EL DESARROLLO DEL HATO LLANERO DURANTE LA EPOCA COLONIAL

Una visión comparativa. Versión preliminar1

José Eduardo Rueda Enciso 2,3

I

Sin lugar a dudas, el hato llanero colonial durante buena parte de la república, fue una gran propiedad rural, un tipo de "hacienda", que tendía hacia un autoabastecimiento de modelo primitivo, de autoconsumo. O a lo más, destinado a un mercado cercano, en escala reducida, con la ayuda de un pequeño capital y que por lo tanto tuvo un carácter a veces arcaico o feudal o en el mejor de los casos de capitalismo primitivo pero definitivamente señorial en el cual, mientras la economía interna de la hacienda era no monetaria, externamente hacía parte de la economía monetaria de su tiempo (Macera, P. 1971).

El carácter "feudal" del hato y de la hacienda colonial fue una consecuencia del status colonial de Hispanoamérica, en donde, el modelo de producir, bien puede definirse como un subcapitalismo dependiente que -para serlo- necesitaba de un feudalismo agrario de tipo colonial. Es decir, que la apariencia de anticuadas formas sociales "arcaicas" del Nuevo Mundo inmediatamente detrás de la Conquista, era el precio que Europa hizo pagar a sus colonias por su propia modernización (Macera, P. op. cit.).

Por lo general, durante la colonia el hato o hacienda llanera estuvo bajo el mando despótico de una comunidad religiosa, de un hacendado, o un mayordomo. Contó con la ayuda de una mano de obra servil que le permitió producir todo lo que necesitaba sin preocuparse del "mundo ajeno", acumular cierto capital y asegurar las ambiciones sociales del propietario.

En los Llanos, al igual que en otras regiones latino-americanas, surgió el latifundio -hato en las postrimerías del siglo XVI y XVII (Borah W. 1951, Chevalier F. 1952; Morner Magnus 1979). Pero aunque en la mayoría de los países latinoamericanos el surgimiento del latifundio coincide con el momento de la pronunciada depresión demográfica y económica que se presentó por esos tiempos (Borah W. op. cit.; Chevalier F. op. cit.; Gibson C. 1964; Frank A. G. 1970) en los llanos los mayores latifundios surgieron con la segunda entrada de los jesuitas a esa región (1659), y más exactamente en 1661, cuando los padres de la Compañía de Jesús pidieron que se les adjudicaran algunos globos de tierra situados en las márgenes del río Casanare, que fueron considerados como baldíos y sin población alguna de indígenas. Hicieron los Ignacianos la petición con el fin de que los misioneros de la comunidad tuvieran algún alivio, así para criar algún ganado y fundar un hato, como para que hicieran algunas labranzas, para su sustento y de los que los asistían (Rueda, J. E. 1989).

Luego de cumplir con las diligencias respectivas, el recién nombrado presidente del Nuevo Reino de Granada -don Diego de Egües Beamont- decretó, el 11 de febrero de 1662, que se les otorgaran a los Hijos de Loyola los terrenos solicitados (Rueda, J. E. 1989).

Fue esta donación la base de la principal hacienda de los Jesuitas en los llanos de Casanare: la de Caribabare, así como de las otras dos haciendas de los Ignacianos en la región: la de Tocaría, conformada en 1679 y la de Cravo, creada con posterioridad. Decimos que fue la base, pues el globo solicitado inicialmente sólo tenía cuatro leguas (22.287,96 mts) de un lindero a otro (desde el río Casanare, cogiendo el camino real y atravesando las aguas que bajan de la Cordillera hasta dar con la quebrada Puna Puna en el sitio de Tocoragua, jurisdicción de Tame). Al producirse la expulsión de 1767 y luego de la medición y determinación de linderos la hacienda de Caribabare tenía 447.700 hectáreas; siendo así la propiedad más grande que tenían los Jesuitas en América (Rueda, J. E.1989).

Pero, quizás, lo que más nos importa es que al finalizar el siglo XVII, y a partir de las haciendas creadas por los Ignacianos, es que la economía llanera se organizó con base en los hatos, o mejor, en grandes latifundios, en donde antes de pretender acrecentar la producción, el objetivo era monopolizar, suprimir la competencia y vender a altos precios en un mercado severamente restringido. El acaparamiento de tierra sirvió para eliminar competidores locales. Este proceso fue permitido por las condiciones particulares condiciones -tanto humanas como físicas de los Llanos- como eran la mayor parte de los grupos indígenas, especialmente de los Guahibos, en estado nómada; suelos pobres, inundables en invierno y resecos en verano, en su mayoría baldíos y cubiertos de pastos (Rueda, J. E. 1987).

