Nariño en el destierro

 

Como dijimos en el anterior Capítulo, habiendo sido condenado Nariño á pasar á España á responder ante el Rey de su conducta, el preso manifestó que se conformaba á ello con gusto porque lejos de los miembros de la Audiencia de Sanafé que le tenían odio y mala voluntad podría defenderse mejor. (1) Partió, pues, en el mes de Noviembre de 1795, después de quince meses de prisión en Santafé.

El 14 de Enero de 1796 llegó á la Habana é inmediatamente envió una representación á la Audiencia de Santafé diciendo que aunque pudiera fugarse de aquella ciudad por tener allí mayores libertades que en la capital del virreinato, no haría tal sino que continuaría su viaje porque tenía seguridad de que en España se vindicaría de toda acusación y allí encontraría justicia y equidad en sus jueces. (2)

Sin embargo Nariño durante el viaje de mar comprendió que no tendría oportunidad de vindicarse en España, pues, como ya iba condenado á presidio, lo sumirían en alguno de éstos sea en España ó en Africa, y jamás podría defenderse; así es que resolvió fugarse, si podía, al llegar al puerto, como efectivamente lo hizo de la siguiente manera:

Cuando el barco en que iba con sus compañeros de infortunio llegó á la bahía de Cádiz, muchos barquichuelos y faluchas rodearon el buque; viendo Nariño la confusión que en aquellos momentos reinaba abordo, comprendió que aquella era la oportunidad que ansiaba, y mientras soltaban las anclas y entraban y salían los oficiales y vigilantes que llegaban de tierra á visitar el navío, Nariño se apoderó de una cuerda, se descolgó por ella y fué á caer entre una falacha que atracaba cerca; cerró la boca del dueño de la embarcación ofreciéndole una crecida propina si le llevaba á tierra y le guiaba á la casa muy conocida de un comerciante con quien había tenido negocios, don Esteban de Amador.

No bien se presentó en la Oficina de dicho caballero cuando sin dejarle tiempo para informarse de la delicadísima situación en que se encontraba, le presentó una libranza que llevaba prevenida para el caso; cobró el dinero que necesitaba; se hizo extender un pasaporte para pasar á Madrid, á cuya ciudad se dirigió en el acto. Seguramente entre tanto sus carceleros no cayeron en la cuenta inmediatamente de que faltaba entre los demás prisioneros que llevaron á la carraca de Cádiz, porque el Presidente Juez de arribadas de aquel puerto dió aviso de la llegada de Nariño á esa plaza y no fué sino pocos días después que el mismo empleado comunicó orden al Gobernador del Consejo para que le apresaran de nuevo, pues se había fugado del buque y se creía que debería estar en Madrid. (3)

En la capital de España Nariño tenía muchos amigos y probablemente comunicación con esas logias masónicas con las cuales estaban ligados todos los que en aquel tiempo trabajaban, tanto en Europa como en América, en la obra de su emancipación y libertad.

Nariño que era tan inteligente, tan instruido y tenía una imaginación tan viva, tendría ocasión entonces de estudiar la situación política y social de la madre patria. Esta respiraba entonces con alguna holgura, porque la paz reinaba en todos sus dominios. Hacía poco que se había firmado un Tratado con Francia, de manera que la asoladora guerra entre los dos países había concluído. El motivo de aquella desavenencia entre los dos países hace realmente honor á Carlos IV; éste, una vez que la revolución francesa arrojó por tierra el trono de Luis XVI, quiso primero defender la corona, después la vida y por último la libertad siquiera de los hijos de su infortunado primo; pero todo fué en vano, vencidos los ejércitos iberos, desde las orillas del Fech hasta las del Ebro, se dio por bien servido de poder abandonar su noble pero quijotesco empeño y acabó por reconocer la República francesa, como lo hiceron por aquel tiempo las principales potencias europeas.

Hijo del severo Carlos III, Carlos IV había heredado de sus mayores todos los defectos de su raza, así como algunas de sus cualidades, las cuales exageradas se convirtieron también en defectos. Así, pues, siendo como los demás borbones de la rama de España, tierno esposo, se aprovechó de su blando corazón la Reina su mujer, doña María Luisa de Parma, para imponerle su voluntad y la de su favorito don Manuel Godoy.

Era Godoy muy hermoso, de elevada estatura y de un tipo nada común en España, porque era muy blanco y de porte distinguido. La suavidad de sus modales, el reposo y dignidad de sus maneras, la caballerosidad de sus acciones llamaron la atención de la reina María Luisa y cautivaron al Rey, quien le amó como á un hijo, le apreció como su mejor amigo y le fué fiel hasta su muerte. Los soberanos españoles le habían elevado desde el empleo subalterno de guardia de corps, hasta el más elevado que pudieron concederle; era Duque de Alcudia, Grande de España, Príncipe de la Paz; estaba condecorado con la Gran Cruz de Carlos III, la del Toisón de oro, etc., etc.; durante casi todo el reinado de Carlos IV don Manuel Godoy fué casi siempre Jefe del Ministerio y árbitro de los destinos de España, y para hacerle mayor honor le concedieron la mano de una Princesa, sobrina del Rey, junto con las propiedades que quiso y las riquezas que necesitaba para conservar su elevadísima posición en la Corte.

