INTRODUCCION
I
La ausencia de estudios concretos sobre la formación económico-social colombiana hace posible posturas dogmáticas, a veces un poco infantiles cuando se ven confrontadas con la necesidad de realizar un trabajo serio y paciente. Los esquemas más generales y abstractos tienden a sustituir de una manera fácil este tipo de trabajo con el pretexto de una ortodoxia y de la urgencia de tomar posiciones. En Colombia, al menos, no parece haber llegado el momento de distinguir claramente entre el trabajo intelectual y una acción política más o menos caótica. De allí resulta una cierta incapacidad de plantearse un problema en presencia de una información adecuada. La labor de reflexión parece ociosa si no se la pone a prueba inmediatamente en alguna escaramuza política. Y ni siquiera los conceptos se elaboran para orientar la acción sino para aplastar a algún adversario, real o supuesto.
Cuando se habla, con gran solemnidad, sobre la "metodología correcta" se está hablando, en el fondo, de una profesión de fé. Con ello no se pretende otra cosa que ignorar las bases reales de una discusión para reducirla a nociones entresacadas de lecturas caprichosas y mal digeridas. A menudo, el uso arbitrario de "categorías" que tienen una gran relevancia en otros contextos impide ver los elementos más obvios de una realidad que se nos ofrece como material de investigación y no simplemente como una ocasión de reemplazar esa realidad viva por el cascarón vacío de una categoría sacrosanta. El falseamiento de la realidad que resulta de allí inhibe por anticipado a un acercamiento más concienzudo, tachándolo de empirismo.
Cuáles son, por ejemplo, los contornos reales de conceptos como "hacienda" y "plantación"? En ningún caso se trata de entidades abstractas o de conceptos "universales", en los que pueda hacerse encajar a la fuerza una realidad viva y actuante. Tampoco podemos reducirlos a una infinita particularidad en la que los "casos" cobren más importancia que el concepto. Esta tensión entre lo general y lo particular es propia del conocimiento histórico. Si rehusamos aproximarnos a una realidad concreta so pretexto de afirmar una certidumbre preestablecida o la "validez" intemporal de un concepto, estamos privándonos de la posibilidad de modificarlos y de actuar de una manera adecuada sobre la realidad. En el trabajo histórico la validez conceptual es siempre provisoria. Se mantiene hasta el momento en que los matices nos ayudan a percibir un concepto más comprensivo, es decir, más universal. No se trata entonces, como podría creerse, que el examen de lo particular desintegre la validez conceptual hasta reducirla a un empirismo.
La pretensión de alcanzar de un salto la comprensión global de la totalidad histórica elimina todo proceso de elaboración conceptual y se encierra en el manejo de una jerga cuyos contenidos sólo se revelan a los iniciados. La creencia de que no existe una historia nacional (creencia muy difundida entre las últimas generaciones de estudiantes universitarios en Colombia) sino simplemente una sucesión de etapas de dependencia colonial, cuyo solo examen en términos de comercio internacional bastaría para la comprensión de nuestro pasado, ha reducido a la nada el interés que debería suscitarse en torno a desarrollos regionales.
A primera vista, un país como Colombia presenta tal diversidad regional que la simplificación excesiva que conlleva la tesis de la "dependencia colonial" ha debido parecer sospechosa. Esto no quiere decir, entiéndase bien, que pretenda negarse la existencia de nexos de dependencia económica. Pero en cada caso su valor explicativo es diferente con respecto a elementos originales de subsistemas regionales. No puede pretenderse, por ejemplo, que el tipo de conexiones de una región portuaria con una metrópoli son los mismos que los de una región aislada y sometida al régimen de una economía casi natural, o que una región minera atrae de la misma manera artículos manufacturados que una región dedicada exclusivamente a la agricultura. Tampoco es lícito extrapolar aspectos que presentan un tipo de dependencia histórica, más o menos reciente, a una etapa más remota, sin plantearse previamente ciertos problemas relativos al grado de integración económica, a las magnitudes, a las distancias o a las técnicas, es decir, a las condiciones empíricas dentro de las cuales se establecen las relaciones económicas.
