Nariño en Francia é Inglaterra

 

Don Antonio Nariño salió de Madrid el 13 de junio de 1796, disfrazado de comerciante español y llevando el nombre que rezaba su pasaporte, el cual no abandonó durante su permanencia en Europa. Debió llegar á París en el siguiente mes, pues entonces se viajaba muy despacio, tanto más cuanto que para nuestro viajero todo era nuevo y debió de detenerse en las principales ciudades francesas para gozar de su entera libertad y además visitar sus curiosidades y monumentos.

Imbuído en las ideas que habían producido el gran cataclismo que acababa de trastornar á Francia; empapado en el falso filosofismo de los enciclopedistas y demás doctrinarios subversivos, el prófugo neogranadino llegaría á París lleno de admiración y entusiasmo y deseoso de conocer cuanto pudiera en aquella ciudad.

A mediados del año de noventa y seis el terror había concluído; hacía dos años que Robespierre había pagado sus crímenes en el patíbulo; la revolución había calmado sus sanguinarios furores. Después de haber devorado á millares de personas en todo el territorio francés: reyes, plebeyos príncipes, lacayos, mujeres. ancianos, jóvenes, inocentes, malvados, los miembros de todos los partidos y las jerarquías sociales y de todas las creencias, al fin se había fatigado de verter sangre francesa y tuvo el capricho de derramar la de otras naciones; soltó las víctimas en Francia y la revolución envió fuera del país sus ejércitos compuestos con los miembros de aquel pueblo cruel que aplaudió la guillotina y cantó hasta enronquecer las horribles callejones sanguinarias con que acompañaba á las víctimas al patíbulo. Al compás de la Marsellesa los ejércitos franceses allanaron territorios extranjeros, conquistaron ciudades y provincias y se pasearon con espada en mano por toda Europa, dejando en pos suya una huella de sangre y de ruinas sobre el suelo y el contagio de sus ideas en las mentes de los pueblos.

Aparecía ya en el horizonte la estrella de Bonaparte; su nombre estaba en todos los labios y sin cesar referían sus proezas y obedecían sus indicaciones, que empezaban á convertirse en órdenes. La campaña de Italia, tan admirable cuanto sorprendente, ocupaba todas las conversaciones en París: la expulsión de los austriacos del Tirol, la toma de Milán, la rendición de Verona, el armisticio con el Papa en Bolonia y tantas noticias de glorias militares que llegaban cada día al directorio, producían una emoción indecible entre los habitantes de la capital de la República francesa.

A pesar de que los vendeanos sufrían derrotas sobre derrotas, los realistas que vivían en París veían aclararse un poco la atmósfera y sentían que no tardaría mucho en haber alguna reacción que les sería favorable. Ya se respiraba con cierta libertad en aquella ciudad; abríanse algunas casas aristocráticas, herméticamente cerradas desde que empezó el terror, y los pocos que habían logrado que no los persiguiesen merced á un encierro completo, recorrían las calles sin temor de que los arrestasen como sospechosos.

La obra de la reconstrucción de la sociedad que había desaparecido desde que la revolución sentó sus reales en la capital del mundo civilizado, adelantaba visiblemente. En ello tuvieron parte tres mujeres, las cuales supieron reunir en torno suyo á los náufragos que habían sobrevivido á la anterior tempestad social.

La más renombrada de aquellas tres damas de que hablamos era la célebre Baronesa de Stael, cuya reputación como escritora y mujer de talento viril empezaba á acentuarse. Con su espíritu abierto á todos los vientos del ingenio humano, ella sabía recibir en su salón indistintamente á los extranjeros, á los antiguos nobles y á los modernos republicanos de tinte moderado.

La segunda mujer de moda en París era la hechicera Josefina Tasher de Pagerie viuda del Conde de Beauharnais, la idolatrada esposa del joven General de los ejércitos de Italia, Napoleón Bonaparte, el futuro Emperador. En la modesta casa en donde vivía entonces, tenía gusto en reunir á los nobles del antiguo régimen y á los militares compañeros de armas de su esposo, y de aquella manera reconstituía un círculo de cultura olvidada ó desdeñada durante el pasado cataclismo. (1)

