Santafé de Bogotá en la última década del siglo XVIII

 

Después del alzamiento de los Comuneros y la abortada tentativa de emancipación que hicieron algunos neo-granadinos por medio del italiano Vidalle, para interesar al Gobierno de la Gran Bretaña en este asunto, parecía como si los espíritus de los patriotas se hubiesen calmado, ó á lo menos, no se han encontrado documentos que prueben lo contrario: quizás los gobernantes españoles eran más satisfactorios ó los antiguos rebeldes comprendieron la imposibilidad de una insurrección sin los socorros de naciones extranjeras, las cuales veían con indiferencia las peticiones de los hispano-americanos.

Después del Arzobispo-Virrey, el Ilustrísimo Caballero y Góngora, y del corto gobierno del Virrey Gil y Lenius, en 1789, había tomado las riendas del gobierno Virreinal el Mariscal de Campo don José de Ezpeleta, uno de los mejores Delegados del Rey que jamás vino á este país. Según todos los historiadores y cronistas, Ezpeleta hizo todo esfuerzo para granjearse el afecto de los santafereños: protegía particularmente á los artesanos y trabajadores y con naturalidad campechana trataba de igual á igual y sin altanería á los miembros de la sociedad; recorría á pié las calles para no distinguirse de los demás, pues en Santafé no existían entonces sino dos carruajes, el del Virrey y otro (sin duda el del Marqués de Lozano); invitaba á su palacio á ricos y pobres, á quienes obsequiaba de diversas maneras asistía á las fiestas religiosas de los templos, á las cuales contribuía con generosidad, y á las profanas en el teatro y plazas de toros; visitaba las haciendas y casas particulares á donde le invitaban y servía de padrino en los bautizos y matrimonios. Su mujer le imitaba en todo y por consiguiente ambos eran acatados, respetados y queridos por todos los vasallos del Rey.  Esto en cuanto á su conducta social; en la administración política su tacto no era menor: acrecentó  las rentas de las casas de Beneficencia de la capital, y las visitaba personalmente con el objeto de inquirir si eran bien tratados los enfermos en el Hospital y los niños y los ancianos en el Hospicio, en donde los recogían; reparó y abrió caminos nuevos, cosa que habían descuidado sus antecesores en el gobierno (1) veló por la justicia en todo el Virreinato; fomentó las industrias; abolió cuantos tributos pudo y suprimiera otros muchos si el Rey y el Consejo de Indias se lo permitieran; (2) hizo lo que no había hecho ningún otro gobernante español: dió licencia para que se exportasen libremente algunos artículos de comercio; atendió á las Misiones y protegió particularmente á las ciudades y aldeas lejanas y retiradas del centro. En resumen, Ezpeleta puede servir de norma y ejemplo no solamente á los empleados superiores españoles, sino que también á los de esta República, que tanto ha tenido que sufrir en ese ramo.

En gran parte debido á este Virrey la capital progresó notablemente, tanto en la parte moral de la población como en la física; y uno de los síntomas de su adelantamiento está cabalmente en el deseo que se empezó á sentir de proporcionarse mejoras y buscar enmienda á los males que aquejaban la ciudad. La situación material de Santafé era entonces la misma en que se hallaban muchas poblaciones secundarias y aun principales en aquella época en España. Los empedrados eran pésimos en las calles, la basura yacía en medio de ellas; los caños reventados infestaban la atmósfera; las vasijas de la Chicha á las puertas de las tiendas impedían el paso de los transeuntes, así como las bestias de los que iban de fuera y ataban sus cabalgaduras á los barrotes de las ventanas; los mendigos se agolpaban á las puertas, (3) etc, etc.

Contaba Santafé entonces unas veinte mil almas en las cinco parroquias y ocho barrios de que hacía alarde, y según parece sus edificios eran mezquinos y se veían muchas casas de Paja hasta muy cerca del centro de la ciudad. Sin embargo, en cuanto á Instrucción pública no estaba muy mal: poseía siete Colegios, en donde se instruían los jóvenes y un Convento (el de la Enseñanza) en donde se educaban 50 niñas pertenecientes á las mejores familias del país y una Escuela anexa para niñas del pueblo. (4) Además el Virrey Ezpeleta fundó una Escuela de varones en cada barrio, en donde se enseñaban las primeras letras.

