|
Documento No. 124
El gobernador de Cartagena al Secretario de Estado
Cartagena, octubre 18 de 1819.
Archivo General de Indias
Santa Fe, legajo 748.
Gobierno militar y político y
comandante general de Cartagena de Indias.
Excelentísimo Señor:
En la representación que por el conducto de Vuestra Excelencia tuve el honor de dirigir a los Reales pies de Su Majestad el 15 de julio último, me atreví a indicar que el Nuevo Reino de Granada caminaba precipitadamente a su ruina por las causas que allí manifesté. Tal vez parecería a Su Majestad y a Vuestra Excelencia mismo aventurada mi proposición y estampada con alguna ligereza; pero una triste experiencia me ha puesto a cubierto de este concepto y ha hecho manifiesto que los datos en que fundaba mi aserción eran casi infalibles. Todo el territorio comprendido desde el Chocó hasta Santa Fe ha sido otra vez ocupado por los rebeldes y los mismos pueblos han hecho conocer cuantas desventajas trae el no radicar en ellos la opinión pública, en que consiste su fuerza moral. En efecto, han tomado parte de los rebeldes, ya sea por su predisposición o ya por haber sido abandonados, y se hace indispensable una nueva conquista para volverlos a reducir a la debida obediencia a su soberano, tantas veces jurada y tantas desconocida. Como gobernador de la única plaza fuerte del virreynato y como comandante general de una provincia que se conserva en integridad aunque amenazada del enemigo, me creo en la obligación de dar un parte a Su Majestad de aquellos acontecimientos, con toda la individualidad posible y reclamar socorros proporcionados a la magnitud del mal. Este es el contenido y objeto de la adjunta representación (1), que ruego a Vuestra Excelencia se digne elevarla a las reales manos de Vuestra Majestad con aquella recomendación que demanda tan interesante suceso y es tan propia del celo de Vuestra Excelencia por la recuperación y conservación de los dominios de Su Majestad.
Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Cartagena de Indias, octubre 18 de 1819.
Excelentísimo Señor.
(Firma): Gabriel de Torres [Rubricado]
Excelentísimo Señor Secretario de Estado y del Despacho Universal de la Guerra.
Documento No. 124-A
Archivo General de Indias.
Santa Fe, legajo 748.
El gobernador y comandante general de la plaza y provincia de Cartagena de Indias da parte a Vuestra Majestad de la pérdida de la capital del Nuevo Reino de Granada, provincia de Antioquia y Chocó, retirada del Virrey, tribunales y otros muchos emigrados a esta plaza, términos en que se ha hecho esta retirada y, últimamente, del riesgo que amenaza a esta provincia en el estado de miseria en que se halla.
Señor:
Tal vez el ministerio más penoso que tienen que desempeñar los que, como yo, se hallan al frente de una de las provincias que constituyen la monarquía, es la obligación de manifestar a su soberano los sucesos desagradables que deben lastimar su real ánimo y poner en ejercicio su sensibilidad; pero es forzoso sobrepasar por toda consideración y cumplir con tan delicado deber, por más que el amor a la real persona de Vuestra Majestad se resiente y la voluntad esté remisa en desempeñarlo. Los acontecimientos ocurridos en el Nuevo Reino de Granada desde el principio de agosto son de la mayor magnitud, tienen una trascendencia de demasiada extensión y deben llegar a los reales pies de Vuestra Majestad tales como ellas han sido, sin disimular de modo alguno ni las causas que les han originado, ni las consecuencias que han producido y pueden producir en lo sucesivo.
En mi respetuosa representación que dirigí a Vuestra Majestad en 15 de julio último dije, entre otras cosas, que todo anunciaba una disolución general y que la pérdida del Nuevo Reino de Granada se entreveía a través de la opresión de los pueblos, de la ninguna protección que se les dispensaba y de las contribuciones superiores a sus fuerzas con que se les gravaba. Lo dije, Señor, y lo dije penetrado de que no podía menos de suceder así. La experiencia más funesta ha correspondido a mi pronóstico y el Nuevo Reino, a excepción de una muy pequeña parte de su territorio, es presa otra vez de los novadores.