La tercera mujer influyente se llamó Teresa Cabanus, en la Corte de Luis XVI e donde era muy adulada. Era hija del comerciante francés Francisco Cahanus creado Conde por el Rey de España, por haber sido el fundador del Banco de España en Madrid, destinado o á servir al Gobierno como sirve actualmente al suyo el Banco de Inglaterra. Carlos III le había mandado encarcelar como culpable de malversaciones, pero su sucesor le rehabilitó y aún le nombró su representante en el Congreso de Rastadt. (2) Teresa había nacido en Zaragoza, de madre española. Estando en París con su padre, cuando espiraba la monarquía, casó con el Marqués de Fontenay, de quien se separó en breve. Estaba presa en Burdeos durante el terror como aristócrata, pero Tallien se enamoró de ella y la salvó del suplicio si convenía en ser su esposa. Con este carácter ejerció grande influencia en los ánimos de los llamados termidoristas, y á ella se debió la saludable crisis que tuvo por consecuencia la muerte de Robespierre y el fin del terror y el descanso de la guillotina. A pesar de ser la esposa del terrible Tallien, el amigo de Marat, el enemigo de los girondinos y el que tanto odió ála nobleza, logró por su parte que en sus salones se reuniesen sin temor muchos aristócratas con los antiguos senovistas.

Probablemente fué por medio de la zaragozana Teresa Cabanus (llamada Nuestra Señora de Termidor) que nuestro santafereño Nariño logró comunicarse y visitar á Tallien. Con aquel carácter inquieto, indagador que le distinguía, querría conocer la sociedad del viejo Continente en todas sus faces y asistiría á alguna de aquellas fiestas semi-paganas, semi-aristocráticas, con sus perfiles de democráticas, que Madama TalIien ofrecía á sus amigos en su quinta de las orillas del Sena. (3) Allí se presentaban las mujeres vestidas (ó más bien á medio vestir) imitando estatuas griegas, envueltas en trasparentes gasas y tules, mientras que los hombres se presentaban ostentando esos ridiculísimos atavíos (ó disfraces más bien) que llamaban á lo increíble. En los salones del antiguo Jacobino nuestro americano vería reunidos los elementos más heterogéneos del antiguo y del nuevo régimen de aquella época de transición. Unos se vestían todavía con los sencillos trajes que la aristocracia había adoptado para no llamar la atención de sus enemigos: éstos eran los antiguos nobles que aún no tenían bien seguro su pescuezo; otros, los jacobinos que pretendían pasar por gente educada y de finos modales, vestían lujosísimamente, pero á pesar de todo no podían ocultar la falta de decoro en sus modales y la tosquedad de su lenguaje, que revelaba á leguas su baja extracción y las compañías que habían frecuentado. Hablábase con mucha libertad del pasado y del presente, y los nobles más audaces llevaban en señal de luto, por los parientes que habían perdido, víctimas de la guillotina, un lazo de crespón atado al brazo ¡obra de los mismos con quienes compartían!

¡Qué de extrañas escenas no vería nuestro santafereño, y cómo encontraría de objetos en qué meditar en la revuelta sociedad de entonces! Ansioso de estudiar, de comprender, de saber lo que se hallaba en el fondo de aquellos hombres, que unos habían sufrido tanto con valor inquebrantable y otros que se señalaron por su crueldad su barbarie!

Aún no se había secado la sangre en la plaza de la revolución y ya víctimas y victimarios comían á una misma mesa y danzaban juntos oyendo los acordes de la misma música.

Y Nariño ¿qué sacaría en limpio de aquel caos, de aquellas viceversas de la desomajada sociedad parisiense de 1796?

No lo sabemos ni hemos podido adivinar, pues nunca según hemos averiguado hablaba ni en sus escritos decía nada claro acerca de la revolución francesa y sus consecuencias. No la traía á la memoria para elogiarla ni tampoco para vituperarla, mientras que no sucedía lo mismo con respecto á la Norte-americana: sin cesar citaba aquella revolución así como sus instituciones y constitución.

Nariño tuvo varias conferencias con Tallien, y en ellas procuró hablar á la vanidad de los franceses asegurándole que á ellos tocaba proteger la libertad en Sud-América como habían ayudado á los del Norte; que á la generosidad del pueblo francés estaba reservada la gloria de plantear las ideas republicanas en todas las naciones del mundo con el buen éxito que se palpaba en Francia y que él esperaba con toda confianza que no desoirían el grito del virreinato Neo-granadino pidiendo libertad á los franceses que habían podido arrojar las cadenas de una monarquía.

