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Documento No. 125
Mosquera y Cabrera al Rey
Cartagena, enero 4 de 1820.
Archivo General de Indias.
Santa Fe, legajo 784.
El ministro decano regente de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, informa a Vuestra Majestad en su Real y Supremo Consejo de Indias los acontecimientos de aquel Reino, protestando no haber cumplido antes con este deber ni como ministro particular ni en su Cuerpo, por hallarse gravemente enfermo.
Señor:
Don Francisco de Mosquera y Cabrera, ministro decano de la Real Audiencia da Santa Fe, puesto a los Reales pies de Vuestra Majestad, con el más sumiso respeto expone: que a principios del mes de agosto del año próximo pasado, cuando acaeció la irupción y violenta entrada de los rebeldes de Venezuela a la capital de este Reino capitaneada por Simón Bolívar, salió el exponente con la precipitación y celeridad como lo hicieron el virrey, los demás ministros del Tribunal, los empleados de todas las oficinas y los vasallos leales de Vuestra Majestad. De resultas de un viaje emprendido bajo tan fatales auspicios, rodeado de peligros que se multiplicaban por momentos y careciendo de todo género de socorros en la absoluta miseria a que esta concurrencia lo redujo, el exponente que fue siempre de una salud delicada y de una constitución muy débil, hubo de rendirse a las fatigas imponderables que experimentaba y se enfermó gravemente en uno de los pueblos del tránsito para esta capital. Por un especial favor de la Providencia se liberó de la muerte; pero al cabo de cuatro meses y medio, apenas empezó a convalecer de la postración, debilidad y decadencia absoluta en que ha quedado, y cuando por extraordinario esfuerzo ha podido hacerse conducir a esta plaza, ha sabido en ella con admiración que ni la Audiencia ni sus ministros en particular han dado aviso a Vuestra Majestad de la pérdida de casi todo este Reino, como debieron hacerlo en virtud de su obligación y en cumplimiento de la Real Carta acordada de 20 de junio del año de 1818. Para llenar, pues, este deber, el exponente, cuando le es posible verificarlo y evitar por su parte toda responsabilidad, informa a Vuestra Majestad lo que sigue:
Los insurgentes de Venezuela con una porción considerable de tropas inglesas y los rebeldes de los Llanos de Casanare a las órdenes de Simón Bolívar, que se titula el Libertador de las Américas, invadieron a fines del mes de mayo o principios de junio próximo pasado las provincias de este Reino y llegaron a situarse en la de Tunja, a dos días de distancia de la capital. El virrey, capitán general, dio todas las disposiciones que estaban a su alcance para la defensa, y la 3ª división del Ejército Expedicionario que se hallaba en las fronteras compuesta de dos mil hombres, hizo prodigios de valor para oponerse y derrotar al enemigo, como lo consiguió en muchas acciones parciales; pero al fin, hubo de superar la fuerza mayor y nuestras tropas fueron absolutamente derrotadas el día 7 de agosto último por las del enemigo que ascendían a cuatro mil y más.
La noticia de esta desgracia llegó a Santa Fe el 8 al anochecer, pero los ministros de la Audiencia y el público no lo tuvieron hasta las tres de la mañana del 9. De esto y de la necesidad de evitar el peligro próximo que amenazaba, provino el desorden de la huída que ha hecho más daños y causado peores resultas que el enemigo mismo. Porque saliendo el virrey a las cinco de la mañana con sus capitanes de guardia y uno u otro empleado que le acompañaban, se llenaron de pavor todos los demás e imitaron su ejemplo sin cuidar de poner a salvo más que sus personas.
Bien previó la Audiencia este acaecido y bien procuró evitarlo a lo menos en la parte sensible de verse hoy reducida a la miseria, a la mendicidad y al infortunio una porción muy considerable de los vasallos de Vuestra Majestad, pues es claro que si se hubiese accedido a lo que propuso al virrey un mes antes de la derrota de nuestra división en el acuerdo, de que se acompaña testimonio a Vuestra Majestad bajo el número 1 (1 ) y sí se le hubiese permitido trasladarse a un punto de seguridad para no estar sujeta a las contingencias varías y peligrosas de la guerra, la habría seguido el Tribunal de Cuentas, las administraciones principales de todos los ramos, los comerciantes y vecinos acomodados, llevándose consigo los primeros sus archivos y papeles, y los segundos, sus caudales cuantiosos de que se ha apoderado el enemigo, como lo ha hecho también de la Casa de Moneda con sus fondos.
