CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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PARTE II
TRADICIÓN Y CONTINUIDAD. CAMINOS REALES Y CAMINOS REPUBLICANOS

 

CAPÍTULO 6:
POR LAS LLANURAS DEL CARIBE
Las rutas coloniales en la costa atlántica

DAVID ERNESTO PEÑAS GALINDO

LA COSTA ES MÁS QUE COSTA 

Cuando en nuestro país empleamos el término «costeño», por antonomasia estamos haciendo referencia al habitante de la extensa y variada región Caribe que comprende desde La Guajira hasta buena parte del golfo de Urabá, pero que a más del litoral, se extiende hacia la tierra adentro por más de 600 kilómetros, de manera tal que paradójicamente existen departamentos «costeños» sin costa, como es el caso del Cesar, y por el contrario, Bolívar, con su alargada jurisdicción, llega a morder regiones culturales que manifiestan diversa idiosincrasia, como el del extremo sur con marcada influencia santandereana, o Córdoba, cuyo mismo nombre indica presencia antioqueña.

En este proceso conformativo de la costa caribe como región cultural, que trasciende el mero litoral, la ciudad de Mompox desempeñó un papel fundamental, pues su situación permitió configurar el triángulo genitor de la expansión caribeña, cuyos otros vértices se localizan en Cartagena y Santa Marta. Vistas la geografía y la historia desde su óptica situacional, se percibe con mayor claridad el hilo conductor que nos permite enlazar eventos y épocas que fueron integrando un país heterogéneo cuya espina dorsal fue el río Magdalena con su afluente principal, el Cauca.

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Croquis de la provincia de Mompox, año de 1844. (AGN, Mapoteca 6, mapa 80).

Es bien sabido que una vez descubierto el Magdalena, el 1o. de abril de 1501, por Rodrigo de Bastidas, y distribuido el territorio interior —que era totalmente desconocido— entre gobernaciones de Cartagena y Santa Marta tres décadas después, se estableció como límite entre éstas su corriente, incluyendo a favor de la última las islas fluviales. En principio, el reconocimiento del amplio espacio que a cada una correspondía, estuvo dividido entre las incursiones de los hermanos Pedro y Alonso de Heredia para apropiarse de los tesoros zenúes, mientras los samarios, en la otra banda, se dedicaron a la explotación de las pesquerías de perlas del cabo de la Vela, insuficientes para saciar el apetito de riquezas de los conquistadores, quienes, además, se enemistaron con los indígenas circunvecinos, los que huyeron a refugiarse de sus  tropelías en las zonas altas e inaccesibles de la Sierra Nevada, lejos del alcance de los blancos.

Por tal razón, Santa Marta acondicionó diversas exploraciones hacia el sur, motivada por la pobreza y la desesperación de sus pobladores, los que ya tenían conocimiento de las riquezas del Perú y soñaban con encontrar una ruta expedita hacia éste. Dado el absoluto desconocimiento de la geografía local, se imaginaba que los océanos Atlántico y Pacífico discurrían paralelos, y el Magdalena era ruta propicia para alcanzar el mítico Perú.

Tras varios fallidos intentos que sirvieron, sin embargo, para definir uno de los caminos terrestres más importantes de la época colonial, el que bordeaba la Sierra Nevada y penetraba por el valle del río Cesar para desembocar en la laguna de Zapatosa, el mismo que posteriormente se convertiría en el eje del comercio ilícito, Gonzalo Jiménez de Quesada descubrió las riquezas del país de los chibchas y retornó a Cartagena para embarcarse hacia España, con el fin de solicitar la nueva gobernación de los territorios recientemente descubiertos, birlándole la autoría intelectual del mismo —y por ende la participación en el reparto— a la Gobernación de Santa Marta, bajo cuyas órdenes realizó la entrada.

Este hecho alerta a ambas gobernaciones, cada una de las cuales estima que lo descubierto por Quesada hace parte de su jurisdicción, y pretenden ejercer dominio sobre dichos parajes. Fruto de esta puja son las sucesivas expediciones de Jerónimo Lebrón y Alonso de Heredia, este último conocedor del territorio, pues ya lo había recorrido desde el río San Jorge en ocasión anterior, y quien fundó la villa de Santa Cruz de Mompox en 1537, según algunas versiones, o en 1540, de acuerdo con estimativos más fiables. La razón de la incertidumbre sobre la fecha estriba en la circunstancia de que muy seguramente su fundación adoleció de irregularidades jurídicas, pues los Heredia aún no habían sido absueltos en ese momento del proceso que se les siguió durante el juicio de residencia al que fueron sometidos por la corona española, y por ende, mal podían asumir la responsabilidad de un desafuero.

Queda claro que la fundación de Mompox obedeció a un propósito estratégico por parte de los cartageneros para garantizar su presencia en un punto intermedio del río Magdalena, que se convirtió desde ese entonces en la ruta exclusiva de penetración hacia el interior.

