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Documento No. 102
Circular del Obispo de Popayán
Popayán, setiembre 9 de 1819.
Archivo General de Indias.
Cuba, legajo 744.
Nº 13. Circular a todos los curas del Valle.
Mis amados hijos en Nuestro Señor Jesucristo. Excitado de amor que os tengo y de los estrechos vínculos que desde el día de mi consagración contraje con todos mis diocesanos, me pareció que os debía dar una prueba la más terminante de lo mucho que me intereso por vuestra felicidad espiritual y temporal. Con este objeto, con fecha 27 de agosto, no me detuve en participaros del estado de fuerza en que se hallaba esta capital por las tropas reales que en ella había y por las de la división del señor general Calzada, que en número de más de dos mil estaban para llegar, y aconsejandoos, como debía, que permaneciéseis tranquilos y fieles a nuestro amado Soberano. Os manifesté que, auncuando por algunos momentos os pudieran lisonjear las halagüeñas esperanzas de una revolución, debíais creer que muy pronto se disiparían éstas con las tropas reales que deberían salir en breve para el Valle, para castigar a los malvados y restablecer la paz que estos pretenderían arrancar del seno de los pueblos pacíficos y virtuosos. Me glorio en el Señor de que dóciles a mis voces y no dudando de las verdades con que siempre os ha hablado vuestro patrón, y despreciando las intrigas de algunos perversos que os aconsejaban que no me creyéseis, os habeis mantenido en cuanto ha estado de vuestra parte fieles al Rey, nuestro señor, y sumisos a las autoridades legítimas, tanto los ricos e ilustrados como los pobres y sencillos. Así me lo ha informado mi vicario de esa ciudad y vuestro cura, cuyos elogios en favor de todos sus feligreses me ha llenado de satisfacción más completa y me excita a daros las más debidas gracias y a echar sobre vosotros mi bendición pastoral. A la hora de ésta ya habréis visto en ese Valle las tropas reales que os anuncié y me lisonjeo de que no dudaréis de mi verdad ni del amor que os tengo. He oído las órdenes que al punto de salir les dio en público este señor general, por las que les mandó tratasen con la mayor consideración y benignidad a los pueblos pacíficos y quietos; más que en aquellos que se resistiesen a las armas del Rey, nuestro señor, les hiciesen sentir todo el rigor de la guerra, no perdonándoles la vida a ninguno de los traidores. He visto salir estas tropas en número de cerca de quinientos y en cada uno de ellos he mirado un hermano y un amigo para con mis diocesanos fieles y sumisos; pero también he visto en cada soldado un azote que la divina justicia (2) para castigar los crímenes de mis hijos. Por lo tanto, con las lágrimas en mis ojos y con toda la dulzura de mi corazón, os pido y suplico por las entrañas de Nuestro Señor Jesucristo, no seais causa de aumentar las amarguras que actualmente sufro, viendo a muchos de mis diocesanos el que por su traición se hagan acreedores del más ejemplar castigo. Las armas del Rey ya están autorizadas para ejecutarlo. Los malvados que vivían escondidos entre vosotros, según las noticias que de positivo se nos han comunicado, han cometido el atentado atroz de quitar la vida al amable, virtuoso y valiente paisano nuestro, el gobernador de esta provincia, y herido y aprisionado a una multitud de personas de distinción y de virtud, tanto españoles como del país que lo custodiaban. Han robado y ultrajado a otra multitud de sacerdotes y vecinos pacíficos. Ellos han sido los agresores, y los males que ahora sufren, a sí mismos se deberán echar la culpa. Yo por mí parte que veo con el mayor dolor multiplicarse los males y que el término de todos ellos ha de ser el desprecio de nuestra religión sacrosanta, no puedo quedar indiferente para no hacerme responsable de una tolerancia criminal. Por lo tanto, en uso de las facultades que el mismo Dios me ha dado por medio de su vicario en esta tierra, por éste excomulgo con excomunión mayor ipso facto incurrida (3) a todos aquellos que cooperen de cualquier modo que sea o presten auxilios a los traidores para que lleven adelante su revolución. Declaro entredicho a todos los pueblos que no se sometan a las legítimas autoridades del Rey, nuestro señor, y a todos los eclesiásticos seculares o regulares que estuviesen en ello les suspendo el uso de sus licencias, les prohibo el que (le) digan misa, y les mando que no den sepultura eclesiástica ni hagan oficios divinos por todos aquellos que muriesen con las armas en la mano peleando contra las tropas reales, cuyas censuras deben extenderse a todos los pueblos y personas que en esta mi diócesis diesen motivo para incurrir en ella, (o) en público o privadamente. El Señor, por su infinita misericordia, os preserve por medio de vuestra tranquilidad y fidelidad a nuestro legítimo Soberano de incurrir en un abismo de males que nos estremecemos al vernos precisados a fulminar. Lo otro, nuestro amados hijos, sed dóciles a mi amorosas (... manchado) y os preservaréis de todos ellos, mereciendo las bendiciones del cielo como solo pido al Señor, y también las mías que desde ahora os doy con la ternura de mi corazón. Popayán y setiembre 9 de 1819. Salvador, Obispo de Popayán.
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(2) Falta una palabra como: manda.
(3) Subrayado en el original.
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