CAPITULO I

 

DON JOSEF DE ACOSTA Y SU FAMILIA

Empezaba el año de 1761 cuando arribaban á las costas del Nuevo Reino de Granada dos jóvenes, parientes entre sí, los cuales habían salido de la Madre Patria en busca de una fortuna que su familia no les ofrecía. Llegaron á Cartagena llevando cartas de recomendación para algunos comerciantes peninsulares del entonces emporio mercantil de las Indias. Sabido es que en aquella época tenía lugar una anomalía muy curiosa entre los españoles de ambos Continentes, á saber: que el trabajo ó la carrera comercial, que en España se consideraba como impropia para un caballero,- el cual debería más bien morir de hambre que plegarse á un trabajo que le podía dar la subsistencia,-esa misma carrera y aun otras menos honrosas no eran consideradas derogatorias ó impropias para un caballero que iba á las Colonias de América. Por ese motivo muchos jóvenes condenados á la miseria en la Madre Patria, al trasladarse á las Colonias prosperaban y acababan por radicarse en un país en donde se abría para ellos un porvenir más halagüeño que en España.

Uno de los jóvenes de que venimos hablando se llamaba Josef de Acosta; era natural de Denia-en el antiguo Reino de Valencia, -pero se había educado en Cádiz. El otro -- Josef de Cabrera-era primo de Acosta, y su descendencia existe en Bogotá.

Estaba por entonces el Virreinato conmovido con lo que acababa de ocurrir en Santafé cíe Bogotá. El Virrey D. José Solís Folch de Cardona-Grande de España, joven, rico y galán, había abandonado repentinamente las pompas mundanales y las vanidades y aspiraciones de la vida, los honores y títulos con que se enorgullecía, para vestir el hábito de Recoleto franciscano. Dejó el mando del Virreinato al bailío D. Pedro Mesía de la Cerda; se retiró al pobre Convento de San Diego el 28 de Febrero de 1761. Allí permaneció hasta su muerte - 1770 - pero no antes de haber donado todos los bienes que poseía en América (30,000 duros) al Hospital de San Juan de Dios de Bogotá, para que se construyese un asilo especial para mujeres desvalidas y enfermas.

Gobernaba entonces la Provincia de Cartagena D. José de Sobremonte, Marqués del mismo nombre, y en lo eclesiástico el doctor D. Manuel Sosa Betancourt, Arcediano de la Catedral de Caracas.

En tanto que Cabrera iba á Santafé, en donde se estableció, el joven Acosta emprendió negocios mercantiles con los ricos comerciantes españoles que llevaban el mismo apellido del primer patriota venezolano, el General Francisco Miranda, pero no he podido descubrir si eran parientes del héroe venezolano.

En breves años Acosta logró reunir una mediana fortuna, con la cual se estableció en Honda, ciudad que al fin del siglo XVIII era muy importante, hasta que un terremoto al principio del actual y en seguida la partida de los españoles que la poblaban en la época de la Independencia, la arruinaron totalmente, y jamás ha vuelto á recuperar su antiguo esplendor. En Honda Acosta fundó una casa de comercio que se ramificaba con Cartagena, Popayán, Pasto, Quito y Guayaquil. Allí se casó con D.a Soledad Bonilla, pero en breve enviudó y contrajo segundas nupcias (en 1785) con la hija menor del dueño de todo el valle de Guaduas, D. Buenaventura Pérez. Era este hombre acaudalado, y aunque criollo, se preciaba de haber conservado la limpieza de su linaje á través de los siglos coloniales.

