Tercera y cuarta prisión de Nariño 1809

 

El 23 de Noviembre de 1809, don Antonio Nariño, quien sin duda pensaba que no había habido denuncios contra él, estaba tranquilamente en su casa cuando recibió un recado del Mayor de la Plaza de Santafé (don Rafael de Córdoba) de parte del Virrey quien le notificaba que era preciso que le fuese á ver á Palacio; pero en lugar de conducirle á la morada del señor Amar le llevaron al cuartel que hoy se llama de San Agustín y era en donde se hallaban las fuerzas que acababan de llegar de Cartagena. Sin descubrirle cuál había sido el motivo de su nueva prisión, le trasladaron en altas horas de la noche, en medio de crecida escolta, al cuartel de caballería, en donde había pasado tantos años encerrado. Allí se encontró con el Oidor Miñano, preso como él, y antes de que aclarase el día los sacaron á ambos en vía para Cartagena, sin permitirle cambiar de vestido, á pie y sin recursos pecuniarios ningunos. Felizmente se apiadó de él el Alferez que mandaba la escolta, llamado Angel González, y no tuvo inconveniente en que uno de sus hijos le llevara un caballo, algún dinero que le envió su mujer y además que le acompañara en su viaje en vía para la costa. En Honda supo que la Virreina le aborrecía tanto que había dado orden de que le metieran en un calabozo de Bocachica, privado de comunicación con el mundo exterior y también de alimentos hasta que muriese de hambre. Aquella noticia le hizo hacer todo esfuerzo para fugarse en la navegación del Magdalena, como lo hizo efectivamente.

Durante una de aquellas noches de tempestad, que en esas regiones llenan de espanto hasta los corazones más valientes, la escolta que custodiaba los prisioneros se descuidó; aterrada con el fragor de lo rayos, cegada por las descargas eléctricas, ensordecida por el bramar del viento y del aguacero tropical, no notó ni ella ni su Comandante González que Nariño con su hijo habían conseguido una exigua piragua, que se embarcaban en ella, se dejaban llevar por la corriente y bajaban solos por el río abajo, abandonando la embarcación que él custodiaba.

¿Cómo no zozobraron los arrojados prófugos? Esto parece realmente un milagro. Al cabo de tres días, del Banco á Santamarta, Nariño arribaba por los caños y ciénagas hasta aquella ciudad y se asilaba en la casa del Cura Párroco de la población que tan adicta fué á los españoles durante las guerras de la independencia. (1)

El desdichado Nariño pensaba que estaba allí seguro y que podía embarcarse en vía para el extranjero; pero la suerte nunca le fué propicia! Era el santafereño ilustre demasiado conocido en el país; no faltó quien le viera y quien le denunciara á las autoridades españolas; de manera que el 20 de Diciembre se vió nuevamente preso en manos de crueles verdugos junto con el hijo que le acompañaba. Sumiéronle en un obscuro calabozo y remacharon á padre é hijo pesados grillos......

El dolor que como tierno padre le causaban las penas y los sufrimientos de su hijo, le arrancaron tristísimes ayes y quejidos:

"Ya están cumplidos, suspiraba con desesperado acento, ya están cumplidos los deseos de mis enemigos, ya agregaron una nueva víctima á su furor y á mi corazón un nuevo tormento para acabarme; mi desgraciada mujer no resistirá este nuevo golpe, morirá ¿cuál es mi delito? Lo ignoro..............."

En aquel momento sintió reclinarse sobre su pecho, en la obscuridad, la cabeza de su hijo, el cual procuraba consolarle con su ternura, prodigándole palabras de esperanza.