Sin embargo, debió existir un fenómeno sui generis para el surgimiento de grandes propiedades pues en los Llanos no hubo una crisis minera importante pues los yacimientos auríferos que allí hubo estaban muy aislados (San Martín del Puerto del Ariari o "Medina de Torres" y en San Juan de los Llanos) y muy pronto se agotaron. O movimientos sociales y económicos que obligaran a los habitantes de los pueblos del piemonte a cambiar sus inversiones por tierras.

 II 

Obviamente que, no podemos hablar de un hato llanero prototipo pues estamos seguros que las haciendas jesuitas fueron muy diferentes a las de otras comunidades religiosas como también de las de los particulares. Por ejemplo, las de los Ignacianos si bien eran grandes latifundios, también es cierto que producían un excedente que se destinaba a un mercado (Colmenares G. 1975). En ocasiones, sobre todo cuando a partir de 1740, los hijos de Loyola tuvieron a su cargo el abasto de carne de Santafé de Bogotá y pudieron manejar la orientación del mercado de ese producto. Es en ese aspecto, en el de la comercialización, en el que los jesuitas aventajaron a las demás comunidades religiosas y a los particulares pues los Padres de la Compañía de Jesús parece que emplearon los métodos de cultivo locales, pero su organización era superior a la de los demás terratenientes -sobre todo- esto es cierto, en cuanto al eficiente sistema de comercialización, pues pusieron a su servicio el complejo centralizado de una "provincia" jesuita con sus colegios, haciendas, estancias y misiones (Chevalier F. 1950; Morner M. 1968; Colmenares G. 1969; 1984; Riley J. 1975; Tovar H. 1975; Rueda J. E. 1987; 1988).

Es decir, que la hacienda Ignaciana tuvo una gran capacidad para reducir la producción ganadera cuando las condiciones del mercado de carne eran adversas y de incrementar el rendimiento cuando ellas resultaban favorables (Wolf E. 1962).            -

Sin embargo, tanto las haciendas de los jesuitas, como las de las otras comunidades religiosas (Dominicos, Franciscanos, Agustinos Descalzos y Calzados) y las de los particulares tuvieron características comunes pero también muchas divergencias: su reducida productividad, sólo una menor parte del área cultivable resultaba aprovechada. Ello se debió -por ejemplo- en el caso de las propiedades de los Ignacianos, a que era inútil cultivarlas pues no había mercados para sus productos (Colmenares G. 1969).

A causa del bajo nivel de su tecnología, su capitalización y manejo se determinó, primordialmente, por la cantidad de trabajo empleado. No obstante, un modelo "señorial" de distribución de ingresos aseguró a los grandes terratenientes rentas considerables, gran parte de las cuales se consumieron en gastos suntuarios. En efecto, por lo general, en las haciendas existieron dos tipos de inversiones con fines muy distintos: unas, las "Ceremoniales", destinadas sobre todo a cubrir los aspectos religiosos y otras "Las sociales", para cubrir propósitos económicos reales (Villamarín J. 1975), las inversiones "ceremoniales" fueron, por su puesto, considerables en el caso de las posesiones eclesiásticas.

Los fundos en posesión de los particulares estaban en peor condición aún que los del dominio de la iglesia. Tenían que pagar los diezmos y alcabalas y soportar también la doble carga de dueños ausentes y administradores residentes. Además, no podemos olvidar que, durante la colonia, la iglesia fue una fuente importante de crédito. Tal actividad es bien evidente en los Llanos con los jesuitas quienes utilizaron el préstamo de dineros con intereses, al cinco por ciento anual, para aumentar sus propiedades.

 III

 De todas formas, entre las haciendas de los religiosos y las de los laicos hubo una diferencia esencial: en las primeras no actuó el aspecto de prestigio social (Wolf E. y S. Mintz 1957). Pero, en el caso de las de los Ignacianos, debemos destacar que en ellas hubo importantes núcleos sociales basados en las tiendas o almacenes de la comunidad (Rueda J. E.1987).

No sabemos hasta qué punto las encomiendas otorgadas en los llanos durante la conquista y en los primeros tiempos de la colonia derivaron, más tarde, en haciendas o hatos, pero si nos atenemos a que las haciendas ganaderas (y este es el caso del hato), no tuvieron antecedentes en la encomienda, pues se fundaban en lugares donde había pocos indígenas (Lockhart J. 1969). 0 como en el caso de las haciendas jesuitas del Casanare, en sitios supuestamente baldíos en los cuales hacían frecuentes incursiones comunidades indígenas nómadas como lo eran los Guahibo-Chiricoa (Rueda J. E. 1989).

