CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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Los primeros caminos del Cundinamarca aborigen los abrió el adelantado don Gonzalo Jiménez de Quesada, de norte al centro del país, desde el valle de la laguna de Fúquene y el pueblo chibcha de Guachetá a Lenguazaque, Suesca, Nemocón, Busongote, Chía y Funza; luego, de aquí a Hunza y Sogamoso, y de regreso a Suesca, de este pueblo a Pasca, valle de los Sutagaos y valle de Neiva; los abrió también Sebastián de Belalcázar, del suroeste al centro, de Guataquí a Tibacuy y Bosa y a la recién fundada
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Mapa de los partidos de Usaquén y Suba, año de 1777. (AGN, Mapoteca, mapa 504 A). |
Santafé; y finalmente por Nicolás de Federman, de los llanos de San Juan a la cordillera de Fosca, a salir a Pasca a través del páramo, para volver por el norte a Santafé. Se agregan como rutas de expansión o de penetración a los contornos del Nuevo Reino de Granada, las trochas abiertas por Hernán Pérez de Quesada, Hernán Venegas Carrillo, Diego López de Galarza y Francisco Núñez Pedroso hacia Tocaima e Ibagué, el Sabandija y Mariquita; y la de Pedro de Ursúa y Luis Lanchero a la provincia de muzos y colimas.
Más tarde se trazó otro camino de Santafé a Bojacá, Juntas de Apulo y Tocaima a salir por Casas Viejas (Jerusalén) al embarcadero de Guataquí o Paso de Upía, que habría de ser la ruta de los caminos al sur y suroeste. Vendría después el camino de Facatativá a Zipacón, Villeta y Rionegro, y el de Villeta-Guaduas-Honda, todos ellos en busca del río Magdalena.
Otro fue el de Santafé a Cáqueza y San Juan de los Llanos, y otro el de Santafé a Gachetá-Gachalá-Medina hacia los llanos de San Juan.
Fueron abiertos con la infinita emoción de la aventura por huestes conquistadoras ansiosas de llegar a lo desconocido; con un anhelo de grandeza y de gloria y la esperanza de encontrar riquezas, en un avance a golpes de espada, venciendo con su crueldad, la crueldad de la selva devoradora de hombres, cortando cabezas de serpientes, de tigres feroces, derribando troncos milenarios y desbrozando marañas de bejucos y rastrojos espinosos que estorbaban el paso de los caballos; escalando lomas y peñascos hacia las cumbres enhiestas de los Andes, guiados por una fantástica imaginación que les hacia ver países sembrados de oro y piedras preciosas, impulsados por una voluntad arrolladora, resuelta a arrebatarle a la selva la extensión del continente, y orientados también por la luz del sol, de la luna y las estrellas, por lejanos nevados, por el curso de los ríos, y quizá por el mismo viento como los animales salvajes.
Los caminos fueron el principio de Colombia; abriendo caminos se fue descubriendo el país, fundando ciudades y con ellas formándose la nación. Son lo primero más importante de nuestra historia después del descubrimiento de las nuevas costas. Cada camino que se abría marcaba el comienzo y fin de una jornada heroica a través de lo desconocido de una naturaleza bravía cuyo misterio sólo conocían hasta entonces los aborígenes que la habitaban y hacían parte de ella y que ahora empezaba a revelarse ante ojos extraños.
Es inimaginable aquel mundo primitivo que el ímpetu conquistador del hombre español del siglo XVI desfloró con su espada, más para gloria de su nombre, de su nación y de su rey, que para su propio enriquecimiento, pues ciertamente no disfrutó del oro que sus manos voraces acumularon. Mundo increíble y fantástico de mil peligros que aquel conquistador holló y venció a costa de su misma vida. Mundo guerrero de un hombre primitivo, cuya bravura heroica en los combates contra el invasor escribió la otra página de la epopeya hispanoamericana( 1 ).
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Escena de Santafé de Bogotá. «Pila construida en 1792 por orden del virrey Ezpeleta, según relatos de Domingo Petres». Demolida en 1890. (Tomado de: Biblioteca particular de Pilar Moreno de Ángel). |
No sabríamos entender qué fue más heroico, si la travesía de la selva y el ascenso de la cordillera o la lucha cuerpo a cuerpo contra unas tribus aguerridas, armadas de flechas mortíferas, cuyo hábitat era la guerra y la crueldad. Hubo otra lucha no menos feroz contra el hambre y la intemperie y las enfermedades tropicales, contra los mosquitos y los zancudos, invisibles enemigos que exterminaban ejércitos. El hambre hacía que unos a otros se devorasen, que se comiesen sus propios muertos, y hasta los mismos indios y los caballos.
Aquellas trochas, sobre fangales, lodazales y hojarascas, enmarcadas por una tupida maraña, cubiertas por la frondosa ramazón de gigantescos y centenarios árboles, señalan el derrotero de la odisea del descubrimiento y conquista del territorio que inicialmente se llamaría Nuevo Reino de Granada y Real Audiencia de Santafé. Esas trochas fueron abiertas con los pies cansados, lacerados y sangrantes de los conquistadores y con los cascos descarnados de los caballos; en esas sendas quedó grabada con el pincel heroico de su sacrificio la primera huella de la España del descubrimiento. Por eso diríamos que la nación se formó sobre los Caminos del Descubrimiento y la Conquista y se consolidó sobre los de la Colonia. La República nació sobre los mismos cuando dejaron de ser caminos de servidumbre y se transformaron en caminos de libertad al paso de los ejércitos de la independencia, portadores de banderas que iban bautizando nuevas naciones.
Notas
( 1 ) ROBERTO VELANDIA. La Villa de San Bartolomé de Honda. Bogotá, Edil. Kelly, 1989. t. I, pág. 77.( regresar a 1)
