CAMINOS REALES DE COLOMBIA
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PARTE II
TRADICIÓN Y CONTINUIDAD. CAMINOS REALES Y CAMINOS REPUBLICANOS

CAPÍTULO 16:
POR EL VALLE DE ATRIZ A ECIJA DE SUCUMBÍOS
Testimonios de viajeros por el piedemonte amazónico
RECOPILACIÓN Y ANOTACIONES

MARÍA CLEMENCIA RAMÍREZ DE JARA Y BEATRIZ ALZATE

El manejo del territorio, entendido como un espacio socializado y culturizado, construido en la interacción de diversos actores, durante un período histórico determinado, hace indispensable establecer los grupos humanos que lo habitan y las significaciones socioculturales que estos le han dado al mismo.

Para el caso del suroccidente y específicamente del piedemonte amázonico, en la Colonia se reconocían los «grupos de montaña», entre los cuales sobresalían según las crónicas, los andakíes del Alto Caquetá, los quillacingas del valle de Sibundoy y del Guamués y los grupos de habla quechua conocidos tradicionalmente como ingas. Entre aquellos grupos que se encontraban más hacia el piedemonte estaban los mocoas y los sucumbíos.

Respecto de los andakíes del Alto Caquetá, Friede (1967: 32-33) los localiza como sigue:

«ocupaban una Faja de unos 100 km. de ancho de la alta selva amazónica extendida a lo largo de la cordillera Oriental entre los ríos Orteguaza, Caquetá y encerrada entre tales ríos y su afluente el Mocoa».

En el nororiente de Nariño y Alto y Bajo Putumayo, los grupos prehispánicos que habitaban esta gran zona eran principalmente los quillacingas, divididos éstos según los españoles, en los interandinos y los de la montaña. Los primeros (los del camino a Quito, a Popayán, a Almaguer y los del valle de Pasto), ocupaban las tierras al norte de Pasto, en la banda derecha del río Guáitara, en el valle de Atriz, el valle del río Juanambú y las partes altas y medias del río Mayo, límite norte de su territorio. Los quillacingas de la montaña se componían de ...«el pueblo de la Laguna (La Cocha o Lago Guamués) y más adentro, los del Valle de Sibundoy, Patascoy (...) se extendían desde la cumbre de la cordillera Central hasta la cordillera Portachuelo al este de Sibundoy, y desde el divorcio de las aguas entre el Alto Caquetá y las cabeceras del Putumayo hasta el río Guamués». (Romoli 1977-1978, 13).

Se ha establecido como una constante que grupos de habla quechua compartieron el territorio habitado por los quillacingas (Ramírez de Jara, 1992). Los pueblos de Patascoy, La Laguna, Putumayo (San Andrés) y Santiago en el valle de Sibundoy, fueron habitados por ingas hablantes del quechua desde épocas tempranas, mientras que el pueblo del Sibundoy se ha considerado asentamiento quillacinga o kamsá (Ramírez de Jara y Urrea, 1989). Así mismo, Romoli (1962: 273) constata el conocimiento del quechua en el nororiente de Nariño y en el distrito de Almaguer al tiempo de la conquista. Esto nos lleva a suponer que grupos quechua y quillacinga/kamsá compartían en muchos casos rasgos de organización socio-cultural y mantenían relaciones de intercambio tal como lo hacen hoy en día los kamsás y los ingas del valle de Sibundoy.

Al sur de los sibundoyes, estaban los sucumbíos, entre el alto de la cordillera Central y el Putumayo y entre el río Guamués y el San Miguel de Sucumbíos. Por otra parte, se encontraba el grupo de los mocoas, que habitaban el río del mismo nombre y un trecho contiguo a éste en la margen derecha del Caquetá (Romoli, 1977-1978, 13). En la zona de influencia de Mocoa se encontraban grupos étnicos de habla kamsá o quillacinga, que compartían su territorio hacia el norte con grupos de piedemonte de habla quechua localizados en los afluentes superiores del río Caquetá entre los cuales estaban Yscanzé —hoy en día conocido como Descansé—, Condagua y Yunguillo (Ramírez de Jara, 1992). Los mocoas se relacionaban con los andakíes, tal como lo señala Friede (1967: 24) al referirse a estos últimos: «cuando quieren hacer una traición hacen liga y conspiración con los tamas y mocoas».

