CAPITULO I

 

Llegada á Cartagena.-Viaje al interior.-Sus habitantes y su clima.-Penoso viaje por el Magdalena. - Mompós. - Noticias políticas alarmantes.-Llegada á Guaduas. - El Gobierno nombra á Acosta Comandante efectivo de artillería.-La Convención,-Actos de ésta. - División del Partido Liberal.

1831-1832

Pasada la primera impresión dolorosa, los pasajeros del Ateniense supieron que Bolívar había pasado los meses de Octubre y Noviembre en Barranquilla y Soledad, pero que, sintiéndose peor de salud, se había trasladado á Santa Marta al empezar el mes de Diciembre, y que en las inmediaciones de aquella ciudad, en la quinta de San Pedro Alejandrino, había muerto el 17 de Diciembre á la media noche.

"El buque pasó por frente de los castillos de Bocachica, dice Acosta, los cuales tenían un aspecto de completa miseria y desolación, con sus harapientos centinelas que montaban la guardia en cuerpo de camisa."

Desembarcó con el corazón oprimido, sentimiento que fue aumentado al pasar por las calles desiertas y las plazas, al parecer abandonadas, de aquella ciudad que parecía entonces marchar hacia la ruina más completa.

Inmediatamente fue á visitar á clon Juan de Francisco Martín, aquel constante y abnegado amigo de Bolívar, y al doctor Eusebio M. Canabal. (1) Encontrólos á ambos profundamente afligidos por la muerte del Libertador, tanto más cuanto la patria pasaba por una cruenta crisis, de la cual ellos pensaban que sólo Bolívar, si viviera, hubiera podido salvar el país de la anarquía que lo amenazaba.

Cumplido este deber, Acosta buscó la familia de Madrid que había entonces en Cartagena, con el objeto de que lo acompañasen á bordo á traer á tierra á la señora Domínguez, y custodiar los restos de su esposo, honra de aquella ciudad.

A pesar del ruinoso y desolado aspecto de Cartagena, en breve nuestro viajero olvidó aquella primera impresión para agradecer la buena acogida que obtuvo de la hospitalaria y culta sociedad de Cartagena.

Allí la triste viuda del señor Madrid encontró á sus primos, don Gregorio Domínguez y doña Teresa, casada con el inglés señor Santiago Brush. Doña Teresa era por su cultura y gracia el alma entonces de la sociedad de Cartagena.

Acosta se vio allí con su antiguo amigo el General Lacroix, cuya carta de despedida verán nuestros lectores en un apéndice de este libro. Comió en casa de Mr. Watts con el Comodoro inglés Farquhar, Comandante de la fragata Blanche, que lord Belmore había enviado desde Jamaica con dos médicos cuando supo que Bolívar estaba mortalmente enfermo. Rogábale encarecidamente al Libertador al mismo tiempo que se transportase á esa isla, en donde había más recursos que en la tierra firme. Desgraciadamente, la fragata llegó cuando ya Bolívar había muerto.

El Comodoro convidó a Acosta á almorzar á bordo junto con el Prefecto de Cartagena, señor Juan de Francisco Martín. Durante el almuerzo, el Prefecto y Acosta resolvieron elevar una manifestación de gratitud á lord Belmore por la fina atención y el interés que había manifestado por la salud del "Padre de la Patria."

Durante su permanencia en Cartagena-desde fines de Diciembre hasta principios de Febrero-Acosta se estableció en una casa al pie de la Popa, en donde, dice, el clima es más fresco, hay menos zancudos, y gozaría de mayor tranquilidad para emprender seriamente las observaciones meteorológicas que se había propuesto hacer en Cartagena y durante su viaje al interior- del país, para enviarlas á la Sociedad de Geografía de París, y cumplir el encargo que ésta le había hecho.

El Diario está trunco en este punto, así es que no se sabe por qué motivo Acosta permaneció tanto tiempo en Cartagena. Se infiere que sería que el Magdalena debería de estar bloqueado por los insurrectos de Barranquilla; de manera que al fin se vio precisado á buscar el río al través de la Provincia de Cartagena.

Aquí vuelve á encontrarse el Diario.

