precipitaban. Para apreciar el carácrer del tiempo que la República atravesaba, es necesario arrojar una mirada sobre el pasado i la organizacion de la sociedad granadina. Solo así puede medirse la magnitud de las tendencias i de los esfuerzos que la revolucion debia poner en obra.

La vida política, las costumbres, la fisonomía i la organizacion compleja de la sociedad, ofrecian el espectáculo de funestos contrastes. La Nueva Granada tenia de la República el pabellon tricolor, las glorias de la independencia, las costumbres que habian surjido de la creacion de la nacionalidad, i las formas jenerales de la democracia. En realidad, el Estado no tenia sino el lenguaje de la libertad i la aparente fisonomía de un pueblo soberano.

Pero en el fondo de ese cuadro, al parecer brillante, dominaban las sombras de ese profundo malestar, que asoma siempre donde quiera que falta la soberanía del derecho i de la libertad. Un pueblo destrozado por la tempestad de las reacciones i las insurrecciones de cuartel; cubierto de los harapos de una miseria crónica i letal; manchado con la sangre vertida en los delirios dramáticos de los partidos; dominado por la influencia maléfica del clero; subyugado por la omnipotencia de las soldadescas; sujeto a las monstruosas desigualdades del privilejio; víctima del monopolio en todo, --en la enseñanza, en la agricultura, en el comercio, en el foro, en el gobierno, i en todos los elementos de la vida social: tal era el pueblo granadino.

El contrabando, --ese crímen inventado por la codicia i la prohibición, -- habia usurpado su imperio a la libertad. La esclavitud, con sus odiosos espectáculos, deshonraba la nacionalidad. La administración de justicia era una farsa, un prevaricato permanente; la riqueza vegetaba estancada; las vinculaciones simuladas perpetuaban la pobreza; i donde quiera que el hombre volvia su mirada inquieta en busca de la soñada libertad, --de su soberanía,--no encontraba sinó aduanas, cuarentenas, resguardos, diezmos i primicias, monopolios, vejaciones, desigualdades irritantes i prohibiciones. La sociedad habia absorvido completamente al individuo. La soberanía del hombre faltaba, para dar lugar a la tutela forzosa de la autoridad i el reinado inmoral del privilejio.

Faltaba el pensamiento la espansion, al trabajo el desarrollo, a la riqueza el movimiento libre. La lei habia corrompido el sufragio, oprimido la palabra i encadenado la prensa. Habia constituido la sociedad sobre el cimiento deleznable del sofisma, i el edificio debia desplomarse necesariamente.

Las tradiciones i las creencias de la antigua civilización, --de la civilización de la remedad española, se habian perpetuado en las instituciones civiles de la nacion; i el pueblo, victima de la monstruosa alianza de la República i la Monarquía, se debatia sin esperanza, por mucho tiempo, en las convulsiones de una lenta agonía. La aristocracia, abolida en el nombre, se mantenia encarnada en la organización de la familia, en los privilegios de algunas clases sociales, i en todas las relaciones de la vida individual i colectiva.

Pero el 7 de marzo habia colocado a la nacion en un dilema forzoso. Era necesario que ese acontecimiento se quedara infecundo, i que la agonía del pueblo continuase; o que la República, aceptando la situacion que le brindaba el porvenir, se lanzase resueltamente en el camino de la revolucion, hasta encontrar una solucion definitiva i jeneral del problema que la traía palpitante, de convulsion en convulsion, desde el principio de este siglo. El pueblo se levantó en masa, dominado por una sola inspiracion; i lleno de fé en los destinos que Dios le preparaba, i de confianza en los dones de la libertad, se decidió por el triunfo de la revolucion.

Sinembargo, la victoria definitiva de las doctrinas democráticas aún no era posible en 1850. Dividido el Congreso en dos Cámaras i siendo renovables cada cuatro años los Senadores, apesar del triunfo eleccionario que el partido liberal acababa de obtener, solo en la Cámara de Representantes se encontraba reunida una gran mayoría ministerial. El Senado permanecia hostil a la causa de los principios, sino del todo, a lo ménos en algunas de las mas esenciales teorías de la reforma.