Tallien sin duda aplaudía aquellas frases que imitaban los discursos de la difunta Asamblea Nacional, en la cual él había tenido tanta parte, y elogiaba el valor y la abnegación del americano y de sus compatriotas; se vanagloriaba de que efectivamente fuese Francia la que había preconizad o aquellas ideas que se habían esparcido por todo el mundo.

Sin embargo, al fin Tallien le declaró que á pesar de su buena voluntad y su deseo de auxiliar eficazmente á los hispanoamericanos sus compañeros en el Directorio le habían hecho presente que Francia se encontraba con las manos atadas por los tratados que se habían firmado entre Francia y España, pero ofreció volverá hablarles para con ellos indagar de qué manera le podían prestar su apoyo. En una nueva conferencia que tuvo Nariño con el antiguo jacobino, éste le dijo que no tuviera duda en que encontraría un medio para que España se viera en dificultades para enviar ejércitos á ultra-mar.

Esta promesa vaga afligió sobre manera á nuestro santafereño y como lo manifestase, Tallien le aconsejó que impetrase los socorros que pedía del Gobierno inglés, el cual tenía serios motivos para tratar de vengarse del mal que le había hecho España ayudando á la emancipación de Norte-América, y además se susurraba que pronto se romperían las hostilidades entre los dos países. Era aquel el tiempo más oportuno y que después ya no lo sería, porque una vez declarada la guerra todo español ó persona de aquella raza podría considerarse como espía y corría peligro de ser apresado en Londres.

Nariño aceptó la indicación del francés, el cual sin duda, lo que deseaba era salir de él y descansar de sus peticiones. (4)

Empezaba el mes de Agosto de 1796 cuando Nariño desembarcó en la ciudad de Londres; pues entonces se hacía generalmente la travesía de la Mancha y se subía por el Támesis hasta arribar á la capital de la Gran Bretaña por la vía acuática. Bien sabido es que ahora se cruza el canal en hora y media; no entonces, cuando no había buques de vapor, solían gastar dos ó tres días con sus noches combatiendo con las encrespadas olas de aquel mar borrascoso, cuyos vientos encontrados causaban la desesperación del navegante.

Provisto de cartas de introducción para algunos comerciantes ingleses y emigrados de diversas nacionalidades, que intrigaban en Londres, Nariño, que continuaba llamándose don Francisco Simón Alvarez y se decía comerciante español, logró al cabo de pocos días visitar todas las curiosidades de la capital de Inglaterra, tomar lenguas é indagar la situación política y social y el espíritu público de la Gran Bretaña.

"En Londres, dice el mismo Nariño, (5) me presenté como un comerciante español, y por tal pasé con los españoles que estaban allí. Escribí á mi llegada á nuestro Embajador, visité al Cónsul y viví con un americano (6) y ninguno llegó á trascender mis ideas, ni los pasos que dí. Al principio seguí como en Francia, instruyéndome del modo posible en la Constitución inglesa, sus fuerzas de mar y tierra, sus fondos, su deuda nacional, etc."

Nariño quiso dirigirse al Rey Jorge III, (7) pero supo que con motivo de sus frecuentes accesos de locura se vería en la necesidad de dejar el Gobierno casi por entero en manos de sus Ministros, ó más bien de su primer Ministro y Jefe de su Gabinete, el famoso Guillermo Pitt.

A pesar de los malos ejemplos que daba el Príncipe de Gales los cuales imitaban los nobles ingleses, Guillermo Pitt era el menos inmoral entre todos ellos y también el hombre más talentoso de Inglaterra. Su padre, Lord Chattam, gobernó la Gran Bretaña, como primer Ministro, durante la mayor parte del siglo XVIII y su hijo pesaba en la política inglesa hacía trece años (8) y entre la burguesía y el pueblo era el hombre más popular de su país, cuyos destinos dirigió durante diez y siete años. Le amaban, entre otros motivos, porque no adolecía de los vicios y no tenía las malas costumbres de los nobles; le apreciaban porque sólo se ocupaba del bienestar de sus compatriotas; protegiendo á todo trance el comercio y las industrias más bien que las letras y las artes. Pitt era la encarnación del espíritu del pueblo inglés. A él se debió la apertura del comercio con la India. Sus atrevidas empresas se apoyaron en su asombrosa sagacidad diplomática y aquel arte que desde entonces ha usado el Gobierno inglés para llegar á sus fines, pagando espías en todas las Cortes, sorprendiendo los secretos de ellas y protegiendo, cuando le conviene, las rebeliones y las conjuraciones (9) en el extranjero contra los gobiernos de los países que pretendía humillar y vencer.