Desde 1777 existía una Biblioteca pública, fundada sobre las valiosas librerías que habían dejado los Jesuítas en el país, diez años antes, cuando les expulsaron. Era Bibliotecario oficial un joven cubano llamado Manuel del Socorro Rodríguez, á quien el Virrey Ezpeleta conoció en la Habana. Como era muy versado en asuntos de imprenta, el Virrey le mandó llamar áSantafé y le encargó además de la fundación de un periódico que se llamó Papel Periódico de Santafé. Fué este el primero que se fundó en el país. Aparecía semanalmente con suma regularidad durante cinco años, hasta el fin de la administración de este progresista Virrey.

Indudablemente aquella publicación debió infundir entre la juventud santafereña vehemente deseo de instruirse y ya que se presentaba oportunidad de publicar sus ideas, se aprovechaban de ello para dar á luz el resultado de sus estudios y observaciones científicas y literarias á la medida de sus fuerzas. La clase estudiosa (que la había entonces más de lo que se cree) se empeñó en presentarse en la palestra literaria, lo cual despertó su ambición y el deseo de hacerse un nombre no muy humilde ante sus conciudadanos, primero en la República de las Letras y después en la política.

Además de la imprenta que había pertenecido á la Compañía de Jesús-y que era la del Gobierno-existía otra, muy escasa por cierto, que había adquirido en 1790 y en la cual publicaba hojas volantes don Antonio Nariño, del cual hablaremos adelante prolijamente.

Este mismo caballero reunía en su casa periódicamente á los jóvenes más ilustrados y progresistas del país, que iban á la capital á estudiar ciencias humanas y teología, reunión que llamaban Círculo Literario y que según comprendemos se componía exclusivamente de los amigos ocultos de la emancipación de la patria, adoradores de Rousseau, aunque fervientes católicos en realidad, y que se deleitaban leyendo, en la abundante librería de Nariño, al prohibido Padre Isla (ó Fray Gerundio) y las obras de los enciclopedistas franceses que encargaban á Europa subrepticiamente, pues éstos no entraban á las posesiones españolas sino en secreto.

Entretanto los fiches amantes del Rey, en una tertulia que llamaban Eutropélica-por la moderación y corrección de sus ideas-la cual presidía el Redactor del Papel Periódico, se reunían unas veces en la Biblioteca en las horas perdidas-que eran las más en la vida colonial-ó de noche en la casa del cubano. Aquellos eran los admiradores de cuanto de España venía como serviles vasallos de Carlos IV no encontraban buena sino la literatura de su época y no podían elogiar sino la triste escuela literaria que florecía entonces en la madre-patria. Allí se deshacían en encomios cuando algo se leía del Censor del señor Cañuelo y se comentaban con respeto las trasnochadas noticias que les llevaba El Mercurio, El Corresponsal y El Apologista Universal, publicaciones que recibía el Virrey y cedía a leal Círculo después de leerlas él. Allí se extasiaban con las noticias (viejas de seis á ocho meses) y con los encomiásticos relatos de las fiestas en la Corte con motivo de algún bautismo de un infante ó matrimonio ó sepelio de los príncipes borbones. Estos caballeros se sabían de memoria las poesías de don Nicolás Fernández Moratín, las de Cadalzo, Meléndez Valdez otros poetas, cuya fama no ha merecido venir hasta nosotros; aplaudían las fábulas de Samaniego de Iriarte y eran muy de su gusto el Pelayo del Conde de Saldueña y los Entremeses de Sánchez Tortoles. La Invectiva al murciélago del Padre González era aplaudida con estrépito por aquellos benditos y sencillísimos tertulianos, aunque miraban con cierto desdén al Quijote de la Mancha. (!)

Existía en la capital del Nuevo Reino un tercer Círculo que las daba de literario, científico y artístico, el cual tenía por asiento la casa de una dama santafereña, doña Manuela Santamaría de Manrique, en donde lucían ella y su hija Tomasa, sus talentos y savoir virre. Aquel Círculo escogido entre la flor y nata de la sociedad santafereña se llamaba del Buen Gusto. Doña Manuela se preciaba de naturalista, la hija componía versos, encomiados por los tertulianos (5) y un hermano suyo, don José Angel Manrique, del cual hablaremos después, era también favorecido amante de las Musas. En esta tertulia gustaban particularmente de las almivaradas producciones de los escritores de segundo orden de España y de las poesías sentimentales que hoy se han olvidado.