Como les habían despojado del poco dinero y prendas de algún valor que llevaban consigo y sus carceleros se negaban á alimentar á los presos, tuvieron que vender los vestidos que les cubrían la carnes para sustentarse durante el tránsito de Santamarta á Cartagena. A esta ciudad llegó el padre enfermo y se le agravaban los males con los padecimientos de su hijo. Colocáronle en un calabozo fétido y horrible, en donde le caminaron los grillos de camino más livianos y le remacharon otros que pesaban treinta y seis libras. Como el calabozo era estrecho y no tenía más destino que el de encerrar á los grandes criminales condenados á muerte, soltaron al hijo de Nariño y entonces permaneció solo en aquel lugar, en donde el aire era tan mefítico que los soldados que entraban á reconocerle no permanecían en él sino el tiempo indispensable, porque no podían respirar. Su enfermedad fué creciendo en intensidad, de tal manera que ya no le cabían las piernas en los anillos de los grillos; entonces le quitaron los de una pierna y en su lugar le agregaron siete varas de cadena. En aquel calabozo permaneció quince días, al cabo de los cuales le pasaron al castillo de San José de Bocachica; pero para gozarse en sus sufrimientos le llevaron á él á medio día por las calles de Cartagena, en medio de una escolta y arrastrando la cadena como un bandido. (2)

La intención de la Virreina, según se dijo, era que muriese de hambre y de miseria y que su cadáver sirviese de pasto á los tiburones de la Bahía de Cartagena, así es que no le suministraban alimentos ni medicinas para curarle el mal que padeció durante cuatro meses.(3) Sin embargo, dice el mismo Nariño, si esto no sucedió, fué porque la Divina Providencia sugirió á su hijo el vehemente deseo de acompañarle, á pesar suyo. "Este hijo, añade, cuya virtud consolaba mi corazón, al mismo tiempo que me proporcionaba alimento (de limosna) había movido con su triste aspecto el corazón naturalmente compasivo de don Enrique Somogar (4) que desde el día de mi llegada se decidió á sostenerme la vida, sin conocerme y sólo por satisfacer los impulsos de su alma noble y generosa. ¿Qué sería de los desgraciados si de cuando en cuando no produjera la naturaleza almas sensibles? Somogar recogió á mi hijo en su casa; Somogar, sin reparar en los tiranos ni en los aduladores, franquea su bolsillo y sus servicios personales para que yo no muera, y á estas dos criaturas debo el aire que respiro."

Según un documento de aquella Gobernación el Gobernador de la plaza, don Francisco de Montes, quiso, en beneficio de la mala salud de Nariño, trasladarle de Bocachica á una de las prisiones de la inquisición, pero el preso "suplicó con todo encarecimiento que le permitiese subsistir en el castillo de San José de Bocachica." Cosa por cierto que parece increíble, tanto más cuanto que Nariño en su escrito, ya citado, dice:

"De Bocachica se me pasó á las cárceles de la Inquisición y se me alivió de las cadenas á instancias de don Antonio de Villavicencio, que desde su llegada á Cartagena (5) tomó el mayor interés en mi alivio, y que con este paso me salvó del terrible golpe de que me remitieran á Puerto Rico."

En la prisión de la Inquisición permaneció mes y medio después de la partida de Villavicencio en vía para la capital del virreinato. Estando allí presentó un escrito á la Junta provincial de Gobierno, fechado el 27 de Mayo de aquel año (después de la deposición del Gobernador Montes), pidiendo que se le ponga en libertad. En este escrito dice que ignora el motivo de su prisión y destierro, pues nunca se le ha interrogado sobre cosa alguna, ni tomado una declaración siquiera. En dicho escrito repite la narración de su viaje desde Santafé y describe los sufrimientos que ya conocemos, las injusticias, las crueldades que con él y su hijo han usado. "¿Qué más se podía haber hecho conmigo, exclama, en el Asia ó Constantinopla?" Dice después que le han informado extra-oficialmente que su prisión consiste en que se renovó su causa pasada de 1794, la cual era preciso poner de nuevo en tela de juicio. En pocas líneas se defiende otra vez del delito de haber publicado, pero no distribuído, sino al contrario quemado, la hoja que había impreso sobre los Derechos del Hombre...... "Diez y seis años, dice, de prisiones, que ahora se han renovado en diez y seis años de oprobio y miseria, no han sido bastantes para castigar el delito, el enorme delito de...... los Derechos del Hombre...... Pero lo más raro, lo más singular de mi situación es, añade, que tengo que valerme de los mismos principios de los derechos del hombre para solicitar justicia y reclamar mi libertad. Por lo dicho hasta aquí se ve que he sido privado de mi honor, de mi libertad y de mis bienes, sin conocimiento de causa, ni decisión de Tribunal; esto es, que se ha quebrantado uno de los más sagrados derechos del hombre, que se han violado nuestras leyes, y que se ha procedido conmigo arbitraria y despóticamente; y cuando vemos rayar la aurora de nuestra libertad y el renacimiento de nuestras leyes; cuando los Supremos Tribunales, que representan á nuestro desgraciado Monarca, no cesan de repetirnos la igualdad de derechos, la igualdad de protección; cuando nos aseguran, finalmente, que ya no tenemos que temer la arbitrariedad de los favoritos, de los tiranos, ni de los hombres de gobierno, ¿permitirá el Juez Civil que dentro del recinto de su jurisdicción haya un hombre de bien, sí, en toda la extensión de esta palabra, que diga: yo me hallo ultrajado, oprimido, vilipendiado, se me priva hasta del pan y de la palabra y no encuentro protección ni amparo?......