Cuando Nariño se convenció de que todo el poder de la nación inglesa se hallaba en manos del primer Ministro resolvió hacer todo esfuerzo para tener una conferencia con él, por creí que sólo él comprendería la importancia de su petición.

Pero aquí dejaremos la palabra al mismo Nariño:

"Con este fin, dice, pasé una esquela al Ministro Pitt, diciéndole en sustancia que yo era un americano español que tenía que tratar asuntos de entidad con el Ministro y que para esto solicitaba tener una audiencia privada con él. No tuve contestación. Repetí otra y tuvo el mismo éxito. Entre tanto había adquirido amistad con dos ingleses, el uno llamaba Campbell y el otro Chort, negociantes muy distinguidos de Londres. Descubríme con ellos para conseguir por su medio la audiencia que solicitaba del Ministro y convenimos en hacer juntos un paseo al campo para tratar el asunto con madurez y desembarazo. Después de muchas conferencias quedamos en que la cosa no se había de tratar con Pitt sino con Lord Liberpool, Ministro de Estado, con quien ellos tenían amistad y que por primera vez sólo se había de hablar al Ministro en estos términos: que había en aquella ciudad un americano español que estaba sumamente resentido con su nación, según les había dicho; que ellos le habían fondeado su disposición y que creían que en las circunstancias actuales no sería un paso fuera de propósito el que el Ministro le hablase. Hízose la cosa en estos términos y el Ministro recibió muy bien la noticia y el pensamiento; pero les dijo que este paso no se podía dar hasta la declaración de la guerra, porque podía ser algún espía que iba á tentar las disposiciones del Ministerio. Quedé tranquilo con esta respuesta, pero no lo quedaron los dos ingleses que me veían diariamente sin perder ocasión de hablarme sobre el asunto. Para no cansar con la relación de todo lo que me pasó con ellos sólo diré que conocí que sus miras se extendían á sacar de mí todo el partido posible, aun cuando no tuviera efecto mi solicitud. Con todo, no pude prescindir de manifestarles un estado de las fuerzas del Reino, de su población y de sus frutos; lo primero, para hacerles ver que procedía con conocimiento y que mi plan no era aventurado y lo segundo, para moverlos con el interés de las grandes ventajas que se ofrecían á su comercio, á que accedieran á mi solicitud. Les hice ver también, que estando acostumbrados á las producciones de Europa y no teniendo fábricas ni manufacturas, era indispensable que una nación de Europa nos proveyese de todo, y que así, aun cuando yo procediese de mala fe, la necesidad nos había de obligar á comprarles todos los géneros manufacturados y á venderles las materias que no podíamos manufacturar. Pero al mismo tiempo les pintaba las grandes dificultades que tendría cualquiera nación de Europa que nos quisiese tomar por fuerza, así por lo áspero y penoso de los caminos y lo mortífero del clima (10) como porque reuniéndose las tropas veteranas á las milicias y á los paisanos y retirándole los víveres era imposible el que pudieran penetrar.

Vino al fin, la noticia de la declaración de la guerra y se me abiertamente en nombre del Ministro, que siempre que redujera mi solicitud á entregar el Reino á la Gran Bretaña tendría todos los auxilios necesarios; que propusiera por escrito todo cuanto contemplara conducente á este efecto, bien fuera para que se hiciesen los armamentos en Europa, ó bien en las Colonias á donde se darían las órdenes convenientes al Gobierno y se aprontaría una fragata de cuarenta cañones para que se transportara con seguridad; que en caso de mal éxito tendría un asilo en la Inglaterra y si la cosa salía bien podía prometerme una fortuna brillante. (11) Neguéme enteramente á esta propuesta, porque jamás fué mi ánimo solicitar una dominación extranjera y reduje mi solicitud á sólo saber si en caso de una ruptura con la Metrópoli, nos auxiliaría la Inglaterra con armas municiones y una escuadra que cruzase en nuestros mares para impedir el que entrasen socorros de España, á condición de algunas ventajas particulares que se les ofreciesen sobre nuestro comercio. Precedieron algunas pequeñas circunstancias y apurando yo con que me iba a marchar se me respondió que siempre que se pusiera en ejecución la ruptura con España, durante la guerra contásemos con todos los socorros de armas, municiones y una escuadra que no sólo cruzaría nuestros mares, sino que bombardearía á Cartagena, si era menester, para que atacándolos al mismo tiempo por dentro se rindiera y sirviese para socorrer el interior con anticipación.

