CAPITULO XIV

MEMORIAL DE AGRAVIOS

El 6 de noviembre Washington reconoció al nuevo Estado, a lo cual siguieron en cascada los de las naciones europeas y las repúblicas hispanoamericanas. Sólo la voz ecuatoriana se levantó contra el inicuo proceder de los yanquis. Con rara uniformidad, Roosevelt consiguió que en cortísimo tiempo, inusual para la época, Panamá fuese reconocida como república independiente y parte de la comunidad internacional.

Por ironía, en Bogotá sólo se conoció la noticia con gran retardo, en razón del deterioro del cable submarino que unía a Panamá con Buenaventura y que por raras circunstancias había suspendido las comunicaciones con Colombia. El que la compañía fuera de propiedad norteamericana, le agrega cierto sabor a complicidad. De ahí que la noticia llegara a Bogotá a través de Quito, por mensaje enviado por don Emiliano Isaza, nuestro ministro plenipotenciario, quien recabó la urgencia: "Suplícase autoridades de tránsito enviar por posta este telegrama donde el telégrafo esté interrumpido"

La noticia en palacio también halló escondrijos para retardar la difusión. Parece que Marroquín llegó a pensar que el levantamiento panameño carecía de la gravedad que los hechos atestiguaban. Sólo el día 7 de noviembre, cuando los Estados Unidos ya habían reconocido la nueva república, el Nuevo Tiempo la publicó en edición extraordinaria marcada con el numero 457. La conmoción que se vivió en Bogotá, y que en forma rápida se contagió en el resto de la república, alcanzó caracteres dramáticos.

El vicepresidente reunió a gentes de todos los partidos para solicitar la solidaridad nacional, una vez conocidos los detalles del pronunciamiento. En pocas oportunidades el sentimiento patriótico surgió tan espontáneo y vigoroso. Los que creían que el respeto al derecho y a la ley internacional eran garantía suficiente del ámbito soberano de la nación, sufrieron sorpresa inenarrable. Hubo la sensación que se había perdido- la mejor parte del territorio colombiano, y que sólo la acción heroica podría reparar tan grave daño.

En editorial del Nuevo Tiempo, publicado el 7 de noviembre, y escrito por Carlos Arturo Torres, se dijo: "el movimiento nacional que ha surgido espontáneo y vibrante con motivo de los acontecimientos de Panamá, es vigoroso y altamente consolador. Si, en vez de eso, el pueblo bogotano hubiera permanecido indiferente y apático ante el peligro público, ese bizantinismo hubiera sido mil veces más alarmante y terrible que la mayor de las catástrofes. Pero no ha sido así. Debemos consignar, por espíritu de justicia que en ese movimiento ha tenido la vanguardia el liberalismo.

"No bien se supo lo acontecido en Panamá, vimos a los más gallardos jefes de la revolución y a los más connotados escritores del liberalismo, concurrir a Palacio a ofrecer sus servicios para salvar la integridad nacional y el honor de la patria. Allí concurrieron Uribe Uribe, Mendoza, Caballero, Manrique, Rafael Santos, Bustamante, Buendía, Enrique Pérez, Alejandro Pérez, Torres, etcétera y etcétera".1

El general Benjamín Herrera, envió desde Pamplona el 8 de noviembre, mensaje al vicepresidente, en el cual dijo: "en defensa del honor y de la integridad de la patria, ningún buen liberal dejará de ir como irán todos los colombianos hasta el sacrificio si fuese necesario. Animado por estos sentimientos tengo el honor de ponerme a las órdenes del gobierno".2

No podía ser más altiva y gallarda la actitud del partido liberal. De todas las provincias llegaron mensajes airados de protesta por el crimen que se cometía contra la república, y se confirmaba la voluntad de quienes habían luchado durante la revolución contra el gobierno, de unir todas las fuerzas para restablecer nuestra soberanía en el Istmo. A pesar que dentro de las filas del partido nacional saltaron voces de recriminación para sus propios copartidarios, el país se compactó en una de las más hermosas jornadas de solidaridad que puedan recordarse.