El 9 de Febrero llegó á Turbaco, á las cuatro de la tarde. Observa que en aquel temperamento, que se considera fresco, marcaba á esa hora el termómetro 30°. En ese lugar encontró á varios ingleses que vivían en Cartagena y estaban allí de paso, á saber: Mr. Bunch, (2) el Coronel Rash, (3) Mr. Stevenson, el famoso ingeniero, y Mr, Forster.

En Turbaco Acosta hizo varias observaciones barométricas, que apunta.

Al día siguiente, á las doce, llegó á Arjona, pueblo indígena, sito á tres miriámetros de Cartagena. Allí, á esa hora, el termómetro centígrado marcaba 33° á la sombra, y en la mitad del camino hacia Mahates, á las dos de la tarde, había subido á 37.° "El camino, escribe, sigue por tierra llana y atraviesa una espesa selva de palmas, ceibos y guaduas. Arjona no cuenta más de quinientos habitantes, y otros tantos tiene Mahates." (4)

En este último lugar se hospedó en casa de un señor Vargas, el cual había sido artillero en Bogotá en la primera época de la revolución, y antes estudiante en el Rosario, y probablemente condiscípulo de Acosta, aunque no lo dice.

El día 11 se detuvo en la hacienda de La Cruz, y el 12 llegó á Barranca. "Este pueblo, escribe, está situado en dos partes: la mitad en la Grilla del río, y la otra en la pendiente de la. colina, sobre la roca misma, en forma de escalones. El censo de 1828 dio por resultado que Barranca poseía 1,200 almas, apenas 50 más que en 1825; (5) pero yo creo que debe de tener menos: es un pueblo miserabilísimo, asolado por frecuentes incendios, que no le permiten prosperar. El termómetro marcaba á las tres y media de la tarde 36°."

En aquel desdichado lugar Acosta tuvo que aguardar el vapor que debería llevarle á Honda. Al día siguiente llegó el Coronel Mamby, (6) y le dio la triste noticia de que el vapor tardaría en llegar más de lo que se había previsto.

Los habitantes de Barranca, para obsequiar á sus huéspedes, dieron un baile, obsequio que éstos no agradecieron en lo más mínimo; bailar en un clima corno aquél, en unión de algunos negros y mulaticas, no era por cierto diversión, sino un horrible martirio!

Para distraerse, Acosta se ocupó activamente en hacer excursiones en los alrededores para hacer observaciones científicas; pero los instrumentos se calentaban de tal manera, que á veces casi no podía tocarlos ni manejarlos.

Al fin, el 19 de Febrero llegó el vapor Libertador, "el cual, escribe, sólo tenía la fuerza de 38 caballos, y su estructura era inadecuada para la navegación del Magdalena."

Al embarcarse uno de los pasajeros le dio la noticia de que Monagas - en el oriente de Venezuela - había hecho un pronunciamiento en favor de la integridad de Colombia, pero sin nombrar á Bolívar, á pesar de que aún no podían saber en Cumaná la muerte del Libertador.

El 21 pasaron por frente de Tenerife y Plato: "lugarcillo este último situado en la orilla izquierda del río, con dos casitas blanqueadas, que le dan un aspecto limpio y risueño."

Empero, la mala alimentación, el calor y el "ruido infernal," dice, que hacía aquel desvencijado vapor, acabaron por enfermar de fiebre á nuestro viajero. Para empeorar la situación, un militar inglés que iba allí tuvo por conveniente embriagarse de una manera tan violenta, que causó inauditos escándalos á bordo durante una noche entera, sin permitir que nadie pudiera reposar ni dormir.

Pasaron por frente al desaguadero del Cauca, delante de Pinto, Santa Ana y San Fernando. Aquella navegación era singularísima. El capitán decía que era preciso andar muy despacio, porque el buque no sabía apresurarse. A eso se añadía que las gentes que vivían en las orillas del Magdalena se negaban á vender leña. Unas veces el capitán tenía que pagar la leña al precio que le pedían, y otras comprar por la fuerza las cercas de las adyacentes sementeras y z un la madera que tenían preparada para edificar. Lo menos que pagaba por un burro de leña eran diez reales.

El 23 llegaron á Mompós, pero no pudieron atracar frente á la población, sino delante de la alameda de corpulentos árboles que existen todavía allí.

