INTRODUCCIÓN

CAPITULO I

EL CONGRESO DE ANGOSTURA

 

En la segunda mitad de julio de 1819 subía por el Orinoco la goleta norteamericana “Nonsuch”, al mando del comodoro Oliver Hazard Perry, comandante del buque “John Adams” que, debido a su excesivo calado, no pudo entrar la barra del río. Perry había sido designado por el Secretario del Estado John Quincey Adams para visitar Angostura y Buenos Aires y entrar en negociaciones con los respectivos gobiernos republicanos sobre algunos asuntos pendientes. De acuerdo con las instrucciones impartidas por Quincey al Secretario de la Marina Smith Thompson, el 20 de mayo del mismo año (1), tal viaje no debía significar un reconocimiento oficial de esos gobiernos independientes, pues los Estados Unidos observaban una estricta neutralidad de acuerdo con sus compromisos internacionales y sus propios intereses, v. gr. comerciales. En las instrucciones dadas a Perry se le ordenaba hiciera ver a ambos gobiernos las ventajas que tal neutralidad aportaba a su lucha por la independencia, lucha que, como debía declarar, encontraba plena simpatía por parte del gobierno y del pueblo norteamericanos. El envío de un simple comandante de navío en vez de un representante diplomático, haría —dice la instrucción— “la comunicación más amigable y confidencial, por ser enteramente informal”.

     Con el fin de preparar a Perry para su comision ante el gobierno de Angostura, se le comunicaban varios detalles: las diligencias emprendidas por el gobierno venezolano para lograr el reconocimiento oficial mediante el envío de José Cortés Madarriaga, la pugna surgida entre Bolívar y el agente estadounidense Baptise Irvine sobre barcos confiscados por el almirante Brión y la participación del representante venezolano Lino de Clemente en el incidente de la Isla Amelia en las Floridas (2).

     Sin embargo, según se desprende del documento, el principal objetivo del viaje de Perry era precisar el papel asumido por los Estados Unidos e Inglaterra en el Congreso de las potencias europeas reunidas en Aix-La-Chapelle. Perry debía explicar a las autoridades de Angostura la actitud de esos países que favorecía constantemente a los patriotas, la cual, entre otras cosas, impidió que el Congreso accediese a confirmar la soberanía de España sobre sus colonias, declaración exigida por esta como requisito previo para entablar negociaciones con los insurgentes. Perry debía insistir sobre el derecho de Estados Unidos, como país neutral, de ejercer el libre comercio con las dos partes contendientes así como lo estipuló el Congreso Norteamericano, protestar contra las irregularidades con que las autoridades de Angostura expedían patentes de corso contraviniendo prácticas establecidas por todas las naciones, y quejarse de la piratería que se estaba cometiendo con la anuencia de los gobiernos republicanos (3).

     Perry llegó a Angostura el 26 de julio y por hallarse ausente Bolívar fue recibido por el vicepresidente, Francisco Antonio Zea. Una vez concluída su misión se reembarcó en el “Nonsuch”; pero atacado de fiebre amarilla murió el 23 de agosto en las bocas del Orinoco.

     De esta expedición, sobre la cual se hicieron varias conjeturas por parte de las autoridades españolas, quedó un diario llevado por el capellán del barco, John N. Hambleton, que comienza el 11 de julio y finaliza el 25 de agosto en Trinidad. Este diario contiene detalles del viaje sobre el río, describe las regiones recorridas, los indios, las poblaciones y las fortificaciones ribereñas e informa sobre la actividad del gobierno independiente, sus recursos económicos y militares y sus objetivos políticos (4). Incluye la descripción de 22 líderes de la revolución, presentes y ausentes; los últimos, compañeros de Bolívar en la expedición al Nuevo Reino. Los retratos que ofrece Hambleton de estos últimos son especialmente interesantes pues, aunque no pueden considerarse completamente imparciales, se basan sobre datos recibidos por Hambleton en Angostura. Esto permite conocer el ambiente que allí reinaba cuando el Libertador se en­contraba en su célebre expedición.

     Es probable que las pasadas desaveniencias de Bolívar con el agente norteamericano Irvine influyeran en el cuadro nada favorable que ofrece Hambleton del Libertador. “El gobierno —escribe— es extremadamente sanguinario y frecuentemente condena a muerte sin juicio previo, civil o militar. Por cierto, me pregunto si en este país existe ley alguna salvo la voluntad de Bolívar, dictador absoluto. El fue quien ordenó el fusilamiento de Piar, oficial galante, conquistador de Angostura, bajo la acusación de abrigar ambiciones personales, tratando de seducir a los soldados a su causa; pero se cree generalmente que el verdadero motivo fueron los celos por el talento y buena reputación de que gozaba Piar. Bolívar sostiene su propia reputación con muchos procedimientos semejantes. Es natural de Caracas, hombre no de mucha educación, pero de gran energía y considerables habilidades militares. Sus maneras son más bien corteses y pulidas”.