Pero ese contratiempo nada significaba en presencia de la revolucion. Todo se reducia a un año mas de espera; i acaso esta circunstancia debia ser favorable a la reforma, porque ella daba lugar a una mayor espansion de las ideas populares, acrecentaba la impaciencia de los reformistas, estimulaba la enerjía de los hombres en accion, i permitia a los gobernantes i al partido liberal el contraerse a una meditacion mas profunda de las doctrinas que habrian de refundirse en instituciones.

Nada intimidó al Gabinete del Jeneral López, al abrirse las sesiones del Congreso de 1850. Su conciencia le imponia el deber de emprender la reforma, aunque tuviese la creencia de hallar en el Senado una indomable oposicion. Los gobernantes sabian que la sola discusion era una victoria, porque hai verdades que triunfan con solo ponerse en evidencia. Bastábale al partido demócrata lograr una conquista en la opinion, haciéndole comprender al pueblo de qué lado se encontraban los defensores de su causa.

Por eso el Presidente de la República i sus Secretarios, al instalarse el Congreso, le trazaron cuadros vehementes de la situacion, de las necesidades del pais, i de las grandes exijencias de la revolucion en punto a la reforma. Ellos propusieron i defendieron con calor la adopcion de muchas ideas eminentemente rejeneradoras, que hacian aparecer al Gabinete como el apostolado de la libertad. Su palabra descendió desde lo alto de la majistratura como un himno jeneroso levantado a la civilizacion moderna, para ir a difundirse como una grande esperanza,--como un presentimiento de bienestar, en las masas populares, i perderse entre los aplausos entusiastas de la nacion agradecida.

Todavía palpita nuestro corazon con inefable placer, cuando leemos esas magnificas palabras del Dr. Zaldúa, Secretario de Gobierno, al proponer al Congreso la emancipacion de la prensa. '"La prensa libre, decia, es el sentido universal del cuerpo político, -la verdadera democracia del pensamiento i la historia nos revela, que el derecho de espresar el pensamiento por la palabra i la escritura ha sido comprimirlo en proporcion a la mayor servidumbre de ellas. Desde el momento en que la libertad del pensamiento se sujeta a restricciones, está velada la tiranía tras de la lei que pretende clasificar los abusos para castigar luego."

"Una lucha a muerte con la prensa política es un pensamiento de delirio. Le es preciso a la prensa literaria, filosófica i científica el mundo por teatro, el universo por libro de estudio, i todo lo que vive i respira, así como todo lo que está privado del soplo de la existencia, de materia de exámen. Nada debe sustraerse a su ilimitado imperio, porque la prensa es la luz i la vida de las sociedades republicanas."

"Cuanto pueda relacionarse con la felicidad o la desventura del estado social, entra en su dominio. A ella pertenece la crítica o el elojio de las costumbres, de las leyes, de las instituciones: ante ella deben comparecer los actos del Poder, las deliberaciones de los cuerpos políticos, las decisiones de los tribunales, las reclamaciones de los ciudadanos, las exijencias de la época, los trastornos de los pueblos, las doctrinas de los partidos i el sentimiento reljjioso."

Semejante lenguaje arrojado por los gobernantes a sus detractores, era la mejor apoteósis de la victoria del 7 de marzo i de las nobles inspiraciones del partido demócrata. El daba a la revolucion una faz mui significativa, porque la hacia aparecer como la fé política de la Administracion.         

El Dr. Zaldúa, no solo demandaba con ardiente empeño la adopcion de una lei que garantizase la libertad absoluta de la prensa política, científica, literaria i relijiosa. Su plan de reformas en 1850 era bien estenso i brillante. El proponia la libertad i la mejora de la enseñanza; la creacion de talleres industriales para la proteccion de las clases trabajadoras; la reorganizacion completa del ministerio público; i la abolicion del fuero eclesiástico i de los derechos de estola, sostituidos por renta fija para los ministros del culto. I no solo proponia el Dr. Zaldúa tan importantes variaciones en la lejislacion, sino que abogaba con calor por la reforma liberal de la Constitucion, la mejora del réjimen político, la declaracion de la mayoridad civil, la codificacion jeneral de las instituciones, i el fomento de la civilizacion entre los indíjenas.