Aunque, a partir del siglo XVI, cuando se inicia en Europa un proceso de "acumulación primitiva de capital", podría postularse de una manera muy general que las economías locales más remotas del mundo colonial se "articulan" de alguna manera a este proceso de economía mundial - o, en otros términos, que en una determinada fase de la expansión capitalista este sistema somete a sus exigencias los rincones más distantes del globo y éstos, a su vez, no pueden escapar de los tentáculos del modo de producción dominante-, vale la pena preguntarnos todavía cómo es posible esta "articulación", a través de qué sector -o sectores- de la producción y cómo los restantes se vinculan a su turno, qué importancia tienen los mercados regionales y cómo se organizan en provecho de esa "acumulación primitiva" tan distante.
Por fortuna, últimamente han venido en auxilio de estos temas las investigaciones de Salomón Kalmanovitz, para quien -parafraseando a Marx- "...la base de todo análisis materialista de la historia y de la economía colombiana debe partir de las relaciones que se dan dentro de una población dada, del ordenamiento social que se desprende del modo de producción, es decir, de la población dividida en clases, de la forma como trabajan y como toma lugar la división social del trabajo, seguidamente, cómo circulan y se cambian los resultados de este trabajo en la sociedad y el mercado mundial; finalmente, qué formas asume el Estado y cómo influye en la Producción". 1
Este viraje metodológico, que privilegia el análisis de la producción misma y de sus formas sociales antes que los fenómenos del mercado internacional, debe conducir a la investigación de "parcelas" de la realidad, y no simplemente por "nacionalismo" o por regionalismo provinciano, sino con el fin de sustentar una teoría más adecuada de la formación económico-social.
Aún más, las preocupaciones de historiadores europeos tienden a descartar la aplicación indiscriminada de categorías "clásicas" a las formaciones peculiares precapitalistas y se encaminan a deducir, por ejemplo, de una manera concreta, una "teoría económica del sistema feudal" a partir de investigaciones empíricas. El historiador polaco Wiltold Kula, que ha emprendido esta tarea con respecto a la Polonia del siglo XVIII, advierte que "...entre las tesis que pueden formularse sobre el obrar económico humano, no pocas tienen diferentes grados de aplicación cronológica y geográfica..." E insiste: "...parece sin embargo cierta la tesis marxista de que la mayor parte de las leyes económicas, y justamente las más ricas en contenido, tienen un alcance especial y temporal limitado, circunscrito por lo general a un determinado sistema socio-económico..."2
Frente a esa comprobación vale la pena preguntarse una vez más, cuál era el sistema socio-económico imperante en América durante la época colonial? Sobre este punto está lejos de llegarse a un acuerdo debido, sobretodo, a que ni siquiera se ha llegado a identificar con alguna precisión los elementos que intervienen en el problema. Muchos han insistido en la tesis tradicional según la cual la existencia de una metrópoli encadenaba a sus necesidades (sobretodo de orden fiscal) el ordenamiento de los factores productivos de sus colonias. Pero el carácter ambiguo de la metrópoli española acumula obstáculos a esta tesis, que subraya sobretodo el carácter "mercantilista" de las relaciones coloniales. En efecto, ya a comienzos del siglo XVII el "monopolio" sevillano había dejado de ser español y las relaciones comerciales con las colonias americanas estaban dominadas por un mercantilismo europeo, sobretodo francés.3.
De esta manera se introduce una instancia más que obliga al análisis detallado del crecimiento capitalista en su conjunto. Pero, de otro lado, en las colonias se maduró un complejo social en el que los españoles americanos gozaron de privilegios inauditos y llegaron a constituir un dolor de cabeza permanente para el rey y sus funcionarios coloniales. Se trataba entonces de simples intermediarios entre sistemas productivos arcaicos y las instancias sucesivas que encadenaban esos sistemas a un proceso de acumulación capitalista que se centraba en Europa? O, de alguna manera, su existencia misma explica las formas peculiares de dominación mediante las cuales se explotó el mundo colonial americano?4
De otro lado, qué decir del transplante de instituciones que tuvieron que adaptarse a las condiciones americanas y que ya ni siquiera en España podían calificarse de "feudales"? Los vínculos personales de una jerarquía militar, mantenidos para empresas guerreras y no para subordinar mano de obra como factor productivo, se disolvieron en América una vez repartidos los frutos de la conquista. En América, ningún español trabajaba para otro sin un salario pues para eso estaban los indígenas y, en su ausencia, los esclavos. De esta manera, nexos propiamente "feudales", es decir, formas de subordinación del trabajo mediante una sujeción extraeconómica, se crearon sólo en el momento en el que desaparecieron los últimos vestigios de un sistema productivo americano y en el que un mestizaje "libre" y desposeído había alcanzado un potencial demográfico considerable.
