CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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Los varadores en un mismo río se encuentran en los saltos y raudales que no son navegables o que sólo se pueden atravesar en el «invierno» o en el «verano». Por eso, coinciden casi necesariamente con orillas rocosas y de paso difíciles, donde algunas veces la embarcación tiene que ser arrastrada dando un gran rodeo para sortear el obstáculo, como en el salto de Jirijirimo, en el Apaporis, o en el raudal del Araracuara en el Caquetá. En este último varador existen actualmente tractores que se emplean para llevar embarcaciones cuando es necesario. En todo caso las técnicas del arrastre son iguales a las empleadas para cruzar de un río a otro río.

En algunos raudales hay canales laterales o chorros de menor fuerza que permiten el paso de embarcaciones descargadas en algunas épocas del año o permanentemente. Con la ayuda de cuerdos y palancas se hace el arrastre de la canoa sobre las aguas someras evitando los golpes contra las rocas y la entrada de agua. En este último caso una embarcación adquiere en pocos segundos un peso adicional de varias toneladas haciendo prácticamente imposible impedir que sea arrastrada por la corriente. Estos eventos y muchos más convierten este procedimiento en una técnica con altos riesgos que exige conocimiento, pericia y, especialmente, una gran capacidad para soportar esfuerzo y penalidades prolongadas.

CAMINOS DEL CAQUETÁ Y PUTUMAYO

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La canoa del doctor Crevaux entrando en el Yarí (?). Grabado de Riou. Es más probable que la escena haya tenido lugar en el río Guaviare, dada la ruta seguida por Crevaux. (Tomado de: América Pintoresca tomo 1, 1884, Edición facsimilar de Carvajal y Cía. 1980-1982. Biblioteca particular de Pilar Moreno de Ángel).

«A esta asperísimas regiones por sus nunca bien ponderadas fragosidades, por sus precipicios en vez de caminos, con todo género de peligros, arriesgadas navegaciones, tanto por las fatales circunstancias de algunos ríos, como por los insultos que can frecuencia se han experimentado de aquellos indios (por el disgusto que les causa y repugnancia y desconfianza que manifiestan cuando algún extraño les pisa y registra sus tierras); agregándose a todo su mal temperamento: A estas regiones, digo, ningún sujeto de mediano pasar, como es notario, se había antes que Yo atrevido internar; y solamente los dichos Misioneros, a costa de muchas fatigas, trabajos y peligros, son los que por vocación sacrifican sus saludes, y no pocas veces sus vidas en aquellos remotísimas, y difíciles peregrinaciones».

Así describió don Sebastián Josef López Ruiz, en la segunda mitad del siglo XVIII, las dificultades que presentaba el ingreso a los territorios orientales, después de haber realizado sus exploraciones «a las montañas de los andaquíes o misiones de los ríos Caquetá y Putumayo para inspeccionar y cultivar los árboles de l canela silvestre que nacen en aquellas selvas y en sus informes sobre «la cera de abejas que se extrae de los montes de los ríos Orteguaza, Caquetá y Putumayo». (López, 1783; folios 63,64). Un siglo más tarde, penetrar en aquellas regiones se seguía considerando en exceso peligroso aun para los más experimentados expedicionarios de entonces, como el geógrafo Agustín Codazzi:

«He salido felizmente de los Andaquíes, después de haber levantado el Mapa de aquel extenso desierto y malsano territorio. A fuerza de plata y regalos que llevé, adecuados para los indios, he conseguido recorrer espacios inmensos en poco tiempo; y puedo asegurar al Gobierno, que ninguna de mis expediciones me había costado tanto dinero, ni había sufrido tantas penalidades, ni me había visto, como en esta vez, tan a menudo expuesto a perder la vida»(Codazzi, 1857, Caja No. 66, folios 1, 2).