¿Pero cómo podía suceder otra cosa? La fuerza moral de los pueblos destruida; estos vejados, despojados en el mayor desorden de sus frutos, de sus ganados y de cuanto podía formar su subsistencia, sin satisfacérseles jamás el importe de estas exacciones, y la justicia con su balanza inclinada siempre a favor de los que cometían estas vejaciones. Todas estas causas reunidas ¿podían producir efecto al servicio de Vuestra Majestad, a cuyo nombre se han hecho tantos infelices, ni vasallos fieles que sostuviesen sus reales derechos? Es necesario, Señor, que los jefes de estos dominios se penetren (como dije en mi citada representación) de que el único medio de hacer leales es el de hacer ver a los pueblos que bajo el paternal gobierno de Vuestra Majestad son más felices que bajo el de los rebeldes, y que los medios de conseguir esto no son las vejaciones, la falta de protección y el consentimiento tácito o expreso de arruinarlos, sino la administración más rigurosa de justicia, la protección que las leyes designan y las demás a que está obligado el que manda, especialmente en unas circunstancias en que mas que nunca es necesario tener un incansable celo para hacer amable el dominio de Vuestra Majestad.
La fuerza física por otra parte estaba en la mayor licencia, destruída la disciplina militar o a lo menos enervada, acostumbrados los soldados a ser mandados por jefes de valor, si se quiere, pero sin casi otra virtud militar, arrancados por la fuerza, sin orden, sin un repartimiento igual y sin discreción alguna de la agricultura, de las artes y del seno de las familias, conducidos siempre a desolar su misma patria. ¿Podría esperarse que fuesen jamás soldados subordinados y que lograsen victorias y honor para las reales armas de Vuestra Majestad? La experiencia lo ha acreditado y todas estas causas han hecho desaparecer la tercera división del ejército expedicionario que cubría la capital de este Nuevo Reino. En efecto, Señor, el día 7 de agosto fue deshecha por los rebeldes, más por una absoluta dispersión que por un obstinado combate; efecto de la indisciplina más que de la superioridad de las fuerzas del enemigo.
Parecía que este revés no podía producir la pérdida absoluta del Reino, porque reunidos (como debía suceder) los dispersos en la capital y defendiéndola con los abundantes recursos que en ella había, se detendría el curso del enemigo. Esta conducta era de esperarse en vista de no haberse tomado ninguna medida para salvar los archivos, los caudales de Vuestra Majestad y los de los particulares, no obstante haber sido invitado el virrey para ello por la Audiencia y otras personas. Pero no sucedió así. Pues habiendo recibido en la noche del 8 noticias de la dispersión de la división, al amanecer del 9 abandonó a Santa Fe sin el menor aviso a los fieles vasallos de Vuestra Majestad que existían allí, sin salvarse ni los archivos ni los caudales, dejando cerca de un millón de pesos de Vuestra Majestad que habrá aprovechado el enemigo, y a todos sus infelices habitantes en la mayor desolación.
A pesar de esta conducta (que no me toca juzgar) la emigración ha sido muy numerosa, pero ¡en qué términos, Señor! Vasallos de Vuestra Majestad que antes contaban con una fortuna de más de doscientos mil pesos han quedado reducidos a la mendicidad; los ministros de la Audiencia, los primeros empleados del Reino y cuantos leales pudieron traslucir el abandono de la capital, tuvieron que salir de ella, la mayor parte a píe sin más equipaje, a excepción del Virrey y algún otro, que lo que traían puesto, y últimamente expuestos a todos los males y aun a la misma muerte que algunos sufrieron por falta de alimento y saturados de una fatiga a que nunca estuvieron acostumbrados. El enemigo que creían a la espalda y el temor de que los pueblos del tránsito se sublevasen y los asesinasen, habiendo ya sido abandonados por el jefe que marchaba muy adelante, les hacía redoblar los esfuerzos que ya descaecían. Los más robustos pudieron vencer todos los obstáculos; pero los demás, destituidos de todo socorro, sin protección alguna, cayeron bajo el enorme peso de la miseria, de la fatiga y de la desesperación.