Desempeñaba entónces la Secretaría de Relaciones Esteriores el Sr. Victoriano Parédes, hombre que, si no habia brillado en los sucesos políticos anteriores, tenia precedentes indisputables como buen republicano. Sin ser un hombre de jénio i de tribuna, tenia las aptitudes necesarias para servir su puesto, porque reunía al patriotismo la mas intachable probidad i bastante firmeza, que son las primeras condiciones del hombre público. Ninguna idea le sorprendia, ni persona alguna le aventajaba en opiniones liberales. El se encontraba a la altura de las mas elevadas inspiraciones de la época; carecia de ambicion, tenia fé en los principios, i amaba la libertad sinceramente.

El Sr. Parédes, no solo se hallaba animado de las mejores disposiciones de paz i de ilustrada tolerancia ácia los Estados estranjeros, sino que, por su parte, presentaba tambien un sistema de importantes medidas destinadas a producir considerables beneficios. Así, él propuso la abolicion de las odiosas cuarentenas i de los pasaportes; la aceleracion de la libertad de los esclavos; la supresion de los territorios, sujetos a un absolutismo absurdo; la concretacion de los caminos nacionales, que permitiese su mejora, i algunas otras indicaciones importantes.

Cuanto al Dr. Murillo, él se decidió desde temprano a llevar el espíritu de reforma a todos los ramos de la Hacienda nacional. Los impuestos sobre el tabaco, la adjudicacion i venta de las tierras del Estado, la administracion jeneral de la Hacienda, los correos, las aduanas, el papel sellado, las casas de moneda i el crédito público, fueron objetos de la solícita consagracion del Dr. Murillo. Su idea dominante era, simplificar las operaciones fiscales i darles regularidad, preparando así el campo para acometer en mejor ocasion la reforma radical del sistema tributario.

Al principio, el Dr. Murillo habia i en sus propósitos de emprender desde luego esos cambios, en presencia de la ambigua o dudosa composicion de las Cámaras; pero al cabo se determinó a esperar una mejor coyuntura para exhibir sus ideas en punto a la organizacion del impuesto. Partidario entusiasta del impuesto único directo, le era penoso el no procurar su adopcion desde 1850; pero, por otra parte, habia consideraciones de peso que lo resistian.

El ensayo hecho durante el Gobierno de Colombia,-ensayo mal combinado sin duda,-habia desacreditado la doctrina del impuesto único. Ella empezaba a rehabilitarse poderosamente en la opinion, i era forzoso dejarla tomar vuelo i robustez, ántes que comprometer su éxito nuevamente por una discusion prematura. Muchas veces los mas bellos pensamientos sucumben, porque no aparecen en sazon al exámen de la sociedad.

Sinembargo, una grande idea, fecunda en inmensos resultados para el desarrollo de la industria, el incremento rápido de la riqueza pública i la situacion fiscal de la nacion i de las secciones municipales, apareció en el plan indicado por el Dr. Murillo. Tal fué, la descentralizacion de rentas, pensamiento ya practicado con gran ventaja en dos Repúblicas del Continente, i que, zanjando las mas premiosas dificultades del Tesoro, debia causar una completa revolucion en la situacion de la República. La descentralizacion de rentas i gastos, principio altamente democrático, iba a poner en accion los recursos de todas las secciones municipales, i a facilitar la reforma, que acaso las leyes jenerales eran impotentes para realizar directamente.

El sistema de administracion central mantenia al Estado agobiado con el enorme peso de un déficit que iba en aumento cada dia, i que difícilmente podia evitarse por la falta de economía que se notaba en los gastos nacionales i en la percepcion de las rentas. Por otra parte, la complicacion de los negocios i la estension del círculo dentro del cual obraba el Gobierno jeneral, lo colocaban en una posicion embarazosa, que no era posible evitar sino mediante una concretacion de autoridad i de funciones.

Agrégase a esto, que la opinion pública rechazaba abiertamente todas esas contribuciones indirectas que gravaban la produccion i el consumo, careciendo de toda equidad. Así, se reclamaba con ahinco la supresion del diezmo i los derechos eclesiásticos, del derecho de quintos sobre el oro, del monopolio de aguardientes i de la sal, de los peajes i de otros varios impuestos que oprimian la industria, sin provecho notable para la nacion. La idea del impuesto único directo se habia apoderado de casi todos los espíritus ilustrados, i se anhelaba el momento en que ese nuevo sistema tributario pudiera sostituirse al establecido por el antiguo réjimen.

