CAPITULO II

 

LA NIÑEZ DE JOAQUÍN ACOSTA

Como dijimos antes, es preciso estudiar al hombre en sus antepasados en primer lugar, y después en el niño.

Hay rasgos característicos que pintan al hombre desde su primera infancia, rasgos que parecen transformarse con los, años, pero que en verdad son siempre unos mismos que persisten bajo diferentes formas á medida que adelanta por el camino de la vida; estos rasgos debe estudiar, apuntar y no descuidar nunca el biógrafo. Así, pues, me permitirá el lector que en este capítulo, á riesgo de que se me considere nimia y quizás pueril, me ocupe en hacer ciertas descripciones características que á primera vista pueden considerarse insignificantes, pero las cuales creo que en realidad no lo son.

A pesar de que Joaquín - como el menor de la familia- era particularmente preferido por sus hermanos, los cuales le tenían enseñado á que casi siempre la voluntad de los mayores plegara ante las exigencias del chico, su madre jamás manifestó predilección por ninguno de sus hijos, y era al igual rígida, severísima, y jamás perdonaba el castigo cuando alguno cometía una falta reprensible, ni evitaba la recompensa si su conducta era tal como ella lo deseaba.

Tenía Joaquín cinco o seis años de edad, cuando se le ocurrió á su hermana Ana María balancearse en la baranda de un patio interior, y como no lo podía hacer sola, convidó á su hermanito á que la acompañase en el arriesgado juego. Parece que él comprendió que el puesto más peligroso era naturalmente el que quedaba sobre el patio, y no tuvo inconveniente en tomarlo. De repente Ana María perdió el equilibrio, cayó dentro del corredor ó balcón sin hacerse daño alguno, pero Joaquín (con tabla y todo) descendió al patio. Sin duda se estrellara contra las piedras, si la casa no hubiera estado en obra y los albañiles no dejaran al pie del balcón un montón de barro blando, dentro del cual cayó el niño y quedó bonitamente empatado hasta el cuello, pero sano y salvo.

Al oír los gritos de los dos niños, salieron las negras esclavas á recoger á Joaquín, á quien querían muchísimo, pero no lograron evitar que doña Soledad supiera lo que había sucedido. A poco, ella también se presentó en la escena, y una vez que se convenció de que su hijo no había sufrido daño alguno, lo riño reciamente, pero ofreció perdonarle si confesaba cuál de sus hermanos lo habían acompañado en el juego. Todos callaron, temblando, pero el niño no contestó á su madre una palabra, y ni azotes, encierros ni amenazas de peores castigos, le hicieron revelar el nombre de su hermana, en realidad la verdadera culpable.

A los seis años de edad mandaron á Joaquín á la Escuela de los padres de San Francisco, que estaba al otro lado de la plaza que entonces llevaba el mismo nombre y hoy se llama de Santander. Allí le enseñaron á leer, escribir y contar. Era el niño muy preferido por Fray Simón Candia, padre ilustrado y respetable que vivió largos arios y alcanzó á ver con sumo orgullo que su discípulo llegó á ocupar altos puestos en la República.

El defecto capital que le encontraban sus maestros era, sin embargo, uno que su madre no había logrado matar en él, á pesar de la severa y rígida educación que le había dado. En aquella época bastaba ser hijo de español peninsular para considerarse persona importante en la Colonia y mirar con cierto desdén mal encubierto no solamente a los mestizos y a la raza indígena, sino también í los criollos hijos de los primeros conquistadores. A pesar de que doña Soledad era enemiga de la democracia y miraba con horror las ideas revolucionarias que empezaban á cundir en toda la sociedad santafereña, no admitía que sus hijos mirasen con desvío á los humildes; sus cristianos sentimientos la hacían manifestarse humilde con los pobres, los cuales siempre encontraban en ella una amabilidad y una condescendencia que no le conocían sus iguales en la sociedad. Para corregir el orgullo de Joaquín, que á veces era grande con respecto á los inferiores y paniaguados y estallaba con violencia, su madre le compelía á rebajarse al igual de los criados. Le obligaba á que saliese á comprar un haz de leña y lo llevase á cuestas hasta la casa, ó á una tienda de granos á comprar alguna cosa que debería llevar él mismo. Joaquín obedecía aparentemente, pues nadie jamás se resistía á los mandatos de doña Soledad, pero ya en la calle pagaba á algún muchacho para que le llevase la carga hasta el zaguán de la casa; allí la tomaba él, y se presentaba á su madre con la humildad que ella exigía. Esto probaría que la demasiada rigidez en vez de enseñar el bien á los niños los convierte en hipócritas. ¿Pero acaso el mimo exagerado con que en estos tiempos se educa á los niños será más benéfico que la severidad excesiva de antaño?