     “Páez —declara Hambleton—, general de brigada, es natural de la provincia de Barinas. Su extracción social es oscura y en su juventud ejercía, según se dice, oficio de criado. En 1815, cuando Morillo logró el completo dominio sobre las fuerzas patriotas, Páez levantó una partida de guerrilla compuesta de la mejor caballería del país y en virtud de su perfecto conocimiento del Apure, Mérida y Casanare, pudo hostigar y embarazar en gran manera las fuerzas realistas. Se ha unido a Bolívar frente a Angostura y ascendió inmediatamente a general. Es un hombre de gran valor personal, buenas habilidades, pero sin educación. Está al mando de todas las fuerzas en Barinas y Apure, unos 2.500 hombres principalmente de caballería. Esta es indudablemente la división más fuerte del ejército patriota. General Páez posee 12.000 caballos adiestrados para el servicio. El 28 de junio pasado, sostuvo una sangrienta batalla con el general Latorre en la pequeña aldea de La Cruz y lo venció infligiéndole una pérdida considerable. Esta victoria le dio una segura posesión de Barinas y de los Llanos de Apure”.

     De Santander escribe Hambleton: “Santander es natural de la Nueva Granada, un hombre joven perteneciente a una de las mejores familias del Reino. Se había distinguido por su talento y comportamiento durante toda la revolución. En 1815 y 16, al ocupar Morillo la Nueva Granada, Santander ha reunido unos pocos hombres y ha formado una guerrilla. Tomó posesión de Casanare, llevando con gran éxito una guerra depredatoria contra el ejército realista. Sus fuerzas, que al principio contaban solo 100 hombres, han crecido hoy día a 4.000. Sus tropas y las del general Bolívar están destinadas para operar contra Santafé y, juzgando por las últimas cartas recibidas por el Vi­cepresidente, este no duda del buen éxito de la campaña”.

     De Anzoátegui dice Hambleton: “El brigadier Anzoátegui está con Bolívar en Granada como comandante de un cuerpo de infantería. Es muy joven pero promete ser un buen general”.

     “La total fuerza militar de Venezuela —declaraba el capellan—, incluyendo algunos destacamentos no mencionados, puede estimarse en 15.000 efectivos, aproximadamente”. Y continúa: “El general Bolívar, comandante en jefe de la República y su presidente, está actualmente en el interior de la Nueva Granada, a la cabeza, según se dice, de 6.000 hombres, incluyendo el ejército de la Nueva Granada anteriormente al mando de Santander. La marcha de Bolívar a aquella provincia no tiene solo por objeto el de cortar el aprovisionamiento de Morillo sino también levantar tropas para invadir a Caracas cuando lo permita la estación del invierno. También intentará recoger recursos en aquella provincia para facilitar al Congreso la continuación de la guerra con mayor vigor e iniciar la futura campaña que comenzará el próximo mes de enero, fecha en la cual Bolívar piensa volver a Venezuela”.

     Dos conclusiones se deducen del informe de Hambleton, cuyas exageradas noticias sobre la cantidad de tropas y caballos de que disponen los patriotas, son la mejor prueba de que habla de acuerdo con los informes recibidos de fuentes oficiales: primero, que Bolívar gozaba de pocas simpatías en Angostura aunque se aceptaba su energía y habilidad militar; y segundo, que para los venezolanos la acción de Bolívar contra la Nueva Granada tenía como único objeto el de reunir recursos para prose­guir la guerra local venezolana.

     Y ciertamente, las divergencias entre Bolívar y los demás jefes venezolanos, casi desde los comienzos de la expedición a Tierra Firme, son bien conocidas y la campaña de 1818 poco podía contribuir al prestigio del Libertador ( 5 ). Varias razones pueden aducirse para que, pese a la oposición, el Congreso le confirmase como general en jefe. Tal vez se quiso neutralizar las pugnas aparecidas entre los caudillos venezolanos. La designación podría obedecer al hecho de que Bolívar se hallaba virtualmente empeñado en una campaña que solo interrumpió temporalmente para inaugurar el Congreso, de manera que su ausencia de Angostura estaba asegurada. Es difícil conocer los verdaderos móviles del nombramiento, pues sería ingenuo creer en la sinceridad de los grandilocuentes discursos parlamentarios de que se regalan generosamente los políticos y que solo excepcionalmente revelan hechos que suceden detrás del telón: presiones de los partidos, ambiciones personales, intrigas, pactos y convenios. Y ya que un documento contemporáneo, aunque no del todo imparcial, es siempre más valioso que especulaciones abstractas basadas en una documentación deficiente u obviamente partidista, veamos lo que sobre este tópico escribe José María Barreiro, jefe de la 3ª división que operaba en la Nueva Granada, basándose en informes recibidos de Angostura por los espías.