El pensamiento del Dr. Murillo estaba reducido a tres términos cardinales, a saber: desembarazar al Gobierno jeneral de muchas atenciones para simplificar sus operaciones fiscales i dominar el déficit; adjudicar a las provincias varias rentas nacionales i todos los gastos de carácter puramente municipal, interes en la mejora del sistema fiscal, i facilitar la abolicion de los impuestos existentes i la creación del impuesto único, ya por los ensayos que harían las provincias para su administracion, ya por el establecimiento de una subvencion nacional, imponible a las secciones provinciales, que entraba en el plan del Dr. Murillo.

Desde luego, saltaban a la vista las inmensas ventajas que de tal pensamiento se derivaban, porque la reforma proyectada no solo aliviaba de sus compromisos al Tesoro nacional, sino que ponia a las provincias en aptitud para desarrollar sus intéreses peculiares con la mas ámplia libertad. La descentralizacion de rentas i gastos era el self-governement realizado en el sistema tributario.

Largos debates se suscitaron con motivo de la lei de descentralizacion, a cuya elaboracion contribuyeron ámbos partidos políticos, guiados acaso por mui opuestas consideraciones; pero al fin, el Dr. Murillo vió triunfante su idea, aunque modificada en parte, por haber desechado las Cámaras la subvencion nacional, dejando al Estado la pingüe renta de salinas.

 

C.

 

Pero entre tanto que las Cámaras se ocupaban en tan importantes deliberaciones, el Gabinete, la prensa i los círculos políticos se encontraban preocupados con la solucion de un problema bien desagradable, el cual habia venido a ser, en cierto modo, una cuestion social i decisiva: tal era, la espulsion de los Jesuitas. Triste condicion de un pueblo que, para cambiar sus instituciones i asegurarse el bienestar que le falta, llega a verse en la necesidad de despedazarse en bandos agresores e irreconciliables, por solo unos miserables frailes interpuestos entre la sociedad i el porvenir!

La cuestion Jesuitas habia venido a dejenerar, de moral i relijiosa, en cuestion de partido i de existencia. La rabia i la exaltacion de los partidos se habian estrellado al tocar en ese resorte misterioso de la gran máquina de compresion elaborada desde 1841.

De un lado estaban, la salud de la patria, las promesas de los gobernantes i las exijencias del pueblo. Del otro, las exijencias del pasado. Los Jesuitas eran tan necesarios al partido conservador, como a los demócratas la libertad de imprenta, porque eran sus armas respectivas. Cada cual estaba en su derecho; pero la revolucion debia confundir al jesuitismo entre los escombros que iba amontonando sobre el pórtico sombrío del viejo edificio colonial, so pena de perder la victoria por un acto de insensata vacilacion, o por lo ménos dejar en poder de los contrarios una fuerza casi incontrastable.

La prensa i las Sociedades Democráticas habian trabado una discusion enérjica i ardiente, a propósito de los Jesuitas, que iba tomando nueva acritud dia por dia. Los diarios demócratas le recordaban sus compromisos al Gabinete, i urjian en nombre de la patria por el decreto salvador, arrojando una completa luz en la cuestion de legalidad i conveniencia.

Las peticiones se multiplicaban; las sociedades se exaltaban; la impaciencia, seguida de la desconfianza, se apoderaba de todos los espíritus, i empezaban a circular rumores que hacian dudar de la enerjía del Gobierno.

Entre tanto, la prensa oposicionista redoblando su acritud i vehemencia, no revelaba ya sino la cólera de un partido febricitante, próximo al delirio. Las injurias eran prodigadas con una especie de cínica voluptuosidad. Las calumnias mas irritantes, las censuras infundadas i los gritos de alarma i de insurreccion, daban al partido conservador una fisonomía o diosa, que no merecian todos sus afiliados. La oposicion habia venido a ser un desvarío, una tempestad de pasiones, un mónstruo!

En medio de esa gran masa de hombres coléricos se levantaban tres figuras notables, -José Eusebio Caro, Ospina i el Jeneral Borrero, como los inspiradores de todo un partido que constituía en la revolucion la Montaña del absolutismo.

