CAPITULO I

 

Viaje á Europa. - Carta del General Mosquera. - La familia de Acosta se queda en Halifax. - Acosta llega á París.-Viaje al sur de Francia. -Navegación del Ródano. - Arlés. - Marsella. - Roquefavour- Se embarca para España.- Pasajeros. - Pasaje. - Barcelona. - Biblioteca. - Archivo. - El señor Roca.-Torres y Miralda. - Parecióle el pueblo español más tulio que el francés.-Valencia.-Sir John Dorney Harding.-La Huerta de Valencia. - Murviedro.-Sagunto.-Fábrica de azulejos.-Aspecto risueño de Valencia.

1845

Al tiempo de salir de Bogotá, Acosta recibió la siguiente carta de recomendación que le envió el Presidente Mosquera:

" Para el Excelentísimo señor Presidente de los Estados Unidos.

" Excelentísimo señor:

"Uno de mis primeros pasos al posesionarme del Poder Ejecutivo de esta República, como su Presidente constitucionalmente electo, ha sido el de participar á V. E. mi advenimiento á tan alta magistratura, por medio de una carta de Cancillería que será puesta en manos de V. E. por el señor Coronel Joaquín Acosta.

"Este distinguido compatriota mío ha sido por bastante tiempo, como V. E. lo sabe, Secretario de Relaciones Exteriores de Nueva Granada, y en una época no muy distante tuvo el honor de representar en Washington á dicha República. Estas circunstancias, y el respetable carácter personal del señor Acosta, lo hacen digno de un aprecio general y me autorizan á mí para recomendárselo á la consideración de V. E.

"Aprovecho, la oportunidad que con tal motivo se me presenta para ofrecer á V. E. las seguridades de la muy distinguida estimación que le profesa

"T. C. DE MOSQUERA.

"Palacio de Gobierno de Bogotá, 14 de Abril de 1845."

Acosta, sin embargo, no presentó aquella carta de recomendación personal; no estuvo en Washington, sino que pasó unos pocos días en Nueva York, y de allí pasó á Halifax-Nueva Escocia-en donde dejó á su esposa con su madre, la señora Kemble, y á su hija, perfeccionándose en la lengua inglesa, de la cual ya tenía algunas nociones.

Entre tanto que su familia permanecía un año en Halifax, Acosta partió para Francia. En París buscó á algunos de sus amigos que cerca de veinte años antes le habían dispensado su amistad. Muchos de estos habían muerto, como el General Lafayette, etc., otros se habían encumbrado tanto en la sociedad, que esquivó presentarse á ellos; pero reanudó sus relaciones con aquellos cuyo modo de vivir modesto le permitía alternar con ellos. Además, tuvo el gusto de encontrar establecido en París á su hermano Domingo, el cual vivía como un anacoreta, aislado de la sociedad y entregado á sus libros y á estudios que desgraciadamente jamás tuvieron resultado alguno para los demás.

Antes de empezar seriamente á escribir la historia que tenía pensada, Acosta quiso ir á España á estudiarla en los archivos de Sevilla y de Madrid, en donde debería encontrar los principales documentos acerca del descubrimiento y conquista, que formaría el primer tomo de su obra, único que alcanzó á escribir y publicar.

Del Diario que llevó durante su viaje á España extractamos algunos párrafos:

"Salí de París el 26 de Agosto á las siete y cuarto de la mañana, en la diligencia de Compte Caillard, la cual nos llevó al embarcadero del ferrocarril. Allí fue desmontada y trasladada sobre ruedas por carriles, por medio de u un procedimiento que vi en Woolwich desde 1830, y que tengo dibujado en mi Diario de Inglaterra. ¡Ahora dicen (e n Francia) que esta es una invención maravillosamente nueva!

"Las sesenta millas que hay entre París y Orleans las anduvimos en poco más de tres horas, es decir, como veinte millas por hora; velocidad racional que hace menos temibles los accidentes...