El vicepresidente, en su Alocución, dijo: "Es de esperarse que el insensato levantamiento no haya echado muy hondas raíces en la opinión de los hombres probos de aquel Departamento, y que por el contrario, habrá recibido la reprobación y la protesta de todos ellos, y debe confiarse en que secundarán eficazmente la labor de defensa nacional que el poder ejecutivo ha emprendido, para que no sin demora quede pacificada aquella región y sometida nuevamente a la autoridad del gobierno. Mas si así no fuere, y si la magnitud del movimiento y la indolencia y complicidad de muchos, trajeren por resultado la prolongación de aquel estado de desconocimiento a la autoridad nacional, el gobierno cree hacer una interpretación correcta del sentimiento de los colombianos, declarando, como declara, que no habrá esfuerzo que no haga ni sacrificio que rehúse para mantener la soberanía e integridad del territorio patrio".

Para finalizar, el vicepresidente hizo el siguiente patético llamamiento: "el gobierno nacional, olvidando en este día solemne para el país, que hay opiniones políticas que os dividen, os llama a todos a colaborar en la obra común de mantener la soberanía e impedir la desmembración de la patria.

"Si no queremos mostrarnos indignos sucesores de quienes la conquistaron para nosotros a fuerza de sacrificios sin cuento, debemos confundir nuestro esfuerzo en favor suyo para mantenerla unida y por consiguiente poderosa y grande"

El 11 de noviembre, y como resultado de numerosas reuniones patrióticas, Marroquín designó la siguiente junta consultiva, compuesta por ciudadanos de distintos matices políticos: Nicolás Esguerra, Juan Evangelista Manrique, Diego Mendoza, Juan M. Dávila, J. M. Goenaga, Domingo Ospina C., Joaquín F. Vélez, Nicolás Perdomo, José Vicente Concha, Euclides de Angulo y Guillermo Quintero.

En las ediciones de los diarios bogotanos, particularmente en el Nuevo Tiempo, aparecieron numerosos comentarios responsabilizando al gobierno norteamericano de los sucesos del Istmo. Otros, pusieron énfasis en la improbación del tratado Herrán-Hay, como causa preponderante.

El doctor Laureano García Ortiz, en comentario editorial, concluyó con las siguientes palabras admonitorias: "si es delito de lesa patria no rodear al gobierno que la representa y que empuña su bandera en los días de suprema angustia, es igualmente crimen nefando entorpecer su acción, infundiendo desconfianzas e impidiendo el socorro de algunos de sus hijos a la madre infortunada".3

Acontecimiento de significativa importancia para la época, fue el manifiesto escrito por doña Soledad Acosta de Samper y firmado por trescientas mujeres de Bogotá, en el cual le dijeron al vicepresidente Marroquín: "en nombre de la dignidad humana, señor, en nombre de nuestra futura reputación, en nombre de vuestros nietos que os pedirán cuentas... os pedimos que levantéis en alto el estandarte que nos legaron Bolívar y Santander; de manera que de las cenizas del pendón nacional que algunos bandidos miserables se atrevieron a quemar en Panamá, surjan nuestra fama, nuestro honor y nuestra futura gloria".4

El que la protesta nacional hubiese tenido en la voz de la mujer cifra tan alta de dignidad y carácter, indican hasta que punto el patriotismo dominaba el espíritu de las gentes. La mujer, frente a tan dura emergencia, jugó papel esclarecido como expresión de sentimiento solidario y valeroso. No fue solo en Bogotá donde se escucharon voces femeninas. Las hermanas Antommarchi, oriundas de Cúcuta y escritoras de gran vuelo, pusieron su pluma y talento en defensa del honor nacional. De las tres hermanas, Hortensia, Dorila y Elmira, a la primera corresponden las siguientes palabras, publicadas en revistas de la época:

"¡La República de Panamá! ¡La hija de la traición y la violencia! El soldado mercenario y traidor, instrumento vil y necesario de la intriga; Pilatos dejando hacer; Judas faltando a la fe empeñada: ¡pavorosa trinidad!. Y la aurora del siglo XX se apresura a reconocer como legítimo al fruto de todas las perfidias!". ¡Qué auspicios para el Derecho! ¡Oh justicia, apaga tu antorcha: no la necesitas. El sonido del dóllar será de ahora en adelante ¡horror! el guía de todas las conciencias, la fibra de todos los corazones! ...5

Marroquín, en mensaje a los ministros de Colombia en el exterior, los instruyó en la protesta del gobierno en la cual responsabilizaba, de manera principal, a los Estados Unidos de lo ocurrido, en franco desconocimiento de los principios del derecho internacional.

La designación del general Rafael Reyes, para ponerse al frente como comandante y jefe de los ejércitos del Atlántico, el Pacífico y Panamá, y el alistamiento del ejército para marchar hacia el Istmo, mostraban hasta que punto había ruido de tambores de guerra, y el vicepresidente parecía decidido a reconquistar por las armas el territorio insurgente. Acompasaban a Reyes los generales Lucas Caballero, Jorge Holguín, Pedro Nel Ospina, y Daniel Ortiz, el último de los cuales permaneció en Barranquilla, mientras el resto zarpaba hacia Panamá.

Enrique Gaviria Liévano, señala cómo el gobierno de Colombia ofreció de manera confidencial al ministro de los Estados Unidos en Bogotá, conseguir la ratificación del tratado Herrán-Hay por medio de decreto de Estado de Sitio o mediante un congreso elegido a proposito, con amigos del tratado, a condición que los Estados Unidos ayudaran a dominar la rebelión. Ante tal hecho, opina: "el desacierto no pudo ser mayor. Pues significaba que el gobierno colombiano no había hecho lo posible por aprobar el tratado Herrán-Hay y confirmaba para siempre la opinión norteamericana de que la posición colombiana obedecía tan sólo al deseo de lograr una mayor compensación pecuniaria".6

Las informaciones que sucesivamente llegaban a Bogotá acerca del desplazamiento de nuevos buques norteamericanos, tanto en el Caribe como el Pacífico, hicieron que el fervor bélico fuese disminuyendo. Para la época, y en comparación con el poderío naval de Colombia, el que el Mayflower, insignia de la flota norteamericana en el Atlántico, junto a más de 10 barcos de guerra, con instrucciones de impedir el desembarco de las tropas colombianas por ambos océanos, y proteger la rebelión del Istmo, obligaron a la Misión encabezada por el general Reyes, a imprimirle carácter más diplomático que bélico.

La negativa explícita del almirante Coughlan, al requerimiento de nuestros generales, fue la siguiente: "las órdenes que tenemos son las de impedir el desembarco de gente con ánimo de hostilizar en toda la extensión del departamento de Panamá". De esta manera, el intento de reconquista militar del Istmo, perdía asidero en la realidad.

A bordo del Canadá se efectuó la entrevista de Reyes y su comitiva con los comisionados del gobierno panameño, quienes rechazaron de plano cualquier avenimiento. La respuesta de estos últimos fue enfática: "la separación del Istmo es un hecho irrevocable que tiene la sanción unánime de los pueblos del istmo y ha sido reconocida por potencias de este continente y de Europa. Por lo tanto, no existe medio alguno que pueda retrotraer las cosas al estado que tenían antes".