Como era natural, el amor á la literatura produjo inclinación á las representaciones dramáticas, las cuales solían hacerse en casas particulares. Pero aquello no contentaba á los criollos que jamás habían visto un teatro, ni á los peninsulares que los habían frecuentado en España; así pues tomaron todos empeño en que se construyese un teatro público y cómodo. El Virrey Ezpeleta había mandado pedir ti España un buen arquitecto (don Domingo Esquiaqui) y á él encomendó la fábrica del teatro en un solar que compró el Virrey á un español llamado don Tomás Rodríguez. La primera piedra del edificio se puso en Agosto de 1792 y un año después, entoldado todavía, se dieron las primeras representaciones que causaron loco entusiasmo en la triste y dormida Colonia. (6)

Puede llamarse aquella época de nuestra Historia la del Renacimiento. En toda la atmósfera social se respiraba un deseo activísimo de progresar, de ver la luz que despide el saber humano, de imitar á los países civilizados, de asimilarse las ciencias humanas, de estudiar la naturaleza. Despertábanse todos los espíritus y sentíase la necesidad de romper las trabas con que las autoridades españolas impedían el desarrollo y adelanto de sus conocimientos.

Era tal la afición á la lectura que hubo quien comprase un simple folleto por una onza de oro. Se estudiaban sin cesar las pocas obras que se lograba conseguir se hacía con mayor atención y cuidado que hoy día, cuando hay oportunidad de leer infinidad de libros, de manera que se puede comprar una nutrida biblioteca por la misma suma que entonces costaba una docena de librajos mal traídos y peor impresos.

Como no les era permitido discutir libremente las ciencias morales y filososficas, nuestros jóvenes de aquella época en lugar de entregarse á la política y á las cuestiones legislativas y de gobierno, en las cuales no podían tener conferencia alguna, se dedicaron á las ciencias naturales y procuraban explicarse con más ó menos exactitud los misterios que les rodeaban. Estos que ya no eran secretos ni enigmas para los adelantados europeos descubrían ellos por sí solos con el poderoso auxilio de hondas meditaciones que no interrumpían los placeres y las distracciones que en países más civilizados suelen turbar los más claros espíritus.

Aquel movimiento progresista no se notaba tan sólo entre los laicos: el clero era lucidísimo en aquella época. Algunos sacerdotes santafereños, á impulso de sus muchos estudios, llegaron á convertirse en verdaderos sabios que podrían figurar en cualquier parte del mundo, probablemente aleccionados por uno de los hombres más conocidos en Europa por su ciencia. Nos referimos al doctor José Celestino Mutis.

Es cierto que no era criollo: había nacido en Cádiz; pero vino joven al Nuevo Reino en calidad de médico del Virrey Messia de la Cerda, en 1761. Llamóle la atención la naturaleza tropical y resolvió dedicarse á las ciencias con alma, vida y corazón. En Santafé tomó las sagradas órdenes y permaneció en el virreinato cuando su protector regresó á España. No solamente estudiaba asíduamente las ciencias naturales sino que enseñaba en los Colegios, según los métodos modernos entonces, astronomía, matemáticas y medicina: esta última completamente descuidada en el virreinato. (7)

Su estudio favorito era uno que se rozaba con la medicina, la botánica, y se dedicó á aquella ciencia con tan buen éxito que llamó la atención de los botánicos europeos con quienes logró comunicarse directamente. El sabio botánico sueco Carlos Linneo tradujo y publicó en Estocolmo algunas de las memorias originales de Mutis y en Francia y Alemania su nombre era conocidísimo y apreciado. Linneo decía que el nombre inmortal del botánico gaditano no lo borrarían los siglos, y cuando el Barón de Humboldt visitó el interior del virreinato neo-granadino confesó que uno de los motivos que tuvo para venir á Santafé (en 1801) era el deseo de conocer y tratar á Mutis.

Grandísimos servicios hizo este botánico á la ciencia quinológica, la cual estudió á fondo é hizo experimentos importantísimos de la quina en la medicina. A de que él no descubrió ciertamente las cualidades excepcionales de esta sustancia, trabajó muchísimo, tanto en América como en Europa, para que su uso se difundiese en la medicina.


En 1783 vino de España una Cédula real que había impetrado del Rey para fundaren el virreinato una asociación científica que llamó Expedición Botánica, con el objeto de que se estudiasen científicamente las riquezas naturales que abundaban en la Colonia.

En torno de esta Asociación se formó una pléyade de naturalistas que se ocuparon asíduamente en diferentes ramos de las ciencias.

Mutis presidía aquella junta y entre todos formaron un herbario de 20,000 ejemplares de plantas americanas, las cuales se llevó el pacificador Morillo para España en 1818, junto con algunas memorias inéditas de Mutis, que al cabo de cerca de cien años aún no se han publicado. Entre éstas parece que se encontraba un estudio interesantísimo sobre la vigilia  y el sueño de las plantas.