Y ahora que viene al caso diré que en Europa hay personas que confunden á los criollos con los mestizos; estos últimos son los hijos de indígena y blanco de raza caucasa, es decir, de raza cruzada, mientras que los primeros son siempre cíe origen español puro, sin mezcla de indio ó de negro; eran los descendientes de los conquistadores y primeros pobladores europeos de América que habían conservado su raza intacta durante varias generaciones. En las altiplanicies, es decir, en el antiguo Reino de los Chibchas, la raza blanca se conservó pura entre las familias importantes del país; los españoles no se casaban con las indígenas; mandaban por sus consortes ó iban á buscarlas á España, cuando no encontraban á su gusto las hermanas ó las hijas de sus compañeros de armas, y se tenía á desdoro contraer alianza con mujeres indígenas. Debió de contribuir esta repugnancia á las aborígenes la poca hermosura cíe las mujeres de raza chibcha, puesto que este fenómeno no ha tenido lugar en otras Provincias y Colonias americanas, en donde el linaje europeo se ha cruzado frecuentemente con el de los indios, aun entre las clases elevadas de la sociedad.

Sin embargo, la democracia que ha venido cundiendo en los últimos ochenta años, desde nuestra separación de la Madre Patria, ha producido lentamente sus efectos; y si en otro tiempo las familias que se consideraban hidalgas en Santafé, en Tunja y otras ciudades del interior de la República de Colombia, eran todas de raza blanca sin aleación, hoy ya empieza á notarse la mezcla en todas las capas sociales. Felizmente la raza caucasa es tan absorbente que pronto quedará eliminada la sangre indígena, y reinará nuevamente el carácter completamente andaluz y castellano de los primeros pobladores españoles. Entre las viejas familias de Santafé se conserva el legítimo salero andaluz, las fisonomías delicadas de las mujeres, el lenguaje y las costumbres netamente peninsulares que fueron herencia que nos legaron las matronas de la época colonial.

La segunda esposa de D. José de Acosta se llamaba también Soledad. Se casó muy joven con marido mucho mayor que ella, pero la educación que la habían dado cuadró perfectamente con la edad madura de su consorte. Era mujer de rígidas costumbres, de aspecto grave aunque de hermosa fisonomía; ostentaba brocados, tabíes de seda y terciopelos y se engalanaba con costosas joyas en las grandes festividades, pero el resto del año vestía con suma sencillez; gobernaba su casa y numerosa servidumbre de esclavos con vara de hierro, pero era siempre justa, caritativa y generosa; protegía especial mente las iglesias pobres y las obras pías; á pesar de su estricta economía y el orden que reinaba en su casa gastaba con esplendor cuando lo creía preciso; en su hogar era respetada y temida, y todos la obedecían á ojo cerrado, sin que nadie se atreviese a discutir sus mandatos.

Doña Soledad tenía otra hermana mayor, doña Gabriela, que había convertido las piezas que le señalaron en casa de D. José de Acosta-con quien vivió desde que murieron sus padres-en una especie de convento del cual jamás salía. Además, conservaba tres hermanos varones, á saber: D. Manuel, que era alegre, buscarruidos y dadivoso, el cual murió joven sin dejar descendencia; D. Lorenzo, que era todo lo contrario y sólo se ocupaba en atesorar dinero y tampoco se casó; y por último, el doctor Andrés Pérez, sacerdote de talento, instruido y de gran carácter, el cual se convirtió en padre y tutor de los hijos de doña Soledad, cuando ésta quedó viuda.

D. José se estableció definitivamente en Guaduas, en donde nacieron todos sus hijos. Labró casa de teja espaciosa, de dos pisos, é hizo prosperar sus propiedades agrícolas, pues en breve todos los adyacentes valles al de Guaduas le pertenecieron por haberles comprado sus partes á los hermanos de su mujer.

No se debe estudiar el carácter de la persona que deseamos hacer conocer solamente en su persona, pues cada cual lleva en sí las señales de sus antepasados y hereda de ellos cuanto tiene de bueno ó de malo. Por ese motivo he querido en lo posible indagar lo que fueron los antepasados inmediatos del General Acosta, de manera que veremos después que el carácter de ellos influyó considerablemente en la familia. Desgraciadamente cuando murió D. José de Acosta sus hijos estaban niños y no recordaban su fisonomía, ni he podido averiguar de su carácter sino lo que se sabe de sus hechos. No así con doña Soledad Pérez, la cual, aunque murió muchos años antes de que yo naciera, me ha dado, sin embargo, noticias de ella una tía que vivió más de 97 años, y sin embargo hasta una edad avanzadísima conservó de manera sorprendente la frescura de su ánimo y la vivacidad de los recuerdos.