A pesar de los muchos defectos y tachas que manchan la reputación del Príncipe de la Paz, no puede negarse que poseía cualidades, y no fué la menor de éstas el esfuerzo que hizo siempre para hacer entrar á España por la corriente de la civilización y del progreso. Protegió la agricultura á la medida de sus fuerzas, así como las artes y las letras; abrió canales y vías de comunicación, pero el país no adelantó realmente, porque aquel en que reina el despotismo, sea personal ó de un partido político, el progreso tiene que ser nulo ó ilusorio. Cuando una nación no tiene otras leyes que los caprichos de sus gobernantes de aquellos que tienen el poder en sus manos, se carece de seguridad y de confianza, ningún capitalista aventura sus caudales en empresas útiles y duraderas porque teme perderlas repentinamente. En una nación en que la vida y las propiedades corren riesgos, prima la especulación torcida en que se pueden conseguir repentinas riquezas que se han obtenido sin trabajo y constancia y que se escapan de la misma manera. Allí no reinará un sólido progreso porque los que pueden sacar del país sus haberes lo hacen para situarlos en lugares seguros, mengua el patriotismo y desaparece la honradez en las transacciones comerciales. En aquel tiempo en España bajaba la corrupción de la Corte y las altas capas sociales hasta la clase media que pretendía imitar las costumbres de la Corte, y el pueblo no se quedaba atrás en ese camino.

A pesar del carácter sencillo y cándido del Rey no podía impedir que se concediese por medio de intrigas y trapisondas cuanto á bien tenían los cortesanos disolutos y el viento viciado del palacio del Soberano alteraba los sanos preceptos de los ciudadanos que confundían ya lo malo con lo bueno, la virtud con el vicio, y poco á poco, y sin sentirlo, se iba perdiendo el habito de obrar con honradez y según las leyes de la Religión y de la Ley.

Se diría que al menos aquellas costumbres viciadas producirían en Madrid animación y alegría, como sucede por lo general cuando las gentes quieren distraer su turbada conciencia, gastar en diversiones las riquezas mal adquiridas y olvidar por momentos la inseguridad de su vida. Pero no era así en Madrid. Si se imitaba la inmoralidad de la Corte, también ésta servía de norma en el tedio y el fastidio de una existencia opaca y melancólica. El Rey y la Reina vivían encerrados en los sitios reales, alejados de su pueblo. Nunca honraban con su presencia las funciones de teatro y las poquísimas fiestas públicas que tenían lugar en Madrid; ni siquiera concurrían á los templos ni á las procesiones religiosas. Se respiraba en la capital de las Españas una atmósfera de plomo que la cobijaba como con un manto de nieblas. Los Soberanos miraban con disgusto á los nobles que pretendían dar fiestas en sus casas solían prohibirlas con cualquier pretexto. La etiqueta cortesana que se gastaba en Palacio era tan exagerada que los empleados eran verdaderos esclavos. Entre tanto el espíritu de la revolución francesa había llevado hasta la Corte ciertas ideas de ficticia democracia, que producían irrespeto hacia los Reyes, á quienes quitaban la aureola cuasi divina que hacía soportable las ceremonias de ordenanza. Esto lo comprendía Carlos IV y por ese mismo motivo se empeñaba en que se cumpliesen las leyes de rigidísima etiqueta que se usaba en la Corte española desde la época de Luis XIV y que allí había llevado su augusto nieto, Felipe V. Era tal la dureza con que se cumplían éstas que solían perder sus empleos los cortesanos que faltaban á ellas en lo más insignificante, aunque el delincuente fuese de la más encumbrada estirpe.

Empero á pesar del atraso material que sufría España al fin del siglo XVIII, renacía la literatura, desaparecían los medianísimos ingenios que campearon durante ese siglo y en su lugar se presentaban otros de verdaderos méritos: la ofuscación del cultismo, que había obscurecido la antes hermosa literatura española, empezaba á decaer; la dicción clara y precisa de los escritores nuevos daba esperanzas de que al fin aparecería una éra gloriosa de literatos. Jovellanos se llevaba la palma entre los escritores serios, puesto que sus obras pueden compararse sin desdoro con los mejores clásicos castellanos; otro tanto sucedía con Quintana, Cienfuegos y Leandro F. de Moratín, los cuales aún son leídos con gusto al cabo de cien años, crisol el más seguro para juzgar del mérito de un escritor. No sucede lo mismo con sus contemporáneos, que en su tiempo tuvieron admiradores entusiastas: Arriaza, el Conde de Noroña, J. Pablo Fornez se han olvidado casi por completo y ya no se hacen nuevas ediciones de sus obras. No solamente había entonces distinguidos ingenios en Madrid sino que en las Provincias se cultivaban las letras con singular acierto: en Sevilla, Blanco, Lista, Arjona y Rernoso; en Granada el gaditano don Joaquín de Mora empezaba á cantar desde los claustros de la Universidad, y sus acentos despertaron en breve á otros jóvenes de Andalucía.