LA RUTA DEL RÍO: DEL INDIO AL ZAMBO

La depresión momposina está formada por la confluencia de importantes corrientes fluviales: el San Jorge, el Cauca, el Cesar y el Magdalena, que la convierten en una inmensa artesa cruzada por infinidad de caños y brazuelos, colmado de ciénagas interconectadas, con una complejidad ecológica altamente equilibrada, y por lo mismo, vulnerable. Los zenúes adecuaron, desde tiempos inmemorables hasta el siglo XII de nuestra era, una gigantesca extensión de más de 500.000 hectáreas, por medio de la construcción de canales y terraplenes que permitían regular el flujo de las aguas, con avanzados conocimientos de ingeniería hidráulica, y controlaron de esta manera inundaciones y sequías, lo que les permitió gozar de un abastecimiento permanente de pesca y productos agrícolas durante centurias. Posteriormente ocurrió un repliegue zenú, por causas aún no explicados, y sus vecinos, los malibúes, procedieron a ocupar el territorio, limitándose a utilizar las obras existentes, pues no construyeron otras nuevas.

Por razones obvias, los conquistadores encomenderos percibieron que era mucho más rentable utilizar a los indígenas en la boga —navegación por el Magdalena y sus afluentes— que limitarse al tributo en oro (pronto agotado) o en frutos de la tierra. Se perfiló Mompox como eje del comercio interior y como la ciudad que controlaba no sólo el tráfico de las mercaderías y pasajeros, sino la construcción de los botes y la provisión de tripulaciones y abastecimiento para la travesía.

España ordenó el territorio de acuerdo con su posición de metrópoli colonial, y privilegió los puertos marítimos en su política de extracción de las riquezas auríferas, que durante los primeros años de la conquista fueron el único objetivo del establecimiento imperial. La lógica norte-sur implicó la pérdida del intercambio transversal existente en épocas prehispánicas, pues los indios de la Sierra Nevada, los chimilas de Santa Marta y los malibúes del río Magdalena, tenían mecanismos y lugares de comunicación e intercambio, el principal, según parece, situado en la barranca donde actualmente se encuentra la población bolivarense de Zambrano.

Se fijó el río Magdalena como eje de comunicación entre las ciudades costeras —Cartagena, Santa Marta y Tolú— y el interior del reino. Posteriormente, con el descubrimiento de las productivas minas de oro de Antioquia, el río Cauca también funcionaría como eje longitudinal orientado hacia Mompox, receptor del comercio del preciado metal antes de ser enviado a Cartagena. La frecuencia de los ataques piráticos a esta última ciudad, obligó al depósito de los cargamentos auríferos en Mompox, hasta tener noticia cierta de la llegada de los galeones que los conducirían a España.

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Croquis de la costa atlántica, desde Cartagena y Mompox hasta La Guajira y Venezuela, abarcando toda la provincia de los motilones. Año de 1754. (AGN, Mapoteca 4, mapa 599 A).

Los malibúes eran excelentes navegantes.Utilizaban una canoa a la que denominaban «man» en sus desplazamientos por las corrientes y todos los cronistas resaltan la habilidad que mostraban en su manejo. Su ruina provino, precisamente, de la destreza. Los encomenderos, poco tiempo después de fundada Mompox, utilizaron la mano de obra indígena para efectuar la travesía fluvial entre la Barranca de Mateo (en las cercanías del actual Calamar) y Honda.

El exterminio de los nativos fue vertiginoso. Según el visitador de la corona Martín Camacho, que llegó a Mompox con la intención de controlar los abusos y arbitrariedades de los encomenderos con respecto a la utilización de la mano de obra indígena, a fines del siglo XVI una población de más de cuarenta mil indios que estaban establecidos en las diversos encomiendas de la zona, había venido a reducirse a menos de mil, y para mantener la navegación, los españoles no habían vacilado en «hurtar indios del Nuevo Reino de Granada y gobernaciones de Cartagena y Santa Marta, y llevarlos a poblar el río Grande y ni más ni menos los tienen en Tolú y Cartagena y Santa Marta y Mariquita, distantes del río a diez y veinte leguas los sacan de allí y los pueblan poco a poco en el dicho río; los cuales indios como no son marineros ni bogaron en su vida, y el trabajo de la boga es tan grande, se mueren como moscas, y de esta manera afirma a vuestra Majestad según he sido informado de cristianos religiosos doctrineros, y yo he visto, que no hay año que no consuma la boga más de quinientos de estos indios »( 1 ).