Los que en tiempos remotos fueran los caminos de la miel (la que desde épocas prehispánicas endulzara la vida de los Andes) y de la cera (con la que se iluminaban las ceremonias religiosas en parroquias y doctrinas en la Colonia) se convertirían, en la segunda mitad del siglo XIX, en los caminos de las quinas y de los cauchos. Las cortezas de las quinas, después de un largo recorrido, llegaban al viejo continente para el bien de la salud de los europeos y con el látex se empezaba a mover el mundo de la revolución industrial en bicicletas, trenes y automóviles. El descenso desde el Huila de caucheros independientes y de trabajadores enganchados por empresas hacia los bosques del Caquetá, fue dando lugar también a «entradas», trochas y caminos que acercaban a esos hombres a los codiciados árboles silvestres de las gomas.

Cuando se constituyó en Timaná la Compañía del Caquetá (1887) para extraer las gomas de las áreas del Caguán y del Orteguaza, los accionistas de ésta se comprometieron a promover la apertura de un camino de herradura que pusiera en comunicación directa, rápida y segura la parte sur del departamento del Tolima Grande con el territorio del Caquetá, el cual debía terminar en un río navegable. Las especificaciones del camino, que cruzando la cordillera Oriental comunicara con un puerto del río del Hacha, establecía un promedio de cinco metros de ancho para que pudieran transitar bestias cargadas. En contraprestación el gobierno departamental del Tolima se comprometió a pagarle a la compañía la suma de ocho mil pesos y a otorgarle la cantidad de diez mil hectáreas de terrenos baldíos (Estatutos, 1887; págs. 1-24).

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La ejecución de este contrato y de otros similares, comunes en la época, dependió en gran medida de senderos, trochas, «picas» y caminos ya existentes por donde habían transitado en la Colonia los padres misioneros y aún, en tiempos prehispánicos, pieles, plumajes, pájaros, barnices y otros productos obtenidos por los indios del piedemonte y de las tierras bajas. De hecho, todos los pueblos del cantón de Timaná lindaban con los andaquíes y solamente los separaba la rama de la cordillera de los Andes. Por el distrito de La Ceja había tránsito y comunicación inmediata con las poblaciones indígenas. El pueblo de La Ceja había servido, al final del siglo XVII y en el transcurso del siglo XVIII, de punto de escala de los misioneros. Las dimensiones de las distancias, en la época, eran: de La Ceja, transitando por tierra, hasta el río Bodoquerita, 30 leguas; de La Ceja hasta el punto del Mosco, en el río Pescado, 32 leguas; de La Ceja al Bodoquero, por tierra y agua, 35 leguas; de La Ceja a Santa Rita, por tierra y agua, 47 leguas; de La Ceja al sitio de la Fragua, por tierra y agua, 52 leguas; de La Ceja a San Antonio, por tierra y agua, 61 leguas; de La Ceja a Picuntí, por tierra y agua, 75 leguas; de La Ceja a Santa María por tierra y agua, 160 leguas (Domínguez, Gómez, 1991, pág. 148).

Finalizando ya el próspero negocio de los quinas, los trabajadores enganchados por la Compañía Perdomo & Falla, que se formó en Campoalegre en el año de 1885 para la extracción de los cauchos colorado, blanco, negro y siringa, entraron por el camino de La Estrella y se establecieron en San Venancio, a orillas del río Caguán. Allí construyeron la primera casa para almacenar el caucho de la empresa y más tarde, en 1898, viendo que se hacia difícil el arribo de las embarcaciones al sitio nombrado, a causa de los muchos «chorros» que hay en esa parte del Caguán, resolvieron abrir una trocha que partiendo de La Estrella, condujera al nuevo sitio elegido por la agencia cauchera, dando lugar, así, a San Vicente del Caguán.