Es indudable, por otra parte, que América contribuyó a la acumulación capitalista original y que el continente, junto con los otros continentes explotados desde el siglo de los "descubrimientos", se inserto en un sistema mercantilista mundial. A este nivel, la discusión sobre el papel de las colonias americanas en el surgimiento del capitalismo -o de la transición de un capitalismo mercantil a un capitalismo industrial- tiene plena validez. Para el siglo XVI, Earl J. Hamilton ha examinado el impacto de los metales americanos en la coyuntura europea. Esta explicación se da en términos puramente monetarios, es cierto, y tanto por sus fuentes como por su problemática busca respuestas a una situación europea específica. Queda por abordar el aspecto propiamente americano, el problema de formaciones económico-sociales asentadas en regiones que tenían unos determinados recursos de minas, tierras y mano de obra5. ¿Se trataba acaso de meras prolongaciones de un sistema mercantil a escala mundial? O, no vale la pena más bien, antes que hacerlas desaparecer en el análisis mediante una simple cuantificación de su "aporte", considerar primero estas formaciones en su peculiaridad teniendo en cuenta, eso si, que los mercados regionales podían inscribirse en una red mucho más vasta de intercambios?
Para precisar el punto de intersección entre las economías regionales y el sistema mercantilista se requiere conocer los mecanismos que subordinaban unas actividades económicas a otras y que no siempre tenían una expresión política adecuada. Usualmente se presume, por ejemplo, que lo que encadenaba a las economías coloniales era una decisión política de la metrópoli. De allí que se especule interminablemente -y sin someter a crítica alguna- sobre los presuntos efectos desastrosos de prohibiciones tales como la del cultivo de la vid, del olivo o de la morera. Para darse cuenta de la inocuidad de estas prohibiciones bastaría preguntarse qué hubiera ocurrido si lo que se hubiera prohibido fuera el cultivo del algodón, de la caña y la producción de aguardiente. Y a este respecto cabe preguntarse también cuántos trabajos serios se han producido sobre el problema del estanco del aguardiente.
Es posible que, en virtud de la necesaria conexión de las economías locales con un sistema mundial (o economía-mundo, como la llama P. Chaunu), hayan existido actividades privilegiadas, desde el punto de vista de los intercambios, tales como el comercio. Pero no es cierto en la misma medida que el comercio, o mejor, los comerciantes, hayan gozado de privilegios políticos a nivel local. La estructura política local privilegiaba de una manera natural a los "vecinos" con un fuerte arraigo y una tradición familiar terrateniente. Los comerciantes mismos buscaron este arraigo convirtiéndose en terratenientes y vinculándose al patriciado local mediante nexos matrimoniales. 6
La otra alternativa del problema, la del "feudalismo americano", debe clarificarse también teniendo en cuenta datos concretos de los sistemas agrarios de Hispanoamérica. Cuando se habla de feudalismo -o mejor, modo de producción feudal- no se está haciendo una mera referencia cronológica. Por eso, posiblemente, América esté más lejos del feudalismo en el siglo XVI que en el XVIII. Y la realidad de los siglos XVIII y XIX es incomparable con la que se ha creado en nuestro propio siglo.
La categoría modo de producción feudal no se evidencia en el mero trasplante de instituciones más o menos medievales sino que requiere el examen empírico de cómo estaban organizados los factores de producción. Como se sabe, en el siglo XVI fueron los metales preciosos (que se daban en abundancia y podían explotarse con una mano de obra barata) los que integraron las colonias españolas a un circuito mundial. Las formas de producción no eran por eso capitalistas pero tampoco (piénsese en la incorporación de mano de obra esclava) eran feudales.
