CAMINOS REALES DE COLOMBIA
© Derechos Reservados de Autor
La respuesta a estas preguntas tiene nombre propio: el del muy magnífico señor don Juan Guiral Velón, gobernador y capitán general de la provincia de Santa Marta y Río de la Hacha de las Indias Occidentales del Mar Océano, que lo fuera por el año de 1599 cuando se desató la última gran rebelión de los indígenas taironas. Entonces, don Juan, a la cabeza de un ejército improvisado de colonos y soldados desocupados, marchó a las breñas noroccidentales de la Nevada para domeñar el alzamiento. Tras arduas campañas, Guiral Velón y los suyos alcanzaron la victoria en el año de 1600, no obstante la feroz resistencia que los pueblos indígenas de ese lado del macizo opusieron a su enemigo.
El gobernador victorioso surtió una condena brutal y despiadada para castigar a los indios culpables de traición y alevosía y de cometer un crimen de «legi magestati». En la sentencia encontrada por Ernesto Restrepo Tirado en el Archivo de Indias, se mandaba ajusticiar, después de terribles torturas, a los líderes e indios principales de los pueblos de Jeriboca, Bonda, Masinga, Durama, Origua, Dibocaca, Daona, Masaca,
Chengue, y «los demás sus aliados». El texto de la misma comienza así: «Primeramente: A Cuchacique, principal de dicho pueblo de Jeriboca y principal movedor de dicho alzamiento lo condeno a que sea arrastrado a la cola de dos potros cerreros, y hecho cuatro cuartos, y puestos por los caminos, y la cabeza puesta en una jaula en donde nadie la quite so pena de muerte para que a él sea castigo y a otros ejemplo». Después del castigo a Cuchacique, Guiral Velón ordenó que otros 67 líderes de la sedición fuesen «ahorcados por sus gargantas hasta que mueran naturalmente» para que «a ellos sea castigo y a los demás ejemplo». El gobernador mandó asimismo que dos indios encontrados culpables del asesinato del cura doctrinero de Chengue y de un español que estaba con él, «asaetados» en el mismo lugar en el que cometieron su delito. El indio Torigua de Jeriboca, culpable también en el alzamiento y de practicar el «pecado nefando», fue ajusticiado a garrote y su cuerpo quemado para que no «quedase de él memoria y se dé a entender a los demás indios que este castigo se ha de dar a los otros que cometiesen dicho delito». Finalmente, los pueblos que participaron en el alzamiento fueron quemados, después de ser saqueados por los soldados en pago por sus servicios, y los indígenas fueron prohibidos bajo pena de muerte de poblar áreas retiradas de Santa Marta y de difícil acceso (cf. Restrepo, 1937).
En 1600 desapareció, pues, para siempre la vieja civilización indígena que los arqueólogos llaman tairona. Entonces, el lujuriante bosque tropical comenzó a regenerarse indomado, para cubrir con su verde velo la red laberíntica de caminos prehispánicos, y formar una barrera infranqueable entre los nuevos señores de la tierra y los herederos del holocausto nativo, que tuvieron que refugiarse en regiones más inaccesibles y aisladas del macizo serrano (Reichel-Dolmatoff, 1954:148-149). Así, los ceramistas y los orfebres dejaron de trabajar el barro, el oro y los piedras semipreciosas. Los guerreros depusieron sus flechas envenenadas y sus macanas de guerra. Los sacerdotes nativos sobrevivientes corrieron con sus rituales y su parafernalia a esconderse en cuevas inaccesibles, lo más lejos que les hubo de los curas doctrineros émulos del santo Luis Beltrán. Todo el esplendor del pasado llegó a su fin. De tal esplendor sólo quedaron los recuerdos materiales guardados en las tumbas de los viejos gobernantes, muertos muchos años antes, y en los de los otrora poderosos sacerdotes, al igual que los anillos circulares de piedra, las terrazas de habitación y de cultivo y la red de caminos que comunicaban las ciudades ahora perdidas bajo la selva.
Con la victoria en 1600 del gobernador don Juan, comenzó asimismo la leyenda del mítico esplendor tairona. Después de todo, el famoso Dorado estaba todavía escondido
![]() |
Plano del Río de la Hacha, desde Maracaibo hasta Santa Marta y Valledupar, año de 1753. (AGN, Mapoteca 6, mapa 93). |
en las montañas de Tairona, o de Teyuna, en algún lugar de la provincia de Santa Marta, como lo afirmara con seguridad el sacerdote jesuita del siglo XVIII, Antonio Julián (Julián [1797], 1951:73-86). Y es que no hacía mucho que los esbirros de Guiral Velón habían terminado de cumplir con sus macabras órdenes cuando el cronista fray Pedro Simón escribió las siguientes líneas, que no hay comentarista que desde entonces no las haya reproducido con admiración. Se trata de la descripción del valle de la Caldera, a espaldas de la provincia de Betoma, valle que algunos creen, con más fe que certeza, debe corresponder al alto río Buritaca donde se encuentra Ciudad Perdida:
«Y porque si hay algún paraíso terreno en estas tierras de indios parece ser este (...). Está todo coronado de altas cumbres, desde donde hasta lo hondo habrá ocho leguas, por partes menos, todas sus cuchillas quebradas, de dulcísimas aguas de oro (que como culebras de cristal se deslizan de sus cumbres hasta lo profundo del valle), espaldas y amagamientos poblados de crecidos pueblos de indios que se veían todos de todas partes de sus laderas con agradable vista, los más de mil casas que habría, que en cada una vivía una parentela. Pero lo que más deleitaba la vista era sus muchas plantas de raíces y maíces, batatas, yucas, ñames, auyamas, ajíes, algodonales y arboledas casi todas frutales, ciertos manzanos, guamos, guaímaros, mamones, guayabos, ciruelos, curos, piñones, plátanos y otros muchos fructíferos y de madera para sus casas y quemar en los bohíos del diablo donde (...) ardía fuego toda la vida, de leña olorosa, que los tenían estos caneyes y otros en que guardaban sus joyas, plumas y mantas y donde hacían sus fiestas y bailes de extraña grandeza (pues eran los más de a sesenta y setenta pies de a tercio de largo), limpieza y curiosidad, como la tenían en los patios enlosados de grandísimas y pulidas piedras, con sus asientos de lo mismo, como también los caminos de laja de a tercio. En cierto pueblo había una escalera bien labrada de seis o siete escalones de vara de alto, y otra angosta por medio para subir a ésta, donde se ponían a ver las fiestas que se hacían abajo en un extendido y bien losado patio. Hablo a las veces en pretérito y otras de presente, porque estas cosas algunas permanecen, y de otras no hay rastro» (Simón, 1981, VI:285).
