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CAPITULO X
MARTÍNEZ SILVA EN WASHINGTON
El golpe de estado contra el gobierno de Sanclemente dejó
secuelas al país de carácter diverso. Por una parte, el
conservatismo histórico, inspirado por Carlos Martínez Silva,
impuso al vicepresidente Marroquín en la jefatura del estado,
desplazando al sector nacionalista que tenía como jefe indiscutible
a don Miguel Antonio Caro. Las condiciones de salud del presidente
titular y el desgobierno ejercido alternativamente desde Tena,
Anapoima y Villeta, sirvieron para justificar ante la opinión el
golpe aleve a las instituciones del 31 de julio, restándole influjo
político al señor Caro, que lo ejercía sin reatos sobre Sanclemente
y sus validos.
No debe perderse de vista que fueron los nacionalistas,
encabezados por su jefe natural, quienes prepararon la fórmula
política que resultó vencedora en las elecciones de 1898, y que el
mismo Miguel Antonio Caro preparó cuidadosamente con el cálculo
fallido, que la edad de uno y la amistad estrecha con el otro, le
permitirían conservar las riendas del mando. Para frenar la
candidatura del general Reyes, que ya se destacaba como estadista
de condiciones excepcionales, el grupo nacionalista creyó poder
sobrevivir con la fórmula Sanclemente-Marroquín, de tan nocivas
consecuencias para la nación.
Por otra parte, al romperse el círculo de confianza que unía a
Marroquín con Martínez Silva, por los hechos ya relatados, en el
sentido que los ministros del 31 de julio; Quintero Calderón,
Martínez Silva y Abadía Méndez, dimitieron a raíz de las propuestas
de paz adelantadas con los liberales, el presidente, por
motivaciones de la política interna, quiso buscarle al verdadero
artífice de su segunda presidencia, puente dorado para salir del
país, y no se le ocurrió cosa distinta de enviarlo como ministro a
Washington para negociar, según sus propias palabras, el asunto más
importante de las relaciones exteriores, en aquel momento.
Carlos Martínez Silva era sin duda, figura sobresaliente de la
intelectualidad de la época. Como escritor y periodista se destacó
por la honestidad en la defensa de las ideas, y como político creyó
de buena fe que reemplazando al anciano presidente y con la llegada
al gobierno de don José Manuel Marroquín, se le abriría al país era
de paz y concordia, acompañada de prosperidad económica. Sus buenas
intenciones, a pesar del éxito inicial, encallaron en la terquedad
de Marroquín y en la miopía obtusa del gobierno.
Cuando llega a Washington como ministro, el presidente
colombiano le había perdido la confianza y más bien aguardaba, con
apatía, el fracaso de su acción diplomática. Aquel dicho popular:
"el bien no es reparable", podría aplicarse al
espíritu taimado de Marroquín, frente a quien le abrió las Puertas
de Palacio. En Bogotá, mientras tanto, don Miguel Antonio Caro,
también aguardaba la oportunidad para desquitarse del
vicepresidente que había burlado sus expectativas y de Martínez
Silva, quien fuera opositor sistemático. La política parroquial
impedía ver, en dimensión exacta, la coyuntura internacional y los
efectos para la integridad colombiana.
Martínez Silva viaja a Washington con la precisa instrucción de
"procurar por todos los medios que estén al alcance y
dentro de las facultades del gobierno, que se adopte
definitivamente el Istmo de Panamá para la apertura del Canal
interoceánico. Conseguir ésto, en las mejores condiciones para la
república, es el objeto principal de la honrosa misión que el poder
ejecutivo ha confiado a Usía".
Al anterior se agregó lo siguiente: "Es muy probable
que el gobierno americano haga a Usía exigencias extraordinarias,
de las cuales Usía irá dando oportuno aviso al gobierno, usando el
cable a fin de que usía pueda obrar, en los casos mas delicados,
con especiales autorizaciones previas del gobierno, por lo grave
que sería, dado el doble carácter de que va investido usía, una
promesa, aunque fuera ad-referendum".1
Estas fueron las únicas instrucciones que recibió Martínez Silva
del ministerio de relaciones exteriores, a pesar de la reiteración
con que las solicitara, no solo de Marroquín, sino de los sucesivos
ministros, que ya como titulares o encargados, desempeñaron la
cartera. El doctor Antonio José Uribe era internacionalista
destacado y patriota ilustre, pero poco podía hacer frente a la
personalidad irresoluta de Marroquín y del círculo de ignorantes en
materia internacional, que lo rodeaba.
