CAPITULO III
ELEMENTOS DE LAS HACIENDAS
1. GENERALIDADES
Las haciendas que se formaron en el siglo XVIII favorecía menos rigideces sociales que el latifundio del siglo anterior. Aun cuando este último sufrió un proceso de paulatina dispersión en el curso del siglo XVIII, era frecuente que se transmitiera a varios herederos en forma de derechos proindiviso, los cuales podían mantenerse así durante muchos años. El sistema favorecía el carácter cerrado de los linajes de propietarios entre los cuales iban recayendo estos legados. Como consecuencia, eran más frecuentes las enajenaciones por vía de sucesión que por compraventa. Esto, naturalmente, no favorecía la valorización de las tierras cuyos precios experimentaron muy pocas variaciones en el curso del siglo XVII.
En el siglo siguiente el proceso de desintegración del viejo latifundio se aceleró, dando lugar a la formación de nuevas unidades productivas, como se acaba de ver. La frecuencia de las transacciones hizo subir sensiblemente el precio de la tierra y hacia fines del siglo aparecieron formas de renta desconocidas en el siglo anterior. De otro lado, la hacienda no era susceptible de repartirse entre varios herederos sin que se desintegrara y perdiera su valor. Sólo en el caso excepcional de personajes muy poderosos, propietarios de varias haciendas, los herederos podían continuar en el goce de ellas y mantenerlas en su ser original, atribuyéndoselas separadamente. Si se trataba de una sola hacienda, sobre la que concurrían varios derechos sucesorales, tenía forzosamente que ser rematada para pagar las hijuelas. En este punto podían intervenir mineros y comerciantes enriquecidos, capaces de pagar la hacienda en dinero efectivo, sustituyéndose así a los terratenientes tradicionales.
A menudo la hacienda podía permanecer intacta por algún tiempo en manos de la viuda a quien podía tocarle en razón de la masa, comparativamente más grande que las hijuelas, de sus gananciales. También podía conservarse en manos del primogénito, con el gravamen de pagar las hijuelas de los otros herederos. A veces éstos eran religiosos y finalmente el gravámen se convertía en una fundación de capellanía o en un censo y de este modo un heredero privilegiado podía continuar a su antecesor. Podía ocurrir también que, en el remate, uno de los herederos o la viuda comprara la hacienda. Pero era mucho más frecuente que esta pasara a manos de terceros.
También favorecia las enajenaciones a terceros el hecho de que las haciendas fueran gravándose cada vez más con censos y capellanías que, como se verá más adelante, eran las formas institucionales del crédito de la época. Este fenómeno fue finalmente adverso al sistema productivo de la hacienda puesto que la acumulación de gravámenes, sobre los cuales tenía que pagarse una renta, iba disminuyendo el margen de las ganancias.
Por estas razones encontramos, en algún momento del siglo XVIII y en ocasiones con más frecuencia que en otras la enajenación de las grandes haciendas que se habían formado en las primeras décadas del siglo. No se trataba de todas las haciendas puesto que algunas solo aparecen mencionadas en testamentos o con motivo de la constitución de algún gravámen. En estos casos se carece de un inventario para diferenciar sus elementos. Resumiendo en un cuadro los inventarios de las haciendas que fueron vendidas entre 1719 y 1770, de las cuales puede saberse, en algún momento, la proporción en que entraban estos elementos, se obtiene el resultado siguiente: (Ver cuadro No. 3).
Cuadro No. 3
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Estas magnitudes sólo son comparables en un cierto sentido, si presumimos que todas estas haciendas tienen un origen similar, es decir, que se trata de formaciones tardías favorecidas por el auge minero que tuvo lugar a partir de 1680. Hay que tener en cuenta que el número de esclavos y de ganados podía oscilar fuertemente en períodos muy cortos. El fenómeno obedece a las numerosas transacciones sobre estos dos elementos y, adicionalmente en el caso de los esclavos, a traslados a las residencias urbanas. Así, la comparación sólo tiene un valor muy relativo y sirve únicamente para señalar las características generales de ciertos tipos de hacienda. |
En primer lugar, salta a la vista lo bajo del porcentaje que representaba el valor de la tierra en comparación con el valor total de cada hacienda. Este porcentaje iba en disminución a medida que aumentaba la importancia de la propiedad. Sólo en el caso de que la hacienda se hubiera fundado en un latifundio considerable (Cerrito. Amaime, Alisal), el valor de la tierra alcanzaba a significar cerca del 20%. Este porcentaje podía ser aún mayor en el caso de los remanentes de los grandes latifundios que permanecían inexplotados (La Herradura). Pero, como se ha visto, el viejo latifundio iba desapareciendo y el valor de las haciendas derivaba más bien d e sus in-versiones. Estas inversiones podían consistir en esclavos, ganados, acequias, trapiches y cultivos, principalmente de caña, además de las casas de vivienda y, en ocasiones, capillas, oratorios con ornamentos.
El desequilibrio entre una población escasa y tierras abundantes no sólo confería rasgos típicos a una sociedad sino que tenia como resultado la conservación, en gran medida, de un paisaje original. Una hacienda del siglo XVIII solía tener límites muy imprecisos, generalmente señalados por la presencia de "zanjones" naturales o de algún otro accidente del terreno. Aún a comienzos del siglo XIX la mensura era desconocida y se daba una idea de la extensión refiriéndose a la capacidad de una propiedad para alimentar un cierto número de cabezas de ganado. Las tierras roturadas con el trabajo esclavo sólo representaban una parte de las haciendas y aquellas que se explotaban efectivamente eran muy pocas. Esto explica que prácticamente las tierras no constituyeran un bien que circulara en el mercado. El número de transacciones sobre porciones de tierra era casi nulo en el curso de! siglo XVII y todavía escaso en el XVIII. En este último siglo se aceleraron e inclusive como se ha visto, las tierras aumentaron de valor. Con todo, en cada año apenas se efectuaban de tres a diez compraventas. En las décadas de 1560 y 1570 el movimiento anual llegó a cinco y seis mil patacones. Sólo cuando se vendía una hacienda, cuyos derechos de tierras eran cuantiosos, se sobrepasaba el límite de los diez mil patacones.