Antes de la disolución de la compañía, ésta celebró un contrato con el Gobierno nacional por medio del cual se comprometía a abrir un camino que, partiendo de Campoalegre, fuera a San Vicente, y a construir una casa de Gobierno, y a poner una lancha en el río Caguán, a cambio de que el Gobierno le diera el derecho de explotar los cauchos de las montañas comprendidas entre El Yarí y El Caguán. La compañía cumplió con los dos primeras obligaciones, mas no con la última, porque cuando la lancha venía en camino, la compañía quebró a causa de la baja del precio de las gomas (Comisario, 1926; t. 937, folios 74, 78). A comienzos del siglo XX el camino de los caucheros que empezaba en Campoalegre (Huila) y terminaba en el caserío de San Vicente, se utilizaba ya como camino de herradura y en su recorrido se gastaban seis jornadas, pasando dos veces el río Pescado y trasmontando la altura del cerro Morado que hacía penosa la travesía. En ocasiones los viajeros preferían ahorrarse una jornada tomando la variante que empezaba cerca de la quebrado de Las Perlas en la orilla derecha del río Pescado, y, sin atravesarlo, llegaban al sitio de Veracruz, antes llamado Guacamayas. De igual manera, por la variante de Ricaurte a la quebrado de Las Perlas se evitaba la ardua ascensión al elevado cerro de La Cocorra.

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Mapa de la Amazonia colombiana, para uso militar. Año de 1911. (AGN, Mapoteca 7, mapa 1333).

En el centro de la cordillera se atravesaba el río Córdoba y por la impetuosidad de sus aguas se hizo indispensable la construcción de un puente de madera cubierto de teja metálica, sobre estribos de mampostería que era necesario cuidar, pues fue costumbre de arrieros y tercieros no solamente alojarse debajo de los puentes, sino también arrancar la madera para leña y sucedía como en el camino de Florencia, que prendían fuego dentro de ellos y destruían los tambos que les daban abrigo, con la impunidad que les ofrecía la soledad del sitio.

El viaje de San Vicente a Puerto Rico se hacía por los ríos Caguán y Guayas, que se unen en el punto de La Bocana, a unas 22 leguas abajo de aquel y a unas 18 de éste. Se gastaban ocho días de navegación, en lo que se debían superar las muchas y grandes curvas del cauce del Caguán y las «frecuentes palizadas» (Montoya, 1917, t. 779, folios 481-487).

Como la comunicación entre San Vicente y Florencia sólo era factible por la Vía Nacional, es decir, por Garzón y Campoalegre, viaje en el cual se empleaban por lo menos 15 días, se proyectaba por entonces (1914) la apertura de un camino bueno de herradura que comunicara directamente a San Vicente con Florencia y que, pasando por el camino de Puerto Rico, aprovechara el trayecto existente de las «doce jornadas de trocha cauchera» con el fin de reducir a tres o cuatro días lo que en la época demandaba diez o doce. No obstante, la realización de este proyecto sólo sería posible décadas más tarde ya que «el negocio del caucho, que había constituido el único objetivo de la entrada en esas regiones» había caído en su más profunda crisis. Además, el modo como se practicó allí la extracción del látex no produjo otros efectos que la «destrucción de esa misma fuente de riqueza (el modo de extraer el caucho destruyendo el árbol), la ruina social y económica de los trabajadores principalmente y la imposibilidad de la colonización. Los negociantes empresarios no han cuidado de poner la ley divina por base de sus operaciones ni de atender eficazmente el bien social o económico de sus trabajadores; estos a su vez no han dudado en adeudarse de aquellos, y gastar su dinero en vicios; pero ni unos ni otros han pensado en fundar una finca agrícola o pecuaria ni en aprovechar alguna de las demás fuentes de riqueza de aquella tierra».

De hecho, mucho «gente infeliz» se encontraba sin recursos ni modo de proporcionárselos por la crisis cauchera y el Gobierno había enviado canoas por el Caguán abajo para recoger «todo esa gente que había quedado por allá en estado de morir de hambre» (Esteban, 1914, folios 304-307).

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