Al llegar a Washington Martínez Silva vino a enfrentarse a
realidades nuevas, de las cuales el gobierno de Bogotá se hallaba
totalmente ajeno. En primer lugar, la Casa Blanca y los sucesivos
mandatarios que la ocuparon, se habían decidido por un canal bajo
control exclusivo de los Estados Unidos, como necesidad de su
política, puesta con mayor evidencia durante la guerra de Cuba,
cuando los barcos salidos de California debieron emplear tiempo
excesivamente largo para la travesía, mostrando de manera palmaria,
hasta que punto la costa Este se encontraba lejos del Pacífico. En
tal determinación, revivieron los viejos proyectos de acuerdo con
Colombia, que habían encallado unas veces en el senado
norteamericano y otras en el de Colombia y para cuyo éxito las dos
naciones habían laborado tesoneramente.
Por medio de la ley 189 del 3 de marzo de 1899, que destina
fondos para la construcción, reparación y conservación de obras
públicas, abarcando visión más amplia, se consignó lo
siguiente:
"Sección 3a. El presidente de los Estados Unidos de
América queda por la presente ley autorizado y facultado para hacer
una completa y plena investigación del Istmo de Panamá con relación
a la construcción de un canal por los Estados Unidos de América a
través de dicho Istmo, que comunique los océanos Atlántico y
Pacífico. Autorízase al presidente para examinar todas y
cualesquiera vías practicables para un canal al través del
mencionado Istmo de Panamá, y particularmente para examinar las dos
conocidas con los nombres de vía de Nicaragua y vía de Panamá, con
el objeto de determinar la más practicable y realizable, junto con
el coste probable y aproximado de la construcción de un canal por
una de las vías mencionadas u otras.
"Autorízase además al Presidente para investigar y
averiguar qué derechos, privilegios y franquicia tienen y poseen,
si algunos tuvieren o poseyeren, cualesquiera compañías, sociedades
o individuos, y qué trabajos, si los hubiere, se han hecho por
tales compañías, sociedades o individuos en la. construcción de un
canal por alguna o algunas de dichas vías, y en especial por las
llamadas de Nicaragua y Panamá, así como también para averiguar el
coste de adquisición por compra de todos los derechos, privilegios
y franquicias que tengan o posean tales compañías, sociedades o
individuos en cualesquiera de tales vías de Nicaragua y Panamá; y
también para averiguar el coste aproximado o probable de
construcción de un puerto adecuado en cada uno de los extremos de
dicho canal, del mismo modo que el coste probable anual de
conservación de dichos puertos y de cada uno de ellos; y en
general, autorízase al Presidente para hacer una investigación que
sea tan completa y amplia, que se determine la vía más realizable y
practicable para un canal a través del mencionado Istmo, junto con
el coste de construcción sobre él, y para que quede bajo el
dominio, administración y propiedad de los Estados
Unidos".2
Diego Mendoza, quien había trajinado en los vericuetos de la
diplomacia norteamericana, al comentar la ley 189 observó lo
siguiente: "Fingió el congreso de los Estados Unidos al
expedir esta ley, no conocer el contrato celebrado entre el
gobierno de Colombia y la compañía del canal de Panamá; quiso hacer
creer que no sabía que cuantiosos capitales, se habían invertido ya
en la excavación, y que ignoraba cuanto ha avanzado esta obra, todo
a pesar de la notoriedad de los hechos".3
Con tal actitud, se pretendía mostrar ante la opinión americana,
aunque fuera de manera sutil, que la ruta por Nicaragua se hallaba
en mejores condiciones por estar libre de trabas jurídicas o de
compromisos financieros, demasiado costosos para rescindirlos. Se
debe tener en cuenta que la ruta de Nicaragua, con supuestos
caracteres más viables a su favor, era trabajada por el gobierno de
aquel país con el apoyo de parlamentarios norteamericanos a quienes
no sólo movían aspectos románticos, sino cuantiosos intereses
financieros.