Podemos concluir que se trataba de un gran territorio con una configuración étnica diferenciada en permanente interacción, lo cual va a incidir en el establecimiento de caminos que buscaban conectar este espacio y los grupos que lo habitaban. Se trata de vías que atravesaban las cordilleras. Estos senderos prehispánicos fueron la base para los caminos coloniales posteriores. 

CAMINO PASTO - VALLE DE SIBUNDOY - MOCOA Y VALLE DE SIBUNDOY - APONTE (NORORIENTE DE NARIÑO)

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Puente de bejucos. Grabado de Riou. (Tomado de: América Pintoresca, tomo 3,1884. Edición facsimilar de Carvajal y Cía. 1980-1982. Biblioteca particular de Pilar Moreno de Ángel).

Fray Juan de Santa Gertrudis (/1756-76/ 1970: 233-234) da noticia de un camino que comunicaba el valle de Sibundoy con los asentamientos ingas en el Alto Caquetá:

«De Mocoa a mano derecha hay un camino por aquella serranía toda de monte, y en cuatro días se sale a un pueblo de unos indios llamados sibundoyes. Es curato de Padres dominicos y pertenece a la provincia de Quito. Estos indios son los que bajan a nuestra misión y van a Condagua a coger la fruta del barniz, como llevo apuntado y lo sacan a Pasto que dista otros cuatro días de Sibundoy. (...) Estos indios de Mocoa andan ellos vestidos y lo pasan muy bien, porque al pie de la loma de Mocoa pasa un río que viene despeñando de aquellas serranías y es muy grande, que para pasarlo se pasa con canoa. El hace muchísimo ruido y tal vez por esto lo llaman Cascabel. Los indios a la margen catean mucho oro que él trae de las minas de arriba. Y con ello los indios sibundoyes les traen herramientas, ropa, carne y harina de San Juan de Pasto».

En esta cita sobresalen dos aspectos: la existencia del camino que bordea la cordillera Oriental y las relaciones comerciales que se establecían —con los sibundoyes cumpliendo el papel de comerciantes— entre el piedemonte (Condagua, Sibundoy, Mocoa) y las tierras altas (La Laguna, Pasto). Para mediados del siglo XVIII, los habitantes del valle de Sibundoy tenían el papel de comerciantes itinerantes entre Andes y selva. Esto nos lleva a replantear el manejo territorial y la conformación regional establecida en épocas anteriores, según la cual, zonas en la actualidad aisladas unas de otras, antiguamente se encontraban bastante vinculadas. Una relación que se mantenía de manera permanente por dichos grupos prehispánicos, es considerada como infranqueable por los misioneros y colonizadores posteriores.

Fray Fidel de Montclar (1924) recopila datos relativos a los trabalos apostólicos de los primeros doctrineros, desde el año de 1632 hasta 1905, año en que se creó la Prefectura Apostólica del Caquetá y aun para principios del siglo XX; comenta:

«Era empresa verdaderamente arriesgada la de emprender un viaje a través de la región del Putumayo, cuando a principios del presente siglo entró el actual Prelado del territorio. Una casi infranqueable barrera de altísimas montañas separaba del resto de Colombia el vasto territorio. Si algún aventurero celoso misionero se resolvía a salvar los obstáculos que la naturaleza había acumulado, no lo lograba sino con grandes sacrificios y exponiendo con frecuencia la propia vida. La senda que comunicaba aquel mundo salvaje con el civilizado era lo más original y horroroso que pueda uno imaginarse; diríase que algún espíritu maléfico se había entretenido en distribuir precipicios y despeñaderos para impedir la entrada en aquellas soledades, donde el salvajismo vegetaba a sus anchas.

»El camino para llegar a Mocoa era ni más ni menos que una serie de despeñaderos por los que había que trepar agarrándose de las raíces de los árboles y afianzando la punta de los pies en las hendiduras de las peñas, con peligro a cada momento de rodar al abismo; lo dícho sin tener en cuenta el temible páramo de Bordoncillo, a la altura de 4.000 m por donde había que pasar forzosamente, a través de una ciénaga con agua hasta la rodilla y en una temperatura glacial. Aquí, fuertes huracanes mezclados con agua azotaban violentamente el rostro del viajero, haciendo en extremo dificultosa esa marcha obligada por aquel trayecto, que no se salvaba con menos de seis horas de terrible sufrimiento; en esos lugares perecían todos los años algunos atrevidos viajeros, víctimas de su arrojo». (Montclar, 1924: 19).