El Virrey, a vista del citado acuerdo, contestó a la Audiencia que el día 1º de agosto le haría pasar las gazetas del mes de julio en que se detallaban las acciones y ventajas de nuestra división sobre el enemigo. Como esto quiere decir en buena traducción, que los temores de la Audiencia eran infundadas y frívolas, y como él es un antiguo militar de conocida capacidad y parecía de una consumada prudencia y que por su cargo de capitán general y de virrey reporta (?) sobre sí todo el cuidado y responsabilidad de este Reino, descansé la Audiencia sobre su concepto y no se atrevió tampoco a empeñar una disputa que sin lograr el objeto propuesto habría producido perniciosos efectos, haciendo discordar las autoridades.
La Audiencia, sin embargo, puso a cubierto su honor y el de sus ministros aun en los momentos precipitados de la retirada, pues a las tres de la mañana del día 9 pasó al palacio del Virrey a informarse del acontecimiento de la derrota que se rugía (sic) en el público, no teniendo aviso de oficio. Y como el jefe asegurase ser cierto añadiendo que él iba a emigrar el día mismo y que los oidores podían hacerlo donde tuviesen por conveniente, bien a Popayán o bien a Cartagena, se reunió el acuerdo en las casas del Tribunal y se celebró el de que se acompaña a Vuestra Majestad testimonio bajo el número 2 (2).
Por él se ve que la Audiencia dispuso el modo de llevar consigo el Real Sello y dio la única providencia que en circunstancias y- momentos tan apretados era adaptable para conservar su archivo. El ministro que representa, como director de la Junta de Montepío puso también orden en cuanto fue posible a que se libertasen los fondos que existían depositados en cajas pertenecientes a varias pensionistas de todas las provincias, que por no haber enviado sus poderes no los habían percibido; y oficiando a los ministros de Real hacienda para que los sacasen con los caudales de Vuestra Majestad, contestándole de palabra que no había tiempo ni bagajes para verificarlo, los puso en poder del tesorero del mismo Monte para que andase de ocultarlos, socorriendo entre tanto las viudas que los reclamaran con derecho y documentándose en debida forma.
En el mes de septiembre oficié el virrey al ministro que representa para el restablecimiento de la Audiencia en esta plaza. Y contestándole en los términos que se ve por los documentos números 3º y 4º (3), se entendió con el oidor que seguía en turno y el Tribunal volvió a comenzar su despacho desde el día 11 de octubre de 1819 próximo pasado.
Las cosas permanecen a lo que se ve en el mismo estado que el mes de agosto. Bolívar se gloría pacífico y tranquilo en la posesión de casi todas las provincias de este Reino y su capital. No se tiene aquí noticia del modo con que ha tratado los pueblos, porque parece que nos divide una inmensa distancia, o que median entre nosotros dilatadas mares, cuando estamos en un mismo continente. No se cuenta con más auxilios que los que puede enviarnos el general en jefe don Pablo Morillo desde Venezuela, porque el mariscal de campo don Miguel Latorre, que se halla con algunas tropas en las inmediaciones de San José de Cúcuta, y el coronel don Sebastián de la Calzada, que ha reunido muchas de las dispersas en la derrota y parte del regimiento de Aragón por la vía de Popayán, no pueden reunirse ni se atreverán a atacar al enemigo que hoy tiene fuerzas infinitamente mayores. El virrey desde aquí ha enviado algunas compañías del regimiento de León que guarnece esta plaza con un excelente jefe, para echar al enemigo de la provincia de Antioquia, y otra pequeña expedición ha salido para el Chocó; pero ni la una ni la otra tienen tiempo para operar todavía.
No se puede dar a Vuestra Majestad una idea del estado crítico y lamentable en que se halla esta provincia, sin comercio, sin agricultura, sin recursos y empobrecida absolutamente por las calamidades que ha tenido que sufrir en la pasada revolución y aun después que se volvió a establecer en ella el gobierno de Vuestra Majestad. Sin embargo su vecindario, aunque miserable, mantiene por contribuciones mensuales la guarnición y empleados a media paga. Más, como recursos tan violentos no pueden ser durables, ya se toca en la imposibilidad de conseguir socorro para los objetos referidos; y cuando es preciso emplear mayores esfuerzos porque los peligros se aumentan, se disminuyen o mejor dicho, se extinguen todos los medios de poder lograrlos.
El ministro que representa cree que Vuestra Excelencia estará al cabo de estas noticias, porque el gobierno se las habrá comunicado tan luego como han ido ocurriendo los acontecimientos; pero por los motivos que indica al principio de su exposición y para libertarse de toda responsabilidad es que dirige el presente informe.
Dios guarde a Vuestra Majestad muchos años. Cartagena de Indias, enero 4 de 1820.
Señor.
A los Reales pies de Vuestra Majestad.
(Firma:) Francisco de Mosquera y Cabrera.
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(1) Documento Nº 35.
(2) Documento Nº 53.
(3) Documentos 80 y 81.
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