El chapetón D. José de Acosta debió de ser generoso y amante de la instrucción, pues regaló amplio solar para que se fundase una escuela pública, y de su propio peculio pagaba 25 duros mensuales al maestro de escuela de la villa de Guaduas, lo cual para ese tiempo se consideraba estipendio sumamente alto. Además, regaló el terreno en el cual se construyó la iglesia, la alcaldía, etc. etc.

Relacionado con todos los Virreyes que se sucedieron en el Gobierno, desde el Arzobispo-Virrey D. Antonio Caballero y Góngora, D. Francisco Gil y Lemos, D. José de Ezpeleta hasta, D. Pedro Mendinueta, tenía gusto especial en alojarlos en su casa, así como á todos los Oidores que pasaban por allí para ir á la capital ó regresar de ésta á España. No bien tenía noticia de que se acercaba á Guaduas alguno de estos personajes, cuando ponía en movimiento á sus esclavos y á los que vivían sobre sus tierras, y en breve tenía las despensas llenas de las sabrosas legumbres de las altiplanicies, así como de exquisitas frutas de tierra caliente y pescados del río Magdalena.

Durante su primera infancia los seis hijos del Corregidor vitalicio de Guaduas habían aprendido las primeras nociones de los conocimientos humanos con los humildes frailes del convento franciscano vecino; pero cuando su hijo mayor cumplió ocho años, resolvió enviar á su mujer á Santafé, en donde los niños deberían recibir toda la instrucción que él deseaba que tuviesen.

Entre paréntesis diré que esta manera de pensar del honrado comerciante español es una prueba de que los peninsulares de aquel tiempo eran más amantes de la instrucción y del estudio que lo que generalmente se ha pensado. Más adelante tendremos ocasión cíe hablar más largo sobre el asunto.

Hacía tres años que se había radicado doña Soledad en Santafé, cuando en Octubre de 1803 recibió la noticia de que su marido quedaba gravemente enfermo en Guaduas. Inmediatamente mandó llamar á su hermano sacerdote, que entonces era cura de Usme (1), le suplicó que acompañase á sus hijos durante su ausencia, y al momento se puso en camino precipitadamente en unión de otro de sus hermanos para ir á cuidar á su doliente esposo.

La buena señora viajó noche y día y no paró sino al llegar al alto del Raizal, desde el cual se veía el valle de Guaduas y la población á vista de pájaro. Ya para entonces estaba oscuro enteran ente y vio atravesar por la plaza de la villa, una larga hilera de luces.

- ¡Dios santo! exclamó la acongojada dama. ¡Ha muerto Acosta!

- ¿ Por qué lo dices? preguntó su hermano Lorenzo.

- -¿No ves, repuso ella rompiendo á llorar, que aquellas luces son los cirios de los que acompañan el cuerpo?

- -¿Qué quieres decir? No te comprendo......

- Quiero decir que Acosta ha muerto, y que sabiendo que yo debería llegar esta noche llevan á depositar el cadáver en el convento para evitarme la pena de verle muerto.

Dijo y sollozando continuó camino hasta llegar á Guaduas.

Allí salieron á recibirla los buenos frailes del convento y los amigos de la familia; pero no fue preciso darle la noticia, ella había adivinado exactamente lo sucedido. Encontróse, pues, viuda y á la cabeza de una larga familia de chiquillos. El hijo mayor era Domingo, quien había nacido en 1792, después había dos niñas, Josefa y Mariquita; seguía un niño, Manuel, un año mayor que Ana María, que había nacido en 1798 y vivió hasta 1896. El menor de todos se llamaba Tomás Joaquín, el cual vino al mundo el 29 de Diciembre de 1800.