El espíritu envalentonado de los panameños, que por primera vez se mostraban tan seguros de sus designios, era el resultado de la fuerza naval desplazada por el gobierno de los Estados Unidos en ambos mares, y del cálido disfrute de dineros repartidos por el Tío Sam como recompensa a los traidores. Los miembros de la junta provisional nunca creyeron necesario consultar la opinión popular. Se sintieron aprisionados por Bunau-Varilla y por la perspectiva del tratado, que en condiciones tan depresivas para Panamá, había firmado su plenipotenciario.

Reyes y la comitiva, se dirigieron entonces hacia los Estados Unidos, para buscar arreglos que permitieran solución digna al conflicto. Allí las cosas, tampoco tuvieron éxito. Los tramites de ratificación del tratado seguían su curso en el senado. La Casa Blanca, lejos de mostrar arrepentimiento, se sentía orgullosa del zarpazo. La oposición en el congreso a Roosevelt y al partido republicano, todavía no había alcanzado el auge al que llegó mas tarde.

La respuesta a la pregunta de cuál sería la reacción de los Estados Unidos frente a un futuro desembarco en Panamá, dejó traslucir la animadversión de Roosevelt hacia los colombianos, a quienes calificara de especies simiescas, carentes de toda cultura y respetabilidad. "el gobierno de los Estados Unidos, manifestó, miraría con la más grave preocupación cualquier invasión del territorio de Panamá por las tropas colombianas. Aunque el tratado con Panamá no es todavía ley de los Estados Unidos, existen ya en su virtud derechos y deberes creados que, imperfectos y todo, imponen al gobierno de Washington la responsabilidad de conservar la paz en el Istmo. . ."

Después de conocida la opinión presidencial, a los comisionados colombianos sólo les quedaba la formulación de una protesta, basada en argumentos jurídicos incontrovertibles, para reclamar el derecho y señalar en que forma el gobierno norteamericano pisoteaba las normas de las cuales hacía gala.

Con lógica impecable, y argumentos basados en el derecho internacional positivo, el Memorial de Agravios, fue la mejor comprobación de la ínclita tradición jurídica que ha inspirado a nuestro país, desde los propios orígenes. Tan fue así, que el Secretario de Estado prefirió aplazar la respuesta, para finalmente, no darla en los puntos básicos.

La parte medular del Memorial fue la solicitud al gobierno de los Estados Unidos de someter a la decisión del "Tribunal de Arbitramento de La Haya", todo lo referente a reclamaciones relativas a Panamá. Cuando precisamente se vivía la euforia de la primera conferencia de paz reunida en 1899, y que tuvo por objeto impulsar las soluciones pacíficas, para evitar los conflictos armados. En requerimiento del gobierno colombiano se ajustaba de esta manera, a las normas de justicia y era mecanismo apropiado para medir hasta que punto habían obrado de buena fe los Estados Unidos en aquel foro mundial.

Al invocar el general Reyes, el Tratado de 1846, recordó el artículo 35 que dice: "ninguno de los países contratantes ocurrirá o autorizará actos algunos de represalia, ni declarará la guerra contra la otra, por quejas de injurias o perjuicios, mientras que la parte que se considere ofendida haya previamente presentado a la otra una exposición de dichos perjuicios o injurias, apoyada con pruebas competentes, exigiendo justicia y satisfacción y esto haya sido negado con violación de las leyes y del derecho internacional".7

Fue reclamo justo que el gobierno de los Estados Unidos desconoció, a pesar de las pruebas fehacientes que se acompañaron, con el argumento de los hechos cumplidos, en nueva demostración de desprecio a Colombia.

El ambiente bélico en el país seguía aumentando, no sólo en la capital sino en el resto del territorio, de donde llegaban al palacio reclamos contundentes que ante el fracaso de la acción diplomática, lo único que nos restaría, eran las acciones militares.

Un grupo de patriotas, sin matices políticos, y bajo la inspiración del médico Indalecio Camacho, constituyeron el movimiento "la Integridad Nacional" con el objeto de enviar a expedicionarios al Istmo para defender el honor patrio y castigar a los traidores. Fue muy grande el número de voluntarios que respondieron al llamamiento. Se vivía ambiente de pleno respaldo a la movilización para llegar por tierra a Panamá y hacer acto de presencia, aunque fuese de manera simbólica, al despliegue naval norteamericano.