...... "Pero, si á pesar de mi inocencia, de la injusticia notoria de mi padecimiento, de las enfermedades que me aquejan y de la anterior reflexión, se quisiere que dé fianza de carcelería, están prontos á otorgarla por mí los sujetos que suscriben; en cuya virtud, á Vuestra Señoría suplico provea y mande como llevo pedido, que en lo necesario juro, etc."

 

La mayor parte de los fiadores que presentó Nariño tuvieron después grandísima parte en los trabajos de la Independencia. (6) En vista de este memorial Nariño fué puesto en libertad, pero no se le permitió salir de Cartagena, como él naturalmente lo desearía, sino que permaneció allí con la ciudad por cárcel.

Ya se habían tenido informes en Cartagena acerca de la situación de alarma en que se hallaba el virreinato entero y particularmente la capital. Allí el 26 de Abril había tenido lugar una discusión entre dos miembros del Cabildo, don Ignacio Herrera, criollo, y don Bernardo Gutiérrez, peninsular; éstos depués de darse voces pasaron á las vías de hecho, en lo cual tomaron parte los demás cabildantes, hasta que llegó la guardia de Palacio que los puso en paz, llevándose presos á los iniciadores del disgusto. Pocos días después se exacerbaron los ánimos con la entrada que el imprudente Virrey hizo hacer de las cabezas de dos jóvenes que se habían pronunciado contra el Gobierno español en los llanos de Casanare (Vicente Cadena y José Rosillo) los cuales habían caído prisioneros y fueron fusilados inmediatamente. Viendo, sin embargo, la malísima impresión que aquellas cabezas que se exhibían en la Plaza mayor, hacía entre el pueblo, Amar las mandó quitar de las escarpias y enterrar. Pero la agitación crecía, el odio al Virrey y á su mujer no tenía límites, de manera que éstos no se atrevían á presentarse en público.

Se insurreccionó Pamplona, se levantó contra el Gobierno el Socorro, cundía la chispa revolucionaria como sobre reguero de pólvora y sin duda Nariño, que la había regado hacía diez y seis años, vería con suma satisfacción y contento el resultado de sus esfuerzos; pero se veía atado de pies y manos, sin poderse mover de aquella población, en que tenía muchos amigos, es cierto, pero estaba lejos de su familia, á quien tanto quería y privado de la presencia de su amada ciudad natal, en donde su influencia era suprema, como se verá después.

Al fin Nariño tuvo noticia de lo sucedido en Santafé de Bogotá el 20 de Julio; la prisión de los Virreyes, Oidores y altos empleados del virreinato, el cambio de gobierno, la aclamación de una Junta Suprema y el nombramiento de un Gobierno provisional independiente de las Juntas Supremas de España. No era una independencia franca de la Península, puesto que se reconocían los derechos de Fernando VII, hijo de Carlos IV, ambos presos y que se hallaban bajo el dominio del Emperador Napoleón; pero por algo se debía de empezar y Nariño ansiaba ardientemente volver á Santafé y hacer pesar sus opiniones y su autoridad en el Gobierno novel.

