PARTE I:
LAS RUTAS DE LA HERENCIA PREHISPÁNICA

 

CAPÍTULO 5:
POR LAS MONTAÑAS TAIRONAS
Los caminos de la Sierra Nevada de Santa Marta

CARLOS ALBERTO URIBE T.

PARTE 1

Era una de esas madrugadas del Caribe, brillantes y frescas, un día del mes de junio de 1986. Palomino, que tal era el pueblo, se alistaba para otro día de tráfago entre Santa Marta y Riohacha por la carretera Troncal del Caribe. En instantes comenzará su interminable y alocada procesión por «La Negra», como llaman a la Troncal los indígenas koguis de la Sierra Nevada, las tractomulas de la mina de El Cerrejón, las flotas Thermo King, los buses y las chivas proletarios, las cuatropuertas y las Rangers de vidrios oscuros y placas de Venezuela.

Durante el día, algunos conductores detendrán sus vehículos frente a la estación de servicio. Su propietaria, la rolliza negra Pacha, presidirá con su usual adustez la provisión de gasolina, las despinchadas, el expendio de refrescos y comidas, y la venta de víveres, chucherías y abalorios de diversas calidades y procedencias, legales e ilegales. Otros motoristas serán requeridos en su marcha por los policías del retén, localizado justo al final del puente sobre el río Palomino. Y en medio del maremágnum de vehículos y gente, de forasteros y lugareños, de ruidos, de olores y de animales domésticos andariegos por calles polvorosas, uno que otro nativo de la Nevada, tímido, desfilará por las tiendas del pueblo. Como aquel indígena arsario (wiwa) que ahora está comprando plátano, que empaca luego en su repleta mochila de fique, junto con las baterías para el radio y la linterna, las barras de jabón, las pastas, las sardinas, y los jarabes recién entregados por la enfermera del puesto para su pequeñín con tos que se quedó con la madre allá arriba en el monte.

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Detalle topográfico en la Sierra Tairona o Nevada de Santa Marta. Siglo XIX. (AGN, Mapoteca 6, mapa 77).

Esa mañana, sin embargo, no esperábamos a la vera de la carretera algún vehículo para ir a Santa Marta o a Riohacha. Por el contrario, estábamos pendientes de la llegada de nuestro guía, Chucho, quien habría de conducirnos al poblado kogui de Taminaka situado río Palomino arriba, a tres jornadas de marcha Sierra Nevada adentro.

No tardó mucho tiempo antes que divisáramos, a lo lejos, al guía acompañado de su mula. Cuando estuvo cerca, bastó una mirada al tal Chucho para que yo empezara a preocuparme. Y es que este Chucho era un hombre alto, bastante flaco y desgarbado, sus ojos siempre clavados en el suelo. Lucía una larga y desordenada cabellera negra,
a la usanza de los hombres koguis, mientras que de uno de sus hombros colgaba una mochila de fique fabricada por los mismos indígenas. Todo en él evocaba la imagen de un hombre kogui adulto, excepto por sus raídos jeans y su camisa de cuello entreabierta, muy diferentes de las mantas de algodón que visten los indígenas, y por no portar consigo el infaltable poporo para la cal que los hombres nativos mezclan con hojas de coca en sus bocas. Después supe que mi impresión inicial no fue del todo incorrecta: a veces Chucho se engalana como un kogui cabal, antes de emprender sus correrías de comerciante ambulante de chucherías por los poblados indígenas de esta parte de la Nevada. Extraño mercader éste que en todo trataba de imitar a sus clientes nativos, no obstante ser él nacido en una comuna popular de Medellín.

Trasplantado un 12 de octubre de 1970 a Palomino, su «nuevo mundo», allí se quedó porque «había trabajo». Ahora, casado con una indígena wayúu (guajira), y pasadas las vicisitudes traicioneras de la marimba, había encontrado en el comercio al menudeo su principal fuente de sustento, ingresos que complementaba, de cuando en cuando, con el oficio de guiar antropólogos por las trochas interminables de la Sierra. Pero, en fin, es que nada resulta extraño por esos lados.

