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Documento No. 2
De Morillo al Secretario de la Guerra
Febrero 26 de 1818.
Guerra
Número 222
Principal
Manifiesta el estado en que se hallan las fuerzas rebeldes de caballería de los Llanos del Apure y la conducta que ha observado la Real Audiencia, intendente y demás empleados en estas provincias, emigrando y abandonando sus destinos cobardemente por falsos rumores esparcidos sobre la suerte del ejército.
Excelentísimo Señor:
Por carta separada de esta fecha manifiesto a Vuestra Excelencia las acciones que ha tenido la 1ª división de este ejército desde el 12 del actual, y que a consecuencia de ellas y del número considerable de caballería enemiga ha sido preciso abandonarles todo el Llano, que es imposible dominar sin fuerza respetable de aquella arma. Hemos, en verdad, perdido poco si se atiende a los recursos que ya ofrecían los Llanos comprendidos entre el Apure, Orinoco y Unare, pues que la guerra sangrienta y asoladora que en ellos se ha sostenido, la despoblación y la permanencia de las tropas han acabado con los hatos de ganado, los caballos y cuanto en ellos había.
Los rebeldes del Apure y el Arauca, gente feroz y perezosa, que aun en los tiempos de paz han errado en caravanas por la inmensa extensión de las llanuras, robando y saqueando los hatos y las poblaciones inmediatas, han encontrado en la guerra una ocasión muy favorable para vivir conforme a sus deseos e inclinaciones. Hubo un hombre que supo conocerlos, reunirlos y hacerlos pelear por la causa del rey con la esperanza del saqueo y del pillaje, que es el móvil que los anima. Este fue el difunto coronel don José Tomás Boyes que, hallándose en el Apure cuando Bolívar y demás caudillos rebeldes dominaban estas provincias, se puso a la cabeza de estos mismos llaneros que hoy nos hacen la guerra y, señalándoles los pueblos opulentos del interior, los condujo a ellos y acabó con los traidores (3). Pero restablecido el gobierno legítimo, volvieron a su país estos hombres que no pueden vivir sino a caballo ni en otra parte que en sus Llanos, entre las vacas y el ganado, y fueron poco a poco reuniéndose en pequeñas partidas, proclamando la independencia, que era la voz con que podían robar.
En este tiempo las armas de Su Majestad dominaban estas provincias, la plaza de Cartagena y el Nuevo Reino de Granada, y muchos de los cabecillas que de todas partes se fugaban, se fueron acogiendo a las gavillas de los Llanos, fundando con la emigración numerosa que condujeron, varias poblaciones en los desiertos del Arauca.
Yo hice cuanto fue posible por destruirlos y efectivamente logré coger muchos de los mas nombrados y arrojarlos de los Llanos de San Martín y del Casanare, persiguiéndolos en mi venida del Reino hasta la época de la batalla de las Macuritas, hato situado en el banco que forman el Apure y el Arauca, donde todos los llaneros se habían reunido a las órdenes del atrevido partidario, José Antonio Páez. Este caudillo a quien no falta inteligencia y valor, supo aprovecharse del camino que dejó abierto el famoso Boves, e hizo lo mismo que él con los llaneros, apoderándose de todas las caballadas, de todos los hatos de ganado, y dejando a sus contrarios sin medio de poderles hacer la guerra en el desierto país donde formaron su residencia.
He trabajado desde entonces incesantemente por reunir un cuerpo de caballería que unido a la europea pudiese acabar con la de Páez, que son los enemigos de mayor cuidado en Venezuela; pero todo lo mas que han podido conseguir mis desvelos ha sido contener las irrupciones de estos malvados, defendiendo la provincia de Barinas y toda la orilla izquierda del Apure, porque nunca he logrado estar en aptitud de pasar con suceso a atacarlos en su territorio, puesto que la infantería, además de lo que sufre en las distancias y el clima, no ha conseguido ventajas decisivas sobre ellos en ninguna de las ocasiones en que se ha venido a las manos.
La organización de los cuerpos de caballería es sumamente costosa y su entretenimiento origina también crecidos gastos cuando no pueden mantenerse los caballos en potreros ni en los pastos como los que hay en el Apure. Para todo ésto no he tenido arbitrios ni he podido buscarlos, porque dependiendo como lo estoy del superintendente, del capitán general y hasta del último administrador de la real hacienda para sacar aunque sea una ración, resulta que ningún auxilio se me ha suministrado y que el ejército ya habría perecido sin los socorros que vinieron del Reino y los que tan generosamente se me han franqueado por el capitán general e intendente de isla de Cuba.
Vuestra Excelencia habrá visto a estas horas por mis cartas anteriores los esfuerzos que he hecho, manifestando a las autoridades de Venezuela el estado del ejército y la urgente y precisa necesidad de auxiliarla, para que pudiese operar con suceso contra los rebeldes, y habrá visto también Vuestra Excelencia los acuerdos y actas que con este motivo se han extendido. Pero todo ha sido tan inútil como cuantos pasos he dado anteriormente y, dejándome abandonado a mi propio, limitado por todas partes y sin facultad de hacer nada, apenas he podido atender a la más precisa subsistencia de la tropa.