El camino al cual se refiere Montclar implicaba la travesía por el páramo de Bordoncillo cuyas inclemencias son objeto de dramáticas descripciones no sólo por parte de misioneros, sino de científicos y comerciantes, tal como se puede ver a continuación. Edouard André, botánico y periodista, hacia 1876 remontó este camino en busca de especies vegetales:

«En tres horas de cabalgar, llegamos a La Laguna, pueblo indio situado al pie de la cordillera (...) estábamos dispuestos a emprender la ascensión del Tábano; nuestro equipo era en extremo pintoresco (...) nos enroscamos la ruana a la cintura y reemplazamos los pantalones por un taparrabos y sujeto el sombrero con una carrilera, el afilado machete colgado del cinto, y empuñando un palo de seis pies, parecido al alpenstock, seguimos al principio unos senderos practicados entre una espesa capa de lodo negro procedente del humus descompuesto por las lluvias. Encharcados hasta media pierna, conservábamos el equilibrio con ayuda del bastón; no sucedía así en las bajadas (...) donde los resbalones y caídas se sucedían sin interrupción y en menos de una hora quedamos convenidos en una colección de seres informes y chorreando agua. De los trajes desgarrados por las zarzas no quedaban más que guiñapos y estos desaparecían bajo el lodo; algún tiempo después, las alpargatas yacían en el fondo de los pantanos; marchábamos descalzos, primero en fila y luego dispersos por las dificultades del camino y campando cada uno por sus respetos. Fácil será comprender la pena con que herborizaba en semejante situación recogí sin embargo, algunas especies interesantes o nuevas.

»Y aún esta primera prueba era un grano de anís: llegamos por fin al verdadero camino de los monos, donde la vegetación nos atajaba el paso obstinadamente. Sin separarnos un instante de las huellas de los indios mocoas que atraviesan aquellos bosques, comenzamos a trepar con ardor y perseverancia, sirviéndonos para avanzar más de las manos que de los pies (...) Llegados a la altura de unos 3.200 m, tomó el camino el aspecto de un cañón comprimido entre dos verticales muros de arena de muchos metros de elevación, cubierto enteramente por un enmarañado tejido de ramas y raíces que le daban el aspecto de una verdadera catacumba natural y por donde los indios se lanzan sin temor alguno llamándolo, no sé por qué el perro caruncho. A la entrada de este caprichoso subterráneo se ve un pequeño nicho abierto en el muro de la derecha que cobija unas pequeñas cruces de palo, en forma de exvoto por lo cual toma el nombre de Las Crucitas (...) Continuando nuestra marcha de raíz en raíz y de cenagal a cenagal, nos detuvimos, al cabo de cuatro horas de violento ejercicio, punto culminante desde donde se divisa el magnífico panorama de La Cocha (...) Mientras descansábamos contemplando este soberbio paisaje, dos indias mocoas aparecieron entre las rocas del camino que desciende a La Cocha y se detuvieron asombradas quizás de que unos hombres blancos se hubiesen atrevido a penetrar en sus dominios (...) La más joven nos dijo que tenía veinte años y que con su madre hacían el oficio de cargueras; es decir, que llevaban periódicamente a Pasto por los caminos que acabamos de describir, barniz, mopa-mopa, zarzaparrilla, tinturas, hamacas y otros objetos recogidos o fabricados por sus compatricios de tierras calientes». (André, 1884:759-762).

En 1874, Rafael Reyes parte desde la ciuad de Pasto a explorar los ríos Putumayo y Caquetá con miras a ubicar zonas para la ex-plotación de quina y narra:

«Organicé una expedición con cargueros para llegar a Mocoa. Partí de Pasto el 5 de febrero de 1874 con diez de éstos calzando alpargatas, con corto pantalón de lana hasta arriba del muslo y llevé provisiones para varios días. De Pasto se va a caballo hasta el pueblo de indios de La Laguna, que queda en el extremo oriental del plateau. De allí se penetra ya en las soledades de la masa de aquella cordillera; se asciende por ella por precipicios, lodazales y rocas hasta llegar a la regián del páramo descrita en la exploración de Tajumbina( 1 ).

»En este páramo (de Bordoncillo) que es más frío que el de Tajumbina, se repitieron los trabajos y sufrimientos de aquella expedición. De la cima de él y cuando ya principia una ve getación rastrera de plantas semejantes al mangle, se desciende por una montaña sumamente abrupta a un vallecito llamado Sibundoy, habitado por indios descendientes de los incas del Perú y el Ecuador, que hablan su idioma y que habitan  en un caserío llamado Santiago. A distancia de unas dos leguas de éste hay otro caserío llamado Sibundoy, habitado por indios chibchas descendientes de los de la sabana de Bogotá». (Reyes, 1986: 109).