Colgados presto nuestros trastos en la mula de Chucho, emprendimos pues la marcha Sierra arriba. Al comienzo parecíamos una partida en pos de un día de campo. El sol mañanero iluminaba las planas vegas del Palomino, mientras nosotros recorríamos, con paso alegre, la vereda que comunica las fincas campesinas fundadas en la angosta franja costanera de esta vertiente norte del macizo serrano. Los bosques debieron llegar, antes de la colonización del Palomino, hasta casi la propia playa. Todavía se observaban, aquí y allá, sobre todo hacia las cumbres de las montañas al frente, áreas cubiertas con una vegetación más o menos natural y parches de árboles con un denso follaje.

Adelante de nosotros, e indicándonos el camino, marchaba Chucho con su mula de gitano. De pronto, sin grandes avisos, la senda demarcada en el suelo amarillo por el incesante paso de la gente y sus acémilas comenzó a empinarse y hubimos entonces de ascender a las primeras «serranías», para usar un término de la parla local. Las gotas de sudor aparecieron en la frente, y a poco ya estábamos todos bañados por la exudación de nuestros cuerpos, que comenzaban a mostrar los primeros síntomas de la fatiga que habría de acompañar por muchos días a aquellos citadinos encaramados en las montañas de los míticos taironas. Pronto todo fue humedad de cuerpos sudorosos; humedad de la evaporación del rocío matinal; humedad del río y de sus innumerables riachuelos, arroyos y quebradas tributarias; humedad de la vaporización de los charcos de viejas lluvias; humedad del barro húmedo; humedad de la selva tropical húmeda, que antes de la mitad de la primera jornada comenzó o envolvemos con sus olores y colores, con sus cantos y sus sonidos de variadas armonías y cacofonías para estos oídos acostumbrados al runrún de los motores inventados por la industria. Y subíamos una pendiente, sólo para volver a bajar al próximo arroyuelo. Y déle otra vez que hay que ascender por esa trocha que se empina y se empina («rayos, cuándo llegaremos a la cumbre»), sólo para descolgarnos casi rodando de espaldas por ese tobogán de barro. Arriba, abajo, suba y baje, y sáquele el quite a esa raíz, a esa piedra, a ese hueco («¡cuidado y no se caiga en la quebrada!»), y ahí va la mula de Chucho, tranquila con sus fardos, «¡es que esa verraca mula si es trochera para estas sierras!».

Casi todo el resto de ese primer día se nos fue en esas andanzas, hasta que al término de la tarde nos topamos de repente con un grupo de casas indígenas. El sitio se llama, de manera evocadora, Sabana Culebra, y allí en medio de sus sembrados de maíz, yuca y café, y de numerosas cabezas de ganado, vivían entonces varias familias de indígenas wiwas e ikas (arhuacos). «Antes no estaban por estos lados estos indígenas», se apresuró a contarnos Chucho, ya bien posesionado de su nuevo oficio de informante antropológico. Como que esos tierras habían sido ocupadas por campesinos criollos que escapaban de la Violencia del interior en la Sierra Nevada. Los colonos, sin embargo, fueron obligados a «vender» sus fundos por los combos de guajiros armados hasta los dientes que protegían las plantaciones de marihuana de la zona y los interminables trenes de mulas que transportaban la yerba hasta la boca del Palomino, la primera escala de su viaje hacia el norte. Eran los tiempos de la Santa Marta Golden, de las guerras entre los bandos, de pintorescos mafiosos que como Lucho Barranquilla regalaban a los pobres billetes a manos llenas, en medio de épicas parrandas con torrentes de whisky contrabandeado, mujeres de buena y mala conducta, y los mejores conjuntos vallenatos que dedicaban sus inspirados versos a los «gavilanes mayores» de la cannabis. Parecía que mientras los «gringos» siguieran fumándose las selvas de la Sierra, no se acabaría esta gran fiesta tropical. Pero igual que vino la prosperidad, ésta pasó, y entonces los indígenas pudieron volver a ocupar tierras que otrora fueron habitadas por los koguis, y todavía antes por otros nativos que hoy reciben el nombre genérico de taironas. Y entre esos que la imaginación antropológica trata como los descendientes de los taironas, dormimos esa noche nuestro cansancio.