En los siglos XVIII y XIX, en cambio, cuando los ciclos metalíferos agotaban sus posibilidades, muchas explotaciones agrícolas se cerraban sobre sí mismas y creaban formas de coacción con respecto a una mano de obra "libre" pero escasa. Estos momentos de "encerramiento" han sido frecuentes en todos los países de Latinoamérica. Ha habido, es cierto, episodios de oro, del cacao, del tabaco, del azúcar o del café, pero sólo han sido eso: episodios. Para muchas regiones la actividad de una agricultura de mera subsistencia -o de un radio de comercialización muy limitado- ha sido la regla. En Colombia, regiones como Antioquia, o el Valle del Magdalena (y con éste, en parte Santa Fe) vieron disminuir su importancia en el en el siglo XVIII, en tanto que el Valle del Cauca y la antigua provincia de Popayán conocían un nuevo ciclo del oro y las regiones de Vélez y de Girón desarrollaban una actividad manufacturera en torno a los obrajes tradicionales. El siglo XIX, con el tabaco, presenció un nuevo resurgimiento -efímero esta vez- de una actividad colonial en el Valle del Magdalena, en tanto que la provincia de Popayán entró en una crisis secular hasta que, a comienzos de este siglo y ya bajo un signo claramente capitalista, volvió a resurgir una economía agrícola en el Valle del Cauca.
Estos altibajos regionales no pueden estudiarse, evidentemente, sin una referencia precisa a las oportunidades de un mercado mundial. Y esto es cierto con respecto no sólo a una producción contemporánea, claramente capitalista, sino también a épocas más arcaicas, en las que dominan tipos de producción "tradicionales" o "arcaicos", es decir, precapitalistas. Pero, entonces como ahora, por qué unas regiones y no otras? Se trataba, acaso, del mero azar en la presencia de unos recursos que de pronto encontraban acogida en los mercados internacionales? La respuesta se encuentra sin duda del lado de la comprensión del fenómeno capitalista mismo y de sus espejismos financieros. El guano chileno-peruano, el salitre chileno o el caucho amazónico estuvieron, como el oro y la plata, en el origen de fortunas efímeras, de ciclos de prosperidad repentina que parecían señalar los límites más propicios de la actividad productiva de estos países en el suministro de materias primas.
Pero estos son casos extremos. Sobre estos ciclos existió, más o menos velada, la esperanza (si no la formulación explícita de una teoría) de que serian un primer motor, capaz de dar un impulso inicial a otras actividades menos azarosas. Si de un lado estaba el mercado internacional que favorecía estos espejismos, del otro persistían estructuras sociales y económicas que asimilaban el episodio -oro, tabaco, o lo que fuera - y que, una vez transcurrido, permanecían. La cohesión de estas últimas no estaba dada entonces por las conexiones evidentes entre un tipo de producción de materias primas o de frutos tropicales y un sistema capitalista ya desarrollado sino por un sistema político y social cuyos fundamentos económicos más profundos quedan por examinar.
Finalmente. Si se toma como referencia el modelo de una sociedad feudal clásica para interpretar lo que ocurría en América en los periodos de "encerramiento", habría que desconocer las referencias empíricas más evidentes. La formación, por ejemplo, de lo que Marc Bloch ha llamado "vínculos de dependencia" -es decir, formas de subordinación personal difiere tanto del modelo europeo que una generalización de éste resulta inadecuada. En unos casos se trataba de mestizos y mulatos sin tierras que se trasladaban de los centros urbanos al campo en donde hallaban acomodo como peones o "agregados". En otros, la disolución del sistema de resguardos iba creando explotaciones parcelarias en lugar del primitivo sistema comunitario o empujaba a sus beneficiarios hacia zonas menos propicias. Una vez despojados de sus tierras, los primitivos pueblos de indios podían quedar también enquistados en medio de las haciendas como reservas de mano de obra. En el Valle del Cauca, finalmente, la concentración de esclavos, de mulatos libres y otros trabajadores en los términos de una hacienda podía dar lugar al nacimiento de una "parroquia". Todos estos fenómenos sucedieron sin solución de continuidad al sistema de "conciertos" indígenas (practicado sobre todo en el siglo XVII y parte del XVIII) y al empleo de esclavos en haciendas cañeras, es decir, en un periodo tardío.