Nada satisfecho con la actitud que tenía Inglaterra con respecto á la emancipación de las colonias de Hispano-América con la cual éstas no obtendrían independencia sino cambio de amo, resolvió volver al continente sin haber logrado verse personalmente con ningún miembro del Ministerio de Jorge III. Aquellos orgullosos aristócratas ingleses, que miraban á todo extranjero con el desprecio que ellos gastan con todo el que no es anglo-sajón, no se tomaron la pena de hablar con un hispano-americano con el cual ellos creían que nada tenían que ver: bastábales manifestar sus intenciones por medio de un tercero, como vimos arriba.

Entre las cartas de introducción que Nariño consignó en París cuando pasó á Inglaterra, debió de llevar algunas del famoso filósofo sensualista Destut de Tracy, quien por pertenecer á una antigua familia escosesa se había educado en Edimburgo y tenía muchos entronques con la sociedad inglesa. Revolucionario, miembro de la Convención, fué compañero de armas de Miranda y amigo íntimo, como era natural por sus ideas, de Jeremías Bentham, profesó siempre predilección por los hispano-americanos. Tanto Bentham como Destut de Tracy fueron muy amigos del General Santander y de otros colombianos que estuvieron en Europa después de la declaración de la Independencia. Probablemente á esto se debió después el que se preconizaran en la Gran Colombia y después en la Nueva Granada las perniciosas enseñanzas de esos dos filósofos utilitaristas y sensualistas.

Al regresar nuestro santafereño á París encontró allí un núcleo de conspiradores que habían ido de las diferentes colonias hispano-americanas á trabajar en la obra de su emancipación de España.

Los principales entre éstos era Olavide y Miranda.

Don Pablo Olavide y Jáuregui nació en Lima en 1725 y cuando le conoció Nariño había tenido va una larga vida de aventuras en extremo curiosas, dramáticas é interesantes. Nombrado Oidor en su ciudad natal, dice Menéndez Pelayo, (12) tuvo que ir á España á dar cuenta de ciertos asuntos que se rosaban con aquel alto empleo. Llamó la atención particularmente del Ministro Arandó, quien le llevó consigo á París como Secretario de Embajada y allí se contagió con las ideas de los enciclopedistas y á su regreso á España obtuvo licencia para fundar colonias en la Sierra Morena. En breve se supo que en éstas la religión católica era un tanto despreciada y el Tribunal de la inquisición le llamó á Madrid, en donde se le siguió un juicio como hereje y se le condenó á 8 años de reclusión en un convento. Logró huírse de éste y pasar á Francia; pero allí no estaba seguro y tuvo que ir á Suiza en donde permaneció hasta que fué declarada la revolución de 1789. En París, dice Menéndez Pelayo, se ocupó en comprar bienes nacionales y escribir contra el clero. Nuestro gran erudito sinembargo no dice, ó lo ignoraba, que lo que más interesaba á Olavide en los últimos años del siglo XVIII era conspirar contra España en unión de otros americanos que habían ido á París con ese objeto. (13)

Miranda era el Jefe de aquellos patriotas. Después de haber tomado parte en la revolución francesa y ser General en los ejércitos de aquella nación, no hay duda que bajo Napoleón hubiera podido hacer una brillantísima carrera, pero á pesar de esto él abandonó honores y verdadera gloria para entregarse en cuerpo y alma á la grande obra de la emancipación de su patria. Consideraba imposible que los hispano-americanos se libertasen por sí solos, sin el auxilio efectivo de otra nación poderosa. Su más ardiente deseo era que quien les ayudase fuesen los norteamericanos, entre los cuales tenía amigos sinceros, desde Washington hasta gran número de empleados en el Gobierno. El sinembargo ignoraba que Juan Adams, el hombre de más influencia en los consejos gubernativos de la nueva república, le era adverso, que trabajaba contra sus proyectos y aún que se burlaba de él, que le titulaba "caballero errante y loco como su inmortal compatriota el viejo héroe de la Mancha." (14) De los hispano-americanos decía Adams:

"Es el pueblo más ignorante, más fanático, más superstíecioso entre los católico-romanos del Universo." Y añadía: "¿Era acaso probable, era posible, que el plan de Miranda para fundar una confederación de gobiernos libres pudiese introducirse, establecerse entre tales sujetos y en todo un vasto continente, ó siquiera en una de sus partes?" (15)

