Documento No. 113

Del gobernador de Cartagena a Cagigal

Cartagena, junio 29 de 1820.

                 Archivo General de Indias.

                 Cuba, legajo 714.

Jefe Superior Político y

Militar de la Provincia.

Excelentísimo Señor.

Es una singular fatalidad que la primera vez que tengo el honor de comunicarme con Vuestra Excelencia sea para lastimar su corazón con relaciones desgraciadas, pero una serie de males y de desastres no me dejan otro arbitrio que interesar en ellos todo el amor nacional de Vuestra Excelencia como español, como caballero y como militar.

Desde el abandono de la capital de este Reyno en agosto del año pasado, no se ha hecho otra cosa que elegir los medios de concluír con lo que restaba en la costa. Imposiciones continuas a los pueblos, prisiones por solo sospechas, las más veces infundadas, omisión la más culpable en todas las disposiciones militares, negación de auxilios a las pequeñas divisiones que nos servían de antemural, y últimamente la apatía, el desorden y la arbitrariedad en toda su extensión produjeron un desaliento general en las tropas y un disgusto universal en los pueblos como consecuencia precisa de aquella conducta. En esta tan terrible situación y habiéndose dejado correr por el Virrey diez meses sin adelantar paso alguno, llegaron las noticias a esta plaza del juramento hecho en esa heroica isla de la Constitución política de la monarquía. Y como jamás brilla tanto un sistema liberal como cuando se vive bajo de la más despótica opresión, el pueblo de este vecindario y provincia, su guarnición y corporaciones se entusiasmaron hasta el punto de pedir a gritos el juramento de la Constitución, considerando a ésta como una egida que los pondría a cubierto de las arbitrariedades del Virrey que tanto tiempo habían sufrido.

En efecto, el día 7 del corriente se verificó este movimiento. Pero habiendo habido una fuerte oposición del Virrey, quedó todo paralizado, porque yo mismo traté de evitar el derramamiento de sangre que indudablemente hubiera sucedido. Pero habiendo llegado la imprudencia del Virrey hasta el punto de hacer prisiones y disponerse para castigos, dio esto un movimiento de reacción a todos, que el día 9, sin haber recibido orden alguna oficial, quedó jurada la Constitución, aunque sin el allanamiento del Virrey a este acto majestuoso. Los jefes militares y las demás corporaciones me oficiaron inmediatamente, exponiéndome como era regular, que si dicho jefe ni prestaba el juramento debido, no podían ni debían reconocerlo. En su consequencia, convoqué una Junta general para tratar este particular y habiéndose acordado en ella se exigiese el juramento al Virrey, este se denegó a prestarlo y últimamente después de otras dos juntas, diputaciones y otros pasos conciliatorios sin que hubiesen surtido el menor buen efecto, fue desconocida su autoridad en esta provincia, recayendo en mí por sucesión natural el mando.

Las circunstancias en que lo he tomado son las más apuradas y aflictivas. Las tropas que aquí existen son insuficientes a la defensa de esta plaza. Sus fortificaciones están en el peor estado de falta de fondos, sus almacenes de víveres no tienen ni para el día. Todo está en el mayor desorden por efecto de la apatía de aquel jefe y el enemigo, que ha batido nuestras fuerzas desalentadas en todos los puntos, se acerca con todas sus tropas de tierra y fuerzas navales a sitiarla.

No tengo que ponderar a Vuestra Excelencia lo interesante de esta plaza y creo que su pérdida no puede ser indiferente a ningún jefe español. Moriré en ella como es de mi deber y me sepultaré con su valiente aunque pequeña guarnición entre sus ruinas; pero este sacrificio tan justo y debido, no atrae ninguna utilidad a la nación, perdiéndose la plaza. Que ésta no se pierda creo ser lo que interesa y para ello es que molesto la atención de Vuestra Excelencia en quien tan dignamente resplandecen las cualidades de honor militar, decidido patriotismo y una filantropía sin límites. Dígnese pues, Vuestra Execelencia, no en mi obsequio sino en el de la nación a que pertenecemos, socorrer cuanto antes esta plaza con víveres, cuanto dinero sea posible, tropa y buques de guerra que alejen los piratas que infestan estos mares, burlándose del pabellón glorioso de la indomable nación española.

Sírvase Vuestra Excelencia influir con ese Tribunal del Consulado a fin de que, si por parte del erario nacional no pudiese mandarse todo aquel socorro que es necesario, a lo menos se consiga un auxilio de esos felices habitantes a sus hermanos de esta plaza, a cuyo efecto transcribo este oficio al expresado Tribunal, al Excelentísimo Señor Capitán General de Marina y a los señores Superintendentes Generales de Hacienda nacional y tabacos, a todos los cuales Vuestra Excelencia se servirá también hacer, como lo espero, una poderosa insinuación.

Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. — Cartagena de Indias, junio 29 de 1820 . — Gabriel de Torres.

Excelentísimo Señor Capitán General de la Isla de Cuba, Teniente General de los Ejércitos Nacionales, D. Juan Manuel Cagigal.

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