La introducción masiva de esclavos negros se hacía imperioso para conservar la navegación por el Magdalena, y se procedió a ello. Sin embargo, dada la índole de la boga, que exigía una gran movilidad, era imposible mantener encadenados a los navegantes: éstos se arrojaban al agua, alcanzaban fácilmente las orillas despobladas y se perdían en el monte. El cimarronaje adquirió proporciones extraordinarias y exigió una nueva relación laboral. Por esta razón, aunque estaba expresamente prohibida por la legislación indiana la mezcla de negros e indios, en la depresión momposina se permitió, en primera instancia, la constitución de tripulaciones mixtas para que los indígenas adiestraran a los negros en los secretos del río, pero, por añadidura, los blancos se hacían los de la vista gorda ante las uniones de negros e indias que dieron como fruto al zambo; éste, por ser hijo de india, era libre y tributario, ya que la esclavitud estaba determinada por la norma del vientre: «el hijo de madre esclava, nace esclavo». Puesto que los indias habían sido reconocidos como seres libres, tras la accidentada batalla de fray Bartolomé de las Casas, sus descendientes lo eran. La vida económica exigía un trato en el que todos resultaban beneficiados: las indias, carentes de esposos, aniquilados en la boga; los negros, ayunos de mujeres, pues la proporción —o desproporción— en las cargazones de los barcos negreros era de cuatro o cinco varones por una hembra, y los blancos, quienes irían a aprovechar su progenie: el zambo, adaptado al medio, durante más de tres siglos el dueño de las rutas del Magdalena y sus afluentes. 

LA RUTA DEL ORO: A COMPETIR CON LOS COCUYOS

Como consecuencia de lo anterior, se irán configurando tres actividades simultáneas y paralelas que entrarán en contrapunto avanzado el siglo XVIII: la hacienda ganadera, con empleo de esclavos negros; la minería del oro, y la navegación que fomentará el comercio por los ríos Cauca y Magdalena, haciendo de Mompox el centro abastecedor para todas ellos.

Juan Badillo, el residenciador de los Heredia, había llegado en una de sus expediciones a Buriticá, que según Oviedo «eran las mayores y mejores minas de la tierra firme y de donde se ha sacado todo el oro que ha ido a la provincia de Cartagena». Simití, fundado en 1537, también poseía abundantes veneros. La ciudad de Remedios (1560) es descrita por fray Pedro Simón en estos términos:

«Este es uno de los más ricos suelos que han descubierto los hombres, donde los indios en las madres de los arroyos y quebrados sacaban en la arena el oro a puñados como granos de trigo y garbanzos y muchos mayores que avellanas. El sitio estaba tan cerca a la grosedad de las minas, que con facilidad todos se empleaban en sacar oro, con lo que fue tanta la suma, que en pocos días fueron descubriendo y abriendo las manos, que no se las daban a cogerlo. Fueron luego comprando negros esclavos que enviaban en cuadrillas los mercaderes de Cartagena, y ocupando los indios sólo en labranzas y cosechas de maíz. Llegó esto a tanto, que en dos años vino a ser el pueblo más rico de su tamaño que había en estas Indias, pues veinte españoles que constituían la nata del pueblo, tenían ya más de dos mil negros esclavos »( 2 ).

Cáceres, fundada en 1576 a orillas del Cauca, proporcionó entre 1580 y 1616 más de 1‘800.000 pesos en oro; Zaragoza (fundada en 1581 por Gaspar de Rodas) proveyó en 18 años, de 1602 o 1620, 23.000 libras de oro. Guamocó, desde 1611 aumentó de manera gigantesca los envíos de oro hacia España. Este último filón impulsó la construcción de un camino transversal entre Simití y Guamocó, en 1623, por Alejandrino Ramírez de Arellano, pues la entrada a este último se realizó originalmente por Zaragoza, a través del brazo de Caribona, trazado que según Pedro Salcedo del Villar, «era menos trabajoso, aunque penoso también»( 3 ).

Mompox, bajo cuya jurisdicción se encontraban Simití y Guamocó, recibía además en sus cajas reales los caudales que mandaban las administraciones de Zaragoza y Cáceres, dependientes de la villa. Naturalmente, este flujo económico fortaleció su vinculación con Antioquia por el Cauca. Al efectuar el quintaje (deducción de la quinta parte de lo recaudado, con destino a las arcas de la corona) y la distribución del oro, buena parte de éste quedaba en las faltriqueras de los acaudalados comerciantes momposinos y era destinado a embellecer a las damas con las prendas elaboradas por los hábiles orfebres locales, o a los objetos de culto. Sin embargo, el oro encontraba un competidor de peso en la costumbre de las mulatas y zambas de ojos centelleantes: éstas se engalanaban con diademas de cocuyos que capturaban vivos, mantenían en el tallo de una caña de azúcar, y luego sacaban por las noches para amarrarlos a sus cabelleras, que relumbraban con destellos fosforescentes para pasmo de sus admiradores, que no sabían dónde fijar la vista: si en el titilante brillo de sus diademas o en las caderas eléctricas de las mozas...

Notas

( 1 ) CAMACHO, MARTÍN. La boga de los indios. En, Noguera Mendoza, Aníbal. Crónica Grande del Río de la Magdalena. Bogotá: Sol y Luna, 1980, pág. 68.( regresar a 1 )

( 2 ) RESTREPO, VICENTE. Estudio sobre las minas de oro y plata en Colombia. Medellín: FAES, 1979, págs. 29-30.( regresar a 2 ).

( 3 ) SALCEDO DEL VILLAR, PEDRO. Apuntaciones Historiales de Mompox. Cartagena: Comité Hijos de Mompox. 1987, pág. 51.( regresar a 3 )

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