CAPITULO XIII

EL ZARPAZO

A pesar que el senado había consignado declaración amistosa en el sentido que la negativa del tratado Herrán-Hay, "no implica por parte de el, el menor desvío respecto del gobierno de los Estados Unidos, antes bien por medio de la presente ley, el congreso confirma solemnemente los sentimientos de fraternidad americana que animan al pueblo colombiano y la confianza en que las amistosas y nunca interrumpidas relaciones que felizmente existen entre Colombia y los Estados Unidos se mantendrán inalterables a través de los tiempos". La unanimidad del senado en contra del tratado, con la única excepción de José Domingo de Obaldía, quien abandonó el recinto para no comprometerse, era suficiente para que el gobierno de los Estados Unidos entendiera que la vía diplomática no le servía para satisfacer la ambición imperial.

A ello debía agregarse que el propio tratado señalaba término de 8 meses contados desde la firma, para efectuar el canje. Al vencerse, la baraja del naipe regresaba a manos de Cromwell y Bunau-Varilla, para quienes el único objetivo era la especulación financiera, a pesar de que este último reclamara después el título de Padre de la Patria Panameña.

Don Marco Fidel Suárez, por boca de Luciano, dijo: "de mi opinión haciendo una defensa conforme a mi criterio de carbonero. Panamá se perdió por haber sido negado el tratado Herrán-Hay. Si como fue colombiano eminente por su inteligencia, sabiduría, alcurnia y honorabilidad, hubiera sido el señor Herrán uno de nuestros famosos políticos militantes, entonces el gobierno colombiano habría firmado el tratado Herrán-Hay y lo habría prohijado en vez de presentarlo como expósito indefenso. No sucedió así, y el tratado se perdió y el Istmo se perdió". 1

Gustavo Serrano Gómez, en el libro sobre Panamá, responsabiliza al senado de la separación, con argumentos políticos de valor indudable 2. Coincide con la opinión de Rubén Darío Carlés, cuando afirma que el senado colombiano se empeñó en precipitar al Istmo hacia la independencia.

Roosevelt, quien era partidario decidido de la ruta de Panamá, utilizó el concurso de Cromwell y Bunau-Varilla para preparar el movimiento independentista, precisamente cuando en el Istmo dominaba el pesimismo, y las gentes no sólo veían resurgir el fantasma del canal nicaragüense, sino ambiente de malos presagios para concluir la obra del canal. Si bien es cierto que el proyecto de Nicaragua se utilizaba como mecanismo para amedrentar a los colombianos, lo lamentable, es que los istmeños lo creyeron, y el movimiento separatista comenzó a prepararse sobre la base de crear un nuevo estado bajo el protectorado de los Estados Unidos y con la impronta de conseguir, finalmente, la comunicación entre los dos océanos.

Se combinaron, al efecto, la torpeza del gobierno de Bogotá al designar a Obaldía, quien no negaba aspiraciones independentistas, con el soborno descarado, que infestó a la misma guardia colombiana. Sobre el primer punto, es decir, la escogencia de Obaldía como gobernador, ya hemos descrito las graves inculpaciones que gravitaron sobre Lorenzo Marroquín, a quien se debió la decisión presidencial. Aunque él pretendió desvirtuarla, el testimonio de Julio H. Palacio sobre el soborno fue ratificado bajo juramento ante la comisión investigadora. Sobre lo segundo, Eduardo Lemaitre nos describe, como se repartieron las piezas del ajedrez.

"Una red perfecta de espionaje, encabezada por el ministro Beaupre, y complementada con el agente de la compañía nueva del canal, señor Mancini, y con el alemán Luis Halberstadt. Estos tres, mantendrían a Cromwell informado al minuto de lo que pasara en Palacio. Y en Panamá, las fichas estaban colocadas del siguiente modo: en la gobernación, el señor de Obaldía con perfecto dominio de su papel, inventando invasiones nicaragüenses para así debilitar al Batallón Colombia; en la alcaldía de la ciudad, Francisco de la Ossa, cuñado del doctor Amador Guerrero; en la comandancia del ejército, el general Esteban Huertas, ganado ya para la defección; en el mar, flotando sobre las aguas del Pacífico, el general Rubén Varón, comandante del crucero 21 de noviembre, comprometido también a desertar desde meses atrás, con la promesa de pagarle 35 mil en plata y en medio de todos, como culebra silente y ponzoñosa, la compañía del ferrocarril con su vasta red de empleados y sobre todo, con su agente especial José Agustín Arango y con su médico de cabecera, el doctor Amador Guerrero, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para que los Estados Unidos construyeran el canal por Panamá, a todo trance"3.