     Dice así: “De resultas de las continuas pérdidas que en Venezuela sufrió Bolívar, formaron los revolucionarios una especie de congreso o senado que depuso del empleo del jefe supremo a aquel cabecilla, dejándole solamente la condecoración del General en Jefe de un ejército que él debía sostener y fomentar al igual que Páez, Zaraza y otros de algún concepto en los Llanos. Bajo este aspecto tuvo que abandonar Guayana con sus fuerzas y venir al Apure a hacer la guerra, en donde continuamente ha estado huyendo del excelentísimo señor General en Jefe (Pablo Morillo), disminuyéndose por consiguiente sus tropas y concepto. Concluida la campaña de aquellas provincias, viéndose sin puntos para sostenerse con seguridad, y con desaveniencias con Páez, formó el designio de venir a Casanare a unirse con Santander que, como nombrado anteriormente por él, debía contar con su apoyo. Así lo ha ejecutado y unidas ambas fuerzas han penetrado al Reino del que conserva siempre el título de gobernador el General Santander, y el de General en Jefe, Bolívar. De todo lo que se infiere, que su designio ha sido venir a un país donde no tenían noticias de su deposición, fomentarse algún partido, ver si puede apoderarse de algunas provincias y sacar algunos recursos para con ellos contrarrestar el poder del senado y nombrar el supremo que antes ejercía”. (Documento Nº 39).

     Hay varios hechos que confirman, por lo menos en esencia, lo dicho por Barreiro, es decir: a) la poca autoridad que concedían los caudillos venezolanos a Bolívar, pese a su título de General en Jefe; y b) ser la empresa de la reconquista del Nuevo Reino el mérito exclusivo de Bolívar, sin la contribución material o moral de los venezolanos.

     Veamos estos hechos. La estratégica expedición de Urdaneta a lo largo de las costas venezolanas convenida con Bolívar, para que, atacando los puertos, distraiga una porción del ejército realista y con ella contribuya al buen éxito del simultáneo avance de Bolívar a lo largo del Apure, no tuvo lugar (6). Arismendi se negó a proporcionar la flota para no comprometer la seguridad de Margarita; y Bermúdez negó su contribución con soldados, porque solo le interesaba la Guayana (7). Por fortuna, tales defecciones no tuvieron graves consecuencias para el ejército libertador, pues Morillo por temor a la expedición de Urdaneta y a los corsarios que infestaban el Caribe, no pudo dejar desguarnecida la costa (8). Bolívar avanzaba pues a lo largo del Apure y Arauca hacia el occidente, a través de insinificantes encuentros con las fuerzas realistas que guardaban las fronteras meridionales de la Venezuela ocupada por Morillo.

     La defección de Páez cuando, en vez de forzar la entrada al valle de Cúcuta como fue convenido, regresó a Guasdualito apenas comenzada la campaña (Documento Nº 16-A), es otra prueba de la limitada autoridad de que gozaba Bolívar. Esta acción del caudillo venezolano limita con traición, pues Páez abandonó a Bolívar a su suerte, dejándole en peligro de verse atacado por la espalda desde Barinas por Latorre. Ciertamente, al darse cuenta Morillo de esta defección, ordenó la marcha de aquel general a Casanare para atacar al Libertador (9); orden que afortunadamente no tuvo efecto sobre la campaña, pues Latorre ya no hubiera podido alcanzar a aquel, dificultando además tal persecución la estación del invierno y las guerrillas patriotas. Sin embargo, la acción de Páez permitió a Barreiro el retiro del grueso de los ejércitos que protegían Pamplona (Docu­mento Nº 5) y luego el de la provincia de Socorro (Documento Nº 15), reforzar los pasos de la cordillera oriental por donde Bolívar pudiera penetrar al Reino (Documento Nº 8), y aumentar las posibilidades de resistencia.

     Las consecuencias del retiro de Páez fueron mucho más graves para la posterior liberación de toda la costa atlántica de la Nueva Granada. Permitió a Latorre la consolidación de sus fuerzas en las montañas de Cúcuta, Pamplona y Ocaña (Documento Nº 124-A), lo que estableció una comunicación directa entre Sámano y Morillo y retardó la recuperación de Cartagena, Santa Marta y Riohacha por más de un año. Permitió, además, el restablecimiento en Cartagena de las autoridades huídas de Santa Fe (Documentos Nos. 80 y 122) y fomentar durante mucho tiem­po las esperanzas de los realistas de poder reconquistar el país.