De otro lado, cómo asimilar el régimen de la hacienda al que conocieron las reservas señoriales europeas? Se sabe que los señores feudales tuvieron que hacer concesiones y aflojar las coacciones sobre sus siervos en los momentos de crisis demográfica. La ecuación disponibilidad de tierras y disponibilidad de mano de obra determina en gran parte la naturaleza de los nexos serviles que se veían debilitados en los momentos en que escaseaba la mano de obra y con ello se debilitaba el potencial económico de la reserva. En América, desde finales del siglo XVI, el proceso de pauperización demográfica había alcanzado casi sus límites extremos. Por eso, hasta el siglo XVIII, la disponibilidad de tierras excedió siempre cualquier incremento demográfico. Sólo a finales del siglo en algunas regiones y, en general, en el curso del siglo XIX, la hacienda adquirió rasgos que podrían emparentarse a los de las reservas señoriales europeas. La mano de obra que iba surgiendo con la recuperación demográfica (especialmente de mestizos) quedaba subordinada a una producción agrícola estancada, en donde los capitales líquidos eran escasos y predominaban los privilegios de casta mantenidos con la gran propiedad. El uso de la tierra para cultivos de subsistencia se trocaba por servicios personales en la hacienda que tuvo entonces la posibilidad de comercializar parte de sus productos.
En cambio, el modelo de la explotación de las propiedades agrícolas que conocieron un episodio de producción de géneros tropicales es diferente. En las postrimerías del siglo XVIII, por ejemplo, el cultivo del tabaco inauguró un régimen de cosecheros en la Nueva Granada que vendían al monopolio estatal y pagaban una renta por el uso de la tierra. En el siglo XIX, el auge de estas explotaciones en el Valle del Magdalena significó en alguna medida un régimen salarial que liberó mano de obra enquistada en las explotaciones más tradicionales de los altiplanos.
De esta manera, no parece conveniente la generalización de un solo modelo para tipificar, la explotación agrícola precapitalista. Se requiere seguir en detalle las variantes -muchas veces regionales- que va adoptando un modo de producción en el sector agrario y registrar paso a paso las contradicciones que engendra en el espectro más visible de las relaciones políticas y sociales.
II
Una observación en cuanto al método: muchos esquemas puramente teóricos parten de un supuesto erróneo sobre la división del trabajo historiográfico. Por un lado, se presume que la búsqueda de datos escuetos y su clasificación más o menos grosera queda confiada a un cierto tipo de practicantes de la historia, a esos obreros pacientes que gustan de las comprobaciones minuciosas, muchas de ellas sin importancia. Por otro, se concibe que el planteamiento "teóricamente correcto" de los problemas corresponde de manera exclusiva a quienes manejan esquemas conceptuales aparatosos.
Así, suelen aparecer de vez en cuando pequeños trabajos de intención teórica que, con un gran esfuerzo conceptual -a veces un poco exótico, hay que confesarlo- precisan los "grandes problemas" en una jerga irreconocible y con una información perfectamente inadecuada.
La realidad de la investigación histórica no puede ceñirse a este confortable modelo de la división del trabajo. La construcción del objeto del saber en el caso de la historia -como de cualquier otra ciencia social- conlleva no sólo la identificación de un problema relevante y la construcción de hipótesis y modelos que signifiquen una primera aproximación teórica, sino también la elección de fuentes adecuadas para su tratamiento.
Aunque suele pretenderse que el historiador es un esclavo de sus fuentes y que un acervo documental plantearía nuevos problemas a la reflexión histórica, la realidad es exactamente la inversa. Archivos enteros sólo pueden ser explotados en el momento en que surgen los problemas y las construcciones teóricas -para no hablar de las técnicas- que permiten manejar la información que contienen. Existe, claro, la dificultad de que no todo problema que pueda plantearse teóricamente es susceptible de una comprobación documental. La conservación de testimonios sobre el pasado -aún el pasado más reciente- ha obedecido siempre a un proceso selectivo un poco azaroso. Pero lo cierto es que las búsquedas de la historiografía tradicional, guiadas por presunciones de "sentido común" o de sicología académica, han reducido todavía más el rango de la información de que pueden disponer los que se dedican a profundas reflexiones teóricas.