"... En Orleans la diligencia volvió á sus ruedas, y así seguimos viaje costeando el río Loire. Iba conmigo un pintor de paisajes, inglés, y éste me hacía notar los puntos de vista más hermosos."

Pasaron durante la noche por Nevers y otras ciudades y aldeas. Poco más allá de Roanne empezaron á encontrar las altas colinas que dividen el río Loire del Ródano y el Saona.

"... El paisaje aquí, dice, es bellísimo, y pocos lugares he visto tan pintorescos como San Sinforiano de Laye. Allí se ven las bellas casas de campo del Barón de Dailly y del Conde de Chavignac, las cuales se distinguen por su hermosura. A lo lejos descubríamos las cadenas del Monte de Oro y del Monte Brisson, cuyo aspecto encantador, á la luz de una bellísima tarde de verano, me causaron vivo placer ..... Llegamos (el 28) á la ciudad de Lyon (la segunda de Francia) en medio de un extraordinario bullicio y movimiento mercantil. Me alojé en el Hotel del Norte. La ciudad me pareció singularmente embellecida y acrecentada desde 1826, cuando la visité á mi regreso de Italia, pero no en la misma proporción que París..."

Durante el día visitó algunas fábricas de loza y papel de colgadura, y á las tres de la mañana del día siguiente se embarcó en un vapor en el Ródano. Pareciéronle aquellos buques sucios é incómodos, á pesar de que el pasaje era caro, en proporción de su ninguna comodidad, (17 francos hasta Arlés) en cuyo trayecto gastó catorce horas. Observa que en el río Hudson (Estados Unidos) los buques son espléndidos, y cuesta el pasaje la mitad del precio. De paso tocaron en Vienne, ciudad notable nada mas sino por ser la patria de Poncio Pilato, y porque á pesar de ello fue la cuna del cristianismo en las Galias.

Hasta allí las orillas del Ródano son risueñas y pintorescas, pero de allí para adelante el paisaje se convierte en áridos sitios, coronados por castillos viejos y ruinosos.

En Avignón no se detuvo, sino que siguió el vapor hasta Beaucaire, en donde se quedó, en lugar de seguir hasta Arlés. Allí tomó un mal coche que le llevó á Arlés, adonde llegó á las ocho y media de la noche.

DIARIO

30 de Agosto.- Muy de mañana salí á visitar el anfiteatro romano, quizás el mejor conservado que existe. Desde una de sus torres se goza de una de las más extensas vistas del curso del Ródano que se puede ver, así como de las hermosas y fecundas campiñas del Languedoc. Veíanse estas cubiertas de sementeras de cereales y salpicadas de ciudades y aldeas.

Arlés, - colonia militar romana, fundada por julio César con los soldados de la 6.a legión, - conserva todavía el tipo romano en la fisonomía de sus habitantes y habitaciones; el dialecto popular es muy parecido al italiano, y la ciudad tiene muchos restos de sus antiguos fundadores, existen numerosos monumentos antiguos, y en muchas casas se ven columnas y capiteles que pertenecieron en un tiempo á templos paganos. La portada de la catedral es obra de la Edad Media, y el obelisco que adorna la plaza es egipcio; la plaza del Foro, en donde se encuentra el hotel en que estoy alojado, tiene un medio pórtico con su ático de granito, así corno columnas de lo mismo, que pertenecieron á la dominación romana. Sobre las portadas de las casas nuevas han dejado subsistir columnatas y lápidas que aún llevan inscripciones en latín.

" Después de almorzar fui á visitar los Campos Elíseos, cubiertos de sepulcros desenterrados, del tiempo de los Romanos: grandes piedras de siete á nueve pies de longitud, y de tres á cuatro de ancho, huecas y con sus cubiertas tumulares, las cuales podrían formar una calle extramuros tres veces más larga que la de Pompeya. En el Museo vi después los restos más preciosos de lo desenterrado, como las estatuas que había en el teatro, lacrimatorios, ánforas y vasos cinerarios y de perfumes que se ven con mayor- interés cuando se han visto los sitios que los encerraban. La inscripción del sepulcro de AElia, la hija de Dionisio, muerta á los diez y siete años de edad, la víspera de su matrimonio, me pareció muy hermosa- .. La colonia romana llegó á contar cien mil habitantes, hoy apenas encierra veinte mil almas!...

