CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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Los negros cimarrones, en una tierra que, según fray Pedro Simón, «parecía que estaba rebosando el oro y no lo podía sufrir ya en sus entrañas», tenían que toparse también con el metal: un grupo de estos se dirigió a las fértiles tierras de Norosí y Tiquicio, en el sur del actual Bolívar, entre los brazos del Rosario y Loba y las ciénagas de Simití, donde logró refugio a principios del siglo XVII. Diego Ortiz Nieto, capitán a guerra de Tamalameque, encomendero de Pansegua y alcalde ordinario de Mompox, se dispuso a debelarlos y para tal efecto costeó una expedición que llegó hasta su territorio, del cual se prendó, y, ni corto ni perezoso, solicitó una extensa merced de tierras, que fue el origen de las famosas tierras de Loba, sobresalientes en la historia nacional. Dicha merced, confusamente delineada, llegó a abarcar aproximadamente 150.000 hectáreas, y le permitió desarrollar una doble actividad como hacendado y dueño de minas, aunque fue pronto perforada en todos sus flancos por negros libertos, cimarrones y blancos pobres que se establecieron allí sin permiso ni pago de terraje (arrendamiento de las tierras). La presencia de éstos dio origen a las poblaciones de San Martín de Loba, Hatillo de Loba, Barranco de Loba y El Banco.
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| El Champán. Navegación por el Magdalena. (Tomado de: Costumbres Neogranadinas, Ramón Torres Méndez, 31 x 26,5 cm. Imprenta de Martínez Hermanos, 1852, Bogotá. Biblioteca particular de Pilar Moreno de Ángel). |
En 1650 ocurrió un acontecimiento trascendental para la comunicación interior del Nuevo Reino: tras una intensa labor de cuatro meses, tiempo asombrosamente corto para sus consecuencias, y con el trabajo de dos mil negros esclavos, se logró interconectar la red de ciénagas y caños que corrían al occidente de Cartagena, para construir el Canal del Dique, con lo cual Cartagena quedó en comunicación directa por agua con el río Grande, y se acabó la pesadilla de los transbordos y sufrimientos para el acceso al puerto marítimo. Además, se estableció el champán como medio. Este consistía en una gran canoa de unos quince metros de largo por dos de ancho, cubierto en el centro, en una tercera parte de su longitud, por un techo de palma asentada sobre resistentes bejucos, encima del cual los bogas realizaban la maniobra de apoyar contra el pecho una palanca que hundían en el lecho del río con movimientos perfectamente sincronizados, para oponerse al ímpetu de la corriente.
LA RUTA DEL GANADO: iHAY PARA TODOS!
Así, contra el pecho encallecido de los bogas, se mantuvo articulado un país que dependió, como pocos, de su río madre para la comunicación interior. El antes mencionado contrapunto entre la hacienda y el comercio configuro, por una parte, la expansión blanca desde Tolú y Mompox hacia la región del San Jorge y La Mojona, donde se establecieron importantes hatos y haciendas y, por otra, hacia la región de la provincia de Santa Marta, que presentaba una gravísima dificultad por la belicosidad de los indios chimilas, que mantenían en jaque a las poblaciones ribereñas e impedían el tránsito por su interior. El transporte de grandes vacadas a los centros de consumo, que desde fines del siglo XVII se había convertido en una importante actividad económica, subraya el aporte negroafricano en su manejo, pues los españoles, acostumbrados a la ganadería menor de la meseta castellana, desconocían los secretos manejos de las grandes vacadas y el vadeo de los ríos.