Miranda, que no sabía la triste idea que el segundo Presidente de los Estados Unidos tenía de él y de sus compatriotas, le escribió al tener noticia de su exaltación al solio presidencial lo siguiente:

………….."Me felicito de ver al frente del Poder Ejecutivo americano á un hombre que, después de haber contribuído con valor á la independencia de su país, preside con sabiduría un Gobierno estable, capaz de asegurar la libertad. Nosotros nos aprovecharemos sin duda de vuestras lecciones y desde ahora me complazco en manifestaros que el sistema de nuestras instituciones será mixto. (Aludía á las futuras Repúblicas suramericanas). Optaremos por un Jefe del Poder Ejecutivo hereditario que tomará el nombre de Inca, y será escogido, con particular agrado de mi parte, entre nuestros compatriotas mismos. Tendremos también un Senado electivo, en el que toma asiento los hombres de las clases principales, y una Cámara de origen y carácter popular, pero cuyos miembros deberán ser propietarios.

"Tal es en síntesis la forma de gobierno que parece reunir mayoría de los sufragios en el Continente hispano-americano. El impedirá Sin duda las consecuencias fatales del sistema republicano francés que Montesquieu llama la liberté extréme…."

Adams no se dignó contestar esta y otra carta que Miranda le escribió después.

Sinembargo á pesar de esta y otras desiluciones y desaires, Miranda no desmayaba en sus propósitos. Pocos hombres más sinceramente patriotas, más abnegados y más deseosos de hacer el bien á su país! Al recorrer la historia de todos los pueblos hallaremos siempre que los más infortunados sobre la tierra fueron los que consagraron su existencia entera á llevar á cabo una idea en donde consideraban que estaba la VERDAD, y esta verdad la plantearon después otros que supieron aprovecharse del trabajo ajeno. Jamás los que primero idearon alguna cosa, los inventores, los descubridores cosecharon el fruto de sus desvelos: unos siembran para que otros cosechen.

Los otros patriotas que se hallaban en París entonces eran los siguientes, á lo menos los que hemos podido descubrir: don Pedro José Caro, peruano de nacimiento, pero enviado por los patriotas de Cuba á Europa, el cual servía á Miranda para ejecutar ciertas misiones delicadas y diplomáticas. Del Perú había también un enviado, un señor Baquijano; de Quito otro llamado Bejarano; un canónigo llamado Juan Pablo Fratis estaba allí en nombre de un grupo del Paraguay y otro sacerdote don José Cortés y Madariaga trabajaba por los chilenos, pero al fin se ocupó más bien de la suerte de los venezolanos y los neo-granadinos; por los mismos chilenos estaba allí el ex-jesuita don Manuel Salas; otro ex-jesuita don José del Pozo y Sucre iba en misión del Perú. (16)

Estos hispano-americanos habían tratado también, como Nariño, con Tallien, pero viendo la inutilidad de su empeño resolvieron pasar á Inglaterra junto con Miranda. Este creía que de Londres le sería más fácil comunicarse con los Estados Unidos, República que para todos ellos era tan simpática y en la cual tenían la tontería de confiar á pesar de los desaires que habían recibido.

Nariño, quien como ya hemos visto y veremos después en el curso de su vida, se desalentaba repentinamente y perdía las esperanzas de llevar avante sus proyectos, resolvió abandonar por entonces toda ingerencia en aquellos asuntos en Europa y pasar nuevamente á América y al seno de su familia, aunque tuviera que pasar mil riesgos de perder la vida si fuera preciso. Antes de salir de París pidió una orden á Tallien para que le permitiesen embarcarse en un buque francés que zarpaba de Burdeos en aquellos días, con dirección á las Antillas y dejó sus poderes á Miranda para que obrase también en su nombre en sus negociaciones con el gobierno inglés y con el de Norte América.