" En el mercado observé los vestidos pintorescos de las aldeanas, su lenguaje animado y aspecto culto. El mercado tiene lugar en una plaza abierta como las nuestras, y es inmensa la variedad y abundancia de frutas y comestibles que vi......

31. - Salí de Arlés en un bote del canal de Bouc, que tiene dos esclusas. Navegando perezosamente pero con una tranquilidad que ya no es de este siglo, llegué á las orillas del mar al cabo de siete horas. En Bouc tomé un coche con dirección á Marsella. Atravesé un paisaje risueño, plantado de viñedos, de olivos, almendros y granados cubiertos de frutos, pero el terreno es arenoso y monótono, y las casas de campo tienen un aspecto vulgar y de mal gusto. Entré á la ciudad á las siete y media de la tarde, por la puerta triunfal de Anjou, pero sin duda por ser día domingo no encontré en la calle (anchas y bien alumbradas) aquel bullicio y animación que esperaba en un puerto tan famoso.

I.° de Septiembre.-"El aspecto de la ciudad, el desaseo de sus calles y el mal olor me disgusto mucho. Sorprendióme la costumbre que tienen aquí de sentarse á las puertas de todas las tiendas, para cuyo efecto se encuentran bancos y sillas en las puertas... "

Sin embargo, como no encontrase cosa que le interesara particularmente en Marsella, resolvió pasar unos días en el campo, mientras que llegaba el buque en que debería embarcarse para pasar á España. Visitó entre tanto la ciudad de Aix, el acueducto de Roquefavour, obra titánica que costó muchos millones, y que provee de agua á Marsella. Estuvo en una ermita de un devoto español que vivió allí más de cincuenta años, y fue á la montaña de Santa Victoria, "célebre, dice, por la que alcanzó Mario, hace ya más de dos mil años, sobre los Teutones."

Al cabo de cuatro días regresó á Marsella, y se ocupó en visitar cuanto había allí de curioso, desde el Museo hasta las fábricas de aceite, y el día seis se embarcó por la noche en el vapor Mercurio, el cual debería llegar á la madrugada al puerto de Valencia, pero deteniéndose antes en Barcelona.

"7 de Septiembre. - No salimos del puerto hasta las seis, y entonces en lugar de dirigirnos á España-como estaba convenido - volvimos la proa hacia Italia, con el objeto de cambiar los papeles del buque en el pequeño puerto italiano llamado Ciotat, y así pagar menos derechos. Esta parte de la costa es imponente por las rocas elevadas y riscos desnudos que la dominan.

"Después de salir de Ciotat navegámos todo el día y la noche siguiente, y amanecimos el ocho frente á las costas de España. Como había llovido, la tierra despedía un fuerte pero agradable ambiente, que se aspiraba á dos leguas de la costa.

"Los pasajeros eran todos catalanes, salvo una señora de Andalucía con su hija, un valenciano y unas francesas. El buque era sucio y mal servido, pero yo me entretuve en contemplar la costa, á cuyas márgenes se veían varias poblaciones."

El día nueve, á las once y media de la mañana, surgieron en el puerto de Barcelona, pasando por el pie de la montañuela y el fuerte Monjuí. Parecióle hermosa la ciudad, más aseada que el Havre y Marsella, las calles anchas, los puentes de mampostería, las aceras limpias y embaldosadas, y todos los edificios fuertes y bellos.

Se alojó en el Hotel de las Cuatro Naciones, en donde el servicio era bueno.

Al día siguiente era domingo y todo el pueblo estaba de paseo; pero no notó la conducta soez y vulgar de la plebe de otros países: todos parecían conservar su dignidad. En la Rambla cruzábanse las ricas mantillas de encajes con el humilde pañuelo de las campesinas. Encontró mucha gracia en las mujeres, pero poca belleza, y en los hombres vulgaridad en las fisonomías.