Tras los rastros de las casas taironas que permanecen, llegaron los buscadores de tesoros y los arqueólogos del siglo XX. Después del alemán Konrad T. Preuss y del sueco Gustaf Bolinder, visitantes de la Nevada durante los años de la Gran Guerra europea y los primeros de una gran procesión de arqueólogos y antropólogos, arribó el norteamericano J. Alden Mason en 1922. Venía de Chicago, por encargo del Field Museum of Natural History, y se quedó algo más de un año ocupado con varios yacimientos arqueológicos costaneros cerca de Santa Marta y con excavar en la ciudadela tairona de Pueblito, unos cuantos kilómetros tierra adentro del cabo de San Juan de Guía. Mason también recorrió varios caminos prehispánicos, en una excursión etnológica por el territorio kogui que lo llevó desde el río Frío, en la vertiente occidental del macizo, hasta Dibulla, en la vertiente norte. Al referirse al estado en que halló el sistema tairona de vías, opinó que «estos viejos caminos se encuentran, en su mayoría, descuidados, excepto aquellos que todavía son utilizados como caminos de herradura. Y es que para vehículos motorizados las pendientes son muy grandes. Más aún, lastimosamente las carreteras modernas de la región son inferiores a los caminos indígenas». J. A. Mason remato su observación con el comentario de que en Panamá, «bajo régimen americano (sic), las calles son asfaltadas, limpias, un crédito para cualquier ciudad americana, pero en Santa Marta y en todas las ciudades colombianas pequeñas, (...) buenas y modernas carreteras son un sueño del futuro» (J. A. Mason, 1924:16; mi traducción) (cf. J. A. Mason, 1926; 1931).
![]() |
En la década de 1930, otro antropólogo norteamericano, Gregory Mason, volvió a excavar en sitios costaneros al este y al sur de Santa Marta y a recorrer los pueblos koguis, de la vertiente norte descubriendo, de paso, otra «ciudad perdida» que llamó Tairo. De los caminos de piedra y de las escaleras que se encuentran en el territorio de los indígenas, este Mason escribió que «eran idénticos en su construcción a aquellos que se hallan en el área tairona abandonada de los pendientes más bajas de las mismas montañas». Según se lo refirió el comisario Silvestre Lavata, de Palomino (Taminaka), «todas las construcciones megalíticas de las dos áreas habían sido realizadas por los antiguos kággabas [o koguis], según una alianza político y económica. De acuerdo con sus términos, los kággabas realizaron la albañilería y desempeñaron mucho del trabajo pesado para ambas tribus. Los taironas hicieron la joyería de oro y de piedra, también para las dos tribus, y dieron a los tímidos y pequeños kággabas protección contra otras tribus guerreras» (G. Mason, 1940:324; 1938:124; mi traducción). Extraña información ésta que hace de los taironas y de los koguis «tribus» contemporáneas y aliadas, contra toda evidencia más plausible, pero, en fin, ¿qué es por entero extraño en este mundo extraño que es la Sierra Nevada, donde verdad y fábula coexisten amistosas e imperturbables?
Empero, los koguis, y sus vecinos del desierto al norte de la Sierra, los guajiros, no parecen haber coexistido tan amistosamente. Según Gregory Mason, con frecuencia los koguis se desplazaban por la misma trocha que recorriera años atrás el francés Reclus hasta la población costanera de Dibulla, cerca de Riohacha. Allí, entre los negocios de venta de caña de azúcar y de panela y de implementos de metal, los koguis se encontraban con algunos de sus congéneres nativos de la península. Estas son las palabras de Mason: «De cuando en cuando, unos pocos de los tímidos kággabas [koguis], con sus sucias túnicas de algodón que les cuelgan de sus estrechos hombros hasta sus descubiertas rodillas llenas de picaduras de garrapatas, conducen sus bueyes cargados con caña de azúcar hasta esta aldea de la costa habitada por mulatos borrachos e hilarantes que hablan español. Los kággabas tienen tanto miedo de las flechas envenenadas que portan los guajiros, como los guajiros tienen miedo de los venenos y de la magia negra de los kággabas» (G. Mason, 1940:224; mi traducción) (cf. J. A. Mason, 1926:32).