Caro era un jóven de alto mérito a quien la pasion i el resentimiento habian hecho olvidar sus jenerosas i elevadas inclinaciones. Honrado en política; intachable, sóbrio i austero en su vida privada; escritor florido, enérjico i audaz; lleno en todos sus escritos, en su palabra i en su jesto de ese nervio vigoroso, de esa independencia altiva que acompaña siempre al jénio; poeta espiritual i profundo; estudioso i ardiente en sus inspiraciones; Caro era sin disputa, apesar de su cólera i sus sangrientas exajeraciones, la mas bella figura de la oposicion.

Caro era la metafísica pomposa i palpitante del partido conservador. El era patriota; pero estaba ciego, le faltaba la calma en el espíritu i el corazon, i se dejó devorar por ese contajio de la fiebre que dominaba a los vencidos. Si la victoria produce muchas veces el delirio del placer, ¿cuán terrible no será el desvarío de la derrota i de la decepcion?

Ospina, como la estátua impasible del odio, meditaba, ordenaba i escribia sin descanso pero su aparente exaltacion como panfletario no era sino el disimulo formulado en pasiones para ocultar las maquinaciones del faccioso. El maquinaba en silencio, i preparaba la insurreccion, esperando una coyuntura propicia para dar el santo i seña i hacer estallar el grito del conspirador.

Ospina era el verdadero jefe de la oposicion, el oráculo que dirijia todos los movimientos i comunicaba todos los misterios al partido conservador. Cuanto a Borrero, él aunque figuraba como el jefe de los revoltosos oligarcas del Cauca, tenia un papel secundario. Borrero era ya una decrepitud política, que no podia producir sino pomposas vulgaridades. El tiempo le habia arrinconado como una ruina medianamente curiosa pero inútil.

Pero ¿cuál era la causa de esa estraña vacilacion que se notaba en la conducta del Gobierno acerca de los Jesuitas? ¿Era el temor, la falta de enerjía moral, o la ausencia del patriotismo lo que impedia que los gobernantes cumpliesen su deber? Nada de eso. En 1849 no se habia decretado la espulsion porque el Gabinete, colocado en una posicion difícil, no se encontraba rodeado de todos los elementos necesarios para romper abiertamente con la oposicion. Ademas, la espulsion de los Jesuitas, para que no envolviese una persecucion innoble, exijia erogaciones fuertes que el Gobierno carecia de autoridad para ordenar. El Presidente resolvió, pues, esperar la reunion del Congreso, para interesar en la medida a la mayoría de las Cámaras, asegurarse de su aprobacion i apoyo decidido, i reunir privadamente los fondos precisos para ejecutar el plan combinado.

Obtenidas estas ventajas, el Gobierno tomó sus medidas prévias, i espidió el célebre decreto del 18 de mayo, espulsando a los Jesuitas, fundado en razones incontestables de conveniencia i de legalidad. Al publicarse el decreto, cuya ejecucion debia ser inmediata, si bien se notó una grande ajitacion en los espíritus, no ocurrió desorden alguno. Las mujeres lloraron, los fanáticos suspiraron con agonía, los congregantes se aflijieron, los conspiradores creyeron hallar una coyuntura para proclamar la insurreccion, la juventud i los artesanos i demas patriotas aplaudieron con entusiasmo, los Jesuitas salieron silenciosamente, sin trastorno alguno, i la República se salvó. El Gobierno se habia cubierto de gloria, i mereció un espléndido voto de aprobacion de los Representantes del pueblo.

Poco despues, las Cámaras se pusieron en receso, dejando nuevamente la República en paz i entregada al progreso de la revolucion que se efectuaba. Al regresar a sus hogares, los Representantes del pueblo, dejaban: la reforma en la mayoridad civil; la federacion financiera fundada en la lei de descentralizacion; la poderosa industria del tabaco, libre; la enseñanza pública, mejorada i en plena independencia la instruccion; ordenada la creacion de escuelas de arte i oficios, para las clases trabajadoras; abolidas las cuarentenas; suprimidos los pasaportes; mejorado el réjimen político i municipal, i realizadas importantes variaciones en los ramos fiscal i judicial. Si no se habia hecho todo lo que se deseaba, a causa de la resistencia del Senado, al manos se habian efectuado reformas bien trascendentales: se habia inspirado mas confianza a la sociedad; se habia dado un poderoso impulso a la marcha triunfal de la revolucion.

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