Como se ha observado, muchas de las transacciones tendían a redondear una propiedad ya constituida. Podía darse el caso también de que un terrateniente accediera a vender un pedazo de sus tierras a un pequeño cultivador. Pero la escala en que se daba este fenómeno no era suficiente para alterar la estructura de la gran propiedad.
2. EL GANADO
Como puede observarse en el cuadro No. 4, las haciendas más cuantiosas en ganados fueron el Alisal, Arroyohondo, Trejo, San José de Amaime y Malibú, que a mediados de la centuria tenían más de cinco mil patacones en ganado. En el caso del Alisal debe observarse que aún conservaba los rasgos de un antiguo latifundio. Sus tierras eran tan extensas que, en 1766, se calculaba que pastaban en ellas unas 200 reses cimarronas, además del ganado que podía contarse. Por otra parte, la hacienda Malibú parece haberse especializado en la cría de ganado caballar, en tanto que en las haciendas restantes predominaba el ganado vacuno.
Todo parece indicar que el ganado vacuno fue en disminución a lo largo de la centuria. De dos patacones y medio en los primeros años, el precio por cabeza había alcanzado, después de 1750, a 5 y 7 pts. (este último, cuando se trataba de reses lecheras). El abasto de la ciudad de Cali fue siendo cada vez más irregular, aunque ya desde el siglo anterior se venían presentando crisis periódicas. Como los ganaderos debían vender a precios de arancel fijados por el Cabildo, el suministro tuvo que ser asignado de manera forzosa. 1.
CUADRO Nº 4
Ganados de las haciendas caleñas (valor por unidad)
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* Burros "hechores" ** reses lecheras *** reses de cría. | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
En el siglo XVII el abasto correspondía a los grandes latifundistas y parece probable que el latifundio haya sido más favorable a la expansion ganadera, al menos de ganado cimarrón. Si bien el arancel era fijado por el Cabildo, este estaba dominado por los mismos latifundistas que preferían buscar mercados más halagüeños y hacían grandes "sacas" a Popayan, Pasto, Ibarra y Antioquia.
Se menciona el hecho, tal vez exagerado, de que estas sacas eran de millares de cabezas y de que un solo latifundista criaba entre ocho y diez mil cabezas. 2
El origen de las crisis del siglo XVII, a diferencia del XVIII, radicaba en este hecho y no en la escasez absoluta de ganados. Por eso en 1679 el gobernador de la provincia tuvo que prohibir que se vendieran o que se sacrificaban novillas en los distritos de Cali, Buga y Cartago 3. En 1687 el procurador de la ciudad hacía notar que en otros tiempos los ganados de estas regiones eran suficientes para abastecer a toda la provincia de Popayán e inclusive la ciudad de San Miguel de Ibarra. Como consecuencia de la escasez, al año siguiente, el gobernador de Popayán volvía a prohibir las "sacas".
Entre tanto, los precios del ganado al detal comenzaron a subir, Primero, en 1682, se autorizó un alza de uno y medio a dos reales por arroba, de tal manera que un novillo gordo podía producir tres y medio patacones (o 28 reales). Apenas seis años más tarde los propietarios volvieron a presionar un alza a dos y medio reales 4
La estabilidad de los años siguientes puede atribuirse a la reestructuración de la propiedad agraria en haciendas. Pero al mismo tiempo estaba surgiendo un nuevo factor perturbador con el surgimiento de un mercado excepcional en los distritos mineros del Pacífico. Así, en 1706 y 1709 se prohibió a los abastecedores que vendieran cebo a comerciantes pues estos lo sacaban al Chocó y dejaban sin velas a los habitantes de Cali. 5.
En 1718 el procurador de la ciudad volvía a advertir que los ganados de la región estaban a punto de desaparecer porque se sacrificaban demasiados para llevar la carne al Chocó6. En 1729 se reiteraba en el Cabildo que faltaban ganados y que por esa razón se había dejado de abastecer la ciudad. Al parecer esta era una manera de hacer presión los propietarios para lograr una nueva alza de los precios, la que efectivamente se les acordó en 1734, cuando comenzó a venderse la arroba a tres reales. En estas condiciones una res podía producir -vendida por arrobas- cinco patacones, lo cual elevó el precio por cabeza de dos patacones y medio a cuatro.
En 1739 los vecinos se resistieron a una nueva pretensión de alzar el precio por arroba a cuatro reales 7, pero al año siguiente se vieron obligados a procurarse el abasto comprado a vecinos de Caloto 8. En la década del 40 la situación se agravó hasta el punto de que los propietarios pudieron forzar a que se doblara el precio de la arroba. En 1758 este descendió ligeramente (a cinco reales), pero en los años 50 el ganado parece haber escaseado de manera alarmante.
En 1754 se dió permiso a todo el mundo para sacrificar ganado y frecuentemente se vendía ganado robado 9. Algunos comerciantes comenzaron a competir entonces con los hacendados trayendo ganado del Valle del Magdalena. El español José de Borja Tolesano y Matías Granja (de Latacunga), quienes poco más tarde se vieron envueltos en un conflicto abierto con las familias "nobles", contrataron con un vecino de Neiva para traer más de 700 novillos de más de cuatro años a 6 y 7 patacones cabeza 10 . Este precio subió todavía más y en 1766 el ganado que se traia de Neiva se cotizaba a nueve patacones. Es natural que el precio del ganado al por menor fuera considerablemente más alto. Tanto, que un escrito de 1766 pedía que no se autorizara en exceso de 12 patacones: en medio siglo el ganado había cuadruplicado su valor.