CAMINO PASTO-MOCOA VÍA RÍO GUAMUÉS

Una segunda alternativa para llegar a Mocoa, evitaba el paso a través del valle de Sibundoy y era bastante utilizada por los indígenas, camino reseñado para finales del siglo XIX y principios del XX por Miguel Triana (1950), cuando se estaba proyectando la construcción de la carretera Pasto-Mocoa por parte de los capuchinos asentados en el valle de Sibundoy, quienes ya habían realizado algunas obras en este sentido. Es así como el citado ingeniero lo recorrió con miras a establecer por donde debía seguirse abriendo la carretera.

De Pasto a La Laguna llegó por la misma vía de los viajeros ya citados. Una vez en La Cocha, encontró el Peñón de La Corota a donde se dirigió la expedición a pernoctar, para lo cual siguieron la orilla del río Encano al embarcadero situado a media legua de camino. De La Corota continuaron hacia Santa Lucia, coserío localizado en el extremo sur del lago, al pie del bosque paramuno.

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Portada de la primera edición de El Marañón y Amazonas, del jesuita Manuel Rodríguez, en 1684. (Biblioteca particular de Pilar Moreno de Ángel) .

Continúa Triana describiendo su viaje:
«Desde
l a última eminencia que separa aguas entre el Guáitara y el Guamués, columbramos al sur el cerro de San Francisco, al respaldo de Puerres, y al norte el cerro Alcalde, por entre los cuales pasa el boquerón elegido; al frente nos parece ver la sierra del Patascoy, desprendido del Bordoncillo, tras de cuyos numerosos contrafuertes, divisorios de aguas entre el Guamués y el Putumayo, se oculta el valle de los Sibundoyes. Un cuchillón agudo que se desprende de la cordillera en el Boquerón del Rioverde, seguía el camino hasta el sitio de juntas, cinco leguas más adelante (...) La cuchilla, escarpada por los costados, es más bien un tabique de divorcio entre las aguas del Guamués, que ensordecen por la izquierda y las del ría de las juntas que le contestan por la derecha con sordo rumor; cuchilla larga y sin agua, en cuyo lomo no puede hacer noche la caravana fatigada». (Triana, 1950: 161-162).

Notas

( 1 ) Al referirse a la excursión de las montañas de Tajumbina, cerca de La Cruz (nororiente de Nariño), con una altura sobre el nivel del mar de 4.000 metros, describe así el paisaje y las dificultades que atraviesan: «En esas alturas no hay arbustos, ni insectos, ni pájaros; son lo que llaman páramos y punas en Bolivia y Perú. No hay otras plantas que el frailejón, que tiene la forma de una columna redonda hasta de tres metros de altura y de cuarenta centímetros de diámetro, cubiertos de una especie de lana vegetal en forma de hoja, que desarrolla mucho calor; en la parte superior tiene varias hojas largas y aterciopeladas, parecidas a las orejas de los asnos. Hay una paja cubierta de espinas llamada achupaya que corta los pies y las piernas. El piso en algunas partes es movedizo por el agua estancada debajo de él. Al caminar se mueve a distancia de varios metros y algunas veces se hunde uno en él y es difícil sacar los pies. La extensión de estas soledades forma horizonte (...) Dos días vagamos guiados por la brújula y siguiendo rumbo al norte por aquellas frías e inmensas soledades donde hay neblinas tan espesas como las de Londres en el mes de noviembre. Al acabar de atravesarlas encontramos una vegetación cubierta de musgo y en la que las raíces de los árboles se entrelazaban tan intricadamente las unas de las otras como los manglares en las costas tropicales del mar; impiden de tal manera el paso que es preciso cortarlas con un machete. Debajo de ellas hay profundidades donde hay restos de vegetación mezclada con lodo en que uno se hunde. (...) es tan difícil avanzar por esta zona que en un día no se puede andar más de quince kilómetros. La marcha la hacíamos yendo adelante Abel Cerón, quien con el machete abría el camino, cuya dirección la marcaba yo con la brújula. Cada dos horas se turnaba con alguno de los compañeros. Yo también hacia mi turno en el cansado y duro trabajo de macheteros que es el que se da al que lo hace. Caminábamos en fila, a la moda indígena (Reyes, 1986;78).( regresar a 1 )

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