El senador John T. Morgan consiguió que el senado aprobara
proyecto favorable a Nicaragua, mientras tal hecho ocurría, y
faltaba sólo que la Cámara diera el asentimiento, el representante
William P. Hepburn, en franca competencia de prestigio con Morgan,
manifestó su apoyo al proyecto por Nicaragua, pero le introdujo
modificaciones, que le impidieron convertirse en ley, durante
aquella legislatura. Tal fue la oportunidad para la creación de la
segunda comisión ístmica presidida por el almirante John Walker y
de la cual formaban parte además, Samuel Pasco, Alfred Noble, G. S.
Morrison, Peter C. Haine, William A. Burn, D. H. Ernest, Louis M.
Hampt y Emory R. Johnson, con el objeto de realizar estudios
comparativos entre las rutas de Panamá y Nicaragua. Bien se
entiende que de aprobarse el proyecto de Nicaragua, las
posibilidades de la ruta panameña, hubiesen desaparecido. En tal
acción política de éxito indudable, el abogado Cromwell, jugó papel
de primer orden.
German Cavelier, describe de la siguiente manera, el informe
preliminar que rindiera la comisión: "Del estudio
realizado se pudo concluir que valía 58 millones más la
construcción del canal de Nicaragua que la finalización del de
Panamá, que esta vía sería más corta, tendría menos esclusas y
curvas y requería para atravesarla doce horas, en tanto que la de
Nicaragua, exigiría treinta. Más -obedeciendo a la presión de los
partidarios del canal de Nicaragua- la comisión dictaminó que
debería preferirse éste en cuanto la concesión de Panamá prohibía
su traspaso a un gobierno extranjero. Juzgó también la comisión que
para los Estados Unidos, era inadmisible la compra de acciones en
la compañía nueva del canal de Panamá, según lo propuesto por
ella".4
Al releer el doctor Martínez Silva, en Washington, las
instrucciones que recibió en Bogotá, comprendió que la primera
tarea era frenar los efectos de la diplomacia nicaraguense,
desplegada tanto en el congreso de los Estados Unidos, como en
poderosos círculos financieros. La firma de un protocolo con
Nicaragua, en virtud del cual, se le daba a los Estados Unidos
amplio privilegio para construir el Canal, marcó hito
memorable.
Varios factores se debían tomar en cuenta en la disputa por la
vía más aconsejable. Por un lado, los Estados Unidos mediante el
tratado Clayton-Bulwer, con Inglaterra, había limitado su capacidad
de acción y le urgía desprenderse del compromiso internacional para
tener manos libres y garantizar el predominio en la zona ístmica.
Después del intento del primer tratado Hay-Pauncefote,
obstaculizado en el momento de la ratificación por el senado
norteamericano, ante la exigencia inglesa de incorporar cláusula de
neutralidad parecida a la de la Convención de Constantinopla,
negociada con motivo del canal de Suez, el 18 de noviembre de 1901,
mediante nuevo tratado, se eliminaron las trabas derivadas del
ClaytonBulwer, quedando así los Estados Unidos con la libertad
necesaria para consolidar su política imperial en el istmo
centroamericano.
Por otro lado, el reconocimiento de los derechos de la nueva
compañía francesa y la voluntad por ella manifestada de negociar
con los Estados Unidos acerca del traspaso de sus acciones, era
punto de controversia. La urdimbre de intrigas se pusieron en
evidencia y los franceses para salvar del naufragio, mínima parte
de los dineros invertidos, se desentendieron del futuro canal.
Personaje de características peculiares, por inteligencia y
capacidad de componenda; William Cromwell, aparece en escena como
abogado de la nueva compañía y persona que por sus contactos con el
secretario de estado Hay y las altas esferas del gobierno
norteamericano, jugaría papel decisivo en el curso de los
acontecimientos. 5
A su lado y en perfecta armonía y coordinación, Philippe
Bunau-Varilla, ingeniero de la antigua compañía y director de las
obras en el cerro de Culebra, recoge acciones y títulos de los
inversionistas franceses para mejorar las condiciones para el
traspaso de los derechos a los Estados Unidos. El entendía que ya
Francia nada tenía que hacer en Panamá y que lo único que salvaría
la conclusión del canal, sería el gobierno norteamericano. A la
sagacidad, sumaba audacia, carencia de escrúpulos y voluntad
indomeñable, para acometer empresas rayanas en lo imposible.