Mientras tanto, y de manera clandestina, comenzaba a organizarse en Panamá la Junta revolucionaria. Eran pocas personas, amedrentadas y con vocación traidora. En la habitación 1162 del Hotel Waldorf Astoria, donde se alojaba Bunau-Varilla, se efectuó la entrevista con Amador Guerrero, durante la cual se puntualizaron los detalles del movimiento separatista.

Cien mil dólares para repartir entre la guardia y los dirigentes revolucionarios, fueron el precio de la proclamación de la independencia del estado panameño y la traición a Colombia. Desde luego, aquella suma no sería pagada, sino al recibo en Nueva York del telegrama anunciando el Movimiento y con la designación del mismo Bunau-Varilla como ministro plenipotenciario de Panamá en Washington.

Para todo ello, solo faltaba que se cumpliera la promesa de la Secretaría De Estado, en el sentido de que la Marina norteamericana enviara poderosas unidades para evitar el desembarco de las fuerzas colombianas, cuando intentaran recuperar el Istmo.

Desde Jamaica, el crucero Nasville zarpó para Colombia, el 31 de octubre. Tal había sido el ofrecimiento de Hay a Bunau-Varilla y el desarrollo logístico de los diálogos en Washington, tanto de Cromwell, como con el mismo Amador Guerrero. Una revolución para conseguir la independencia de Panamá y negociar con ella el tratado para la construcción del canal, fue la fórmula concertada entre los especuladores de la nueva compañía y el gobierno norteamericano.

El subsecretario de Estado encargado, señor Loomis, inquirido pocos días antes por BunauVarilla, garantizó el envío de más barcos de guerra por el Pacífico, para asegurar la operación. Se entendía que sin el apoyo naval por parte de los Estados Unidos, era imposible realizar el plan subversivo, tan perversamente elaborado.

La fecha y la hora del pronunciamiento habían sido fijadas con anterioridad en Nueva York en las conversaciones sostenidas entre Amador Cerrero y Bunau-Varilla. Sería el 3 de noviembre a las 3 de la tarde. Hechos circunstanciales lo demoraron 3 horas. Los dos conspiradores habían ultimado los detalles. En la maleta de Amador iba un proyecto de constitución panameña, calcado de la recientemente proclamada .en Cuba, una bandera, que finalmente no se usó, el proyecto de proclama de independencia y la clave para comunicar a Nueva York el desarrollo de los acontecimientos.

La llegada tardía y ulterior prisión del general Tovar a Panamá, al frente del Batallón Tiradores, muestran la complicidad del ferrocarril y las traiciones de Huertas y de Obaldía, que enervaron los efectos positivos de la presencia militar en el istmo. El haber separado de la oficialidad de la tropa en el momento del desplazamiento, dejó a Tovar inerme en manos de los conspiradores. El concurso que prestaron al efecto las autoridades colombianas, le quitaron a nuestros generales la posibilidad de respuesta inmediata, en el momento de proclamar la independencia. A la ingenuidad de Tovar y de sus compañeros, se unió la acción aleve de los traidores.

Álvaro Rebolledo describe el 3 de noviembre de la siguiente manera: "la noticia del arresto de los generales colombianos se propagó con la rapidez de un voraz incendio. Una hora después la ciudad estalló en motines callejeros. Los conspiradores salieron de sus escondrijos.

Se arrió la bandera de Colombia y un oficial que lucía el uniforme del ejército americano enarboló la de la nueva república... al día siguiente se firmó el acta de independencia y se constituyó una junta provisional de gobierno. Oradores frenéticos pronunciaban discursos llenos de recriminaciones e insultos contra Colombia, haciendo resaltar el hecho de que los acorazados americanos venían a proteger ambas costas del istmo para evitar el desembarco de tropas hostiles. Estos discursos eran interrumpidos con vítores a la república de Panamá, al presidente Roosevelt y a los Estados Unidos"4

Desde el punto de vista interno, los traidores habían montado con precisión y descaro el escenario para la revolución. El general Huertas, comandante del Batallón Colombia, estaba vendido. Ni el honor ni la confianza que en el depositaron los gobernantes de Colombia evitaron la felonía. El general Rubén Varón, comandante del navío 21 de noviembre, había sido comprado por los revolucionarios por 25 mil dólares, y para completar el trío, el gobernador de Obaldía, quien nunca disimuló simpatías por el separatismo panameño, alardeaba de su nombramiento, hecho por el vicepresidente Marroquín, a pesar de las protestas de la opinión colombiana, incluyendo el Senado de la República.