Inicialmente Marroquín vió con buenos ojos los prospectos de "la Integridad Nacional", pero gradualmente su entusiasmo decayó. El 3 de diciembre salió de Cartagena el grupo de los primeros quinientos expedicionarios al mando del general Daniel Ortiz, los cuales desembarcaron en el punto conocido como San Nicolás de Titumate, en la costa colombiana de Urabá. Allí recibieron el apoyo de los nativos, dentro de los cuales la del cacique Iñapaquiña, que contribuyó a despertar el sentimiento patriótico, estimulando la acción bélica contra los desleales panameños.

A pesar de los rigores del clima y de la dificultad geográfica de hallar acceso fácil hacia Panamá, los expedicionarios dieron hermosa muestra de coraje en defensa de la integridad colombiana, sin que su gesto desprendido, y a veces heroico, pudiese augurar éxito alguno. Después de conocida en Nueva York la noticia que el buque Atlanta había violado las aguas territoriales colombianas, y que su comandante había pedido excusas por ello, el incidente al cual hechos fortuitos dieron renombre, terminó sin pena ni gloria, pero ocasionó que el general Reyes enviara desde Washington el siguiente mensaje:

"22 de diciembre "debe evitarse todo conflicto armado con americanos, no ocupar territorio Panamá. Reuniránse aguas Panamá 40 vapores guerra. Búscase ocasión llevar guerra Cali, Medellín, Bogotá... Situación pésima".

Si bien el vicepresidente no había autorizado la invasión al Istmo, las noticias llegadas de Wahington, y particularmente los mensajes de la misión colombiana, lo llevaron a disolver el movimiento de integridad colombiana, el cual jamás recibió órdenes de avanzar hacia el Istmo y tuvo que regresar a Cartagena.

El general Reyes puso punto final a la misión en los Estados Unidos. Don Jorge Holguín siguió hacia Francia para entablar tres litigios a la compañía -del canal, de los cuales solo uno, el pago de las acciones privilegiadas, tuvo éxito.

En Bogotá todavía se escuchaban las voces de protesta. Durante mitin patriótico, el ministro de guerra, general Vásquez Cobo, advertía a la multitud: "si las cosas no se arreglan por las buenas, el mundo asistiría a una protesta de cadáveres". Don Fabio Lozano Torrijos, vocero de "la Integridad Nacional" exclamó, en ocasión memorable: " a nuestros hijos podemos legarles una patria empobrecida y yerma mas no tenemos el derecho de legársela envilecida por la cobardía; legados de infamia no se hacen".

La iracundia de muchos compatriotas no siempre mantenía relación con los efectivos militares que disponía el país, para responder por la fuerza. No sólo las arcas del estado se habían agotado, sino grave crisis económica impedía reponer los barcos indispensables para el desembarco.

El mismo vicepresidente, optaba por el reclamo jurídico, basado en la violación de los tratados vigentes entre Colombia y los Estados Unidos. Los brotes secesionistas del Cauca y Antioquia asustaron al mandatario a quien no se le ocultaron los riesgos de nuevas escisiones al territorio nacional. El episodio que relata el general Martínez Landínez, y que recoge el coronel Guillermo Plazas Olarte en su obra 8, arroja luz sobre el estado de ánimo del primer mandatario, en tan difíciles circunstancias. "De un diálogo sostenido por el general Martínez con el general Vásquez Cobo, entonces ministro de guerra, este último manifestó: yo dispuse que marcharan las fuerzas del Cauca hacia Panamá, pero el general Luis E. Bonilla, gobernador del Departamento me contestó: el Cauca no quiere guerra. De aquí no saldrá un soldado, ¿que podría hacer yo cuando en esos mismos días la orden que di para fusilar a Leopoldo Triana, jefe del estado mayor general de ese ejército, por el delito de traición a la patria, por ser el el que dio el grito de secesión en Cali, fue retirada por el señor Marroquín?."