Con tales personajes, Carlos Martínez Silva, se encontró a la
llegada a Washington, como jefe de una misión sin elementos
materiales, y sobretodo, sin el concurso de funcionarios
suficientemente capacitados en las materias que iban a tratarse. Si
bien es cierto que el cónsul en Nueva York, Arturo de Brigard,
disfrutaba de conocimientos e informaciones, el no encontrarse en
Washington, hacía más difícil su consejo.
Para la escogencia de la vía de Panamá se tropezaba con
obstáculos que la hacían más difícil, ya por la última prórroga
inconsulta a la compañía francesa, lo cual llegó a influenciar a la
comisión ístmica, para declarar, que se inclinaba por la de
Nicaragua, "menos expuesta a enredos y
litigios".
El señor Hutin, director de la compañía en París, presentó como
base de discusión, la suma de 109 millones para vender los activos,
estimando que los trabajos estaban muy adelantados y que las
inversiones francesas superaban tal cifra. El almirante Walker,
consideró que los activos no sobrepasaban los 40 millones de
dólares, y ante la presión que ejerciera la comisión ístmica, los
franceses, reunidos en asamblea extraordinaria, decidieron aceptar
la suma propuesta. En Bogotá, también se consideraba que el
traspaso de los derechos por parte de Colombia, era punto
fundamental para negociar con el gobierno de los Estados
Unidos.
A todas luces, los esfuerzos para la escogencia de Panamá, como
ruta del canal, y frente a adversarios tan conspicuos y avezados
que prohijaban a Nicaragua en el senado, requerían que Colombia
definiera posición clara respecto de la voluntad de negociar con
los Estados Unidos y favorecer el traspaso de los derechos, sobre
bases realistas. Ya Nicaragua había puesto las cartas sobre la mesa
y firmado el protocolo correspondiente, en actitud que llegaba al
servilismo.
Martínez Silva no podía entender como el gobierno de Bogotá no
transmitía instrucciones a pesar de su insistencia, y se seguía
soñando en que Francia concluyera las obras, cuando a los ojos del
mundo la compañía estaba quebrada y el desprestigio del canal
panameño no permitía reanudarlas. De ello habían informado, no sólo
el doctor Nicolás Esguerra y Carlos Arturo Torres en la misión que
cumplieran en París, referente a la prórroga, sino multitud de
personalidades del mundo financiero y de compatriotas que no sé
engañaron con el sueño de que el canal francés, fuese algún día
posible.
No por simpatías hacia la nación americana, que nunca existieron
en la clase dirigente del país, sino ante la tozudez de los hechos,
había que comprender la férrea voluntad de los norteamericanos para
construir bajo su control exclusivo, la vía interoceánica.
En Bogotá, la óptica parroquial, impedía observar el conjunto de
circunstancias que condicionaban la escogencia de la ruta, y con la
miopía de gobernantes que ni siquiera conocían el mar, prefirieron
poner énfasis en la obtención de recursos económicos para la
guerra, sin parar mientes en el proyecto mismo del canal y en las
implicaciones para la integridad del país.
El ministro en Washington, comprende que sin una declaración de
parte suya, era imposible que la Comisión ístmica, ante la cual la
imagen del país no generaba confianza, la defensa de la ruta
panameña se encontraría definitivamente perdida. A ello había que
agregar, el clamor insistente de los ciudadanos del Istmo, que
comprendían que definida la ruta de Nicaragua, era imposible pensar
en dos canales, lo cual arruinaría el ferrocarril existente,
convirtiendo las ciudades istmeñas en lugares marginales de
comercio, sin perspectivas de desarrollo. Había penetrado hasta tal
punto la identidad ideológica entre la construcción del canal y la
vida misma del istmo, que nadie dudaba que la escogencia del lago
de Nicaragua sería el final de las grandes esperanzas y el
periclitar de sueños que se habían alimentado desde la época del
descubrimiento.
Aunque aquello no fuera cierto, fue de todas maneras el
estereotipo que predominó en la mente y en el corazón de los
panameños. Hechos muy recientes desdibujan el efecto magico del
canal que muchos le atribuyeron, pero que alcanzó en su tiempo, la
categoría de verdad incontrovertible.
Martínez Silva se decide hablar a la prensa en Washington, para
declarar que Colombia estaba dispuesta a aceptar negociaciones con
los Estados Unidos para una solución canalera. Era la forma de
limar asperezas con la comisión del almirante Walker y reorientar
las discusiones hacia puntos concretos. Desde ese momento, se
levantaron voces de protesta en el interior del país. La prensa
conservadora de Bogotá, porque no había otra, orquesta el escándalo
contra el ministro en Washington y rechaza de manera inconsciente,
el único camino que podría salvar la ruta panameña. El mismo
general Albán, lanzó anatemas. Las autoridades del Istmo le
hicieron coro. Sin embargo, Martínez Silva, avizorando los
peligros, continúa las negociaciones.