Pero, de todas maneras, entre la hacienda y la encomienda hubo una distinción importante: por lo general, en la hacienda existió una casa de campo, un sitio de habitación en el que vivía el propietario, o el administrador, o si el dueño no habitaba la hacienda, un lugar a donde podía pernoctar cuando fuera a pasar temporadas. En fin, existió una agrupación de edificaciones con una arquitectura y unas funciones que representaban un propietario. Obviamente, que en el caso de las haciendas pertenecientes a comunidades religiosas esa situación era mucho más clara pues siempre había un religioso a cargo.

Los indígenas que trabajaron en las haciendas pertenecientes a alguna comunidad religiosa eran miembros de sociedades muy disminuidas culturalmente, aculturadas, que con el paso del tiempo se fueron convirtiendo en un proletariado agrícola. El mecanismo de incorporación fue por medio del peonaje bajo deuda, pues, mediante este artificio, se pudo ligar a los indígenas de los pueblos, como gañanes o conciertos, a los fundos (Zabala, 1944; Chevalier F. 1952; Borah W. 1951).

En los Llanos, tal práctica fue impuesta por los jesuitas y continuada por los administradores de temporalidades y por los compradores de las haciendas (Rueda J. E. 1987, 1989).

Seguramente que, en las demás haciendas también sucedió el mismo fenómeno pero, desafortunadamente, en los archivos sólo hay documentación, muy rica por demás, concerniente a las haciendas jesuitas expropiadas; las cuentas de las propiedades de los laicos y de otras comunidades religiosas son muy difíciles de encontrar.

Ahora bien, los sistemas de trabajo usados por los encomenderos y hacendados eran básicamente los mismos. Además, unos y otros -encomenderos y hacendados- dividían sus actividades y residencia entre la ciudad y el campo (Lockhart J.1969). En los Llanos, dicha situación es claramente apreciable después de la expulsión de los padres de la compañia en 1767 pues algunos compradores de las antiguas haciendas jesuitas eran corregidores o tenían algun cargo dentro de la burocracia virreinal (Rueda J. E. 1987, 1989). Después de la expatriación muchos hacendados adquirieron tierras, no para acrecentar sus ganancias, sino para eliminar y tener el dominio de una región entera (Chevalier F. 1952). Tan es así que aun antes de la expulsión, la tierra no tenía un valor, éste era dado por el número de cabezas de ganado vacuno y caballar (Rueda, J. E. 1989).

IV

Todo parece indicar que el hato Llanero actual se estructuró después de la Independencia y tomó sus rasgos más singulares con los movimientos sociales allí surgidos en la década del cincuenta de este siglo. Fue en esos momentos cuando la expansión de las haciendas despojó de sus tierras a inumerables campesinos, indios y mestizos, forzándolos a unirse a la fuerza de trabajo de las haciendas (Chevalier F. 1952).

En efecto, luego de la Campaña Libertadora algunos de los jefes militares recibieron en premio, por su participación en la gesta, grandes extensiones de tierras. Los casos más importantes fueron los de Rafael Urdaneta y Juan Nepomuceno Moreno quienes a través del latifundio tuvieron acceso al poder político y se convirtieron en los principales caciques y gamonales de la región.

Este proceso fue común a muchas regiones colombianas en las cuales la excesiva concentración de la tierra sólo surge con la redistribución del poder político y la renta en las décadas subsiguientes a la Independencia (Mc Greevey, W. 1975).

Pero, los Llanos no escaparon a un proceso común sucedido en la propiedad durante el siglo XIX en Colombia: un rápido giro del dominio de la tierra y cambio en la composición social de los terratenientes (Mc Greevey W. op. cit.). Máxime cuando la región ha sido de frontera y caracterizada por una colonización constante, circunstancia que ha permitido una sustitución permanente de la clase hacendada.

1.
A la memoria de Estanislao Zuleta, un maestro de la vida.
2.
Antropólogo. Universidad Nacional de Colombia. Magister en Historia Andina. Universidad del Valle. Investigador, Fundación para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología.
3.
Esta ponencia está basada en la investigación Poblamiento y diversificación social en los LLanos de Casanare y Aleta entre 1767 y 1830. Los fondos para dicha pesquisa fueron suministrados por la Fundación para la Promoción de la Ciencia y la Tecnología.
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