A Obaldía se le dictó supuesta orden de captura, que fuc paso de comedia para disimular su participación activa en el golpe. Las inculpaciones a Lorenzo Marroquín se confirmaron, entonces, con claridad palmaria.

Cerca de las 9 de la noche del 3 de noviembre, el Concejo Municipal de Panamá, presidido por el señor Demetrio H. Brid, y con la asistencia de la mayoría de los miembros declaró: La Municipalidad de Panamá en vista del movimiento espontáneo de los pueblos del Istmo, y particularmente de la ciudad de Panamá, declarando su independencia de la metrópoli colombiana, y deseando establecerse en gobierno propio, independiente y libre, acepta y sostiene dicho movimiento y en consecuencia "Resuelve: Convocar a Cabildo Abierto al pueblo en general, y a todas las Corporaciones Públicas, Civiles, Militares y Eclesiásticas para mañana a las tres de la tarde en el Palacio Presidencial de la República de Panamá".

La Junta provisional de gobierno, integrada por los señores; José Agustín Arango, Federico Boyd y Tomás Arias, decidió elaborar manifiesto dirigido a las ciudades y pueblos panameños, con el ánimo de exaltar y disfrazar ante la historia a los personajes que desde fuera hicieron posible la nueva república. Allí hizo referencia, al lado de los agravios que los istmeños habían sufrido de Colombia, a la negativa del Senado del tratado Herrán-Hay:

"Ejemplo muy reciente, dijeron, de lo que a grandes rasgos dejamos relatado, es lo acontecido con las negociaciones del canal de Panamá, consideradas por el Congreso y desechadas de un modo sumario. No faltaron hombres públicos que declararan su opinión adversa fundados en que sólo el istmo de Panamá sería favorecido con la apertura de la vía en virtud de un tratado con los Estados Unidos, y que el resto de Colombia no recibiría beneficios directos de ningún género con aquella obra, como si esa razón, aún teniéndola por evidente, justificara el daño irreparable y perpetuo que se le causaba al Istmo con la improbación del tratado en la forma. en que lo fue, que equivalía a cerrar la puerta a futuras negociaciones".

El documento citado, tenía por objeto movilizar la opinión de las provincias panameñas a favor del movimiento separatista, habida cuenta que en sus pueblos y comarcas la lealtad a Colombia permanecía inalterable, y que las gentes se encontraban muy lejos de comprender el tinglado desde el cual se había montado la farsa.

El telegrama, a pesar de la notificación expresa que había recibido Amador Guerrero en la entrevista del Hotel Waldorf Astoria, para designar como plenipotenciario de Panamá, con amplias facultades, a Philippe Bunau-Varilla, se remitió nombrándolo solo con el carácter de agente confidencial del nuevo Estado. Es posible que los miembros del triunvirato no estuviesen correctamente informados del curso de los acontecimientos, y que tan sólo con la plenipotencia a Bunau-Varilla podrían cumplirse los planes de Roosevelt. Hubo rectificación. El texto finalmente remitido, dijo:

"La Junta de gobierno provisional, lo nombra a usted enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el gobierno de los Estados Unidos de América, con plenos poderes para negociaciones políticas y financieras. Firmado. J. A. Arango, Federico Boyd, Tomás Arias y F. V. De la Espriella, ministro de relaciones exteriores".

El 6 de noviembre, cuando aún en el Palacio de San Carlos, se ignoraba el movimiento separatista, ya la Casa Blanca había reconocido la Nueva República. Por desconocer el juego secreto de los actores, era explicable que en el Istmo surgieran dudas acerca de la conducta de Bunau-Varilla, y de su más cercano colaborador en esta empresa, el abogado Cromwell. De ahí que consideraran oportuno enviar a Washington a Amador Guerrero y a Federico Boyd para colaborar con el flamante plenipotenciario, en lo relativo al Tratado del Canal, y demás consecuencias políticas.