¿Qué le impedía emprender viaje al interior del país? Tenemos que confesarlo: su pobreza extrema; su falta de dinero; la imposibilidad de emprender tan dilatado viaje sin recursos pecuniarios!

Acerca de esto escribió á su mujer doña Magdalena Ortega de Nariño, aquella matrona abnegada que tantas angustias había sufrido, durante más de diez y seis años.

Ella pidió entonces al recien fundado Gobierno que le enviasen á Cartagena algún dinero, tomándolo de los bienes del mismo Nariño que el Virrey Amar había confiscado en provecho propio.

Le contestaron con frases ambiguas, encomiando el patriotismo de Nariño y avisándole que la Junta Suprema le había nombrado Ministro suyo en los Estados Unidos de Norteamérica, á donde debería ponerse en marcha desde la costa.

Pero aquel nombramiento no tuvo efecto y Nariño permanecía en Cartagena sin poder volver á Santafé! Triste situación la del primer patriota que sólo deseaba el bien de su país! Cómo sorprendernos de las desgracias que todos los hombres de algún valor han sufrido entre nosotros cuando desde un principio los que han tenido el poder en sus manos han sido tan ingratos?

Doña Magdalena pedía apenas quinientos pesos para remitir á Nariño; pero la Junta Suprema consideró aquella suma demasiado crecida y le mandó cuatrocientos no más á Cartagena y esto porque un abogado, el doctor Santiago de Torres y Peña protestó contra la injusticia que con él se usaba y además presentaron un fiador (don Andrés Otero) quien suscribió el pedimento, junto con doña Magdalena Ortega, los cuales ofrecían en nombre de Nariño que reintegraría el dinero prestado, si no tenía efecto el pleito que se sostenía contra el Virrey Amar ó su apoderado, quien le había arrebatado sus bienes para venderlos en provecho propio.

De un escrito que sobre este asunto presentó Nariño al Tribunal del Gobierno de Santafé de Bogotá, extractamos las siguientes líneas en que se refiere á la conducta del nuevo Gobierno con respecto á él:

"Al mes de mi salida de la Inquisición sobrevinieron los sucesos del 20 de Julio en esta capital. Aquí comienza un nuevo orden de cosas y parece que al mudarse el Gobierno debía yo prometerme mudaría también mi suerte, pero no fué así. La fortuna será variable en dispensar sus favores, mas no lo ha sido conmigo para perseguirme; yo permanecí preso tres meses más en un bujío en el pie de la popa, y durante este tiempo veía que se sacaba de la prisión como en triunfo y se hacía vocal de la Junta al Canónigo Magistral, don Andrés Rosillo; que se le perpetuaba la renta y los honores al Oidor don Baltazar de Miñano; que se hacía Sargento Mayor á don Joaquín Ricaurte; que se le enviaban socorros á Maracaibo, para su regreso á esta ciudad, al doctor don Juan Agustín Estévez; y, en una palabra, que se distinguían y premiaban á todos los que el antiguo Gobierno oprimía por sus opiniones políticas, contentándose para conmigo con decirme, al cabo de dos meses, que este Gobierno había reconocido tácita é indirectamente mi inocencia, con haber pensado en darme cierto encargo al Norte de América. Nada de esto disminuía mis ardientes deseos por la gloria y prosperidad de mi patria; pero no podía menos que causarme novedad una singularidad opresiva cuya causa no encontraba y aún ignoro."