Así, mientras que la teoría (me refiero aquí a las teorías de conjunto de las ciencias sociales) abre camino a la investigación, las investigaciones de un cierto tipo parecen estrechar los límites de la teoría. O al menos de las teorías que servirán para explicar nuestra propia formación económico-social. En esencia, el mismo tipo de información ha servido para "sustentar" las tesis más contradictorias. Los exiguos datos que servían para fines completamente distintos o que eran apenas aptos para crear una imagen ideológica- se maceran en la retorta de la "teoría" con la esperanza de exprimir de ellos algo que no pueden dar. De biografías apologéticas de próceres, por ejemplo, quiere deducirse al mismo tiempo conclusiones sobre una ideología dominante, sobre el sentido político de sus actuaciones y sobre los enfrentamientos de clase que cree adivinarse en algunas anécdotas.
Muy poco se ha hecho en el terreno de la investigación para sustituir la información fragmentaria y banal con que se cuenta y dar cuerpo a la sistematización de un material empírico adecuado a las reflexiones que deberían orientar su búsqueda. Resulta mucho más cómodo pretender que se está enrutando la investigación hacia nuevos horizontes sin tomarse el trabajo de hacerlo. O crear el espejismo de un nuevo objeto de conocimiento cuando en realidad se está en presencia de las viejas tesis tradicionales, revestidas con un nuevo ropaje terminológico.
Frente a la enorme tarea que representan archivos enteros inexplorados se da lo que Bachelard hubiera identificado gustoso como un nuevo obstáculo epistemológico: el obstáculo de la pereza. De la misma manera que los alquimistas torturaban idénticos elementos en un mortero y daban a sus "experiencias" mil nombres simbólicos y oscuros, algunos adeptos a las construcciones teóricas francesas dan vueltas y más vueltas en torno a los mismos datos de la historiografía tradicional. Con ello conservan la certidumbre de no alejarse demasiado de una playa familiar ni de hundirse en las aguas traicioneras del empirismo. Pero entonces, ¿para qué la construcción teórica?
III
Algunas palabras sobre el presente trabajo: todos los testimonios coinciden en que durante el siglo XIX la región del Valle del Cauca conoció una aguda depresión económica. Su participación en el panorama general de las guerras civiles era por entonces bastante notable. Y esta era una consecuencia de la situación económica.
Para todos los observadores el marasmo económico era tanto más chocante cuanto que el Valle se ofrecía a sus ojos como un paraíso en el que sólo parecía faltar el espíritu de empresa. Esta era una verdad a medias. Los viajeros más perceptivos se daban cuenta de que el valle estaba incomunicado y que sólo una ruta segura y permanente hacia el Pacifico podría desembotellar la economía agraria de la región.
Se describen, sin embargo haciendas que provocaban la imaginación con proyectos de cultivos cotizados como la vainilla y el tabaco y en las que los propietarios se limitaban a dormitar su indolencia criolla. Cómo habían aparecido estas haciendas? Hubo un momento anterior en el que, efectivamente, el Valle del Cauca tuvo una etapa de crecimiento gracias a varios factores. Por un lado, la consolidación de una economía minera en el Chocó, en las postrimerias del siglo XVII. Por otro, una evolución favorable en el seno de latifundios inmensos que había conducido a su apropiación por pedazos razonables entre mineros y comerciantes que debían abastecer el mercado minero.
Sería inútil, empero, pretender que la racionalidad económica baste sólo para dar una respuesta convincente a todos los interrogantes que plantea el proceso de una formación económico-social, en este caso las haciendas del Valle del Cauca. Allí surgió en el siglo XVIII una economía agraria esclavista que no era autónoma sino que se derivaba del auge de una economía minera. Por sí sola, la economía agraria -de la que estaba ausente el concepto de plantación y que por lo tanto no estaba ligada a un mercado externo-no hubiera bastado para justificar una inversión tan elevada como la de los esclavos negros. Tampoco la manera como se desarrolló esta economía da bases para un cálculo riguroso de la recuperación del capital invertido en mano de obra. A lo más, puede inferirse una tendencia de largo plazo a través del progresivo desmantelamiento de las haciendas, recargadas cada vez más con hipotecas censatarias aunque con una población esclava en aumento. El colapso posiblemente se produjo al no realizarse la expectativa implícita de los propietarios, de un flujo inverso de esclavos de las haciendas hacia las minas, como en los orígenes se había dado entre las minas y las haciendas.