Tardó sinembargo un año más Miranda antes de poderse entender con el gobierno inglés, después de presentar un largo protocolo firmado por algunos de los que trabajaban en favor de la emancipación de las colonias hispano-americanas. (17)

El Ministro Pitt ofreció al fin dar naves y las armas que se necesitasen para pasar á la América del Sur á auxiliar á los criollos contra la madre patria, con la condición de que el gobierno de los Estados Unidos suministrase diez mil voluntarios. Pero el Presidente Adams se negó á esta cláusula y escribió á un amigo burlándose de los sud-americanos añadiendo que consideraba á Olavid hombre de tan buen sentido que de seguro no apoyaría á los conspiradores hispano-americanos. (18)

 

(1)
Era una de las damas más distinguidas de la Corte de Luis XVI. En la época del terror se manifestó valerosísima; durante el Directorio contribuyó en mucho á despertar el sentido de la cultura y la urbanidad francesa; en tiempo del Consulado sirvió de puente de comunicación entre la antigua la nueva sociedad ; en el Imperio mereció el siguiente elogio de Napoleón: Yo gano las batallas, pero Josefina gana para mí los corazones."
Véase: Las francesas del siglo XVIII y XIX," por Imbert de Saint Amand.
(2)
Era Cabanus, dice Alcalá Galiano, personaje de singular ingenio, de no menos arrojo, de instrucción varia, aunque superficial, que manejando la lengua española, para él extranjera, llegó á escribir en ella con pureza á la par que con elegancia; hombre osado y ligero, imbuído en las doctrinas filosóficas y económicas francesas del siglo XVIII, y que muy celebrado por unos y muy deprimido por otros, vino á dejar una reputación dudosa, aunque no haya razón para tratarle de malo....."
(Historia de España por don Antonio Alcalá Galiano, tomo V, página 313).
(3)
Al fin del siglo XVIII toda la avenida de los campos Elíseos hasta la aldea de Chaillot carecía completamente de casas. Allí no había sino prados, jardines y hortalizas, divididos unos de otros por corpulentos árboles formando alamedas solitarias y sombrías, sobre todo una que llamaban de los Suspiros ó de las Viudas que arrancaba de los campos Elíseos é iba á morir en las orillas del Sena.
"A la extremidad de la alameda de las Viudas, dice un moderno autor francés y en la proximidad del Sena había en 1795 una quinta rústica, llamada la Chaumiére, rodeada de jardines y de bosquecillos de sauces y de lilas. Allí, por capricho había elegido su morada Madama Tallien, de manera que ese rincón de París se había hecho de moda. Ella había mandado pintar la casa imitando una decoración de ópera cómica sobre la cual se enredaban sarmientos floridos y pintorescos muzgos. La bella joven á la cual le atribuían la redención del Dermidor, era entonces el ídolo de los parisienses; ya no la llamaban marquesa de Fontenag, como su primer marido, ni Teresa Cabanus, como su padre, sino la ciudadana Tallien, como el hombre que la había salvado dos veces de la guillotina y de quien era esposa desde 1794. Por la tarde recibía en su casa rústica de la alameda de las Viudas y todo París corría á sus fiestas."
(Véase Lenotre "Vieilles maisons, vieux papiers." Vol. 1º página 228).
(4)
"Desde Francia (dice Nariño en la declaración que hizo al Virrey ni regresar á su patria) escribí á Madrid en primer lugar suplicando que instaran a mi apoderado para que no dejase de pedir continuamente sobre el curso de mi causa, que yo esperaba que en la Corte no se notaría mi falta y que así pudría volver á la primer noticia favorable. Pasé en Francia cerca de dos meses sin recibir ninguna noticia, siempre vacilando en la suerte de mi familia y en mi desesperado proyecto. Todo este tiempo lo emplee en correr los Tribunales, en examinar algunas de sus nuevas leyes, su Constitución y la historia de su revolución, procurando adquirir cuantas noticias pudieran ilustrarme sobre estos puntos. La proximidad de la declaración de la guerra y la noticia que tuve de que á un guarda de corps que estaba allí con licencia lo habían puesto preso por ir sus cartas con otro apellido, me hizo anticipar mi marcha á Londres, por hallarme en el mismo caso que el guardia y porque si me cogía en Francia la declaración de la guerra me sería muy difícil el pasar á Inglaterra. Antes de partir escribí á Madrid diciendo que pasaba á aquella Corte por curiosidad ya que estaba tan cerca sin tener que hacerme." (Véase Precursor, página 224).
(5)
Véase Precursor, página 224.
(6)
Este era un caraqueño: don Esteban Palacios.
(7)