Al mismo tiempo que presentó aquel escrito pasó la cuenta de lo que había gastado con motivo de su destierro y el valor de sus bienes embargados por el Virrey Amar. (7)

El apoderado del desterrado señor Amar alegó que se debería pedir informes sobre aquéllo al depuesto empleado español, en lo cual convinieron, según parece, los Tribunales. A esto contesta Nariño en otro escrito que firma con su abogado doctor José Antonio Maldonado:

"Mi queja se dirige contra un hombre depuesto de su empleo por sus injusticias, por esas crueldades y latrocinios tan públicos en esta ciudad y en todo el Reino, que apenas hay persona que los ignore. ¡Pedir informe al Virrey como Virrey! Esto sería reconocerlo todavía como tal. ¿Y cuándo podría yo ver cumplida la justicia que solicito, si fuera preciso aguardar que el Excelentísimo señor Virrey de Santafé, se dignara informar desde Galicia ó desde París? Y si es todavía Virrey ¿con qué autoridad se le manda informar por los nuevos Tribunales? Será remotamente presumible que este hombre se someta desde Europa á las órdenes de unos Tribunales que lo han depuesto? No es esto má bien querer eludir la justicia de un hombre inocente cruelmente maltratado y reducido á la miseria, por sostener un caudal manchado con las lágrimas de estos desgraciados pueblos?

"Si se consulta la práctica, dice el apoderado, no se hallará caso semejante al presente. Ya lo creo. ¿Y qué caso igual ó semejante se podía hallar, siendo esta la primera vez que la América rompe sus cadenas y depone de sus empleos á los Virreyes que la gobernaban? El caso que se debe consultar es, si este sátrapa me formó una causa en los términos legales; si se me oyó en ella; y si convicto y confeso se me condenó á las penas y tormentos que refiero en mi escrito. Es lástima que las circunstancias hubieran obligado al nuevo Gobierno á precipitar su partida y que impune y con la mayor parte de los caudales, fruto de sus rapiñas y de las de su cruel mujer, se halle ya seguro al otro lado de los mares; que de otro modo veríamos si no se daba por más que bien librado en sólo pagarme con el dinero lo que tan justamente solicito. ¿Con qué me resarciría este bárbaro los tormentos que me hizo sufrir (quizá sólo porque no fuí uno de los que sacrificaron al ídolo de su codicia), los males que aún padezco y quizás también la pérdida de mi virtuosa y afligida mujer, que se halla luchando con la muerte, agobiada de las pesadumbres que le causó mi prisión y destierro? Yo quisiera que el apoderado del ex-Virrey se diera una vuelta por mi casa y viera las tristes escenas que en ella pasan diariamente, todas consecuencias de la piedad y justicia de su poderdante, y que entonces juzgara si me hallo en estado de aguardar informes ultramarinos y quiméricos." (8)

En contestación á este escrito los Jueces mandaron que se solicitasen las determinaciones de la prisión de don Antonio Nariño y las causas de ello. Tan escrupulosos eran aquellos cándidos Magistrados de la Patria Boba! Y además se preguntó al apoderado del desterrado Virrey qué parte había tenido éste en los perjuicios causados á don Antonio Nariño.

El apoderado del Virrey, que lo era el doctor Felipe de Vergara (9) contestó: "que toda esta fué obra de los Oidores, según se ve en el expediente reservado que se me ha entregado, en donde se hallan los decretos de 3 y 17 de Noviembre de 1809. El señor Amar no tuvo más parte en este negocio que pasar los denuncios que se le dieron á la Audiencia para que procediera en justicia y nombrar los Oficiales que la misma Audiencia le pidió para a ejecución de lo determinado por la Audiencia.''

Con ese motivo el doctor Vergara no solamente se opone á que se mermase el cauda! del Virrey para devolver á Nariño lo que se le había arrebatado, sino que reclamaba los cuatrocientos pesos enviados á Cartagena para que pudiese regresar el desterrado á su hogar y pedía justicia, costas, etc.

Estaba tan arraigado el sentimiento del deber y de la justicia en aquel tiempo que el doctor Vergara, amigo de Nariño y que después fué Consejero de Estado cuando éste era Presidente, no se prestó ni por un momento á que con su consentímiento se mermase en un ápice el haber del que le había dejado encargado de sus asuntos, aunque le considerase su enemigo y el de la patria.