Discípulo del sabio gaditano era otro sacerdote, el doctor José Domingo Duquesne (hijo de un francés Duquesne), uno de los mayores ingenios de aquel tiempo entre los miembros de la Expedición Botánica. Nacido en Santafé en 1747, se educó en San Bartolomé en donde se graduó después de brillantes exámenes y recibió las órdenes sagradas y pasó á un curato pobrísimo poblado de indígenas ignorantísimos. En lugar de dejar embotar su clarísimo ingenio en un medio como aquél, Duquesne entretuvo sus horas perdidas en serios estudios de las antigüedades indígenas, para los cuales le sirvieron de guía sus muchos conocimientos de todo género. A fuerza de aguzar su entendimiento alcanzó á formar una ingeniosa teoría por medio de la cual interpretaba el calendario muisca. (8)

A más de aquella Disertación,(9) Duquesne compuso una Gramática chibcha, una Crítica burlesca de la filosofía peripatética que algunos preconizaban, muchos sermones y otras obras, todas ellas eruditas, según se ha dicho, y que se perdieran por no haber entonces quien se tomara el trabajo de recopilarlas y conservarlas.

¡Desgraciadas las almas que vienen al mundo antes de tiempo en un país tan atrasado como el nuestro, en donde el público no comprende su mérito ni aprecia los esfuerzos que hacen en pro de la civilización y el progreso de sus compatriotas!

José María Vergara y Vergara en su Historia de la Literatura en la Nueva Granada las llama almas proscritas.

"Sí, dice, si su aparecimiento hubiera sido en la antigua edad, debieron haber nacido en Atenas ó Roma; en la presente edad, debieron nacer en una gran capital de Europa. Nacieron en patria extraña, por decirlo así: estuvieron desterrados desde antes de nacer. Debieron sufrir horriblemente, sintiéndose dotados de toda la claridad del genio, de las alas del águila y obligados á permanecer lejos de los libros y de las sociedades sabias; lejos de la gloria, de rodillas al pie del pináculo en cuya cumbre estaban sus compañeros únicos capaces de comprenderlos, transfigurados y luminosos viendo el mundo á sus pies. El nacimiento de Esopo entre los Scitas y la muerte de Ovidio en el Ponto, resignándose 'á llamarse bárbaro, puesto que no era entendido' por sus bárbaros huéspedes, es menos triste aún que la suerte de Duquesne teniendo que examinar críticamente libros que no conocía sino de nombre para poder desenvolver una opinión científica; ó que la suerte de Caldas arrodillándose sobre las rocas de los Andes á recoger los pedazos de su barómetro que se le rompe en el momento en que iba á medir una altura, y teniendo que resignarse á inventar un nuevo método de medir las alturas, porque no tiene ni instrumentos ni libros!"

En otras veredas del saber humano fuera del científico, hallaremos á varios sacerdotes de esa época, pero quizás el más importante de éllos es el Padre Fray Diego Padilla. Era religioso en el Convento de San Agustín en Santafé. (10) Apenas había cumplido treinta y un años cuando le escogieron para enviarlo á Roma (en 1785) para que asistiera al Capítulo General de su Orden que allí se celebraba. Le tocó en suerte pronunciar un discurso ante el Papa, pero no le dieron sino dos días para prepararse. Advirtiéronle que podía leer su oración, pero él Prefirió pronunciarla de memoria. Lo hizo así efectivamente, llamando la atención de los circunstantes por la pureza del latín en que la pronunció, su elocuencia natural y su ciencia teológica. Se dijo que Pío VI se sorprendió muchísimo al oírle, le llamó á su lado para felicitarlo y le preguntó qué mitra desearía obtener entre las que hubiese vacantes en Europa ó en América, pues le consideraba digno de desempeñar cualquiera de ellas. El humilde fraile agustino se negó á semejante honor y prefirió regresar á su ciudad natal y al pobre Convento de Santafé.

Fray Diego Padilla era escritor de mérito; compuso gran número de opúsculos sobre Religión, y en la época de la independencia se ocupó de cuestiones políticas Y sociales, pues abrazó la causa de la emancipación. Siendo Provincial de su Convento se ocupó de la instrucción de los novicios, estableciendo para el caso clases de matemáticas, de oratoria y de música. Como orador descollaba entre todos los de la capital, lo que no era fácil porque las historias mencionan gran número de predicadores sagrados de verdadero mérito y por quienes los fieles se bebían los vientos por oírles.