Visitó los monumentos públicos y los paseos, y fue á la Biblioteca de San Juan, "que, dice, contiene varios manuscritos en vitela de la Edad Media, curiosamente iluminados, algunas antigüedades romanas y varios sepulcros y reliquias de la dominación de los Condes de Barcelona. El bibliotecario, señor Roca, me recibió con mucha amabilidad y me dio una carta de introducción para que me permitiesen visitar los archivos de la Corona de Aragón. Pero aunque es ciertamente admirable el orden en que los conservan, y los mejor arreglados que he visto hasta ahora, merced al celo y la constancia del señor Próspero N., nada hallé allí con respecto de América. Esto proviene, según observó el bibliotecario, de que los Reyes de Aragón no hicieron nunca mucho caso del descubrimiento del Nuevo Mundo, aunque después los catalanes fueron los que se aprovecharon de ello.

"El edificio que contiene los archivos, es el mismo de la Diputación provincial y el de la Audiencia; es gótico y bien conservado, con jardines.

"Asistí á una causa criminal que se ventilaba en la sala del crimen, compuesta de cinco jueces... "

Visitó con atención la Catedral, las antiguas calles, en una de las cuales le señalaron todavía la mansión de un rey catalán, las antiguas puertas de la ciudad y el Palacio Arzobispal.

Un rico comerciante, el señor Torrens y Miralda, lo llevó á la Lonja, á las escuelas de dibujo, pintura y arquitectura.

"Estas, escribe, están bajo la protección de la junta de Comercio, y allí no sólo se da instrucción gratuitamente á la juventud en varios ramos de educación, inclusive física y matemáticas, sino que se les provee de modelas, papel, etc., y se iluminan los salones con gas. Esta institución hace honor á España."

Acosta iba imbuído con las ideas antiespañolas que tanto curso tuvieron en América en la época de la guerra de la Independencia; por consiguiente, creía encontrarla muy lejos de la civilización moderna. Los actores y representaciones teatrales le gustaron mucho, y aun muchas veces le parecieron mejor que los franceses. Llamóle la atención el comportamiento del pueblo, al cual encontró más culto que el de París, en algunas cosas. Estuvo á ver el Museo de la familia Salvador, invitado por su dueño. Notó con pena que estaban derribando el antiguo palacio de los Condes para abrir una calle, y que habían dejado incrustadas dentro de una casa particular las enormes columnas de orden corintio pertenecientes á una época remotísima, que merecían conservarse con aprecio. Fue al antiguo monasterio de San Pablo, obra árabe curiosísima y que entonces era un cuartel; á la cárcel, que encontró bien ordenada, limpia y con surtidores de agua hasta en los pisos superiores. Las obras de platería que fue á ver le parecieron tan artísticas como las francesas.

Invitado á su palco por el señor Miralda, vio "representar, dice, varias comedias bien, y un acto de chistes con el salero español. "Lo que le desagradó fue que por todas partes, salvo sobre las tablas, se hablaba catalán.

El 12 de Septiembre volvió á embarcarse en el Mercurio, con su compañero de viaje, un señor Fernández. A más de los anteriores pasajeros, en Barcelona se embarca ron nuevos, entre otros un lazarino en el segundo período. Dijéronle que allí no tenían temor al contagio, pero sí creían que ese mal se heredaba. Pasó la noche luchando con las chinches, que hormigueaban por- todas partes.

Poco después de amanecer descubrieron á Murviedro, la antigua Sagunto, divisaron las fortificaciones, y á lo lejos las antiguas ruinas antes de desembarcar en Grao.

El señor Fernández tenía su familia en Valencia, pero como la población se halla distante del puerto, tomaron coche.

"Seguimos en una tartana, escribe, miserable patache ó carricoche, sin resortes, hasta la ciudad, por una hermosa alameda. Durante el transcurso encontramos á la mujer y á la hija del señor Fernández, que iban á encontrarle.