El día siguiente muy temprano volvimos a reiniciar la marcha. De nuevo, el camino de herradura se extendía por el paisaje a la manera de una gran montaña rusa bordeada por una apretada muralla de árboles, e interrumpida aquí y allá por un claro en el que se amontonaban los sembrados de pancoger, de café y caña de azúcar de algún indígena o quizá de un campesino. Hasta que llegamos al río Lucuici, un tributario del Palomino, que marca la frontera entre el territorio de los wiwas, los ikas y los colonos, y el territorio de los koguis.

Refrescados por las frías aguas del río, comenzamos un largo y difícil ascenso. Más de cinco horas trepe y trepe por una estrecha y tortuosa senda, para remontar una serranía colocada cual barrera en dirección este-oeste hasta alcanzar los 1.800 metros sobre el nivel del mar. Era como si para poder llegar a nuestro destino entre los koguis, los «hermanos mayores» de toda la humanidad, debiéramos cumplir con una gran penitencia purificadora. Era como si para alcanzar el cielo, esa cumbre desde la cual nuestros hermanos mayores nos miran entre atemorizados y desdeñosos o nosotros, a sus «hermanitos menores», hubiera que soportar las ordalías que este purgatorio de barro, sudor y mosquitos nos ofrecía implacable. Y subíamos una cuesta, sólo para tener que ascender por un desfiladero en el que hasta la mula de Chucho parecía arrepentirse de todos sus pecados. Toda una expiación acometida en medio de la selva, de la niebla, de la lluvia, mientras en la distancia los micos araguatos aullaban su concierto de desdeñas a este lastimoso puñado de «héroes» tragicómicos de la «civilización». Más tarde aprendimos que el mal estado del camino obedecía a una razón más prosaica. Como sus ancestros que guerrearon con los españoles, los indígenas de hoy lo mantienen intransitable, a propósito, para disuadir a extraños caminantes.

Cuando por fin llegamos a la última cumbre, el brillante sol del atardecer abrió entre nosotros un escenario maravilloso y gratificador: allá, al fondo, cual bucólico pesebre se divisaba todo el valle de Taminaka, el pueblo kogui que queríamos visitar para observar las fiestas del solsticio de verano. Esas mismas fiestas en las que los aldeanos sacan en andas una descolorida estatua de iglesia de un santo católico que, se supone, representa a San Luis Beltrán, su santo y patrón. Esto es, claro está, si los koguis decidían dejarnos quedar entre ellos, tan poco amigos como son de visitas inesperadas de sus hermanitos menores que todo lo creen saber, pero que en realidad no saben, pues son como muchachos que no han aprendido la «ley de antigua», la ley de los indígenas serranos. Y mientras yo pensaba en estos detalles del recibimiento, miraba de reojo al «hippie» Chucho, y confiaba que él tuviera tan buenas relaciones con los indígenas como sus amigos hippies seudo-koguis de la comuna de Lucuici, dos de cuyos representantes, un hombre colombiano joven y una inglesa ya medio madura y su hijo casi adolescente, nos habíamos topado en el camino el día anterior. Curioso encuentro éste: antropólogos y hippies cruzan sus caminos en medio de las montañas sagradas que son para los indígenas el centro de todo el universo.

