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Los pueblos
prehispánicos se concentraron en cordilleras, cerca de los lugares de producción y las
rutas para el comercio. Mapa de las Salinas Chita y sus alrededores del año 1793. (AGN,
Mapoteca 4, mapa 131 A).
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Los caminos que van
formándose hacia el país de los chibchas que es donde se levanta la capital del Nuevo
Reino, sigue como en Suramérica la raya de los de los incas, las huellas de las trochas
abiertas por los chibchas, los quimbayas, los sinúes, los taironas, los panches, para
hacer sus intercambios en una civilización precolombina en que jugaban un papel
importante los intercambios de sal, oro, ovillos de algodón, tejidos, etcétera. La
novedad estaría en las bestias de carga, pero lo que vino a imponerse ya existía en la
época precolombina: el indio Cieza de León habla sobre la entrada que se hizo para
llevar la mercancía y los viajeros en el camino del Dagua que comunicaba el puerto del
Pacífico con Cali; este camino fue famoso porque era forzoso para dar vida a esa región
del sur. Dice el cronista:
"Para llevar a la
ciudad de Cali las mercancías que en este puerto se descargan, de que se provee toda la
Gobernación, hay un solo remedio con los indios de estas montañas, los cuales tienen por
su ordinario trabajo, llevarlas a cuestas, que de otra manera era imposible poderse
llevar. Porque, si quisiesen hacer camino para recuas, sería tan dificultoso que creo, no
se podría andar con bestias cargadas, por la grande aspereza de las sierras; y aunque hay
por el río Dagua otro camino por donde entran los ganados y caballos, van con mucho
peligro y muérense muchos; y allegan tales, que en muchos días no son de provecho.
Llegado algún navío, los señores de estos indios envían cada uno al puerto la cantidad
que puede, conforme a la posibilidad del pueblo; y por caminos y cuestas que suben los
hombres abajados y por bejucos y por tales partes que temen ser despeñados suben ellos
con cargas y fardos de a tres arrobas y más y algunos en unas silletas de cortezas de
árboles llevan a cuestas un hombre o una mujer, aunque sea de gran cuerpo. Y de esta
manera caminan con las cargas, sin mostrar cansancio ni demasiado trabajo; y si hubiese
alguna paga irían con descanso a sus casas, mas todo lo que ganan y les dan a los
tristes, lo llevan los encomenderos, aunque a la verdad dan poco tributo a los que andan a
este trato. Pero aunque ellos más digan, que van y vienen con buena gana, gran trabajo
pasan. Cuando allegan cerca de la ciudad de Cali, que han entrado en los llanos, se
despean y van con gran pena. Yo he oído loar mucho los indios de la Nueva España, de que
llevan grandes cargas; mas éstos me han espantado. Y si no hubiere visto y pasado por
ellos y por las montañas donde tienen sus pueblos, ni lo creyera ni lo afirmara».
Este camino se mantuvo con
el mismo sistema de transporte hasta muy avanzada la República. Prácticamente hasta bajo
la Presidencia de Eduardo Santos, que es de ayer, el camino real no se convirtió en
carretera. Alberto Montezuma Hurtado que registra esta larga historia en su introducción
a la Historia de los Caminos Colombianos lo dice así:
«También costillas,
omoplatos y hombros humanos hicieron durante varios siglos oficio de bestias de carga en
el camino que de Barbacoas, puertecillo fluvial, con un curso irregular y a trechos
escabrosos, ascendía a la meseta de Túquerres, caía luego a las hondonadas del río
Guáitara y echaba otra vez a subir incansable, lento, casi tétrico, hasta desembocar por
fin en las planicies de Pasto. Durante un largo trayecto era un camino de fiebres, de
víboras y de lluvias inagotables, quizás el único camino colombiano cuya historia
particular ya se hizo, por lo menos fue hecha la narración aproximada de sus orígenes y
de su apertura, además de un boceto dantesco de lo que aquel camino de Barbacoas fue
hasta el día, relativamente cercano, en que para alivio de toda la región y para
inmovilidad y desempleo de los arrieros yacuanquereños, sus empedernidos trajinantes, el
presidente Eduardo Santos resolvió transformarlo en carretera».
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Mapa de la jurisdicción
de Villa de Leiva y sus alrededores, correspondiente a las demarcaciones de 1572. (AGN,
Mapoteca 4, mapa 211 A).
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CUANDO MUERE
EL CAMINO REAL
En la América andina,
cuando empieza a llenarse con oleadas de inmigrantes y de los pequeños poblados
indígenas surgen las ciudades indoeuropeas, comunicarse, ampliar y consolidar los
caminos, así fueran tan primitivos como los de herradura que conocimos desde los días de
Cieza de León hasta los de Eduardo Santos, fue una hazaña, como tender un tapete de
piedra sobre una pirámide de tres mil metros, para unir por primera vez a las naciones
que iban a hablar una sola lengua. Esto fue lo que asumió como su destino la Colonia en
sus trescientos años, naturalmente echando todo el peso sobre las espaldas de los indios.