A pesar de estar sufriendo fiebres intermitentes, Acorta tuvo que desembarcar para ir á visitar á una señora Salazar, (7) la cual lo había mandado llamar. En aquel lugar recibió cartas de su familia y se quedó una noche en casa del señor Velilla, en la mejor de la ciudad. Parecióle entonces que Mompós se ;hallaba en estado mucho menos ruinoso que Cartagena (hoy sucede lo contrario), y que el mercado era tan abundante en frutas, que cien naranjas apenas alcanzaban á valer dos reales.

En Mompós quedó uno de los pasajeros, el capitán Iglesias, quien iba como enviado ó comisionado de Cartagena para armar una flotilla, la cual debería atacar á los pueblos insurreccionados de la Provincia de Barranquilla.

El 25 volvieron á ponerse en vía, pero de allí para adelante la navegación era peor todavía: algunas veces el buque se metía por un brazuelo del río que no tenía salida, y era preciso retroceder, perdiendo en aquellas faenas horas y horas; con frecuencia se descomponía la máquina; las bombas que alimentaban el condensador rehusaban trabajar; se aflojaban los tornillos ó se rompían; se escapaba de repente el vapor del cilindro, y era indispensable detenerse á cada paso para remediar los daños, que no se reponían sino al cabo de horas "y aun de días. Acorta, entre tanto, sacaba sus instrumentos á la playa y hacía observaciones meteorológicas, ó se entretenía en cazar en los vecinos bosques.

Navegaban á razón de tres millas por hora, cuando no ocurría algún contratiempo, pero esto rara vez sucedía. No bien andaba un poco, y parecía como si al fin todo estuviese en orden, cuando avisaban al capitán que acontecía algo á la máquina, ó que se había acabado la leña. Éste entonces arrimaba el malhadado buque á la orilla y saltaba á tierra con la tripulación, y personalmente cortaban la leña que necesitaban, hasta llegará algún pueblo, en donde había que batallar para conseguir lo preciso para seguir adelante.

Al pasar por la aldea de San Pedro se les presentó un curioso espectáculo. Millares de patos y garzas ennegrecían las playas pescando bocachico (pez que abunda en el Magdalena y otros ríos de la América del Sur), y gran número de caimanes hacían otro tanto, mientras que más lejos la población entera de aquella orilla, hombres, mujeres y niños, habían sacado cuantos calderos y vasijas poseían, y entre tanto que unos pescaban activamente, los demás se ocupaban en sacar la grasa de aquellos peces, destruyéndolos por completo. "Ahora once años, observa el viajero, en esta misma época, tuve ocasión de presenciar iguales escenas en el río Atrato."

"En San Pablo-añade con fecha 4 de Marzo -saltamos á tierra. Vimos el atrio de la iglesia, en donde asesinaron á Demetrio Díaz. (8) Las calles de aquella aldea son rectas, y algunas casas hay bastante aseadas. Sobre la puerta de la casa del cura se leen estas palabras: Respecto, silencio. El alcalde, que no sabe firmar, certificó nuestras listas por medio del escribano."

La máquina del vapor continuaba siempre descompuesta, á lo cual se agregaba un nuevo accidente, que no ocurría en la parte baja del río, y era que se varaba continuamente, de manera que la leña, que con tanto trabajo conseguían, se gastaba toda en los esfuerzos que hacían para sacar el buque del atolladero.

El 7 de Marzo llegaron á Barranca Bermeja, y á poco se varó el vapor durante treinta horas. Después de inauditos esfuerzos, lograron sacarlo; pero entonces resultó des compuesta la máquina, y en la reparación gastaron cuatro días! Aún no habían terminado los contratiempos: como se necesitase leña con urgencia, enviaron á traerla una canoa á la orilla izquierda del río, pero al regresar con ella se volcó con todo lo que iba dentro, y fue preciso aguardar á que cortasen una nueva provisión. Al fin se vieron á flote; pero la máquina había quedado tan mal compuesta, que á cada dos ó tres horas era preciso parar el buque para apretar algún tornillo ó martillar alguna cosa, y en la refección gastaban de seis ú ocho horas y se desperdiciaba la leña.