El testimonio anterior, no sólo confirma los riesgos que existían de que otros departamentos se sumaran a Panamá en franca rebeldía contra el gobierno nacional, sino que desalentaba cualquier esfuerzo militar para recuperar el Istmo.

El regreso del general Reyes ponía fin a las esperanzas de solución negociada. La irreflexión e ingenuidad de los voluntarios de Titumate, les otorgaba significativa notoriedad, sin restarles el quijotismo y la hombría de bien que los caracterizó.

Entre aquellas personalidades que descollaron por la intransigencia frente a los Estados Unidos, y en defensa del honor nacional, sobresalen J. B. Pérez y Soto y Oscar Terán. No cabe duda que ambos lucharon por la unidad del territorio y coincidieron en que el sólo gesto para salvar la dignidad, justificaba nuevos sacrificios.

Pérez y Soto publicó colección de folletos bajo el título de INRI, en los cuales recogió artículos y discursos para enjuiciar a los personajes vinculados a la negociación del tratado Herrán-Hay, particularmente a Carlos Martínez Silva. Pero su apasionada diatriba se extendió también a los gobernantes, condenándolos por la cobardía de no haber sabido defender con las armas el honor de la patria. Sus palabras destilan odio y rencor. Al azar, recogemos algunos de sus conceptos: "los monstruos de la naturaleza que dirigían la política oficial en Bogotá, que tenían el deber sacrosanto de conservar la integridad de Colombia, Marroquín y Reyes, enviaron a Obaldía exprofeso a Panamá para que el Istmo cayera en poder de los americanos, mediante sórdida negociación que bien se ha traducido y cuyo velo se rasgará algún día por completo".9

En otro párrafo se lee: "no hay colombiano insensato que imagine el que pudiéramos sostener una guerra con los Estados Unidos; pero hasta el más triste indigente, individuo o pueblo, hasta en un vencido, por la suerte o los elementos o el capricho de las armas, cabe siempre un porte decoroso, y quien sabe guardar la debida dignidad en una desgracia inmerecida, puede contar con el respeto, sentimiento de consideración interno, del mismo sacrificador, que la nobleza de la víctima impone veneración al victimario, por feroz que este sea, porque la justicia, ni bajo el pilón, ni oprimida por la más formidable fuerza material, pierde jamás su fuerza. Tratábase en nuestro caso, de mostrar al mundo que el pueblo colombiano no era todo como los cobardes o imbéciles o ruines seres, asquerosa materia venal, que de empleados civiles y militares del gobierno, traicionaron o dejaron traicionar; que nuestro ejército no se componía solo de batallones como aquellos que no quiero nombrar; que nuestros generales que no eran todos del mismo calibre de aquellos generales que figuraron en Panamá el 3 de noviembre.

"Tratábase de algo más: de no ahorrar al usurpador trabajo ninguno ni siquiera la más pequeña molestia, ni siquiera un sonrojo. Era forzoso obligar al gobierno americano a la consumación real y efectiva del atropello, para no dejarle pretexto de ninguna especie con que escudarse hipócritamente, quedando en evidencia que, como salteadores o piratas, los llamados aliados y protectores, abusando de la confianza en ellos depositada; nos robaban con sus cañones nuestra propiedad".10

Oscar Terán, uno de los panameños que jamás traicionaron a Colombia, en obra cuidadosa, de gran rigor histórico, reproduce el siguiente aparte del mensaje enviado al congreso de 1904 por el vicepresidente: "no queriendo contrariar a los que predicaban la guerra y pretendían que era cosa hacedera invadir el Istmo y luchar con el coloso del Norte, consentí en que se organizasen en esta capital expediciones de voluntarios, y facilité su marcha hacia la costa atlántica. Este nuevo esfuerzo estaba desde un principio condenado a la impotencia". 11

El libro de Terán, constituye enjuiciamiento severo al gobierno por los errores cometidos, pero lo es también, contra el presidente Roosevelt, que con descaro y sin consideración a los compromisos solemnemente contraídos, confesó el atraco a Colombia con las palabras: I Took Panamá.