Felizmente para Joaquín, cuando cumplió diez años su hermano mayor exigió que lo mandasen al Colegio del Rosario, en donde se educaban él y su hermano Manuel; y de esa manera se evitó que la demasiada severidad de su madre acabase por malear su carácter, el cual al crecer convirtió en nobles sentimientos el orgullo tonto de su primera infancia.

Cuando estalló en 1810 la insurrección que después se convirtió en seria revolución contra el poder español en la Colonia, revolución que se elaboraba sordamente en las altas capas de la sociedad, merced á las noticias que misteriosamente llegaban allí de los Estados Unidos, de Francia y de España misma; cuando estalló, repito, aquel cataclismo social y político, éste encontró preparado al doctor Pérez para aceptarlo, así como su sobrino Domingo, que participaba de todas sus ideas. No solamente aceptaban ambos ese nuevo orden de cosas, sino que el buen sacerdote tomó parte activa en ella; fue miembro de las juntas revolucionarias y tomó asiento como Diputado en el primer Congreso de Cundinamarca. Domingo estaba todavía muy joven para hacer parte de aquellas Asambleas y no se atrevía í dar opinión clara acerca de los sucesos políticos en su casa por no dar en qué sentir á su madre, que se conservaba fiel al partido realista.

Joaquín se crió, pues, en una atmósfera contraria; oía hablar en favor y en contra de la naciente patria á personas que más respetaba en el mundo y cuyas opiniones eran leyes inmutables para él. Pero á más de que con si¡ madre no tenla confianza ninguna y el amor que la profesaba estaba mezclado con el miedo que la tenía, las ideas patrióticas y generosas que solía oír discutir á Domingo, á quien amaba particularmente por ser su nato protector en toda circunstancia; las opiniones en favor de la revolución que su tío Andrés no dejaba nunca de formular encarándose con doña Soledad; la corriente de la opinión favorable á la independencia que circulaba en la sociedad é impregnaba hasta á los niños de escuela: todo esto junto le hizo inclinarse casi inconscientemente en favor de la revolución; de manera que cuando salió de la infancia ya era un patriota, y un patriota exaltado, dispuesto á derramar su sangre por la causa de la República v de la independencia de España.

Muchos jóvenes, casi niños, amigos de su familia y que pertenecían á las estirpes más distinguidas de Santafé, habían tomado las armas. Algunos de éstos no habían cumplido quince años, como el que después fue el General Joaquín París, con quien conservó íntima amistad hasta la muerte. Pero doña Soledad no permitió que sus hijos les imitasen.

Entretanto que Acosta estudiaba en el Colegio, los acontecimientos políticos se precipitaban y la desdichada patria, entregada á manos inexpertas, veía desaparecer todos sus ideales, y al fin perecer hundidas sus generosas intenciones en un mar de tristeza y de desengaños.

Reinaba la aflicción y la congoja de ánimo en todos los corazones, y más que en ninguna parte en el triste hogar de doña Soledad Pérez. Los niños no tenían más expansión que la que les proporcionaba su tío el Cura de Usme, quien solía llevarlos á su pueblo y allí gozaban de los aires del campo y de la libertad de movimiento, de que carecían en casa de su madre. Joaquín conservó toda su vida un singular afecto por el miserable pueblo de Usme, porque le recordaba sus infantiles dichas y las horas de inocente libertad que allí gozó.

Acosta tomaba interés profundo en los acontecimientos políticos, y veía con angustia los dolores de la patria, las derrotas de los ejércitos de los independientes, y por último, la entrada de Morillo en Bogotá, lo cual puso el colmo á su afán. Uno de los primeros patriotas que el Pacificador hizo encarcelar fue al doctor Pérez, y si no hizo fusilar al tío de Acosta por respeto á su carácter sacerdotal, le privó de comunicación con su familia, le vejó é insultó de cuantas maneras pudo, y por último le mandó á las mazmorras de Puerto Cabello, en donde padeció mil trabajos y miserias, hasta que le pusieron en libertad. Casi moribundo logro regresar á Bogotá dos años después.