El 15 pasaron por los peñones llamados de Barbacoas, "los cuales, dice Acosta, estuve examinando, y no pueden considerarse en realidad como punto militar, según se ha creído, sino porque el río está reunido aquí en un solo brazo, de manera que si se colocaran piezas de á ocho sobre los dos peñones opuestos, podrían cruzar sus fuegos con buen éxito. Como el río está recostado sobre la orilla derecha, la mejor defensa podría hacerse desde ese punto."

El 17 encontraron una canoa que bajaba el río, y los que venían dentro les dieron noticia de los triunfos de López y Obando en el Cauca, del desconocimiento del gobierno de Urdaneta por estos Generales, y la anexión del Chocó y Buenaventura al Ecuador, por instancias del General Flórez.

En San Bartolomé, adonde llegaron al día siguiente, el alcalde les dijo que acababa de saber que el Coronel Córdoba se había escapado con la escolta que lo conducía á Cartagena, y se internaba en Antioquia por veredas y despoblados.

Ya para entonces la paciencia de nuestro viajero se había agotado por completo. Resolvió abandonar aquella tortuga en forma de vapor y volar á ofrecer sus servicios como militar al Gobierno legítimo, y ayudar á salvar la patria de la destrucción y anarquía que la amenazaba. Pidió al alcalde del pueblo que le buscase y consiguiese tina canoa en la cual pudiera seguir río arriba. Este le proporcionó una, en la cual se puso en marcha inmediatamente.

La primera noche pernoctó en un miserable ¡-ancho á las orillas del río. Despertáronle al amanecer los lastimosos gritos de la perdiz, los agudos chillidos del pájaro aburrido, el canto de la guacharaca, el silbido estridente de los monos, y todo aquel rumor de vida exuberante que sólo se oye dentro de los bosques tropicales. "Por primera vez, exclama, después de cinco años de ausencia, me sentí en mi patria, y me asaltaron mil recuerdos dolorosos y alegres, tristes y conmovedores de mi juventud primera!"

En Nare, adonde llegó al cabo de dos días, no encontró alcalde ni administrador de correos; no había ninguna autoridad que impidiese los desórdenes que estaba come tiendo la tripulación de un champán arrimado allí. Andaban aquellos bogas ebrios por las calles, jugando y riñendo con los inermes habitantes del lugar como verdaderos salvajes, y tenían aterrados á los desdichados habitantes.

Algunas personas racionales con quienes pudo hablar le dieron nuevas noticias de lo que estaba sucediendo en la Capital, y de los desórdenes que ocurrían en todas partes.

Continuó apresuradamente su viaje, pero ni las incomodidades de él ni las preocupaciones políticas le impidieron hacer apunas observaciones metereológicas, y cada vez que podía desembarcar, examinaba la formación de los terrenos y notaba cuidadosamente las curvas que hace el río.

El 23 llegó á Buenavista. "Media legua más arriba, escribe, sobre la orilla izquierda, cerca de un peñón, á la sombra de un barranco y oculto entre un enjambre de grama totales, desemboca modestamente el río Negro, el cual, después de regar el valle de Pacho con otro nombre, recorre parte de Cundinamarca, y en seguida, como en secreto y abochornado de introducir sus aguas tan negras entre las amarillosas del Magdalena, se confunde y se pierde entre éstas."

No fue sino el 26 de Marzo cuando Acosta arribó al fin á la bodega de Honda. Como no encontrara las bestias que deberían de haberle mandado, según sus órdenes, de Guaduas, no quiso detenerse, sino que continuó su marcha á pie. Sin embargo, al llegar á Rioseco halló las mulas que le enviaba su familia, y pudo seguir el camino más cómodamente, alumbrado ya por una clara luna.

A las diez de la noche llegó á Guaduas; abrazó á sus hermanos José María y Manuel, y se retiró á dormir, dice, "en el mismo aposento en donde había nacido."

Con esas palabras concluye el Diario que nos ha servido de hilo conductor hasta aquí. No volveremos á encontrar Diario ninguno hasta años después; ó no escribió ninguno hasta 1845, ó todos aquellos se perdieron, pues sabemos de manera positiva que llevaba uno durante las campañas de la revolución de 1840, al cual nos referiremos más adelante.