A partir de 1769 la situación sufrió un vuelco y los propietarios se disputaban el abastecimiento de Cali, volviendo al precio de 1748 de cinco reales la arroba. Desde ese año, y casi por dos decenios, el abastecimiento se remató con la condición de pagar un "prometido" a las rentas municipales.
Este "prometido" subió de cuatro reales por cabeza en 1769 y 1770 a 17 en 1771 y a19 en 1773 11, lo cual indica que las pujas eran reñidas entre los propietarios para obtener el privilegio de abastecer la ciudad.
Es indudable que para entonces el ciclo del oro chocoano había entrado en declive y con él la prosperidad de las haciendas. Hacia 1788 los propietarios quisieron forzar una nueva subida del precio por arroba pero sin éxito. Esta vez el Cabildo admitió que no había escasez de ganado y que lo que ocurría era que el que pastaba en Cali era demasiado tierno, sin edad adecuada para su consumo en los mercados de Cali y el Chocó. 12.
Puede concluirse, con respecto al ganado, que el sistema de la hacienda y la demanda de los centros mineros lograron hacer subir el precio de cada cabeza al por mayor de dos patacones y medio a seis, y el precio por arroba para el abastecimiento de Cali -controlado por los aranceles del Cabildo- de uno y medio a cinco reales.
Estas alzas controladas no reflejan, sin embargo, sino un aspecto muy localizado de la situación. En 1771 se afirmaba, a propósito de 50 reses que el comerciante Ventura de Arizabaleta tenía en sus minas del Dagua, que "en este paraje su íntimo precio es el de ocho castellanos de oro", es decir, 16 patacones. Y en 1788 se calculaba que en las regiones mineras un novillo cebado podía rendir 25 patacones. Así, los precios reales del mercado que absorbía la mayor parte del ganado y que no estaban sujetos a control, podían ser cuatro o cinco veces superiores a los del mercado caleño.
En el curso del siglo se duplicaron también los precios de las yeguas (y, en los años de crisis, a mediados del siglo, llegaron a triplicarse de los caballos y de las mulas. Los precios de este tipo de ganado eran menos homogéneos que los del vacuno pues dependían de la edad del animal, de su calidad o de condiciones especiales: que se tratara de padrones, "capones", mulas de arria o de tiro, bueyes de arado o de tiro y, en el caso de los burros, que fueran "hechores" (es decir, reproductores) o simplemente "pollinos".
3. LOS ESCLAVOS
a. El Tráfico.
A pesar de su importancia, no eran ya los ganados los que definían la naturaleza de las haciendas del Valle del Cauca en el siglo XVIII. La existencia de grandes rebaños de ganado cimarrón fue limitada por una relativa dispersión de las tierras y la formación de un tipo. distinto de unidad productiva. Por otra parte, el empleo de esclavos negros -masiva en ocasiones- señala sin lugar a dudas que la hacienda había encontrado su estabilidad en otro tipo de actividades. Existen otros indicios de este cambio en la adecuación agrícola del terreno, mediante la construcción de "acequias" de riego y de "chambas" que se destinaban a defender los cultivos de la depredación del ganado y, en la presencia de bueyes de arado y de tiro y de elementos para el trapiche.
Respecto a los esclavos, debe mencionarse que la trata de negros había entrado en crisis con la separación de Portugal, desde 1640, y el término de los grandes "asientos" que habían provisto las minas de la Nueva Granada desde 1580 13. Sólo a partir de 1714 las Indias se aseguraron de nuevo un aprovisionamiento regular y masivo de esclavos negros, al otorgarse el monopolio de la trata de South Sea Company o monopolio inglés.
El año de 1640 señala uno de los puntos culminantes de la crisis del Imperio Español y de la atonía de sus colonias. En adelante el Imperio tuvo que depender, para el aprovisionamiento indispensable de mano de obra en sus colonias, de los avatares de las luchas por la hegemonía europea. Esto explica la intervención sucesiva de capitatalistas genoveses, negreros portugueses y grandes compañías holandesas, francesas e inglesas en el negocio de la trata.
Por eso también las primeras explotaciones auríferas del Chocó debieron recurrir en gran medida a esclavos negros introducidos de contrabando. Sólo a partir de la última década del siglo XVII los mineros de esta región pudieron beneficiarse con los "asientos" sucesivos de la Compañía de Cacheu (portuguesa), la Compañía de Guinea (francesa) y la South Sea Company. Existe la certidumbre 14 de que entre 1698 y 1701, años en que operó la compañía portuguesa en Cartagena, las ventas fueron relativamente pobres. Del asiento de la compañía de Guinea, en cambio, se sabe que muchos fueron llevados a las minas del Chocó. Esta compañía operó en Cartagena entre febrero de 1703 y junio de 1713 15 e introdujo un total de 3.913 esclavos. Según el informe de un visitador 16 entre 1711 y 1712 se condujeron 800 esclavos al Chocó, de un total de mil que habían sido introducidos por Cartagena.
La época del mayor auge minero de los distritos del Pacifico coincide con el monopolio inglés. Desde 1714 hasta 1736, término del monopolio, afluyeron a Cartagena un poco más de diez mil esclavos Esta cifra representa un mínimo puesto que es bien conocido el hecho de que a la sombra de la trata legal seguía proliferando el contrabando.