Tengo la satisfacción de haber previsto con mucho tiempo las funestas consecuencias que debían seguirse a la causa de Su Majestad en estos dominios, por no hallarse bajo una sola mano los recursos que es menester emplear en la guerra y la facilidad de variar un sistema tan pernicioso e irregular como el que se observa. Y si Vuestra Excelencia se digne traer a la memoria mis repetidas exposiciones en esta importante materia, verá el fruto de mí experiencia y conocimientos en el territorio en que estoy. Los que creen que estos países, frenéticos con la idea de independencia, particularmente Venezuela, pueden sujetarse por medios suaves y conciliatorios, no tienen interés alguno por el servicio de Su Majestad y miran con mucha indiferencia la conservación de estas posesiones. Y cuando juzgan que un país sublevado, con enemigos poderosos y audaces que cuentan con la protección y auxilio de las Colonias y obran sin trabas ni limitaciones algunas, puede pacificarse sin emplear los mismos medios, hacen traición a su entendimiento, imponen al gobierno y tienen el egoísmo de sacrificar los intereses del Rey y la gloria de la Nación a su beneficio particular.
La copia número 1º que acompaño a Vuestra Excelencia (4) lo es de una carta que me dirigió el infame Bolívar en los días que permaneció delante de Calabozo, por cuyo insolente lenguaje verá Vuestra Excelencia las ideas que abriga este traidor, el aprecio que él y los que le siguen han hecho de los indultos publicados y la inaudita osadía con que se atreve a profanar el augusto nombre del Rey, nuestro señor. No devolvió más que tres prisioneros de los que cita y eran de los asistentes que estaban forrajeando, habiendo pasado a cuchillo toda la Compañía de Cazadores de Navarra que fue rodeada en la Misión. El más alto desprecio y la acción dada en el pueblo del Sombrero, fue mi única contestación a este malvado a quien, como a cuantos siguen el partido revolucionario en Venezuela, no se convencerá jamás ni se atraerá al camino de la razón por la piedad y clemencia, sino con el mas ejemplar castigo.
Mientras que las armas de Su Majestad triunfaban y abatían el orgullo de los enemigos, algunas especies que se esparcieron sobre haber sido atacado el cuartel general en Calabozo, fue bastante para trastornar el interior de estas provincias y que los jueces, las autoridades, los empleados de Hacienda, todo el mundo abandonase sus puestos y emigrase cobardemente. Tres días faltó solo mí correspondencia, que fue el tiempo que invertí en llegar al pueblo del Sombrero, y esta circunstancia basté para que el superintendente, abandonando los caudales, se embarcase en la Guaira, los ministros de la Audiencia hiciesen lo mismo, y que todos, todos cuantos servían a Su Majestad en la capital y demás pueblos, faltando a sus deberes, huyesen sin saber de qué, con un terror y cobardía de que no hay ejemplo. El mismo capitán general interino quiso abandonar a Caracas donde estaba con toda su fuerza el Batallón de Burgos. Y fue menester el celo y serenidad del brigadier don Miguel de la Torre que estaba allí curándose de sus heridas y de otros oficiales del ejército, para que lo distrajesen de esta idea.
Por las copias que incluyo bajo el Nº 2 (5) podrá Vuestra Excelencia formar la completa idea de cuanto ha pasado y se enterará del acta celebrada en 18 del actual en Junta de Guerra que hizo reunir el capitán general, de la proclama que publicó en 19 del mismo y del oficio que me dirigió al siguiente día.
Luego que llegué a la ciudad de San Sebastián de los Reyes empecé a notar la emigración escandalosa de los habitantes y supe a poco con el mayor sentimiento la pusilánime conducta de todas las autoridades de estas provincias, que solo pensaron en salvar sus personas. Nadie había visto los enemigos, pues que no han pasado de los Llanos, y ninguno trató de averiguar dónde estaban ni cuál era mi situación. De suerte que si la victoria no hubiera coronado nuestros esfuerzos, a la menor desgracia aquí me dejaban abandonado, entregado a la ventura, sin contar con una sola persona que me ayudase.
Tal es, Excelentísimo Señor, el modo con que se sirve a Su Majestad en estos dominios, y de esta clase de hombres es de quienes depende la conservación y subsistencia del ejército. ¿Qué le importa al intendente, a la Audiencia, a tantos otros, como están percibiendo sus sueldos pacíficamente en la capital, el feliz éxito de las armas del Rey, la seguridad de las provincias ni de sus tropas si al menor rumorcillo están ciertos de abandonarlo todo y embarcarse? Ahora lo han hecho el mismo día en que yo estaba escribiendo los sucesos favorables que se habían obtenido y cuando remitía las banderas cogidas al enemigo.