En este punto, es importante recalcar las características geográficas de la región costeño, de abundantes fuentes hídricas, que hacían impensable un tránsito fluido por la misma. Los ríos Magdalena y Cauca, hasta bien entrado el siglo XVIII, son las rutas prescritas por un medio fragoso, y buscar su madre, la obsesión de los osados que se aventuran harto más allá de las riberas en prosecución de fortuna. Los caminos, así se llamen «reales», no son más que trochas intransitables en invierno, siempre cruzadas por corrientes de mayor o menor intensidad. Por esto, una vez establecidas las haciendas ganaderas en la región del San Jorge y La Mojona, y en las sabanas del Paso del Adelantado, en el siglo XVII, la trashumancia de los ganados para llevarlos a las plazas de Cartagena y Santa Marta reviste ímprobas dificultades que solamente serán sorteadas con la habilidad y la sabiduría de los vaqueros de origen negroafricano, cuya cultura bantú proporciona el bagaje para afrontar estos menesteres.
Dicho sea de paso: cuando Alonso Luis de Lugo, el Adelantado de la Gobernación de Santa Marta, organizó en 1542 una expedición al Nuevo Reino descubierto por Quesada, llevó consigo una punta de reses, que en determinado momento se extravían en los montes, y dada la escasez de enemigos naturales y las favorables condiciones del medio, dos siglos después dieron origen a una increíble cantidad de vacunos, estimados, según los cálculos más conservadores, en 80.000 cabezas, que eran capturados por medio del elemental expediente de coger una res, construir un corral y darle muerte al animal dentro del mismo. Previamente, los participantes en esta actividad se habían desnudado, pues estaban convencidos de que en las ropas se impregnaba el olor humano que ahuyentaría a los ariscos animales, y, simplemente, esperaban a que sus congéneres, atraídos por la sangre, llegaran donde se encontraba el animal sacrificado. Una vez consideraban que había ingresado un numero apreciable, cerraban la tranquera, y tenían la base de un próspero hato. Además, capturaban las reses cimarronas con lazo, para llevarlas a los corrales de las haciendas constituidas, y hacían su repartición, de acuerdo con el número y las dificultades de la empresa, entre el dueño del hato y los participantes en la cacería.
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| Carta Corográfica del estado del Magdalena, por Manuel María Paz y Manuel Ponce de León, 1864. (AGN, Mapoteca 6, mapa 7). |
Estas reses —ganado pajuno andaluz, origen del «costeño con cuernos»— serían las que irían a alimentar los hatos de Jegua, Ayapel y San Benito Abad, en el San Jorge. Se requerirá, entonces, vincularlos con los mercados de Cartagena y Santa Marta.
LA RUTA QUE MATÓ A LOS CHIMILAS
Las familias Mier, Trespalacios y Hoyos de Mompox (en realidad, uno sola), fueron dueñas de extensos fundos que abarcaban desde la región de San Benito Abad, en el San Jorge, hasta la gigantesca hacienda de Las Cabezas, en plena ruta del contrabando. A mediados del siglo XVIII, durante el reinado de los Borbones, los cambios en la política española imprimen un nuevo rumbo en su actitud hacia las colonias. Llegan al poder los ilustrados, y con ellos la masonería. Su primera preocupación se dirige a la racionalización de las relaciones entre la metrópoli y la periferia, centralizando el poder estatal, y procediendo a la congregación civil. Se considera deletéreo el que amplias regiones permanezcan «sin Dios ni ley», puesto que fueron pobladas de manera espontánea por mestizos, zambos, mulatos y blancos pobres, quienes vivían «arrochelados, faltos de doctrina y pasto espiritual».
Se estimulo una reorganización territorial, de la cual serán destacados exponentes en la costa caribe José Fernando de Mier y Guerra, en la región momposina; Antonio de la Torre y Miranda, en las sabanas de los actuales Bolívar y Sucre, y José Palacios de la Vega —en menor grado— en el Sinú. Todos ellos procederán a fundar, refundar y poblar con la intención de ordenar los asentamientos humanos y hacerlos más controlables por el aparato estatal peninsular.