"Me alojé en la posada del Cid, y después de vestirme y almorzar, pasé á ver la muy hermosa Catedral, con seis naves en todas direcciones y bellas pinturas y mármoles; luego el señor Fernández me llevó á su casa, en donde tiene una buena colección de pinturas españolas. Visité las iglesias de San Martín y San José; esta última con claustro espacioso de columnas de mármol. Visitamos después á un señor Pedro Pérez, que tiene una gran colección de cuadros originales y de copias, pero él mismo es más original que toda su colección. Estuve á ver el puente Real, bajo cuya sólida armazón pasa bulliciosamente el Guadalaviar. Hacía bastante calor, y aquí, como en Barcelona, vendían hielo por todas partes.

"Las calles de Valencia no se parecen á las anchas é imponentes de Barcelona; son estrechas, pero tienen bellos edificios antiguos y modernos, que dan un aspecto como de ciudad importante. Vi varios palacios particulares, como el del Marqués de dos Aguas, y otro en que se apean los Reyes cuando llegan aquí. La posada, sin embargo, (la mejor de Valencia) estaba repleta de chinches, que me daban malísimas noches."

Sorprendióse con la cantidad, abundancia y variedad de frutas que vendían en el mercado, producidas en la llamada Huerta de Valencia, que cubre un vasto campo bañado por el alegre. Guadalaviar ó Turia.

"Este río, dice, ciñe á Valencia, después de haber embellecido y fertilizado sus campiñas."

Allí trabó amistad con un viajero, Sir John Dorney Harding, conocidísimo abogado inglés, con quien hizo todo el resto de su viaje por España. Volvió á sorprenderle en el teatro de Valencia la compostura y buen tono de los concurrentes de todas las clases de la sociedad.

Con el señor Harding estuvo en Murviedro en coche; pasaron por varias poblaciones, habitaciones y huertas cubiertas de viñedos, perales, duraznales, de brevas, melones y sandías, y toda suerte de legumbres.

"Mientras que preparaban el almuerzo en un zaguán que llaman sala de la venta, inferior ciertamente á cualquiera de la Sabana de Bogotá, emprendimos camino para ir á visitar las ruinas de Sagunto. Trepando por riscos cubiertos de tunales (que aquí nadie come, por tener tanta abundancia de exquisitas frutas), llegamos al castillo, y después bajamos á recorrer las ruinas del teatro, uno de los más bien conservados que existen. Los constructores de él se aprovecharon del terreno inclinado para formar las graderías. Desde allí se descubre una vista bellísima sobre el Mediterráneo, los vecinos campos y los distantes castillos, torres y atalayas... Después de contemplar algunos momentos aquella tierra clásica del heroísmo, recorrimos la ciudad moderna, sin que nos molestase la curiosidad de los habitantes, que ningún caso hicieron de los viajeros."

Tomaron la diligencia de regreso á Valencia; dentro de ésta iban algunas campesinas de los contornos, las cuales, aunque entendían español, hablaban entre sí en dialecto valenciano, mucho más dulce que el catalán.

Visitaron al regresar á la ciudad la iglesia de Los Desamparados, y vieron el famoso Señor caído. En seguida pasaron á ver una fábrica de azulejos ó ladrillos barnizados, peculiares á esta ciudad; entonces los vendían de dos á cinco pesos el ciento, según los adornos que llevaran.

Vio también una extensa manufactura de abanicos de toda clase. Estuvo en la lonja de trigo, espacioso edificio entre gótico y moderno, y pasó algunas horas hojeando libros viejos que vendían en los armarios del mercado, con la esperanza de encontrar algo curioso.

No dejó iglesia, monumento histórico ni paseo que no visitase.

"Valencia, dice, me dejó muy grata impresión, y su aspecto exterior, con sus colchas rayadas en los balcones y cortinajes vistosos en las ventanas para ampararse del sol, le dan un aspecto de fiesta muy original."

Después de permanecer allí cuatro días, arregló su viaje para ir á visitar la ciudad de Denia, cuna de sus antepasados, con la esperanza de encontrar allí algunos parientes de su padre.

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