El hijo mayor de Nariño, don Antonio Nariño y Ortega, tomó entonces á su cargo la defensa de su padre. Con un abogado continuó el pleito y con documentos fehacientes probó la complicidad del Virrey en la persecución y destierro del gran patriota.

Sin embargo el pleito no fué sentenciado en favor de Nariño, sino cuando éste tenía ya á su cargo la Presidencia del Estado, notificándoselo en el Palacio en donde residía.

 

(1)
Al tiempo de abandonar á sus carceleros dejó al Comandante de la escolta don Angel González un papel en que había escrito las siguientes líneas:
"Muy señor mío: La imperiosa ley de la necesidad me obliga á dar un paso contrario á mis sentimientos. La compañía de los ángeles es muy buena para ir al cielo, pero no para ir á un castillo á ser cargado de cadenas y de grillos. Esta razón me impele á separarme de su buena compañía. Su atento servidor.
ANTONIO NARIÑO."
Véase NOTA. Precursor, página 305.
(2)
Véase: Escrito presentado al Tribunal del Gobierno de Santafé por don Antonio Nariño en 1811. Precursor, página 305.
(3)
Según los síntomas debió ser el mortal de los climas tropicales: el Beriberi.
(4)
Véase Precursor, página 287. Contestación al señor Villavicencio.
(5)
Iba como comisionado de la Regencia que en España se había instalado en nombre de Fernando VII. Como el Gobernador Montes se negase á obedecer las órdenes de la junta de Regencia, el Cabildo de Cartagena removió á Montes, lo embarcó para Puerto Rico y formó un Gobierno provisorio en nombre del amado Fernando VII.
(6)
El primero Enrique Somogar fué su protector como ya hemos visto y esto bastaría para que su nombre pasara á la posteridad.
Pué el segundo Feliciano Otero.
El tercero fué el notabilísimo cartagenero don Manuel Rodríguez Torices, que tanta parte tomó en la guerra de la Independencia y que murió fusilado por orden del Pacificador Morillo el 5 de Octubre de 1816.
Del cuarto don Benito Rebollo.
El quinto don José de la Madrid, de quien ya sabemos que era uno de los hombres más importantes de Cartagena y que había hecho parte de la tertulia de Nariño en Santafé.
El sexto era don Manuel del Castillo: fué émulo después de Nariño y se opuso á Bolívar, en mala hora, ti que entrase á defender á Cartagena en 1815. Murió fusilado por Morillo el 24 de Febrero de 1816.
Del octavo don Francisco Navarro, nada sabemos.
Del noveno don EusebIo M. Canabal están llenas las historias de la diplomacia y del foro neo-granadino. Escapó con vida de manos de los españoles y no murió sino en 1853, en España, de 72 años de edad.
Del décimo como del undécimo y duodécimo fiador sólo sabemos que eran miembros importantes de la sociedad cartagenera y se llamaban José Antonio Peñarredonda, J. Francisco Infanzón y J. Francisco Céspedes.
Del décimo tercio podríamos decir mucho. Cooperó en todos los trabajos de la Independencia en Cartagena. Sufrió allí el famoso sitio de 1815. Emigró. Pindió al fin su vida, con parte de su familia, en la defensa de Barcelona Venezuela).
(7)
De ésta resultaba que aunque se le pagaran sus deudas en Cartagena, las mulas de Honda á Bogotá, etc., tendría una fuerte pérdida en sus haberes, sin contar con los gastos que había hecho su familia durante su ausencia, los cuales no pone en cuenta.
Véase El Precursor, página 301.
(8)
Precursor, página 320.
(9)
El doctor Felipe Vergara y Caicedo, era Sacerdote y al mismo tiempo abogado ante la Audiencia; había estado en España y recibido importantes empleos del Gobierno español. Era entonces Contador en el Real Tribunal de Cuentas. Hombre de extraordinaria severidad y orden en sus costumbres y de una serenidad de ánimo á toda prueba, para él no había nada que le impidiese obedecer á la ley.
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