Por su parte, José Fernando de Mier, preocupado por la presencia del «tapón chimila», que impedía la comunicación expedita entre la región de El Paso, rica en ganados, y los centros que se abastecían con ellos, como Santa Marta y Cartagena, procedió a la fundación de veintidós pueblos, principalmente en la margen derecha del actual departamento de Magdalena, fronterizo a Mompox, los cuales nucleó de manera estratégica para cerrar por el río a los belicosos chimilas, y atenazarlos por medio de los puestos militares de San Angel y San Fernando de Pivijay. No eran cualquier desafío los chimilas, que sobrevivieron utilizando una guerra de guerrillas que hostigaba y desesperaba a los blancos de Mompox y su jurisdicción, durante casi tres siglos posteriores a la conquista. Según Antonio Julián:
«Estos son como los moros de Argel y Túnez en el Mediterráneo: corsarios, inquietos, crueles y traidores. Son el terror de los que navegan el río Magdalena, tienen siempre en consternación y susto a los que viajan por la provincia; y como están casi en el centro de ella, no hay lugar libre de sus inopinados asaltos fuera de las poblaciones grandes.
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Mapa del litoral del departamento del Magdalena, desde la desembocadura del río Magdalena hasta el Papare, con la isla de Salamanca y la ciénaga de Santa Marta. Año de 1817. (AGN, Mapoteca 4, mapa 228 A). |
»Es nación bárbara, porque nunca conquistada, a lo menos por entero, ni evangelizada, queda sin cultura, viviendo entre las negras sombras del gentilismo, ni aun se sabe qué Dios adora. Es traidora, porque nunca viene a cuerpo descubierto. Arma sus emboscadas, y cuando menos piensa el pasajero, se siente encima una lluvia de flechas que ocultamente le disparan. Es terrible de todos modos. Terrible por sus flechas envenenadas, terrible, por vagabunda y corsaria por todos los confines de la provincia, y terrible, porque mete las asechanzas donde menos imagina el pasajero incauto. Se mete el chimila entre matorrales junto al camino real, y una hoja, como de palma o de plátano, basta, no digo para esconderse un chimila, sino una tropa de ellos ( 4 ).
José Fernando de Mier y Guerra habla participado exitosamente en la represión de los arhuacos y koguis del sureste de la Sierra Nevada, y como premio por su labor, recibió, por merced del Cabildo de Santa Marta, las estancias de Curucatá, Pantano y Tenso, cerca de San Sebastián de Rábago, en las que utilizó a los indios sometidos y concertados. Luego compro un hatillo de ganado vacuno, bestias, herrería y molinos en la jurisdicción de Pueblo Nuevo, Valencia de Jesús, más abajo de la Sierra, en la llanura de Upar. En 1740 se estableció en Mompox, y contrajo matrimonio con su prima, la protomédico Juana Bartola de Mier, hija de Juan Bautista de Mier, propietario de la gigantesca hacienda de Santa Bárbara de los Cabezas (42.000 hectáreas), por donde cruzaba el «Camino de Jerusalén».
En los esfuerzos de Mier y Guerra se conjugan dos factores: por una parte, su interés personal en despejar la ruta para permitir el libre tránsito de pasajeros, mercaderías y el ganado que iba a abastecer la plaza de Santa Marta desde las haciendas que pertenecían a su familia, y por otro, el interés de la corona en el mismo propósito, pues el conflicto con los ingleses le hacia prever que, en caso de guerra, las ciudades de Cartagena y Santa Marta requerían con urgencia ser atendidas con prontitud, tanto en hombres como en alimentos.
El virrey Eslava, entonces, comisiona a Mier y Guerra para que construya un camino entre El Paso del Adelantado y Tenerife, atravesando las tierras de la «belicosa bárbara nación chimila», con el fin de asegurar que se abastecieran de las plazas de Cartagena y Santa Marta. Debía, además, promover el poblamiento blanco de la región, fundando caseríos de gente libre.
Notas
( 4 ) JULIÁN, ANTONIO. La Perla de América. Bogotá: Academia Colombiana de Historia. 1980, pág. 114.( regresar a 4 )