El Virrey con algunos pocos que pudieron seguirle y sus guardias de infantería y caballería, llegó a la villa de Honda el 10 por la tarde, a donde el correo tarda tres días, y al siguiente 11 al amanecer se embarcó, dejando la misma villa abandonada. Este punto cubre por el flanco derecho la provincia de Antioquia y estoy persuadido que debió haberse conservado lo que en mi concepto se hubiera logrado muy a poca costa, porque teniendo la retirada asegurada por el Magdalena y de bastante difícil acceso por el camino de tierra, con poca fuerza se hubiera establecido un punto de apoyo y reunión para la emigración y para los dispersos de la tercera división, ya que se abandonó la capital y sus inmediaciones.
El día 12 llegó el Virrey a Nare, pueblo de poca importancia pero muy interesante en las circunstancias, porque además de cubrir también la provincia de Antioquia proporciona dominar con mucha facilidad la angostura de Carare, punto esencialísimo para la defensa del río. Pero en los mismos términos se abandonó, siguiendo el 13 para Mompox donde llegó el virrey el 16. Algunas disposiciones dio en esa villa nombrando en ella comandante militar y ordenando la reunión de embarcaciones armadas que a la fecha se está verificando; pero después de tres o cuatro días siguió el viaje y llegó a Turbaco, cuatro leguas de esta plaza. En 18 desde Mompox me había avisado oficialmente de su llegada a esta provincia (2), y confieso a Vuestra Majestad que me sorprendió en extremo, pues aunque había previsto la ruina del Reino, jamás me había figurado que de una pequeña acción resultase la pérdida de la capital y cerca de trescientas leguas; pero ello ha sucedido y los enemigos dominan desde el Chocó hasta Santa Fe.
Del abandono de esta capital ha resultado la pérdida total de la tercera división, pues algunas reuniones de dispersos conducidos por oficiales beneméritos y acreditados que venían a replegarse sobre la capital buscando un punto de apoyo, al ver que el Virrey había marchado sin hacerse firme en punto alguno, que los almacenes de pólvora estaban volados, la artillería clavada y sin recurso, se dispersaron enteramente. Los soldados, unos se presentaron al enemigo tomando partido, otros se fueron a sus casas y de toda la división solo unos doscientos hombres de infantería y caballería lograron salir reunidos a las orillas del Magdalena, en donde, hallándose sin buque, se han salvado construyendo balsas que los han traído hasta Mompox (106). Del abandono de Honda y Nare ha resultado la pérdida de las provincias de Antioquia y Chocó, hallándose la de mi mando amenazada por las fuerzas que dominan la primera por hallarse en contacto con ella por su flanco derecho.
En el momento que supe la llegada del virrey a Turbaco pedí y obtuve su permiso para pasar a cumplimentarlo. Y en efecto lo verifiqué el 2 de septiembre. Todos mis esfuerzos en esta entrevista tuvieron por objeto hacer conocer la situación desgraciada de esta provincia, su nulidad de recursos, sus muchas atenciones y últimamente lo interesante de esta plaza, llave y antemural del Reino. De todo pareció quedar bastantemente impuesto y yo regresé a ella con la lisonjera esperanza de ver remediados algunos males. Le oficié inmediatamente sobre todos aquellos objetos. Más, habiéndose recibido noticias oficiales de haber el enemigo ocupado el punto de la angostura de Nechí y la población de este mismo nombre que se halla dentro ya de los límites de esta provincia, el Virrey determinó su venida a esta plaza donde llegó el 18 de septiembre y aún existe.