Estas introducciones masivas, que comienzan a un ritmo muy lento (1557 esclavos entre 1714 y 1718, con un promedio anual de 300), se intensifican en un segundo período (3.999 esclavos entre 1722 y 1727, con un promedio de 650) y alcanzan una intensidad máxima en el último período del asiento (750 esclavos anuales entre 1730 y 1736). Estos ritmos coinciden de manera general con el movimiento del oro registrado en la Caja real de Popayán, el cual alcanza sus puntos culminantes entre 1725-1729 y 1735-1739. 17
La mayor parte de estos esclavos debieron venderse en Popayán y en las regiones mineras del Chocó y de la vertiente del Pacífico de la provincia (Barbacoas, Dagua, Raposo). Pero aún en Cali, en donde los esclavos se destinaban al servicio de las haciendas o de las casas, las transacciones se hicieron mucho más frecuentes.
Desde comienzos del siglo 18 los esclavos eran internados por comerciantes españoles que compraban lotes considerables a los factores de los asientos. Algunos de estos comerciantes permanecían algún tiempo en Cali, antes de pasar a Popayán o a las regiones mineras, o actuaban por medio de comisionistas -españoles y criollos- que vendían las piezas en su nombre.
De las primeras introducciones de la Compañía inglesa (período de 1714 a 1718). el español Francisco de Ocasal compró 29 piezas en Cartagena y vendió algunas en Cali hacia 1719. El precio en Cartagena era entonces de 215 pts. por un esclavo adulto y 178 pts. por los muleques. En Cali se vendían entre 450 y 500 pts. indistintamente. Algunos vecinos se interesaron en este pingüe negocio. Francisco de la Flor Laguno, por ejemplo, español casado con una criolla de familia prestigiosa y alcalde de la ciudad en 7120, actuó varias veces como intermediario del comerciante Alonso Gil, quien había comprado 12 piezas en Cartagena en Abril de 1723 a 255 pts. cada una.
En 1724 vemos actuar en Cali a un comerciante español, el capitán Antonio Salgado, quien el año anterior, junto con Francisco de Ocasal y Antonio Correa había comprado en la factoría 108 negros a 221 pts., 26 negras al mismo precio y 46 "negritas" y 20 "negritos" a 201 pts. cada uno. Unos meses más tarde compraría por su propia cuenta 27 negros, 23 negras, 4 negritos y 5 negritas. Durante los dos años siguientes permaneció en Cali en donde vendió 91 esclavos (el 35% de sus compras) por 38.740 pts. (a 425 pts. la unidad, en promedio). En esta ocasión el comprador caleño más fuerte fue el Alférez Real, Nicolás de Caicedo Hinestroza, quien adquirió 33 piezas por 14.850 pts. Lo seguía, en orden de importancia aunque de lejos. Doña Ana María de los Reyes, propietaria de tierras en Cañasgordas y de minas en el río Calima, quien compró diez piezas por 4.700 pts.
Los vecinos de Cali no se contentaron mucho tiempo con ser meros intermediarios o exclusivamente compradores en un comercio que podía arrojar cerca del 100% de utilidades. Otro vecino español, Francisco Leonardo del Campo, casado igualmente con una criolla de familia "noble", compró en Cartagena 20 esclavos en el curso del primer período del asiento. En 1726 (el 26 de junio), esta vez en compañía del comerciante Francisco Garcés de Aguilar, volvió a comprar 74 esclavos, grandes y chicos, por 17.620 pts. Las piezas las trajo a Cali el comerciante español (y vecino de Cali) Custodio Jerez, quien registró 69 en Honda el 11 de Agosto declarando que se le habían huido tres.
La mayoría de estos esclavos debió ir a parar a Popayán y al Chocó y una buena parte se quedó en manos de Garcés y de Leonardo del Campo, quienes poseían minas y haciendas también, ya que de los esclavos sólo constan ocho ventas en Cali por valor de 4.025 pts. Una vez más, el 8 de agosto de 1731, Garcés de Aguilar adquirió 23 negros, 27 negras, 12 negritos y 8 negritas en la factoría de Cartagena y pagó por ellos 17.780 pts. De estos vendió 16 cabezas (11 negros y 5 negras) a Don Nicolás de Caicedo por 8 mil pts., a pagar a un plazo de cuatro años. El resto debió reservarlo para su propio uso ya que en 1733 tenia 20 esclavos en su hacienda de Cañaveralejo y 60 en minas del Dagua.
La demanda caleña debía ser muy fuerte pues pocos meses después de la compra de Garcés otro vecino de Cali, el español Clemente Jimeno de la Hoz, compró otras 54 piezas de las cuales vendió 24 en Cali por valor de 12.925 pts., sin que los precios hubieran experimentado ninguna variación.
En 1739 Miguel Pardo, comisionado del comerciante Domingo Miranda, radicado en Cartagena, vendió todavía algunas piezas que debieron entrar en virtud del asiento. A partir de entonces, hasta 1744, las transacciones de la ciudad debieron alimentarse exclusivamente con los esclavos en existencia entre os cuales ya figuraban algunos "criollos" o negros esclavos nacidos aquí.
En 1739 se interrumpió, a causa de la quiebra de la South Sea Company y de la guerra con Inglaterra, el asiento inglés. De esta manera volvió a cancelarse el sistema de los asientos para volver una vez más al sistema de las licencias individuales. La urgencia de mano de obra en las colonias era tan aguda que inclusive se autorizó al virrey de la Nueva Granada para otorgar estas licencias. Por eso en 1744 el francés Francisco Mayort 19 recibió licencia del virrey Eslava para introducir mil esclavos. De estos vendió 50 a José Tenorio, vecino de Popayán a 240 pts. cada uno, y 303 a Miguel Pardo y Fernando de Hoyos, comerciantes de Cartagena residentes en Quito. De estos últimos, Francisco García de Rodallega, también vecino de Popayán, vendió 21 en Cali en noviembre de 1744.