La vida estudiosa y rígida, por una parte, que llevaba Joaquín, y el patriotismo latente que ocultaba en el fondo de su alma, por otra, formaron el carácter del joven estudiante del Rosario. Este fue un tanto triste v reconcentrado, y aunque muy temprano solía usar de un lenguaje irónico, guardaba en su corazón un gran fondo de sincero y silencioso entusiasmo por todo lo bueno, lo bello y lo artístico. Pero el amor á la patria superaba á todo afecto en él. Aquella patria desgraciada y vilipendiada era para sus hijos entonces el objeto del más tierno cariño; los jóvenes la amaban con noble desinterés y abnegación verdadera la generación que se levantaba no pedía nada á su país, estaba pronta á derramar su sangre por ella, y nadie pensaba en su propio engrandecimiento, sino en el honor ¿e la nación que se había procurado formar. ¡Oh! ¡cuán de otro modo son hoy los que se titulan patriotas! Con muy contadas excepciones, éstos todo lo piden á su país, y hacen lo posible por no darle nada; poco les importa el honor de su patria, y su único anhelo es medrar á su costa. Suelen algunos manifestarse un tanto desprendidos, cuando se trata del bien de su partido, y eso porque se proponen cobrar después un crecido galardón en cambio de algún aparente sacrificio.

Hacia 1817 la audaz pléyade de patriotas que alzaron primero la bandera de la independencia é iniciaron la emancipación Nariño, Lozano, Acevedo, Álvarez, Niño, Torres, Baraya, los Gutiérrez, Carbonell, Caldas, Pey y otros-ya había desaparecido; los unos fusilados por Morillo y sus secuaces, otros porque yacían en los calabozos españoles, ó porque andaban prófugos por los montes. Pero en cambio, formábase una generación que debería después organizar definitivamente la República, constituirla y darla lustre, vigor y ciencia, en las Cámaras Legislativas, en la Magistratura ó en la Diplomacia. Los que formaban esa generación estaban aún muy jóvenes y no eran conocidos, como Santander, Márquez, los Pombos, Alejandro Vélez, Aranzazu, Clímaco Ordóñez, Vicente Martínez, Florentino González, los Barrigas, Herrán, Gori, los hijos del Tribuno Acevedo, Rufino Cuervo y otros que han dejado su nombre estampado en las páginas de la historia.

Pero mientras que algunos de los futuros padres de la Patria se educaban y estudiaban en los Colegios, otros se armaban y se preparaban para arrojar del país á los realistas; en Casanare se daban cita los patriotas que levantaban trabajosamente algunas partidas que después fueron el núcleo de los ejércitos salvadores. El Coronel Ignacio Mariño, cura de una parroquia de Casanare, en unión de Rodríguez, Ortega y Galea, y después Nonato Pérez, mantuvieron libres los Llanos de Casanare y organizaron guerrillas que sirvieron de base á Santander y á Bolívar para levantar el ejército libertador.

Santafé de Bogotá era presa del terror; el fusilamiento de Policarpa Salavarrieta, antigua arrendataria y costurera de la familia de doña Soledad Pérez, madre de Acosta, puso el colmo á los desengaños que sufría aquella señora diariamente con los realistas, sus antiguos copartidarios y compatriotas de su difunto esposo y á quienes ya no podía mirar sino como á los verdugos de su Patria. Todas sus amigas y conocidas vestían luto por algún parienta fusilado por orden de Morillo ó de Sámano; su hermano, preso y lejos de su país, expiaba su amor á la patria con grandes sufrimientos físicos y morales; su familia guardaba silencio acerca de hechos desastrosos que tenían lugar cada día, y una atmósfera de profunda tristeza reinaba á toda hora en la casa. Doña Soledad no encontraba consuelo sitio en un misticismo que iba creciendo día por día, y ella sabía que sólo la muerte la podría librar de tanta amargura. Durante una enfermedad que había sufrido algunos años antes, y estando ya á punto de morir, había suplicado al cielo que la conservase en esta vida sólo el tiempo necesario para ver á sus hijos fuera de la infancia. Así sucedió: una vez que Joaquín, que, como hemos dicho, era el menor, hubo cumplido diez y siete años y que le vio crecido, juicioso y amante del estudio, con lo cual estaba garantizado de que huiría de los vicios, según pensaba ella, doña Soledad pidió á Dios que la sacara de esta vida. Pocos días después la acometió una fiebre violenta, que entonces llamaban tabardillo, y el 18 de Enero de 1818 murió rodeada de todos sus hijos y creyendo que había cumplido su misión en el mundo. Pero no era así: una madre es siempre necesaria en la vida, y los hijos de doña Soledad la lloraron mucho entonces y después, y en todas sus angustias y amarguras y en todos sus triunfos y alegrías, les hacía falta é invocaban su memoria con cariño. Ella había sido rígida y severa; pero, según parece, los padres á quienes mejor se ama y de los que los hijos guardan un recuerdo más constante y más fiel, no son los que halagan nuestras pasiones y nos consienten sin medida, sino los que nos obligan á cumplir con nuestros deberes y son siempre severos y rigoristas, es decir, los que se hicieron respetar y temer y no fueron nuestros compañeros de juego, sino nuestros maestros y consejeros.

Comentarios (0) | Comente | Comparta