Muchos esclavos, en efecto, dejaron de emplearse en labores productivas a fines del siglo XVIII. Los precios de estos esclavos, la mayoría "criollos", se congelaron e inclusive se advierte un ligero descenso. Pero sólo una exploración de la historia social, del estilo de las que ha llevado a cabo en Colombia Jaime J. Uribe o en los E.U. Eugenio D. Genovese, y un "modelo" que tenga en cuenta factores tanto ideológicos como cuantitativos, podrían dar cuenta a cabalidad del fenómeno. Alguien preocupado con precisiones "cliométricas" podría argüir que esta combinación invalida los datos rigurosamente cuantitativos. Pero es precisamente lo que suele ocurrir en la historia.
Así, entre este momento brillante del siglo XVIII y la decadencia pronunciada del siglo XIX se suscita una gran variedad de interrogantes, tanto sobre el proceso mismo de la formación de unidades económicas (haciendas con mano de obra esclava) como sobre su estancamiento. La liquidación del sistema esclavista, a mediados del siglo XIX, suele darse como la respuesta más obvia de este último. Pero la decadencia venía de más atrás y seguramente no se localiza en el sistema agrario sino en la explotación minera.
Aún más, la liquidación del sistema político colonial debió afectar mucho más a regiones periféricas como la provincia de Popayán, con todo su complejo de relaciones con otras provincias que no estaban confinadas por unos límites nacionales (i.e. la audiencia de de Quito). Un cierto equilibrio regional, mal explorado hasta ahora, daba una entidad a zonas como la del Valle del Cauca en el siglo XVIII, y este equilibrio debía ceder frente a un intento de integración política y social diferente.
IV
Es infortunado que no pueda dedicar sino muy pocas palabras a las "críticas" que se han formulado en Colombia a trabajos anteriores, especialmente a la primera edición de la Historia económica y social de Colombia. La razón no estriba en un exceso de soberbia sino en el hecho de que tales "criticas" eran demasiado personales, y casi siempre anónimas, como suelen serlo en Colombia. Por el contrario he aceptado gustoso algunas sugerencias formuladas por historiadores profesionales en la Hispanic American Historical Review, en la American Historical Review, en la Rivista Stórica Italiana y en Caravelle, lo mismo que de algunos compañeros de la Universidad del Valle.
Este trabajo quiere llamar la atención sobre las posibilidades de un tipo de fuentes poco exploradas hasta ahora. Los archivos notariales (o protocolos de escribanos, en la colonia) reproducen, día por día, la actividad económica y social a la manera de una filmación en la que las imágenes aisladas pueden ser dotadas de movimiento. Documento por documento, los registros notariales pueden parecer descorazonadores. Su manejo descarta por anticipado toda posición empírica debido, precisamente, a su riqueza factual y a sus posibilidades de construcción. Por sí sola una operación escogida al azar no sugiere sino un marco posible de relaciones pero que, como la imagen aislada de una cinta cinematográfica, carece de movimiento. Para que la imagen sea significativa se requiere manejar masivamente la documentación y construirla de acuerdo con una teoría plausible. Esta tarea presenta obstáculos en el mero acceso a la documentación, para no hablar de sus lagunas. Pocas ciudades conservan en Colombia series más o menos completas en las notarías. La de Cali, aunque muy incompleta, ha sido microfilmada y al menos es fácilmente accesible.
Sea esta la ocasión de rendir homenaje a mis colegas del Departamento de Historia de la Universidad del Valle que, a pesar de todos los obstáculos y a menudo la incomprensión, llevaron a cabo esta labor de microfilmación. Lo mismo que agradecer a la misma Universidad del Valle y a los funcionarios que en ella han creído en las bondades del ocio académico. A Doña Teresita Villegas y a Doña Stella de Arturo, funcionarias cuya permanente colaboración ha facilitado un uso razonable de mi propio ocio académico. A Luis Valdivia, que tomó tanto interés en la elaboración de los mapas que acompañan el texto.