¡Cuán diferente encontró Acosta á su patria al regresar á ella! La gran Colombia que dejó cubierta de recientes glorias obtenidas desde Cumaná hasta la Paz; esa patria que entonces vivía de esperanzas y se preparaba para marchar independiente y orgullosa por los senderos de la civilización; esa República inmensa y fuerte había desaparecido para formar con los jirones de sus triunfos tres naciones distintas, descuartizadas por una nube de ambiciosos. Cada una de ellas luchaba para reconstituirse de nuevo, y los pueblos que habían trabajado heroicamente para escapar del dominio de España, se sentían desalentados ante la guerra entre hermanos, que surgía por todas partes. El espectro de la anarquía espantaba á toda persona de juicio, pues las pasiones enardecidas de muchos militares les había quitado el concepto de lo que es el verdadero patriotismo, y cada cual pretendía adueñarse de cualquiera manera del poder. Esto sucedía en Panamá, en donde los negros y mulatos al mando del General Domingo Espinar, amenazaban separarse del resto de la República; en Antioquia, en donde se levantaban en armas los Coroneles Córdoba, Robledo y otros, contra Urdaneta; en el Cauca los Generales López y Obando no tenían inconveniente en aceptar el desmembramiento de la República para conseguir alianzas; en la Costa atlántica los militares Vezga, Rodríguez, Carmona, etc., alzaban la bandera de la insurrección; en Mariquita, en Neiva, en todas partes reinaba el desorden, la anarquía y un desconcierto general, no había ciudad, no había aldea que no se viera despedazada por las facciones, y en continua alarma y sobresalto.

Urdaneta sentía vacilar el gobierno entre sus manos; parecía que no había esperanza de salvación en ninguna parte, y mucho menos si se estrellaban sus tropas del Gobierno contra los enconados insurrectos.

¿Cuál era el gobierno legítimo al cual el joven capitán Acosta debería presentarse? Nadie lo sabía en medio de aquel desconcierto, así fue que resolvió permanecer alejado de todo hasta ver cuáles serían los resultados de las conferencias que debían tener lugar entre el General Caycedo -quien se había encargado de nuevo del Poder Ejecutivo--y el General Urdaneta, el vencedor del Santuario. El juicio y acrisolado patriotismo de aquellos dos jefes los sacó con honor de una situación tan delicada, y después de una entrevista en las Juntas de Apulo, el 28 de Abril, firmaron tratados, y se resolvió que se convocaría una Convención, la cual organizaría la Nación. El General Urdaneta, entre tanto, resolvió entregar el mando y marcharse del país definitivamente, dejándolo en poder del legítimo Vicepresidente, el General Caycedo, para no volver á figurar en la política de Nueva Granada. (9)

El General Caycedo fue declarado jefe supremo; organizó inmediatamente un Ministerio mixto, con el cual procuró contentar á todos los partidos; pero sucedió lo que sucede siempre en esos casos: que en lugar de contentar, disgustó á todos.

Sin embargo, estas evoluciones en obsequio de la paz no produjeron los efectos que se esperaban: el desorden continuaba imperando en todos los ámbitos de la República, y sobre todo en los contornos de la capital, en donde varios militares rehusaban deponer las armas y reconocer al General Caycedo. No fue sino después de mil esfuerzos cuando al fin se logró conjurar la tempestad, y para afianzarla se convocó ,la Convención que debería reunirse lo más pronto posible; al mismo tiempo el Gobierno expidió un decreto por el cual restablecía al General Santander en todos los derechos que había perdido con motivo de la conspiración de Septiembre de 1828, y al mismo tiempo indultaba á todos los que se hallaron comprometidos en ella.

El Gobierno ascendió al Capitán Acosta á primer Comandante efectivo de artillería, y debió asistirá la Convención que se reunió en Octubre de aquel año. (10)