El célebre memorandum contemplaba los siguientes puntos:6
"Primero. El pueblo de los Estados Unidos necesita un
canal ístmico, que le permita comunicar fácilmente sus costas del
Atlántico y del Pacífico, movilizar y proteger sus escuadras en
ambos mares y atender a las defensas de sus nuevas posiciones en
oriente.
Segundo. La importancia de este canal es muy grande si se la
considera por el aspecto de las relaciones puramente comerciales,
puesto que los Estados Unidos, habiendo llegado a un alto
desarrollo de sus industrias agrícolas y manufactureras, necesitan
buscarse nuevos merca dos en suramérica y especialmente en el
oriente, donde se abre hoy un inmenso campo a su actividad.
Tercero. Sin embargo, por grande que sea la autoridad del canal
ístmico como vía puramente comercial, los Estados Unidos lo
necesitan ante todo como vía estratégica y militar; para
asegurársela, aunque entren en cuenta los productos del canal por
el tránsito de buques mercantes, no será ese único ni decisivo
factor para llevar a cabo la obra, como tendría que serlo para
cualquiera compañía privada.
Cuarta. Los Estados Unidos tienen los recursos necesarios para
abrir el mencionado canal, cualquiera que sea la vía que en
definitiva se escoja, y cualquiera que sea el costo requerido o
calculado.
Quinto. La opinión pública en los Estados Unidos se ha
manifestado de una manera enérgica en el sentido de que el canal se
abra por el Gobierno de los Estados Unidos y se le someta a su
control directo; y aunque existan intereses particulares opuestos a
la apertura de cualquier canal ístmico, aquella opinión terminará
por imponerse en el Congreso y determinar una acción decisiva por
parte del gobierno.
Creo que los precedentes puntos no necesitan demostración, y que
tienen fuerza axiomática".
En la segunda parte del memorandum, se complementan las premisas
anteriores con atinadas observaciones sobre la imposibilidad que
tenía Francia de concluir los trabajos del Canal y la inadvertencia
colombiana, que gracias a la última prórroga se había ligado a la
suerte de la compañía nueva del canal, conocida la insolvencia.
"La necesidad de formar opinión pública favorable a la
ruta de Panamá, cuando en los Estados Unidos, Nicaragua había
ganado tanto terreno, se respalda en las ventajas geográficas que
la primera ofrece "supongamos, dice el memorandum, que por
hacerse hoy imposible cualquier arreglo con el gobierno de los
Estados Unidos, éste se resuelva a acometer de lleno inmediatamente
el canal de Nicaragua. En este caso los resultados serían los
siguientes: la compañía francesa se encontraría en la incapacidad
absoluta de abrir el camino de Panamá y al expirar el término de su
concesión nos entregaría la parte del pozo excavado y los elementos
de la empresa. ¿Qué haría Colombia con esa propiedad?. Podría
vender a los Estados Unidos ya comprometidos con otra vía? claro es
que no. Podría ofrecerla a alguna compañía particular, después del
fracaso definitivo de la concesionaria primitiva?. La respuesta se
contesta por si misma. Podría, finalmente, ofrecerla a alguno o
varios de los gobiernos europeos?. Tampoco. Puesto que ellos no
aceptarían ni compartirían una obra ya muerta, cuando no quisieron
o no pudieron reanimarla cuando aún tenía vida. Algún periódico de
Colombia anticipándose a resolver estas cuestiones, ha sugerido la
idea de que nosotros podríamos en todo caso abrir el canal
aplicando a este propósito el trabajo de los presidios de toda la
república".7
La Comisión Istmica presentó a Martínez Silva un proyecto de
tratado entre Colombia y los Estados Unidos que contenía los
términos de la concesión, consistente en el derecho exclusivo para
construir y explotar el canal a perpetuidad, la cesión de una faja
de cinco millas a cada lado del canal, incluyendo a Panamá y Colón
y las islas de la bahía de Panamá, la garantía de soberanía
restringida para Colombia en el Istmo y el establecimiento de
tribunales especiales en la zona. Martínez Silva rechazó el
proyecto citado porque desfavorecía los intereses de Colombia y
contrapropuso enmiendas sustantivas, las cuales tampoco fueron
acatadas por los voceros de los Estados Unidos.