Cuadro No. 5
Esclavos comprados en Cartagena cuyos registros figuran en escrituras de Cali
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* negras, muleques, mulecas ** vecino de Cali | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
Los datos contenidos en los registros notariales caleños sugieren que esta ciudad, centro de una región meramente agrícola, no debía ser un mercado demasiado importante para los esclavos introducidos por Cartagena. Algunas de las compras debieron alimentar el distrito minero que caía directamente bajo la influencia caleña en el Pacífico, es decir, las minas de Dagua, Calima y otros ríos en la provincia del Raposo 20. El tráfico más importante debía orientarse hacia los distritos mineros del Chocó, cuyos propietarios eran principalmente payaneses.
El patrón dominante de las ventas en Cali era el de piezas aisladas muchas de las cuales debían destinarse al servicio doméstico. Algunas operaciones importantes registradas en Cali en el curso del siglo se refieren a la compra de una cuadrilla que debía desplazarse de los distritos del Chocó al del Raposo, es decir, de un propietario payanés a uno caleño. En el caso de las haciendas, es más probable que los esclavos fueran agregándose paulatinamente. Así, las operaciones de los propietarios aparecen registradas a lo largo de varios años. Manuel de Albo Palacio, por ejemplo, propietario de las Guabinas, compró diez esclavos entre 1720 y 1735. Manuel Crespo Lozano, propietario sucesivamente de Nuestra Señora de Loreto y el Yegüerizo, aparece comprando seis esclavos entre 1724 y 1726. El caso de don Nicolás de Caicedo, que también era minero y a quien se ha visto comprar en dos ocasiones cuadrillas enteras, era excepcional.
En la segunda mitad del siglo XVIII las operaciones con negros "bozales", es decir, aquellos que se traían directamente de Cartagena, desaparecen prácticamente del mercado caleño. Si bien todos los años se compraban y se vendían esclavos, estos casi siempre eran "criollos" nacidos en las haciendas y en las casas. También fueron escaseando las transacciones de más de dos esclavos que se destinaban al trabajo en una hacienda, a menos que se vendiera la hacienda misma. En cambio fueron más frecuentes las ventas de piezas que se dedicaban al servicio doméstico o de cuadrillas en los centros mineros. Es decir, que el mercado de esclavos se mantuvo a pesar de no estar abastecido regularmente del exterior aunque la penuria limitara el establecimiento de nuevas haciendas.
De concluirse también que las condiciones de trabajo eran aptas para la reproducción de los llamados esclavos "criollos" y del mestizaje. No debe perderse de vista que el sistema de producción de la hacienda, aunque esclavista, combinaba rasgos patriarcales que permitían y aún estimulaban la reproducción de los esclavos en su interior. En ella las labores eran más bien rutinarias y no parece que los esclavos hayan estado sometidos a un régimen especialmente duro. A la sombra de la casa del amo los esclavos debían mantener sus propias labranzas con las que enriquecían una dieta básica de carne y de plátanos. Por eso el retiro frecuente de esclavos de las minas para destinarlos a las haciendas podía obedecer, no tanto al deseo de emplearlos en una explotación más productiva, como el de asegurarse una inversión que debía rendir sus frutos en la mera reproducción vegetativa de los esclavos.
B. LOS ESCLAVOS EN LAS HACIENDAS
El negocio de esclavos negros no podía, pues, ser más seguro en las primeras décadas del siglo XVIII, cuando los yacimientos del Pacífico estaban en pleno auge. Requería, eso sí, disponer de un capital para pagar los negros en Cartagena y esperar dos años o más para recuperarlo, pues tenía que otorgarse este plazo a los compradores. También las haciendas iban incorporando este tipo de mano de obra, fuera que se adquirieran esclavos directamente de comerciantes que los internaban desde Cartagena o que se compraran a algún minero o a algún vecino que los mantuviera en la ciudad dedicados al servicio de su casa.
Incorporar esclavos a una hacienda era la manera más evidente capitalizarla. El número de esclavos medía la importancia de la propiedad y su valor sobrepasaba casi siempre con creces el del mero inmueble. De otro lado los esclavos respondían -junto con las tierras, semovientes, trapiches, sembrados de caña, accesorios y aperos de la hacienda- por los gravámenes y las hipotecas con los que solían respaldarse préstamos del capital disponible en capellanías y obras pías.
De unas 150 propiedades que, por una u otra razón, aparecen mencionadas entre 1720 y 1770, cerca de 20 poseyeron más de diez esclavos.
Entre estos propietarios de haciendas figuraban algunos mineros. Doña Ana Maria de los Reyes, por ejemplo, quien heredó de su marido, el Maestre de Campo Baltasar Prieto de la Concha, minas en Calima (con 13 esclavos) que vendió en 1729 a Don Salvador de Caicedo. Este último, hermano del Alférez Real, poseía ya minas en el río Dagua en las que trabajaban 50 esclavos de barra y 10 pequeños (o "chusma") en 1733. También Nicolás de Hinestroza, quien había sido cura de los reales de minas de Iro y Mungarra, había dejado minas en administración en el Chocó y se había trasladado a Cali en cuyas cercanías fue comprando tierras (Vijes y San Pablo) que a su muerte dividió entre su obra pía del Colegio de misiones y la Compañia de Jesús.
Muchos de los esclavos que trabajaban en las haciendas habían sido inicialmente negros de mina. Si bien los hacendados compraban negros bozales e inclusive, como se ha visto, los traían ellos mismos de Cartagena, en el mercado de Cali se ofrecían negros que habían estado en el Chocó o en el Raposo. De todos modos la liquidación de una empresa minera o el traslado de un antiguo minero a Cali venía a acrecentar la mano de obra disponible en las haciendas. Podia ocurrir también que un hacendado poseyera minas (o viceversa) y pudiera trasladar los esclavos según sus conveniencias.