Desde dicho día no ha pasado uno en que no haya hecho a este jefe indicaciones ya verbales ya de oficio sobre las necesidades de ella [
-
Cartagena], nulidad a que están reducidos los productos de sus rentas, cargas indispensables que tienen para sostener su guarnición, fortificación, arsenal, marina, artillería, etc., aumento de atenciones por la venida de tantos empleados desnudos a quienes es preciso socorrer y, últimamente, sobre la necesidad de establecer almacenes o repuestos de víveres a lo menos para tres meses para el caso de ser atacada esta plaza. Pero nada he conseguido, las necesidades aumentan cada día más y más sin que hasta ahora se haya hecho otra cosa que reducir a expediente complicado las operaciones más sencillas del arte de la guerra, con el enemigo casi a la vista.
Con respecto a operaciones militares se han mandado cerca de ochenta hombres al gobernador de Antioquia para que reconquiste una provincia levantada casi en masa. Se han enviado cerca de otros cien al punto de Ocaña que allí subsisten sin poder operar de modo alguno por más que el punto sea como es militar e interesante, por hallarse incomunicado con el interior, y se han reunido fuerzas sutiles para dominar el río Magdalena. Este es el todo de las operaciones visibles que se han dispuesto en más de dos meses que en mi pequeño concepto prometen pocos o ningunos progresos, pues aunque se han mandado levantar milicias en esta provincia, en la de Santa Marta, en Valledupar y Riohacha, no creo practicable la realización porque es necesario mantenerlas, necesidad en que absolutamente no se piensa.
Este, Señor, es el verdadero estado del Reino y de las provincias que Vuestra Majestad se dignó conferirme. Nada me es más sensible que lastimar el corazón de Vuestra Majestad y tal vez la opinión del jefe que se halla al frente del Reino. Pero mi honor y mi responsabilidad me comprometen a ello. Vuestra Majestad, Señor, y no yo es a quien corresponde calificar la buena o mala conducta de aquel, pero a mi es a quien toca defender esta provincia y es forzoso hacer presente cuanto pueda servir a descargar mí responsabilidad en esta parte. Decidido como lo estoy a sacrificarme y perecer como debo en el punto en que Vuestra Majestad se dignó colocarme, desearía que mi sacrificio fuese fructuoso, atrayendo alguna utilidad a la nación y gloria a las reales armas de Vuestra Majestad; pero recelo fundadamente que este deseo tan justo y tan debido quede inutilizado.
La única esperanza que queda para alejar al enemigo de esta provincia es la diversión que le está haciendo el general don Miguel de la Torre que marchaba al frente de un pequeño refuerzo a tomar el mando de la tercera división al tiempo que fue destruída. Este jefe valiente aunque con pocas fuerzas, se ha hecho fuerte en la ciudad de La Grita, ha conservado la comunicación con el general don Pedro Morillo, espera sus socorros y llama la atención del enemigo de un modo harto decidido y amenazante para que pueda desentenderse. Y a esta operación, estoy persuadido, se debe la salvación del resto del Reino y se deberá seguramente la recuperación de lo perdido. De otro modo, el enemigo sin oposición hubiera penetrado por la de Antioquia a esta provincia, la hubiera privado de los veinte y dos mil pesos mensuales que contribuye y que forman casi todos sus recursos, interceptando los víveres y afligiendo esta plaza al extremo de tal vez tener que sellar con una muerte gloriosa el juramento que hice de defenderla. Pues me habría hallado el enemigo sin recursos, sin víveres y últimamente sin prevenciones para una rigurosa defensa de aquella, que no pueden hacerse sino en el momento preciso, porque jamás pude persuadirme que provincias enteras, puntos interesantes y ríos caudalosos pudieran abandonarse sin ver al enemigo, dejándolo a trescientas leguas de distancia.
Dios, Nuestro Señor, guarde la importante vida de Vuestra Majestad muchos años. Cartagena de Indias, 18 de octubre de 1819.
Señor.
A los reales pies de Vuestra Majestad.
(Firma) Gabriel de Torres [rubricado
¾
].
________
(1) Documento Nº 124-A
(2) Documento Nº 75.
REGRESO AL INDICE
SIGUIENTE
|