Para eso establecía su imperio. Y eso fue lo que entregó a la República. Tocaba
entonces al nuevo régimen transformar esos caminos reales en carreteras para usar la
rueda, en ferrocarriles para tender rieles, y en liberar al indio para que no siguiera
siendo la bestia en que se montó la máquina del régimen colonial.
En los países de pampa la
solución fue sencilla por el ferrocarril. Buenos Aires dio un salto increíble. Se
declaró puerto de mar en vísperas de dar el grito de independencia, y en cuanto
desaparecieron las autoridades españolas, después de un breve forcejeo, ya estaban
adentro los ingleses y corrían por toda la pampa los ferrocarriles. El paso del camino
real al ferrocarril es como el nacimiento argentino. El camino real dejaba el Buenos Aires
del Lazarillo en que las carretas se hundían hasta la manzana de la rueda en el lodazal
de las calles, para convertirse en el paraíso de los inmigrantes. En el resto de América
la cosa no era tan fácil.
EL GRAN CAMINO
REAL EN LA NUEVA GRANADA
Quesada abrió el camino,
por donde no era posible conservarlo ni continuarlo. Entrar por el Magdalena, sí. Ese era
el principio, y así quedó fijado como el eje definitivo, para siempre. El avanzó hasta
donde los barcos le sirvieron, hasta Tora, o Barrancabermeja, y de ahí en adelante
decidió trepar por el Opón, que era lo inaccesible. Un capítulo que anticipa el
dramatismo de La Vorágine. Se dejan las ciénagas del valle del Magdalena con sus
caimanes y tortugas, para entrar en la maraña de la tupida selva tropical en que se va
reduciendo la gente a la miserable tropa de hambrientos que después de meses de jornadas
mortales se llega a la «tierra buena, tierra que pone fin a nuestra pena». Hacer camino
real por ese infierno verde hubiera sido un delirio.
Quesada subió en peso los
caballos haciendo con bejucos redes para alzarlas como presas colgantes que iban de trecho
en trecho llevándose a la cumbre. Era el menos apropiado de los abismos para salir del
fondo del valle y sólo la tenacidad del conquistador o la desesperación, los sacó por
esos despeñaderos que describe fray Pedro Aguado en una historia que deja atrás los
relatos de la novela de hoy.
Por otra parte, el
Magdalena era navegable hasta Honda, pero sólo cuarenta años después de Quesada vino a
fundarse allí el puerto que diera pie para el camino que llevara a Santafé. Y eso por
los negros cimarrones. Los esclavos traídos por los negreros a Cartagena y Santa
Marta, fugándase, se habían hecho fuertes en Palagua. Si el camino por el Opón o el
Carare era un infierno verde por la tierra caliente, los zancudos, alacranes, arañas y
culebras, los negros cimarrones del palenque de Palagua resultaron más temibles que todas
las alimañas del trópico reunidas. Estos esclavos escapaban del Africa chiquita que les
había preparada la corona española y al construir su república independiente en la
selva tropical la defendían como diablos. No dejaban pasar carga española. Que se pagara
el pecado cometido al haberles quitado su albedrío. Para escapar de ellos, los esclavos
decidieron seguir sacándoles el cuerpo, y hacerse fuertes en Honda.
Honda había sido la
puerta de salida de Quesada, Federman y Belalcázar cuando dejaron a Santafé fundada y de
un tirón navegaron todo el Bajo Magdalena desde los raudales de Guatiquí hasta las Bocas
en el Caribe. Irían a que el Rey decidiera para quién sería la conquista del Nuevo
Reino. Honda quedó como el ombligo del Reino. Para defenderla de los negros del Palenque
la hicieran fuerte. Fue una Cartagenita, cabeza del camino real, hasta que vino el
ferrocarril. Por ahí empieza la cosa y ahí llegó con su piano Van Lengerke.
EL PIANO DE VON
LENGERKE LLEGA A HONDA
Geo von Lengerke es el del
piano de La otra raya del tigre, de Pedro Gómez Valderrama. Todos los pianos que
llegaron de Europa al corazón no de la Nueva Granada sino de Colombia, hasta muy avanzada
la República, después de que se descargaban en cajas en la costa, empezaban ese viaje de
novela que para en las champanes que llegan a Honda, donde pasan de los brazos fornidos de
los bogas a las espaldas de acero de los cargueros. Y comienza la novela del camino real,
que va a parar en las entrañas del propio Santander, geografía humana de nuestro siglo.
Van Lengerke llega a Honda con sus dos champanes. Ahí va el piano, Madame la Barone, el
Diputado, el equipaje.
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