CUADRO No. 6
Esclavos de las haciendas caleñas
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Muchos vecinos, pertenecientes a las familias terratenientes de Cali, se habían vinculado a los distritos mineros del Pacífico a raíz de las guerras de "pacificación" del siglo anterior. Nicolás Pérez Serrano, por ejemplo, hijo del Maestre de Campo Andrés Pérez Serrano, casado con una Renjifo de Lara, familia de poderosos terratenientes, poseyó minas en el Raposo y se hizo a 1.200 pts. de tierras en Dagua, es decir, un enorme latifundio si se tiene en cuenta que el valor de las tierras debía ser muy bajo en la región de la vertiente del Pacífico. Su hijo, llamado también Nicolás, continuó las empresas mineras de su padre y en 1734 compró una cuadrilla de 44 esclavos al cura de Cali, Melchor Jacinto de Arboleda.
La misma doble vinculación a haciendas y minas existía en el seno de la familia Caicedo y sus allegados. En cuanto a Dionisio Quintero Ruiz, propietario de Arroyohondo, no sólo era un hacendado sino que el origen de su fortuna se originó en el comercio. Hasta 1754 mantuvo negros esclavos en Dagua y en ese año hizo compañía con el cura Tomás Ruiz Salinas para reconocer y catear los territorios comprendidos entre los ríos Saija y Patía, en la región de Iscuandé, con 41 esclavos.
La existencia de una economía minera al lado de una región excepcionalmente apta para la agricultura favorecía este doble carácter de terratenientes y mineros. En ausencia de otro tipo de mano de obra en las haciendas, se imponía el empleo de mano de obra esclava cuyos costos elevados se compensaban por la inmediatez de un mercado floreciente. Aún más, la minería constituía un estimulo para la formación de haciendas y uno de estos estímulos consistía precisamente en la posibilidad de transferir capitales en forma de mano de obra esclava entre los dos sectores.
En conjunto, sin embargo, el sistema operaba de tal manera que aún sin ser mineros, los propietarios de tierras -y aún los que ni siquiera eran propietarios- tendían a canalizar sus inversiones hacia la compra de esclavos negros. Para comprender este fenómeno debe tenerse en cuenta que el marco conceptual de "economía agrícola" o "economía minera" resulta estrecho a la postre para definir las características de una economía esclavista y los rasgos peculiares en que se mezclan indistintamente elementos de racionalidad e irracionalidad económicas, de una sociedad de tipo señorial 21.
Los vecinos de Cali mostraron siempre avidez por adquirir esclavos. Obviamente los trabajos en minas, haciendas y estancias requerían de manera indispensable esta mano de obra. Pero la demanda de esclavos negros excedió siempre las necesidades normales de mano de obra o las exigencias de productividad. Prueba de esto son los numerosos esclavos destinados al servicio doméstico y mantenidos en el área urbana.
En las cartas de dote de las mujeres "nobles" figuran siempre uno o dos esclavos que se destinaban exclusivamente al servicio de la desposada, para realizar su prestigio social y prolongar los cuidados que sus padres podían dispensarle. Existen también numerosas cartas de donación de "negritos" o "negritas" a menores de edad.
El prestigio social podía medirse tangiblemente por la abundancia de este personal ocioso que, de instrumento de enriquecimiento, se convertía en el símbolo mismo de la riqueza, es decir, literalmente en un objeto. Un personaje de campanillas como Don Nicolás de Caicedo H. menciona en su testamento nada menos que 31 esclavos "de servicio". En 1777 su hijo mantenía 77 de estos esclavos, en tanto que nueve funcionarios municipales (regidores y alcaldes) tenían entre otros 261 y todavía algunos completaban la nómina con "sirvientes", "domésticos libres" y "negros libertos". En 1768, Dona Barbara de Saa, viuda del comerciante y minero Juan Francisco Garcés de Aguilar, quien poseía 151 esclavos de mina en el Raposo, mantenía 37 esclavos en su casa de Cali y apenas 20 en su estancia de Cañaveralejo. Naturalmente, la mayoría de los esclavos eran mujeres y niños (17 y 13, respectivamente, contra 7 hombres adultos 22. Este patrón se extendía a los conventos y aún a las religiosas que, como en el caso de las desposadas, se servían individualmente de esclavas.
La propensión al consumo suntuario es un rasgo atribuido indistintamente a la aristocracia terrateniente y a las comunidades mineras. En Cali, la coexistencia de los dos sectores reforzaba esta característica de irracionalidad económica. Pero también el hecho de que, en cualquier momento, haciendas y minas pudieran absorber esta fuerza de trabajo. El propietario de un esclavo lo mantenía con la expectativa de que, aún si su inversión no era inmediatamente productiva, en algún momento podía encontrar un comprador. Esto explica la frecuencia de compras individuales y el hecho de que aún personas de posición y recursos modestos poseyeran esclavos.
De otro lado, los esclavos de servicio doméstico no siempre permanecían en la ciudad. La ciudad era el asiento más o menos permanente de hacendados y mineros que se trasladaban con frecuencia a sus negocios. Un informe de 1793, según el cual las haciendas de la banda occidental (desde Jamundi hasta Riofrío) mantenían 1.140 esclavos, sugiere que de estos 285 eran "fijos" y del resto se ocupaba periódicamente en los trabajos rurales, permaneciendo en Cali sólo una parte del año. 23
La coexistencia cotidiana, dentro de estos patrones de consumo suntuario o, como lo llama Veblen, de ocio vicario, marcaba con rasgos patriarcales la servidumbre. Tanto en el servicio doméstico como en las haciendas se creaban contingentes de mano de obra que constituían verdaderas reservas. La presencia de mujeres esclavas hacia posible formar parejas, más frecuentes en las enumeraciones de las haciendas que dentro de las cuadrillas mineras.
En las particiones sucesorales, cuando los esclavos debían distribuirse entre varios herederos, solía tenerse en cuenta la santidad del vínculo matrimonial, aunque no se mencionara para nada la fuerza de las relaciones entre padres e hijos, a los que podía separarse.