El general Rafael Uribe Uribe, puntualiza los cargos contra el gobierno de Washington y con referencia a la actitud panameña, sostuvo: "solo un reducido grupo de la población de la capital entró en la insurrección. De ella no tuvo noticia previa el resto del departamento, a quien para nada se consultó; sus habitantes eran fieles a Colombia y no alimentaban ideas de rebelión. Se les dio la independencia terminada de un golpe, y delante de los hechos rapidamente consumados, dejaron hacer y después se conformaron; pero es más que dudoso que si hubiera habido necesidad de sostener una porfiada lucha por la emancipación, hubiesen tomado parte en ella espontáneamente y con entusiasmo". 12

Puede afirmarse, sin exageración alguna, que no hubo escritor público ni ciudadano eminente que no aunara su voz para condenar los hechos ocurridos en el Istmo y señalar a los responsables del infortunio. La comisión, que a partir de 1910, encabezada por Pérez y Soto y con la colaboración de figura tan destacada como Eduardo Rodríguez Piñeres, no llegó a conclusiones válidas.

La opinión de Luis Eduardo Nieto Caballero, bien resume el estado de ánimo en que seguía viviendo la república "Yo no veo hombres de cárcel. Los que hubo se quedaron en Panamá. Los responsables de aquí lo fueron por no haber estudiado, por no haber comprendido, por oír las voces de la pasión sectaria, de la política chica, de las combinaciones electorales, de la indecisión, del rencor, de la ira, del capricho; por no haber atendido a los reclamos de las secciones, por haber llevado esa vida de burócratas en que un informe que llega se esconde en un cajón o se utiliza para envolver en el las frutas que se llevan a la casa. La desidia, la sordera ante las voces de admonición, la falta de penetración en los motivos del mundo, crean esa responsabilidad, que se relaciona con la pérdida inmediata. La mediata, la que había escrito el destino, no le cabe sino a nuestra pequeñez, a nuestra debilidad y a la misma fortuna, que nos puso un tesoro en el crucero de todos los caminos por donde pasan los salteadores ansiosos".13

 

1
NUEVO TIEMPO. Sábado 7 de noviembre de 1903.
2
Ibidem.
3
Documentos del archivo del doctor Jaime Herrera Pontón.
4
CFR. MAGDALA VELÁSQUEZ TORO. Condición jurídica y social de la mujer. Nueva Historia de Colombia. Tomo IV. Editorial Planeta. Bogotá, 1989. Pág. 9.
5
Documentos pertenecientes al archivo de don Eduardo Wills Carrasquilla.
6
ENRIQUE GAVIRIA LIEVANO. Historia de Panamá y su separación de Colombia. Salvat. Pág 1515
7
Libro azul. Pág. 430.
8
GUILLERMO PLAZAS OLARTE. La separación de Panamá desde el punto de vista militar. Bogotá, 1987. Pág. 169.
9
PÉREZ Y SOTO. INRI. Junio de 1904. Pág. 7
10
Idem. Ibidem. Pág. 9
11
OSCAR TERAN. Op. Cit. Pág. 444.
12
RAFAEL URIBE URIBE. Por la América del Sur. Tomo I Págs. 86 y 87. Editorial Kelly. Bogotá, 1955.
13
LUIS EDUARDO NIETO CABALLERO. La separación de Panamá. Pág. 352. Conferencia dictada el 3 de noviembre de 1928 y publicada en el suplemento literario de El Espectador.
 
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