Como hacia aquel tiempo se hicieron en España gran número de traducciones de los clásicos latinos, no hay duda que la lectura de ellos revivió el buen gusto, se aprendió la parquedad en el decir, la precisión del lenguaje, la pulcritud de la frase y se olvidó el turbio y remilgado gongorismo y el repulido y ridículo culticismo que hacía más de cien años se había convertido en moda.

Pero nos hemos alejado de Nariño; volvamos á él.

¿Cómo y de qué manera llegó á Madrid nuestro santafereño? No hay duda que poseía la dirección de algunos hombres influyentes en la sociedad madrileña y en la Corte, puesto que no bien llegó á ella cuando le presentaron nada menos que á don Manuel Godoy. Así lo dijo el mismo Nariño en la declaración que hizo al Virrey Mendinueta cuando regresó á su patria al año siguiente. Esto prueba que no llegó á Madrid en calidad de prófugo. ¿Habíanle dejado libre y con fianza mientras que se revisaba su causa?

El mismo añade lo siguiente en dicha declaración:

"Don José María Vagoaga una tarde en el Prado me llamó aparte y me dijo que el señor Ministro de Estado había tenido la pluma en la mano para confirmar mi sentencia (la de la Audiencia de Santafé), y como este sujeto me hubiese hablado antes de algunas cosas muy menudas á mi causa, no dudé que tenía demasiado conocimiento en el particular por algún conducto. Sucedióme también que habiendo pasado al sitio mi apoderado don Sebastián Martín de Roas, hablando á un oficial de la Secretaría sobre mi asunto, se enfadó éste y le dijo al apoderado que en qué pensaba yo, que diera gracias de yerme paseando en Madrid. Había adquirido conocimiento con el Conde del Pinal, del Consejo, y con su mujer; los visitaba y era bien recibido y de repente se me negaron tan claramente que me ví precisado á retirarme......................."

Existía en aquella época en Madrid, dice el señor Ricardo Becerra en su vida de Miranda, una sociedad secreta (ó logia masónica) en la cual se habían afiliado varios nobles españoles; entre otros el Conde de Puñoenrostro, amigo y corresponsal de Miranda, los cuales trabajaban asiduamente en la emancipación de América. (4) Es seguro que Nariño se dirigió á esta logia para que le protegiera y los miembros de ésta le avisarían que corría gran riesgo en Madrid puesto que si el Gobierno no había confirmado su sentencia lo haría de un momento á otro, cuando adquiriera ciertos datos que le faltaban.

¿Cómo consiguió pasaporte para ausentarse después de Madrid y pasar á Francia bajo el nombre de don Francisco Simón Alvarez de Ortú? No lo sabemos porque siempre guardo completa reserva acerca de eso; pero eso prueba que tenía amigos poderosos é influyentes en la capital de España.

Probablemente Nariño á su arribo á la Metrópoli tendría conocimiento de la abortada conspiración que al principiar el año de 1796 tuvo lugar en Madrid, cuyos Jefes fueron arrestados y juzgados, pero que debieron dejar otros miembros desconocidos en la Península, que no fueron descubiertos. De todos modos, como veremos adelante, la revolución que Picornell, Cortés Campomanes, Laz y Andrés, promovieron en Venezuela con sus predicaciones, coincidió con la que Nariño hizo esfuerzos para fomentar después en el virreinato Neo-granadino. De manera que nos parece claro que, así como la insurrección de Tupac Amaru tuvo sus ramificaciones en el virreinato Neo-granadino, así también la trama descubierta en Caracas á mediados de 1797 tenía mucho que ver con lo que pretendía Nariño en Nueva Granada; pero no nos anticipemos, y por ahora no nos toca hacer otra cosa sino es acompañar á nuestro héroe á la capital de Francia, á donde le llevaba no solamente su deseo de conocer el país en que habían brillado sus autores favoritos sino también estuchar á fondo las instituciones republicanas que ansiaba plantear en su patria, además de pedir auxilio á los hombres de la revolución francesa para libertar á Sur-América del yugo de la monárquica España.

 

(1)
Véase, Consejo de indias-Apéndice-Precursor página 621.
(2)
Nota-Excelentísimo señor don Joseph de Ezpeleta-Santafé.
Remitido á esta plaza por el señor Gobernador de Cartagena de Indias en e bergantín correo Floridablanca la persona de don Antonio Nariño, de quien me trata Vuestra Excelencia en oficio de 29 de Noviembre último, he dispuesto ponerlo con los demás reos de su clase en el castillo del Príncipe, hasta que sigan todos á España, conforme al encargo de Vuestra Excelencia sobre este particular.
Dios guarde á Vuestra Excelencia muchos años.
Luis de las
Casas.
Habana, 16 de Enero de 1796.
Precursor, página 211
(3)
Véase oficio del Consejo de Indias-Precursor, página 621.
(4)
Tomo 2º página 468.
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