No solamente el Padre Padilla optó por la Independencia sino que ofreció sus servicios como Capellán en las tropas nacionales. Cuando Nariño marchó á la desastrosa campaña del Sur, el Padre Padilla le acompañó como Capellán de las tropas. Concluída su misión en Pasto regresó á Santafé, y se encontraba recluído en su Convento cuando llegó el pacificador español á la capital, y sin miramiento por sus virtudes y su ciencia le envió con otros patriotas á los presidios de Venezuela, y después de haber sufrido martirios en la carraca de Cádiz pudo volver á Santafé en donde murió en 1829, de setenta y cinco años de edad.

Otro sacerdote y sabio botánico fué el doctor Eloy Valenzuela, hijo de familia notable de Santander. Ayo primero de los hijos del Virrey Ezpeleta, cargo que abandonó para aceptar el curato de Bucaramanga en donde se entregó á estudios científicos que el doctor Mutis consideraba de tanto mérito que al morir le nombró su sucesor en la Expedición Botánica.

Emulos del doctor Valenzuela y el doctor Duquesne fueron otros párrocos de aldeas y poblaciones lejanas de la capital, los cuales se gozaban en formar colecciones científicas, levantar, á la medida de sus cortos conocimientos, cartas geográficas de su distrito, hacer observaciones meteorológicas, cuadros estadísticos, estudiar el cultivo de las plantas útiles, todo lo cual enviaban los dos periódicos que se editaban en Santafé, lo que prueba que todos, tanto laicos como religiosos, buscaban con entusiasmo la luz de la ciencia y de la vida intelectual. (11)

 

(1)
A Ezpeleta se debe la construcción del Punte Grande y el camino y el puente llamado del Común, en vía para Zipaquirá.
(2)
En la Biblioteca Nacional de Bogotá hay una Nota reservada, dirigida al Rey, en que pide que se minoren y se quiten varias contribuciones que gravaban las industrias del pueblo en el Virreinato.
(3)
Véase el Apéndice número 1.
(4)
Abundaban las monjas en los cinco Conventos que había en la ciudad: contábanse más de setecientas, en tanto que religiosos no pasaban de cuatrocientos ochenta en Santo Domingo, San Francisco, la Candelaria, San Agustín y la Capuchina.
(5)
Véase Historia de la Literatura en la Nueva Granada por José María Vergara y Vergara, página 303.
(6)
Véase Historia de la Literatura en la Nueva Granada por José María Vergara y Vergara, página 179-Era el teatro construido sólidamente de mampostería, espacioso para la época (podía contener hasta mil personas) é imitaba en pequeño el teatro de la Cruz, en Madrid. El que cien años después se labró en aquel mismo lugar y mucho más espacioso, es uno de los más lujosos de Sur América.
(7)
Los médicos eran poquísimos y muy ignorantes durante la época colonial en las posesiones españolas en América. El historiador del Ecuador don Pedro Fermín Ceballos dice lo siguiente:
"El estudio de la medicina fué desconocido en la Presidencia (de Quito) y al parecer hasta repulsado por motivos que no se nos alcanza, pues aún trascurriendo va el año de 1805, el Presidente Carondelet, por oficio de 23 de Octubre que dirigió al Rector de la Universidad, dictó la siguiente orden: 'Habiendo tenido noticia de que se ha puesto edicto para la oposición de una cátedra de medicina, pagada por el ilustre Cabildo, prevengo á usted se suspenda todo el procedimiento en la materia hasta nueva orden, y me remitirá el expediente que ha pasado á sus manos."
Véase 2º tomo página 344: Historia del Ecuador.
(8)
El señor don Vicente Restrepo hace algunos años ha refutado, creemos que con justicia, aquella interpretación del calendario muisca; pero eso no impide que el doctor Duquesne no hiciese con ella una curiosísima é ingeniosa obra, hija de su grandísima erudición y conocimientos de todo género.
(9)
''Disertación sobre el calendario de los muiscas, indios naturales de este nuevo reino de Granada, dedicada al señor doctor don J. Celestino de Mutis, Director general de la Expedición Botánica, por el doctor don José Duquesne.''
Este manuscrito que había permanecido inédito más de medio siglo fu impreso por primera vez en la Historia de la nueva Granada del señor General Joaquín Acosta en 1548-Primera edición de Paris.
(10)
Todos los hermanos y hermanas del Padre Padilla eran religiosos en los Conventos de Santafé; sus seis hermanos tomaron la carrera conventual en San Agustín, San Francisco y la Candelaria y dos de sus hermanas eran monjas de Santa Inés y la otra era Carmelita.
(11)
Véase historia de a Literatura de la Nueva Granada ya citada página 403.
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