CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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Tarabita sobre un torrente. Firmin Didot Fréres Editeurs Paris 1837. 16,5 x 13 cm. (Colección particular de Pilar Moreno de Angel).

Si bien el primer recorrido efectuado por los españoles desde los Llanos hasta la meseta cundiboyacense siguió un derrotero general: río Ariari, páramo de Sumapaz, Pasca, Choachí, los siguientes, hasta la consolidación de la ruta como camino real, se llevaron a cabo fundamentalmente a través del cañón del río Negro. Corriente que surca la denominada provincia de Oriente, constituida por Fómeque, Chipaque, Cáqueza y sus alrededores, irrumpe en el piedemonte llanero entre Villavicencio y Acacías y vierte sus aguas en el río Meta, ya con el nombre de Guayuriba. Diferentes factores se aunaron para consolidar la ruta del río Negro. Entre ellos podríamos mencionar su condición natural como vía de acceso a la planicie orinoquense; la comunicación y el intercambio comercial sostenido por muiscas y guayupes en el sector( 12 ); la utilización de guías indígenas por parte de los peninsulares, afincados en la mencionada provincia de Oriente mediante prósperas encomiendas( 13 ); la sucesiva fundación, en la segunda mitad del siglo XVI, de San Juan de los Llanos y San Martín, y la consecuente aplicación de la política de poblamiento establecida por los españoles, desde el momento de la expulsión de los moros de la península ibérica( 14 ); las disposiciones iniciales emitidas por la Real Audiencia para que se mantuvieran debidamente los puentes y caminos reales, con objeto de que se condujeran a Santafé sin tropiezos, los bastimentos necesarios y los consabidos diezmos( 15 ); la acción misionera y sus frecuentes viajes de exploración dirigidos a expandir su influencia( 16 ) y finalmente la orientación económica dada a la hacienda de Apiay por los jesuitas, en el siglo XVIII, lo cual condujo, entre otras cosas, a una definitiva centralización de intereses económicos y políticos en la banda izquierda del río Negro, con el lógico dominio de esta franja como corredor de comunicaciones.

Dos variantes paralelas fueron trazadas a lo largo del río Negro, tomando como punto de bifurcación el pueblo de Cáqueza. El denominado «camino de Apiay», que seguía la margen izquierda de la corriente, y el llamado «camino de la montaña», que se dirigía al oriente por la orilla opuesta. 

EL CAMINO DE APIAY

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Cascada de Chirajara y puente, en el camino de  Quetame a Villavicencio. (Tomada de: Papel Periódico Ilustrado, Año I a VII. Grabado de Moros. Biblioteca particular de Pilar Moreno de Angel).

Cáqueza se constituyó, prácticamente hasta el siglo XIX, en lugar obligado de aprovisionamiento y de reposo para todos los viajeros que seguían el camino real a San Juan de los Llanos. Allí se efectuaba el avío de mulas, mucho más resistentes a las dificultades de los fragosos caminos e igualmente se descansaba después de bajar por el empinado flanco que se iniciaba en el boquerón de Chipaque y terminaba en el puente sobre el río Cáqueza( 17 ). De mayor sosiego y con menos lodazales era la antigua vía que se desprendía del camino de Usme, después de atravesar la quebrada de Yomasa a la altura del molino de Marroquín( 18 ). Así mismo, se adquirían los últimos suministros antes de iniciar el penoso recorrido siguiendo el curso del río Negro hasta alcanzar la «Nada», ese vasto espacio de sabanas que se observa como etéreo desde los últimos contrafuertes de la cordillera Oriental( 19 ).

Si hasta Cáqueza el camino era más o menos transitable y se apreciaba un paisaje con algunos niveles de poblamiento, de allí en adelante reinaba una soledad absoluta. Continuando por la margen derecha del río Negro se ascendía a los altos de Guatoque y Sáname, para posteriormente descender hasta las oscuras, ondulantes y rugientes aguas del «Dragón en el paso de Apiay», nombre con el cual se bautizó acertadamente la corriente del mencionado río( 20 ).

La desembocadura del río Sáname en el Negro separaba las dos opciones que permitían continuar el recorrido por el costado izquierdo del encrespado cauce. Cien metros arriba se podía encontrar el vado utilizado en el verano y doscientos metros abajo la cabuya o tarabita de La Laguneta, que funcionaba aprovechando el marcado encajonamiento de las aguas en el lugar. En este sitio se llevó a cabo la escaramuza final entre peninsulares y patriotas durante la retirada a los llanos de Casanare en 1817. El mismo Serviez, comandante de las tropas independentistas, cercenó con su sable los rejos que permitían el deslizamiento de la puerta o canasta, y con esto logró romper el contacto con la avanzada peninsular( 21 ).