Aquí, una vez más, la ingenuidad jugó el primer papel. Bunau-Varilla enterado del viaje de sus presuntos asesores, aceleró la firma del Tratado, la cual se realizó en la propia residencia del secretario Hay, pocas horas antes de que en el tren de Nueva York llegaran a Washington Amador Guerrero y Boyd.

Se dice que montaron en cólera los próceres panameños al encontrar el Tratado firmado en condiciones irreversibles. No sólo la vanidad personal estaba herida, sino que era fácil suponer, inclusive dentro de la euforia pro yanqui del momento, que a Bunau-Varilla le movían intereses distintos del futuro del nuevo estado. Que el retardo en la llegada a Washington de la delegación panameña hubiese sido ardid del propio Cromwell, quien preparara agazajo para aguardar hechos consumados respecto del tratado, son explicables, dentro del espíritu de tragicomedia que dominó los acontecimientos. Sin embargo, algo compensaba l a ironía con que habían sido recibidos e n Washington, los presuntos asesores de BunauVarilla. Eran los cien mil dólares que el francés le había entregado a Amador Guerrero en ejecución del convenio del Waldorf Astoria, que así alcanzaba ejecución plena.

Los comisionados habían advertido en Panamá, no sólo a los colegas del triunvirato, sino a quienes les demandaban explicaciones, que la presencia de las fuerzas navales norteamericanas, tanto en el Atlántico como en el Pacífico, estaban condicionadas a que el negociador del tratado tuviese las manos libres, no sólo como lo dice el escudo panameño: "Pro Mundi beneficio", sino para colmar las arcas de los especuladores, quienes lejos de mostrar remordimiento por sus sucias maquinaciones, experimentaban satisfacción, hasta el extremo de reclamar luego un primer puesto en la historia del nuevo Estado.

Sólo los disparos de cañón ordenados por Jorge Martínez Landínez, entonces coronel de la república y quien ejercía el mando del barco Bogotá, en ausencia del general Luis Alberto Tovar, quien se encontraba preso, hicieron la única manifestación por el honor de Colombia, cuando los traidores y los vendidos habían dejado el campo libre a la acción de los separatistas. Es cierto que los disparos del Bogotá no eran suficientes para producir la alteración de los acontecimientos; fue gesto de dignidad, entereza y patriotismo.

Por otra parte, el coronel Eliseo Torres, a cuyo mando había quedado el batallón Tiradores desde el momento en que el general Tovar arribó al puerto, no tuvo el coraje de actuar y terminó perdiéndose en maraña de consideraciones subalternas, para zarpar luego hacia Cartagena sin que se hubiese registrado acción militar alguna. Se dice que a ello contribuyó la casual presencia del general Pompilio Gutiérrez, de papel tan destacado en la guerra de los mil días, y a quien a solicitud de Torres se le invitara a ponerse al frente de las tropas y protestar por la humillación que sufría la nación colombiana. El alegó que su viaje era de negocios, que carecía de poderes especiales y que por lo tanto, continuaría el viaje, sin prestarle ningún concurso a nuestros soldados que se hallaban tan inseguros y vacilantes para defender el territorio de la patria.

La intervención del comandante del Nashville, John Hubbard, quien autorizara el desembarco de marinos norteamericanos, contribuyó, aunque de ninguna manera disculpe la actitud de Torres y de los oficiales, quienes no sólo se amedrentaron frente al riesgo de conflagración, sino que ordenaron que se levantara el ancla de la última embarcación de guerra que podría garantizarnos la soberanía en Panamá.

Mientras tanto, en Washington, Bunau-Varilla preparaba el proyecto de tratado que iba a someter a la Secretaría de Estado, y que según su propio testimonio, debería satisfacer ampliamente las ambiciones de Teodoro Roosevelt. Para el, no existían frenos morales ni patrióticos. Mientras más prerrogativas se le concedieran a los Estados Unidos, aquellas resultarían benéficas en favor de las prebendas económicas, que personalmente venía persiguiendo.

Firmado el tratado Hay -Bunau-Varilla, comenzó el proceso de las ratificaciones, el cual se cumplió sin tropiezo alguno en el Senado norteamericano. Luego en caja de hierro cuidadosamente preparada por el mismo plenipotenciario y envuelta en la bandera, el texto original llegó a Panamá. Pocos se dieron cuenta de la servidumbre que contenían las cláusulas y del sinnúmero de incidentes que originó y aún sigue generando en la vida de la república panameña. Ello lo veremos luego.