Al amanecer del tercer día comenzamos presurosos nuestro descenso a Taminaka, desde la finca del compadre kogui de Chucho en cuyo patio habíamos acampado durante la noche, sin el permiso de su dueño. Al llegar al pueblo, hacia el medio día, la fiesta del solsticio se encontraba en la etapa final de los bailes públicos en la plaza. Hombres, mujeres y niños con sus mejores galas danzaban el baile de la cataneja, de la culebra rabo de ají, del toro que pelea con el tigre, del mono machín, al son de flautas, tambores y maracas, mientras los «oficiales» de las fiestas y sus mujeres repartían totumados de guarapo y de chirrinche a la enloquecida multitud que celebraba su año nuevo en pleno junio. Una breve interrupción para ver qué querían estos hermanitos menores que acaban de llegar acompañados del compadre Chucho: —«¡No, nosotros hoy no queremos comprar nada de hermanito menor porque estamos de fiestas!», afirmaba, incómodo, el comisario mayor encargado del recibimiento. Y la respuesta: —«Mire comisario, es que nosotros no somos comerciantes. Solamente venimos a aprender la ley de los antiguos hermanos mayores»—. Y siguió la fiesta, ahora con todo y antropólogos.

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Mapa de la región de la Goagira, desde la laguna de Maracaibo hasta el río Magdalena, año de 1754. (AGN, Mapoteca 6, mapa 60).

PARTE II

La anterior descripción de un ascenso a un pueblo kogui no es en verdad muy original. Toda la abundante literatura de viajes que la Sierra Nevada ha engendrado desde los tiempos de los cronistas españoles, está repleto de relatos semejantes, algunos de ellos con desenlaces dramáticos. Entre mis favoritos se halla el del famoso geógrafo francés Eliseo Reclus. Como que su sueño de fundar una colonia anarquista entre los koguis de San Antonio, sobre el río Garavito más al este del Palomino, casi le costó la vida en 1856. Derrotado por la fiebre amarilla, la acción de los elementos, las dificultades de transporte, la indiferencia de los nativos, y hasta la desidia de un socio francés que se consiguió en Riohocha, Reclus hubo de abandonar sus sueños en este «pequeño nido terrenal». «Con profunda tristeza» debió partir, pues, de entre «esos pobres indios, dejándolos tan bárbaros como cuando los vio por primera vez», para regresar a Francia (cf. Reclus, 1992:249).

Si se examinan estas crónicas y relatos de viajes serranos, aparece un contraste bien significativo e importante. En efecto, los cronistas del siglo XVI, como Juan de Castellanos y Pedro de Aguado, y sus herederos del siglo siguiente, como Pedro Simón, que se ocuparon de narrar la conquista española de los taironas después de la fundación de Santa Marta en 1525, describen con términos elogiosos la extensa y bien construida red de caminos indígenas que comunicaba entre sí las costas de la vertiente

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Mapa general de la provincia de los indios goagiros. Año de 1772 (AGN, Mapoteca 6, mapa 112).

norte y noroeste de la Sierra Nevada. Eran tan conocidos estos caminos, que los cronistas nunca se preocuparon por dejar descripciones detalladas de las rutas, ni de su colonización, ni de las distancias aproximados entre las famosas ciudades y demás asentamientos taironas que interconectaban, como los hoy llamados Pueblito y Ciudad Perdida. En cambio, si se leen los documentos históricos de finales de la Colonia y las crónicas de viajes del siglo XIX, sus autores invariablemente se quejan de lo difícil y peligroso que era transitar por aquellas fragosísimas montañas y cuchillas, intersectadas por desfiladeros y precipicios entre los que corren rápidos ríos cuyas aguas en épocas de lluvias arrasan con todo lo que encuentran a su paso. Los interrogantes son, entonces, obvios: ¿Qué se hicieron estos caminos bien construidos con lajas de piedra pulida? ¿Qué pasó con los puentes de piedra, los desagües, los terraplenes y las demás obras de ingeniería de transporte prehispánicas? ¿Por qué se abandonó toda esta infraestructura, laboriosamente construida por el trabajo nativo de varios cientos de años, de tal forma que las distancias entre las costas y las montañas pudiesen recorrerse a pie en cortas jornadas?

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