Es muy probable que en las haciendas la mortalidad haya sido menor que en las minas. Los recuentos de los esclavos en las haciendas muestran siempre una proporción elevada de "chusma" o de "hijos" y sin duda los propietarios debieron estimular este resultado. En este sentido la hacienda de Arroyohondo es característica y muy significativa puesto que perteneció a un comerciante en esclavos. Cuando fue vendida, en 1743, la hacienda poseía 29 esclavos adultos por valor de 11.705 pts. (c. 400 pts. por esclavo) y 35 menores (cuyo valor oscilaba entre 100 y 220 pts.) por 5.909 pts.
Los rasgos patriarcales de la servidumbre doméstica y de los trabajadores de las haciendas se revela en la frecuencia de las manumisiones. Algunas propietarios declaran que los mueve el amor por un niño esclavo, a quien habían criado como si fuera su hijo o, en el caso de un adulto, la manumisión se daba como una recompensa a buenos y leales servicios.
4- TRAPICHES Y CULTIVOS
Como se ha visto, los ganados no distinguían el nuevo tipo de propiedad que surgió en el siglo XVIII (las haciendas) si no era en la medida en que dejaban de ser ganados cimarrones, que pastaban a su albedrío en enormes latifundios, para convertirse en reses de cría o ganado lechero. Reducidos los latifundios, el ganado dejó de ser así mismo un monopolio de los grandes terratenientes para dar lugar al surgimiento de estancieros que poseían menos de cien cabezas o una recua de mulas que se dedicaba a transportar géneros al Chocó. Algunas grandes haciendas poseían inclusive cercas, mangas y corrales para el ganado, aunque todavía quedaran remanentes del antiguo sistema en latifundios como el Alisal. La construcción de chambas, sin embargo, indica la preocupación de proteger los sembrados del ganado.
Las inversiones en esclavos, a pesar de que en algunos casos alcanzaran un porcentaje de mas del 50 con respecto al valor total de las haciendas, no señalan por si solas una diferencia fundamental con respecto al antiguo sistema puesto que podían constituir un gasto suntuario (en el caso de los esclavos de "servicio") o derivarse de las actividades mineras de algunos propietarios.
El sistema esclavista era una consecuencia de la economía minera en dos sentidos: como empleo de excedentes de la mano de obra que se concentraba en los yacimientos y como un gasto de ostentación propio de una sociedad en la que el oro circulaba en abundancia. Pero la presencia de esclavos significó también la incorporación de un trabajo que valorizaba la tierra con "desmontes" (roturaciones), acequias y chambas o el incremento de actividades agrícolas diferentes a la ganadería. Estos aspectos son observables a través de la valorización evidente de las tierras y de lo que en el cuadro No. 7 se designa como "inversiones". En muchos casos, como con los esclavos, el valor de estas inversiones sobrepasaba el de las tierras.
En que consistían estas inversiones? Dentro de las estrecheces de la técnica agrícola de la época colonial, esta región en particular conoció un salto cualitativo en el siglo XVIII con respecto al siglo anterior. Como se ha visto, la hacienda del Valle del Cauca tiene origen precisamente en un cambio que diversifica la producción y que representa un avance frente al latifundio ganadero.
Las inversiones más considerables consistían en los elementos del trapiche. Aunque las explotaciones de caña no tuvieran un mercado tan amplio como para convertirse en verdaderas plantaciones, los centros mineros consumían suficientes cantidades de aguardiente como para justificar la existencia de estas "haciendas de trapiche". En estas, fuera de una ramada y del trapiche -un sistema de compresión, construido en madera y que requería caballos o bueyes "trapicheros" para accionarlo- los aperos consistían en "fondos", a pailas" y hornillas para cocer la miel, "canoas" para depositarla y "hormas" para fundir los panes de azúcar, además de "zurrones" (de cuero de res) y otros accesorios menores.
Cuadro No. 7
Inversiones en las haciendas (en patacones)
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*se incluye el valor de la construcción. |
Los elementos más costosos eran aquellos que requerían el empleo de metales. Un "fondo", por ejemplo, podía pesar varias arrobas. Como el precio de la libra de hierro fluctuaba entre 12 reales y 2 patacones, éste sólo elemento tenía un costo muy elevado, lo mismo que las "hornillas" y las "pailas". Por eso también en los testamentos de la época aparecen mencionados los más humildes objetos de cocina si eran de hierro o de cobre, aún si estaban rotos, al lado de la plata labrada y de otros items valiosos.
El trapiche conllevaba, naturalmente, la existencia de sembrados de caña. Los datos con respecto a la extensión de los sembrados son escasos pero puede llegarse a establecer una idea aproximada pues, en algunos inventarios, no sólo se menciona el valor global del sembrado sino también el tipo de unidades que se empleaban: "fanega" o "hanega", "almudes" y "botijas".
La "fanega", tal como se la emplea aún hoy en muchas regiones de Colombia. es una medida agraria equivalente a 6.400 m2, es decir, un área de 100 varas españolas de lado. En la época colonial, sin embargo, era una unidad mucho mayor, Por eso podría sorprender que en una hacienda como el Limonar, de Don Pedro Rodríguez Guerao, que contaba con 18 esclavos, se consideraba que dos hanegas de caña fueran suficientes para abastecer el trapiche todo el año 23. En la época colonial, en efecto, se contaban 12 almudes por cada fanega en tanto que hoy se cuentan tan sólo dos. Si consideramos que un almud tiene 3.200 m2, la "hanega" (o "fanega de sembradura) colonial equivaldría a 38.400 m2 (3,84 has.). Este resultado, por lo demás coincide con mediciones de la época colonial efectuadas en la región de Tunja.