Reunida la Convención el 20 de Octubre, ésta nombró Presidente al señor Ignacio Márquez, y pocos días después se declaró constituido un Estado, el cual se compondría de las provincias centrales de Colombia, y debería llamarse Nueva Granada, como el Virreinato que iba á reemplazar. Durante aquellas sesiones se dividió el partido llamado liberal en dos partes, partes que, á pesar de que se denominaban ambas partido liberal, eran en realidad bien diferentes, no solamente en su lenguaje y en sus actos, sino también en sus ideas. Los unos seguían á ojo cerrado y aceptaban las arbitrariedades ordenadas por el General José María Obando, el cual después de haber pretendido anexar el Cauca al Ecuador para contentar sus no disimuladas ambiciones, hizo esfuerzos inauditos para impedir aquello mismo que había fomentado, porque con la caída de Urdaneta veía adelante esperanzas de colmar sus deseos en la nueva nación que había formado la Convención. Como el General Caycedo había renunciado por dos veces el alto puesto de Vicepresidente, la Convención, que había aceptado, pasó á elegir un Vicepresidente interino, recayendo la elección en el General José María Obando, Secretario de Guerra. Después de acaloradísimas discusiones, las cuales dieron por resultado grande agitación en la Convención desde las once de la mañana hasta las diez de la noche, fue electo al fin.

Bajo la aciaga influencia de este militar se cometieron grandes injusticias, y se mandó borrar del escalafón militar á todos los jefes que habían tornado alguna parte en la revolución encabezada por Urdaneta, con lo cual se violaban los solemnes tratados de Apulo. (11)

La otra parte del partido liberal, en cuyas filas se encontraba Acosta, era encabezada por el doctor Ignacio Márquez, hombre de grandes luces, moderado y enemigo de toda injusticia; además, era civil, y ya en el país deseaban vivir bajo el amparo de las leyes y no del sable, cuya época había terminado, pues los militares, no encontrando enemigos extraños á quienes combatir, hacían uso de sus armas contra sus propios hermanos.

 

1
Era este caballero uno de los ciudadanos más preclaros de Cartagena, el cual sirvió á su patria siempre con abnegación y desinterés. Murió en Cadiz, en 1853, antes de cumplir 70 años.
2
Padre del que fue Ministro de Inglaterra en Colombia, Mr. Roberto Bunch, y del señor Jorge Bunch, que se estableció en Colombia y murió también.
3
Valiente militar, que tomó las armas en Venezuela en la Legión Británica, é hizo la mayor parte de las campañas de la Independencia, quedándose al fin en Colombia, en donde dejó distinguida familia.
4
En 1876, según el Diccionario de Esguerra, Arjona contaba 3,037 habitantes, y Mahates 2,639.
5
En 1849 aún no había adelantado, y apenas contaba 1,500 habitantes; pero, según el Diccionario de Esguerra, en 1676 había bajado á 1,063 almas. Ignorarnos lo que sea hoy.
6
El Coronel Mamby, caballero inglés, de relevantes prendas, el cual sirvió en la Legión Británica primero, y después al lado de Bolívar, en las campañas del Sur. La muerte del Libertador lo había llenado de tristeza. Desde 1840 se retiró al seno de su hogar, y no volvió á salir á la calle hasta su muerte. Se casó con una dama de Bogota, y sus hijos son ciudadanos colombianos.
7
Sin duda parienta del señor José María Salazar, á quien Acosta, había tratado en París, como en otra parte de este libro lo hemos visto.
8
Sería éste un militar español que abrazó en la época de la Independencia la causa americana, y combatió en la mayor parte de las batallas de aquella época?
9
Se retiró á Venezuela, en donde lo supieron apreciar. Murió como Ministro de su país en Paris, en 1845, de 56 años de edad.
10
República de Colombia. - Bogotá, Junio 30 de 1831.-21°.
Al señor Comandante Joaquín Acosta.
La Asamblea electoral de esta Provincia se ha servido elegir á usted para representar en calidad de Diputado suplente á la Convención que debe instalarse en esta, capital el 15 del próximo Octubre. Tengo la particular satisfacción de avisarlo á usted, esperando que, llegado su turno, se servirá usted concurrir á desempeñar cumplidamente tan interesante misión. Acompaño á usted una copia del registro de las elecciones, la cual debe servir á usted de credencial.
Soy de usted con perfecto respeto obediente servidor.
VICENTE AZUERO.
11
Entre los jefes y oficiales no solamente borrados de la lista militar, sino también desterrados. se halló el General Lacroix. antiguo amigo de Acosta. Desesperado el General con su situación y lejos de su familia, tu cual había quedado en Bogotá, se suicidó en París, en 1837. En aquella ciudad, en 1870, se publicó un libro póstumo de él, titulado Efemérides Colombianas.

 

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