A pesar de que D. José de Acosta dejó bien saneados caudales, sus negocios eran de aquellos que el que no los comprende puede fácilmente perder una parte de ellos, pues sus dineros yacían regados en manos de sus corresponsales, desde Cádiz hasta Quito. Con el objeto de poner orden en todo aquello, doña Soledad tuvo que emplear particularmente á un dependiente de su marido, quien la sirvió asiduamente, y por Último se hizo tan necesario para la dicha y bienandanza de la viuda que al fin ésta resolvió casarse con él. Llamábase el joven D. Manuel Samper (2), y era vástago de una respetable familia de Honda. Sin embargo, los jóvenes hijos cíe dolía Soledad veían la proyectada alianza de su madre con tan mala voluntad, que una vez que tuvo efecto la ocasionó en el resto de su vida muchos sinsabores y amarguras, en lugar de los consuelos que esperaba cosechar de aquella desacertada conexión entre una china ya entrada en edad y un joven casi imberbe.

Entretanto la viuda se manifestaba cada día más severa, y se entregaba tan completamente á prácticas religiosas, que éstas la embargaban toda la parte de su existencia que no dedicaba á sus deberes de madre de familia. Abandonada la gerencia de sus haciendas en manos subalternas, cuando Domingo llegó á su mayor edad encontró muy deteriorada la fortuna legada por D. José de Acosta. El joven, empero, no se preocupó mucho con esto; desde niño había manifestado una afición entusiasta por la lectura, y el amor al estudio embargaba su vida día y noche. Se había educado en el Colegio del Rosario, pero pasaba todas sus vacaciones en casa de su tío el doctor Andrés Pérez, el cual, amantísimo también de la lectura, poseía una cuantiosa biblioteca. En ésta se encerraban tío y sobrino v dejaban que corriese la vicia sin ocuparse de los bienes materiales de la existencia.

Una vez que se hizo hombre Domingo se procuró las obras de Rousseau, de Voltaire y demás enciclopedistas, de los cuales hacía largos extractos, y con otros jóvenes de su edad nutrían su espíritu con una alimentación inadecuada. Lo peor de aquello fue que como el Gobierno español había prohibido toda introducción de libros en sus Colonias, salvo la de místicos españoles, la juventud se veía privada de lecturas de su gusto y pedía ocultamente obras á Francia y á los Estados Unidos. Naturalmente por lo mismo que tantos libros eran prohibidos, casi todos los que se introducían clandestinamente eran los más perniciosos, y éstos eran devorados y mal digeridos por la juventud hispano - americana. En aquella época en que se compraban los libros europeos á precio cíe oro, el amor a la lectura era tan grande que existían en Santafé extensas bibliotecas muy nutridas, en donde se hallaban las obras más bellas de las literaturas francesa, castellana y aun inglesa. Todavía se sorprende uno cuando lee los catálogos de librerías como la que poseía D. Antonio Nariño, por ejemplo, y de otros personajes de aquel tiempo. Entretanto hoy, cuando hay tantas facilidades para el estudio, la juventud por lo general-no hablo de honrosas excepciones - no ama sino lecturas frívolas cuando no inmorales, ó libros irreligiosos que son malos principalmente porque la poca instrucción verdadera de los que se deleitan leyéndolos no les permite encontrar los errores garrafales que encierran.

Pero tampoco debemos ser injustos: si es cierto que no solamente en Colombia sino en todos los países del mundo se levantan nubes de seudo-literatos que pretenden dar la ley, no podemos negar que entre nosotros sí hay deseo ardiente de instruirse, de saber, de indagar los secretos de la naturaleza; pero los que así lo desean no pueden dedicarse á las ciencias porque nuestra pobreza es grande y los jóvenes tienen que trabajar para vivir y no les queda tiempo para dedicarse á estudios serios.

 

1
Aldea en los alrededores de Santafé de Bogotá.
2
Un sobrino de D. Manuel Samper fue el esposo de la que esto escribe.

 

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