La "botija" servía usualmente para el arqueo de las embarcaciones. Era, obviamente, una medida de capacidad y en este caso se aplicaba como medida para el producto de la cosecha o, más específicamente, para la miel que se extraía de la caña. Asi, según la calidad de la siembra se calculaban las "botijas" y por eso era una medida variable: se mencionan almudes de 50 botijas, pero más a menudo de 30. El avalúo de los sembrados se hacía sobre las botijas y en 1726 (Loreto) 1750 (Magdalena) y 1755 (Guabinas) el precio de cada botija era de 12 reales. A partir de 1758 el precio de la botija disminuyó debido a que se prohibió la venta de aguardiente en los reales de minas por considerar que éste era el mejor medio "para que se pierdan minas y negros" 24. Además, en 1763 se quiso hacer efectivo en Cali el estanco que se había establecido en la primera mitad del siglo. La botija descendió así a 10 reales en 1758, a 8 en 1759 y a 6 en 1766. Los vecinos de Cali, por su parte, afirmaban en un memorial en 1765 que antes del estanco una carga de miel valía de seis a diez patacones y que luego había bajado a tres y dos y medio. 25
La extensión del área sembrada variaba, según la importancia de la hacienda, principalmente en cuanto al número de sus esclavos. En 1758, por ejemplo, el Cerrito tenía sembrados 30 almudes (dos y media fanegas o 9,6 has.) que valían 1.200 pts. Si se tiene en cuenta que se trataba de una hacienda cuya extensión debía exceder las 200 has. (si se asigna a cada hectárea un valor de dos o tres patacones), los sembrados de caña apenas ocupaban una fracción mínima de las tierras disponibles. Otro tanto ocurría con el resto de las haciendas para las cuales se posee algunos datos. En 1726 Trejo tenía sembrados 12 almudes de 50 botijas (una fanega, o 3,84 has.) y en 1759 la misma hacienda había aumentado el área de siembras al doble pero con menos rendimiento: el almud sólo tenía 30 botijas y el precio de cada una de éstas era más bajo, como se ha visto.
Existían otros tipos de cultivos, de plátanos por ejemplo, que debían servir, con la carne, de base para la dieta de los esclavos. El cultivo de plátano, se media por pies (0.3 m. aprox.). Sabemos que en el zanjón de Trejo había sembrados 1.300 pies en 1719 que se avaluaron en 250 pts. y, en 1766, 800 pies en el Alisal que valían 100 pts., es decir, que parece haberse experimentado un alza en el precio. La mención de platanares es también frecuente en los inventarios de las minas. Así, en 1768 Doña Bárbara de Saa tenía sembrados en las vegas del río Mallorquin 2.400 pies de plátano que se avaluaron apenas en 200 pts. por tratarse de platanares viejos. En el río Dagua tenía en cambio platanares avaluados en 1.550 pts., mucho más que en cualquier hacienda del Valle. La explicación: en Dagua mantenía 111 esclavos y en Mallorquin otros 40. 26
La extensión sembrada con maíz era mucho más grande. En 1719 Trejo tenía sembradas 100 fanegas aunque su valor era apenas de uno o dos pts. por fanega en tanto que un solo almud de caña podía valer de 40 a 75 pts. En 1765 se mencionaban también cultivos de arroz y de fríjoles, que se llevaban a los yacimientos mineros junto con el aguardiente, pero en los inventarios de haciendas sólo figura una mención del arroz. Esto hace pensar que sólo las propiedades menores se dedicaban a este tipo de cultivos. Es probable también que los esclavos mantuvieran pequeñas rozas para completar su dieta básica de carne y de plátanos.
Notas a pie de página
1)IRB. 1. 235.
2)Ibid. 317
3)Ibid. 279
4)Ibid. 317 ss.
5)Ibid. 373
6)Ibid. II, 12
7)Ibid. 111
8)Ibid. 117
9)Ibid. 255
10)r.7 f.42 v.r. 8 f. 114r. y 25 Nov. 1755 r. 68 f.167 v. Borja Tolesano compró a Juan Feijóo el potrero de la Balsa (en Río Claro) por 1.250 pts. en 1755 para recibir el ganado que compraba en Neiva.
11)ARB. II. 347, 365
12)Ibid. III, 66
13)Cf. JORGE PALACIOS PRECIADO, "La trata de negros por Cartagena de Indias", Tunja, 1973. p. 25 ss.
14)Ibid. p. 69
15)Ibid. p. 137
16)Ibid. p. 141
17)Cf. G. COLMENARES, Historia económica y social de Colombia, 1537-1719. Cali, 1973, p. 235 y 236.
18)J. PALACIOS; op. cit. p. 141.
19)Ibid. p. 33 y nota 55 de la pág. 40. Según. una carta de los oficiales reales de 15 de feb. de 1749 aparece que en 1747 un Francisco Molhorti (debe ser el mismo Mayort que se menciona en los escribanos de Cali) pagó 11.582 pesos por derechos de los esclavos introducidos. Jorge Palacios calcula que estos derechos corresponderían a unos 200 esclavos.
20) 70 f, 73. In abril de 1724, el capitán Felipe de Latorre compró 6 piezas a Don Antonio Salgado por cuenta del minero Francisco López Moreno. Ibid. f 53, En el mismo año Ana Renjifo compró 10 piezas al mismo Salgado por cuenta de su marido, el minero Nicolas Pérez Serrano. r. 14 f. 328 r. En septiembre de 1735 Manuel de la Pedraza vendió 17 piezas que Antonio de la Llera y su cuñado Nicolás de Caicedo Jiménez destinaban para el trabajo de minas.
21)Cf. EUGENE D. GENOVESE. "The political Economy of Slvery -Studies in the Economy and Society of the Slave South". New York, 1967. p.16.
22)ARB. II, 405. A 1o. CCC. r.s.
23)ARB. III, 231
24)ARB. II, 326 y ACC Sign. 4694
25)ACC Sign. 4888
26)AJ 1o. CCC. r. 5