Cali. Universidad del Valle, Septiembre de 1975.
Notas de pie
1) C.f. SALOMON KALMANOVITZ , "A propósito de Arrubla" en Ideología y sociedad, No. 10, Ab. Jun. 1974, p. 41. Y más adelante: "Claramente no podemos asumir apriorísticamente que las leyes que rigen el funcionamiento y la transformación de las relaciones de producción en nuestra historia vengan dadas desde fuera. Sólo un análisis centrado en la producción puede informarnos de esas leyes y del efecto preciso de las relaciones internacionales sobre ellas". En realidad sí puede darse una presunción a priori, cualquier presunción a priori, pero siempre a manera de hipótesis de trabajo. Pues una cosa es guiarse, en el trabajo científico, por una hipótesis y otra afirmarla como una evidencia, antes de ser probada. Que es lo que usualmente ocurre gracias a que nuestros "teóricos" de una u otra confesión atribuyen a Marx sus propios prejuicios.
Kalmanovitz trae enseguida un ejemplo sobre la producción de tabaco a mediados del siglo XIX y concluye que "... las condiciones técnicas de la producción no pueden ser mejoradas porque no se trata de un modo de producción capitalista... ". Sin embargo, este tipo de producción (aunque aproveche todavía relaciones de producción arcaicas que afectan la tenencia de la tierra y nexos de subordinación y por lo tanto aumentan la explotación) ha sido estimulada por un mercado capitalista. Es más, el cambio operado de una economía metalífera a una exportación de frutos tropicales está ligado, en el espectro ideológico, al esquema impuesto por las doctrinas del librecambio y de la especialización internacional del trabajo. Por eso habría que distinguir entre las condiciones internas en que se lleva a cabo un determinado tipo de trabajo (y que sirven para aumentar la explotación y el margen de ganancia o, dados ciertos costos excepcionales como los fletes, hacer "competitivo" un producto en mercado internacional), esto es la manera de producir y el modo de producción dominante, como lo sugiere Emilio Pradilla.
2) Cf. WITOLD KULA, "Teoría económica del sistema feudal, Siglo XXI, 1974. ps. 4 y 5.
3) Cf. MICHELE MORET, Aspects de la société marchande de Séville au début du XVIIe siecle. Paris, 1967.
4) A la literatura ya clásica sobre estos temas (entre la que se cuentan las obras de François Chavalier y Charles Gibson sobre México y de Mario Góngora sobre México) deben añadirse los trabajos más recientes de D.A. BRADING Miners and Merchants in Bourbon México, 1763-1810 (Cambridge, Eng.1971) y BERLEY TAYLOR, Landlord and Peasant in Colonial Oaxaca (Stanford, Calif., 1972), MAGNUS MORNER ha publicado una síntesis sobre el problema de la hacienda con el título "The Spanish American Hacienda: A Survey of Recent Research and Debate" (WAHR, Vol. 53 May 1973 p.183 ss. Acaba de aparecer una traducción en español que sirve como introducción a las ponencias presentadas en el Congreso de Americanistas en Roma, editadas por Siglo XXI), en donde concluye que la calificación del modo de producción en la época colonial dependerá de la identificación de los rasgos más generales de sus instituciones agrarias, particularmente la hacienda.
5) Para una discusión sobre las limitaciones de la interpretación de Hamilton Cf. PIERRE VILAR, "El problema de la formación del capitalismo" (artículo publicado originalmente en 1956) en Crecimiento y Desarrollo, Ariel Barcelona, 1964 p. 139 ss.
6) Según D..4. BRADING, sin embargo, "La clase que más se benefició con las políticas de la monarquía española fue la de los comerciantes coloniales" (Cf. "Government and Elite in Late Colonial México S en HAHR. Vol. 53, Aug. 1973 p.408). Brading se refiere especialmente al período borbónico. Pero aún así, cabe preguntarse, los privilegios de la Corona llegaron a afectar realmente la estructura de una formación económico-social que se iba afirmando desde el siglo XVI? La tensión provocada por las innovaciones borbónicas, que tendían a privilegiar a los comerciantes de origen español, y los privilegios asentados de una casta de "españoles americanos" puede contribuir a explicar el resultado final de escisión política.