En Bogotá, y en todo el territorio colombiano, las noticias de la separación del Istmo produjeron inmensa conmoción. Pareciera como si el país se despertara de un sueño y que la tempestad desatada hubiese sacudido a los ingenuos y desconcertado a quienes con ojo avizor habían sabido pronosticarla.

Las supuestas amenazas provenientes de los Estados Unidos, en el sentido que el gobierno estimularía brotes separatistas en otras comarcas, particularmente en el Cauca, contribuyeron al pánico.

Numerosas causas se alegaron para justificar el insuceso. En primer término: la guerra civil, que a pesar de la terminación, dejaba en claro la tozudez del gobierno que no había querido ponerle término oportunamente, a pesar de las múltiples gestiones patrióticas dirigidas a tal propósito, particularmente, después de que el liberalismo pactó la paz para proteger la integridad nacional, amenazada por el gobierno norteamericano.

Las acciones heroicas de Benjamín Herrera y de Rafael Uribe Uribe en el comando de la militancia liberal, habían cedido el paso, por acción voluntaria, a la preocupación colombiana de impedir bajo cualquier pretexto que el territorio nacional pudiese afectarse en su integridad. No en vano después de las victorias de Aguadulce, el ejército triunfante había pactado la paz.

Desde el punto de vista de los panameños, la constitución centralista de 1886, les había quitado las prerrogativas que el federalismo les concediera, y que para región tan apartada, constituían la verdadera justificación de la unidad colombiana. Finalmente, el gobierno del vicepresidente Marroquín, no quiso ver ni entender que Panamá tenía características propias y urgencias diferentes a las del resto del territorio. Esquivó la responsabilidad que le imponía la firma del tratado Herrán-Hay, por sus propios plenipotenciarios. Escondió la cabeza para protegerse en la supuesta decisión del senado, que si adversa, el vicepresidente no hizo nada para evitarla.

La última prórroga inconsulta de la concesión francesa, contribuyó a debilitar el poder negociador de Colombia con los Estados Unidos. La forma como se tramitó y la manera como el presidente Sanclemente violentó las disposiciones legales y constitucionales a cambio de un millón de pesos destinado a servir los gastos de guerra, disminuyeron el buen nombre del país, y colocaron las escenas vividas en Anapoima, dentro de las más trágicas historias de la picaresca latinoamericana.

Colombia al comenzar el siglo XX, era nave al garete con gobierno fanático e inconsciente acerca de las realidades de la política exterior que amenazaba al país de manera clara e indubitable.

Si los obstáculos a la paz interior, fueron responsabilidad del grupo palaciego que rodeaba a Marroquín, no es menos cierto, que el vicepresidente no quiso entender la seriedad de las amenazas, que con distinto vocabulario le formulaban Teodoro Roosevelt y sus agentes. La ceguera del senado fue la misma de Marroquín. El abandono de Panamá y de sus aspiraciones, no puede entenderse sino a través de la óptica parroquial y sectaria que caracterizó al vicepresidente. Las críticas no fueron solo de los liberales, sino de los propios copartidarios. Luis López de. Mesa, en párrafos memorables, describe a Marroquín de la siguiente manera:

"La psicología de don José Manuel Marroquín es algo también sumamente instructivo en los anales de Colombia: hijodalgo, literato hasta los tuétanos y el más donoso estilista de su tiempo, deleite de amigos, padre ejemplar, fundador y mantenedor de la Sociedad de San Vicente, de no haber ocupado el sillón presidencial de la república fuese ahora tenido por dechado de todas las perfecciones. Pero a los setenta años tramposa Fortuna lo reveló insensible al dolor humano, escéptico de los magnos bienes de la patria y sonriente permisor de grandes duelos. Daltonismo moral que hizo descender a Colombia muchos peldaños en la escala de sus virtudes".5

 

1
LUIS MARTÍNEZ DELGADO. Op. cit. Pág. 138.
2
GUSTAVO SERRANO GÓMEZ. Panamá; la república que nosotros perdimos. Edición Impresores colombianos S A. SF.
3
EDUARDO LEMAITRE. Op. cit. Pág. 497.
4
ALVARO REBOLLEDO. Op. cit. Pág. 170.
5
LUIS LÓPEZ DE MESA. Escrutinio sociológico de la historia colombiana. Academia Colombiana de Historia. Biblioteca Eduardo Santos. Volumen X Bogotá, 1955. Pág. 236.
 
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