     Con todo, no fue a Páez a quien las autoridades de Angostura llamaron ante el consejo de guerra. Durante toda la campaña libertadora Zea y Bolívar fueron expuestos a duros ataques por parte del Congreso que culminaron en la destitución del primero de la vicepresidencia y un intento de juzgar al segundo como desertor. Por fortuna, el éxito logrado por Bolívar en su campaña, cuya noticia llegó a Angostura el 19 de septiembre (10), le salvó de un consejo de guerra, cuya sentencia no era difícil de preveer: la ejecución. Y tal como predecía Barreiro, Bolívar volvió a Venezuela para restablecer su autoridad en el Congreso.

 

* * *

 
     No me considero suficientemente versado en los acontecimientos de aquella época para poder emitir un juicio sobre la actitud de los venezolanos con respecto a Bolívar y a su campaña libertadora de la Nueva Granada; pero creo que transcurrido un siglo y medio de aquellos sucesos, al historiador le corres­ponde investigar fríamente todos los datos documentales, aun los más contradictorios, sin herir la suceptibilidad de las partes.  
 

     De acuerdo pues con lo arriba expuesto, la campaña libertadora fue una acción concebida por Bolívar y ejecutada sin la colaboración material o moral de las autoridades venezolanas, no obstante que en el ejército figuraban destacados militares de esa nación. Si la integración de estos militares al ejército bolivariano obedecía a la absorbente personalidad de un Páez, Arismendi o Mariño —precursores del cacicazgo político, tan funesto en la historia política de América latina y que persiste, incluso en nuestros días— quienes cerraban a aquellos militares el campo de acción en su propia patria impidiendo su promoción; o si simplemente se trataba de la idiosincracia aventurera del elemento militar que buscaba gloria en nuevos campos de batalla, o si mediaba el odio a España u otros motivos personales, es un aspecto que corresponde a los estudios biográficos de tal o cual “héroe”, sin que los motivos influyeran de manera esencial en el desarrollo de los acontecimientos.

 

________

  (1 )   Archivos Nacionales, Washington, D.C.

 

(2)   Irvine llegó a Angostura el 12 de julio de 1818 para protestar contra el apresamiento de dos goletas “Tigre” y “Libertad”, que llevaban abastecimientos a Angostura, pese al bloqueo declarado por Bolívar el 6 de enero de 1817. (Vicente Lecuna. Crónica razonada de las guerras de Bolívar. New York, 1950, pág. 224), Clemente nombrado como ministro plenipotenciario el 12 de julio de 1818 (Ibid. pág. 226). Esta obra se señalará en lo sucesivo con: Crónica.

  (3)     Lecuna (Crónica pág. 229) acepta lo que dice el comandante de marina: “Puede decirse que con los corsarios se pusieron los primeros fundamentos de la República”. “Con sus productos —continúa— se sostuvieron el tren militar de Margarita, los voluntarios ingleses llegados a la isla y se hicieron posteriormente las expediciones a Barcelona, Santa Marta y Cartagena”.

Por su parte Bolívar escribía a Brion el 22 de febrero de 1819, oponiéndose a la compra de navíos: “La experiencia nos ha probado la utilidad de los corsarios ... Si hubiéramos adoptado su conducta —la del gobierno de Buenos Aires— obtendríamos ventajas sin costo alguno por parte del gobierno... Lejos, pues, de recoger las patentes que se han expedido, estoy bien determinado a librar todas las que pueda” (Crónica, pág. 251). Las quejas de Estados Unidos no, carecían, pues, de fundamento.

 

(4 )   Archivos Nacionales, Washington, D. C.

  (5 )     “Pugnas sordas o abiertas con hombres agresivos y poderosos como Mariño, como Arismendi, como Piar, como Páez, como Bermúdez... “. (Arturo Uslar Pietri en “El Tiempo”, Bogotá, febrero 23 de 1969).

  (6)     Bolívar esperaba con ansia la cooperación de Urdaneta (Cró­nica, págs. 259, 278 y otras). Véase también: Simón Bolívar, Obras completas, Vol. I , pág. 384 (en lo sucesivo: Obras).

  (7)                     Crónica, pág. 256.

  (8)                     Crónica, página 321.

  (9)     Antonio Rodríguez Villa. El teniente General don Pablo Morillo, primer conde de Cartagena, Marqués de la Puerta. Madrid, 1908. Tomo IV, pág. 43. (En lo sucesivo: Rodríguez).

 (10)      Crónica, pág. 367.

 

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