Era Jorge III hombre de pocos alcances, pero no maligno como sus antepasados, ni pervertido como su hijo. Odiaba á los hombres de talento, no por envidia, sino porque no los entendía y eso le irritaba. No poseía más instrucción sino la que él consideraba útil para su oficio de Rey: sabía bien la geografía y construía mapas para entretenerse, con bastante acierto; conocía perfectamente las genealogías de los reyes y príncipes europeos y las de los nobles de Inglaterra: distinguía á las mil maravillas los uniformes, hasta en sus menores detalles, de los diferentes batallones de sus ejércitos; tenía conocimiento exacto de los Jueces y de los doctores en Teología de su reino; se consideraba maestro en todo lo concerniente á la etiqueta de la Corte, desde los primeros tiempos hasta su época; aprendía en pocos días los nombres de todos los empleados y sirvientes de su palacio y recordaba muy bien la fisonamía de cada uno de ellos. Shai Keray.
Pero todo lo demás, es decir, los deberes más serios de su encumbrada posición, los ignoraba completamente, y le bastaba que sus Ministros los cumpliesen en su nombre. Aunque su carácter no era malo los odios que manifestaba Jorge III eran tenaces y constantes: oborrecía á los americanos del Norte con toda su alma, así como á los católicos y á los irlandeses; pero era esposo amantísimo, excelente padre y su existencia y la de su mujer sus hijas era tan sencilla que tocaba en lo ridículo. Apenas aclaraba el día cuando ya todos los miembros de la familia real debían estar en pié, y sus comidas siempre iguales, eran en extremo frugales, como sencillos sus atavíos é inocentes sus distracciones. El único pasatiempo de que gozaban era pasear en los parques, asistir á algunos conciertos; y por la noche jugar al naipe con sus cortesanos, pero era prohibido que arriesgasen dinero alguno. Los lujos varones del Rey se fastidiaban con aquella vida tan monótona y preferían salir á la ciudad y entregarse á todos los vicios dando penosísimo ejemplo á sus vasallos.
El heredero de la corona (el futuro Jorge IV) era el ser más frívolo, más derrochador de los caudales públicos, el más corrompido, el más cínico y el peor Príncipe de su época ¡y sinembargo le llamaban el árbitro de los gentiles- hombres! Llevó ese nombre porque se le consideraba el modelo de las modas masculinas y la elegancia personificada, pero no en manera alguna por su caballerosidad. Su amor á la ostentación y al lujo llegó á tal extremo que gastaba en fiestas y en regalos á las actrices y bailarinas millares de libras esterlinas. Era tan inconstante en sus amistades que si un día amaba á uno al día siguiente le desconocía, y era tal la crueldad que usó con su desgraciada esposa que no hubo en el mundo quien no se escandalizara.
(8)
Desde su niñez Guillermo Pitt resolvió estudiar para profesar la carrera política que había seguido su padre. Nunca tuvo los pasatiempos de la niñez: a los catorce años su inteligencia estaba completamente desarrollada; á los veinticuatro, años era el primer orador del Parlamento. Los famosos hombres de Estado de su tiempo, Fox y Burke, no tenían prestigio á su lado, de manera que supo vencerlos en todos los campos, y á los treinta y siete años (en 1783) le encargó el Rey del supremo Ministerio. A pesar del odio que le tenían el heredero de la corona y sus amigos, quienes varias veces quisieron arrebatarle el poder, valiéndose de los accesos de locura del Rey, nunca pudieron hacerlo, porque se apoyaba en la nación que le adoraba.
(9)
Por indicación de Miranda, Pitt llamó á Inglaterra á los miembros de la extinguida Compañía de Jesús, de nacimiento hispano-americano, con el objeto de aprovecharse de sus conocimientos y hacer así la guerra á España. (Véase Vida de Miranda, por R. Becerra, tomo II página 474).
(10)
¡Al cabo de más de cien años todavía el país se encuentra en la misma situación de atraso en todos sentidos!
(11)
Esta exigencia del Ministerio inglés era naturalísima puesto que alguno años antes, como hemos visto en la primera parte de este estudio, el Gobierno inglés había recibido propuestas espontáneas de Vidalle, que se decía delegado de los conspiradores que en el nuevo Reino de Granada pretendían arrojar de su suelo las autoridades españolas y ofrecían entregarse á Inglaterra si les ayudaban á hacerlo.
(12)
Véase Heterodoxos españoles, tercer tomo, página 205.
(13)
Biografía de Miranda: por Ricardo Becerra.
(14)
Véase Vida de Miranda por Ricardo Becerra, primer tomo página 47.
(15)
Id. id. id. id. página 50.
(16)
Véase Vidas de O'Higgins y de Cortés y Madariaga por Vicuña Makena.
(17)
Véase en el Apéndice este curiosísimo protocolo.
(18)
Véase Vida de Miranda (ya citada) tomo 1º página 48.
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