Superada la experiencia del lanzamiento al vacío y la posterior recuperación de la canasta, en la parte ascendente que dejaba la cuerda de cuero retorcido sobre el lecho del río, el viajero abandonaba el bamboleante asiento de la tarabita, e iniciaba un recorrido caprichoso. Desde el lugar que ocuparía el paradero de Quetame, ya en el siglo XIX, se subía hasta el alto de la Huesada para luego dirigirse en dirección a Monterredondo dejando atrás las quebradas de Trapichito, Naranjal y Marcelita. Una vez en la cima de Monterredondo, se descendía hacia la profunda hoya de la quebrada Aguablanca para trepar inmediatamente a la planicie conocida como Mesagrande. En Aguablanca se tomaba la cuesta del alto de San Miguel, para continuar, superado el punto dominante, a la meseta de Susumuco, de menor altura. Se cruzaba la quebrada del mismo nombre en un sitio próximo a su desembocadura en el río Negro, y se continuaba por la margen de este río, hasta encontrar la garganta de Servitá, pasando por la quebrada Pipiral y el cerro de las Coloradas. En este lugar se tomaba el rumbo de Buenavista, para bajar finalmente por una áspera pendiente al caño Parrado( 22 ).

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Al entrar en la llanura, la naturaleza ofrecía a los ojos de los visitantes un paisaje exuberante. Después de sobrepasar el pueblo y hacienda de Apiay, donde se podía hacer cambio de cabalgaduras, el camino se internaba en la espesa vega del río Negro, o Guayuriba. La palma de corneto, el palo de cruz, el cedro, ficus de enormes proporciones y muchas otras especies formaban un rico conjunto que desaparecería en siglos posteriores ante el empuje de la acción colonizadora( 23 ). Salvada la corriente del Guayuriba, por vado o en canoas según la época del año, se rebasaban las sabanas de la Quebradita y numerosos ríos y caños como el Acacías, el Guamal, el Humadea y el Camoíta, hasta divisar las extensas sabanas de San Martín. Al menos una jornada más recorrían quienes tenían como punto final del camino el río Ariari y San Juan de los Llanos( 24 ).

Notas

( 12 ) MORA, S. y CAVALIER, I. «Guayupes y achaguas». En, Los Llanos, una historia sin fronteras.( regresar a 12 )

( 13 ) AVELLANEDA, JOSÉ. «San Juan de los Llanos, primera ciudad de los Llanos Orientales». En, Los Llanos, una historia sin fronteras.( regresar a 13 )

( 14 ) Ibid., pág. 92.( regresar a 14 )

( 15 ) ORTEGA R., ENRIQUE. Acuerdos 1557-1567. págs. 276-277.( regresar a 15 )

( 16 ) PÉREZ, JOSÉ. op. cit., pág. 71.( regresar a 16 )

( 17 ) MANTILLA, LUIS. op. cit., pág. 103; Cuervo B., Antonio. Colección de documentos inéditos. págs. 329-331.( regresar a 17 )

( 18 ) A.H.N. Mapoteca 6. Bogotá 142. Otra alternativa que igualmente conducía a Cáqueza, pasaba por las vecindades de Ubaque y Choachí. Además, existían varias alternativas para llegar a las zonas aledañas a la hacienda de Apiay: los caminos que atravesaban la provincia del Guavio y los pueblos de Guasca, Sueva, Gachetá, Ubalá y Gachalá hasta alcanzar el pueblo de Medina; o el camino que partía a Tunja y llegaba a Santiago de las Atalayas. Ver al respecto, Velandia, Roberto, Descubrimientos y caminos de los Llanos Orientales. pág. 73.( regresar a 18 )

( 19 ) CRIST, RAYMOND. Por los países de América Tropical 1942-1975. pág. 107.( regresar a 19 )

( 20 ) CUERVO B., ANTONIO. op. cit., pág. 355.( regresar a 20 )

( 21 ) MORENO DE ANGEL, PILAR. Santander. págs. 147-148.( regresar a 21 )

( 22 ) Los puntos principales del recorrido están extractados de diferentes documentos. La mayoría pertenecientes al siglo XIX. Por ejemplo: Restrepo, Emiliano. op. cit., págs. 36-37. A.H.N. Mapoteca 4. Meta 263-A. 1848. En la descripción del camino a los llanos de San Martín hecha por Jean Baptiste Boussingault, figuran como puntos principales los siguientes: El Boquerón;  Chipaque; Quebrada Munare; Alto de la Cruz; Cáqueza; Alto de Ubaque (¿Guatoque?); El Potrerito; Alto de Cara de Perro; Ranchería (posada cerca a la unión del río Samaná —¿Sána me?— o Fosca con el río Negro); Alto del Santuario; Lagunita; Paso del Caballo (vado cercano a la desembocadura del río Blanco en el Negro); San Miguel; quebrada Chiraga (¿Chirajara?); Susumuco; Corrales; quebrada Pipiral; Alto de Servitá; Buenavista; Gramalote; río Ocoa; Apiay; San Martín. Memorias, t. II, págs. 67-69.( regresar a 22 )

( 23 ) CUERVO, MÁRQUEZ. Prehistoria y viajes. págs. 199-202.( regresar a 23 )

( 24 ) BASILIO, VICENTE DE OVIEDO. Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada. pág. 234.( regresar a 24 )

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