Al coronel Calzada, en consecuencia de la Junta de Guerra, pasó órdenes el capitán general para que obrase de un modo muy diverso del que yo le tenía prevenido, trastornando la operación que le mandé a hacer sobre el Apure para auxiliar la villa de San Fernando y apoderarse de las caballadas y ganados de los enemigos, que es su única riqueza, mientras distraídos con todas sus fuerzas se habían internado en el Llano para acometerme. Felizmente Calzada ha sido con repetición avisado del estado de mis operaciones. Pero si por cualquier motivo no ha recibido los oficios que le he dirigido, puede entorpecerse el buen resultado que me prometía de su marcha.
Ahora que todos abandonaban los pueblos y cuidaban solo de embarcarse con sus riquezas, cuando se dejaban abandonadas las esclavitudes y las haciendas a merced de los enemigos, se ha exclamado por la importancia del batallón de esclavos, que con tanta tenacidad se ha impedido organizar por los mismos que se han opuesto a tan ventajoso proyecto, y han visto la utilidad de aquella gente para el Llano y conservación de la fuerza europea, como también para quitar esta recluta al enemigo, que es la única con que hasta el presente nos hacen la guerra.
En el estado en que se hallan estas provincias y sus jefes, es imposible, Excelentísimo Señor, que yo continúe mandando en ellas, ni creo que humanamente pueda obtener su pacificación sin contar con los elementos que se necesitan para destruir a los enemigos. Mis cortos conocimientos no alcanzan a operar contra los insurgentes obteniendo resultados felices sin poder disponer de cosa alguna y que, cansándome en pedir los auxilios que necesito a los que manejan todos los recursos, me dejen, como sucede ya ha mas de un año, sin recibirlos, al mismo tiempo que los enemigos que he de combatir tienen correspondencias, relaciones y noticias del interior, que tampoco está en mi mano el evitar porque no puedo castigar a los culpables ni poner en estado de impotencia a los sospechosos.
Ruego, pues, a Vuestra Excelencia encarecidamente ponga en conocimiento de Su Majestad todas estas circunstancias, pidiéndole se digne relevarme en el mando del ejército que desempeñará otro jefe con mayor provecho y acierto. Yo soy más a propósito, tal vez, para seguir como subalterno, sirviendo al Rey, nuestro señor, en estos dominios, aun cuando Su Majestad me autorizase de nuevo con las amplias facultades que me concedió al encargarme de la expedición, porque no puedo obrar nunca contra mis principios ni contra el pleno convencimiento que tengo, de que nada se adelantará en la pacificación de Venezuela, como el que mande en ella, mientras esté en insurrección, no sea absoluto en sus facultades e inexorable en el castigo de los delincuentes.
La primera división del ejército, compuesta de la mayor parte de los cuerpos europeos, se halla acantonada en esta villa y en diversos puntos de los valles de Aragua, guarneciendo todas las avenidas de los Llanos a donde no ha llegado ninguna partida rebelde. Las tropas se hallan animadas del mayor entusiasmo y del ardor que inspira la victoria y la superioridad que han hecho conocer al enemigo. He dispuesto que de la gente que se reúna en dichos valles útil para el servicio se completen los regimientos de la Unión y Castilla, al total de 1200 plazas cada batallón, formando compañías separadas de esta recluta, aunque perteneciente al mismo cuerpo, cuya medida proporcionará mucha ventaja al servicio de Su Majestad por la disciplina e instrucción que puede darse a los nuevos alistados unidos a los soldados europeos y mandados por el cuadro de oficiales, sargentos y cabos de tan acreditados regimientos.
También he pasado nuevos avisos al coronel Calzada, comandante general de la 4ª y 5ª división, a fin de que reúna toda la caballería que pueda sacarse de los Llanos y provincia de Barinas, como también brigadas de mulas para los transportes de víveres, que no me ha sido posible lograr de la real hacienda, a pesar de la numerosa extracción que se hace de dichas caballerías para el extranjero; disponiéndome luego que tenga noticias positivas de la situación de dicho jefe, a reunir un buen cuerpo de caballería con la europea y del país, para marchar nuevamente sobre los enemigos.
Me veo en la obligación de citar a Vuestra Excelencia con el mayor elogio al ministro auditor de este ejército, don Ignacio Xavier Uzelay, oidor de la Real Audiencia, cuyo sujeto se halló en la acción del Sombrero y vino desde dicho pueblo a estos valles, comisionado por mi para recolectar víveres y subsistencias a las tropas. El influjo que tiene entre sus habitantes y el celo y actividad con que ha trabajado, ha proporcionado en pocos días de donativo en frutos mas anchos que la Intendencia en un año, asegurando además las subsistencias por espacio de seis meses, servicio importantísimo que lo hace acredor de mí reconocimiento y a que lo recomiende, como lo hago, especialmente a la consideración de Vuestra Excelencia.
Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años. Cuartel general de la villa de Cura, 26 de febrero de 1818.
Excelentísimo Señor.
(Firma) Pablo Morillo
Excelentísimo Señor Secretario de Estado y del Despacho Universal de la Guerra.
(3) Un aporte de primer orden para la
comprensión del movimiento llanero bajo Boves, es el estudio de Germán Damas:
"Boves, aspectos socio-económicos." Caracas, 1968.
(4) Documento 127.
(5) No se encuentra en el documento.
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