Comentando la labor cumplida por Martínez Silva en Washington,
Luis Martínez Delgado afirma: "Gracias a sus gestiones
prudentes y acertadas consiguió demorar la sanción de la ley que
favorecía la ruta de Nicaragua. Fueron sus gestiones activas y
efectivas, como se desprende de su nutrida correspondencia y de los
informes dirigidos a la cancillería colombiana, lo mismo que en
cartas a ciudadanos importantes, sin que éstas comprometieran de
ninguna manera la obligada reserva diplomática".8
Sin ninguna respuesta al sinnúmero de comunicaciones en que
pedía tanto por carta, como por cable, instrucciones para el
cumplimiento de misión tan delicada, el ministro en Washington
decidió dirigirse nuevamente al gobierno de Bogotá, reclamando
definiciones sobre los siguientes puntos:
"Primero.- Si se accede o no a ceder a los Estados
Unidos una faja de terreno de seis millas de ancho, excluyendo las
ciudades de Panamá y Colón;
"Segundo.- Si esta concesión se hace a título de
arrendamiento, por término indefinido, o a lo menos por el
doscientos años;
"Tercero.- Si se ceden o arriendan las islas de la
bahía de Panamá para estaciones de carbón; cosa que se estima
indispensable, por la circunstancia de que casi todos los buques
que vengan de puntos distantes a cruzar el canal, necesitarán
renovar su provisión de carbón;
"Cuarto.- En qué términos deben arreglarse las
cuestiones de policía en dicha faja del canal para impedir colisión
de jurisdicciones y para mantener al mismo tiempo un orden severo
entre la multitud de gentes, de todas clases y condiciones, que
afluirán a la obra del canal; y
"Quinto.- Qué suma redonda, o en forma de anualidades,
debe pedirse al gobierno de los Estados Unidos por las concesiones
anteriores".9
Como si no se hubieran dado cuenta que durante varios meses
Martínez Silva había remitido informes completos sobre el tema del
canal y la política de los Estados Unidos, Marroquín decide
convocar una junta en Palacio, integrada fundamentalmente por
miembros destacados de la sociedad bogotana, junto con los
ministros del despacho, los consejeros de estado, el Procurador
general de la nación, y los magistrados de la Corte Suprema de
Justicia. Debe partirse de la base, que la mayoría de los
asistentes, si no todos, carecían de criterio sobre la situación
internacional, y a Panamá la catalogaban entre las zonas
periféricas, de la cual escasas informaciones se recibían, ya por
defecto de las comunicaciones o por desinterés y desafección
generalizadas. "La incomprensión, las rivalidades
mezquinas y la política netamente personalista de aquella época,
oscureciéndolo todo, se oponían a una deliberación imparcial y
concienzuda, afirma Hernando Martínez Santamaría, en el libro de la
referencia.10
Las discrepancias suscitadas entre los asistentes a la junta de
Palacio, no permitieron llegar a conclusión unánime, y para sortear
el impase se constituyó comisión compuesta de cinco miembros, que
lo fueron los señores Francisco de P. Mateus, Antonio Roldán, José
Camacho C., Alejandro M. Olivares y Francisco Groot. Tampoco
pudieron ponerse de acuerdo. Los dos informes, el de una mayoría de
cuatro y el del doctor Groot, confirman lo anteriormente dicho, que
Colombia vivía en aquella época rara mezcla de fanatismo político
en el interior y de ingenuidad, acerca de lo que ocurría en los
Estados Unidos y en el resto del mundo.
El mismo Martínez Sanabria en comentario a la compilación de
Martínez Silva, observa: "El informe de mayoría, es decir
de la comisión compuesta por Francisco de P. Mateus, Antonio
Roldán, José Camacho C. y Alejandro Olivares, refleja el criterio
formado, "después de una disertación enteramente
sentimental, alejada por completo de la realidad de los hechos que
estaban a la vista, que se tocaba con la mano, llegó a la peregrina
conclusión de que 'Francia, arrepentida de haber, por un momento,
renunciado a la gloria de dar su nombre a la empresa más colosal
del siglo, se lanzaría con sus capitales, su energía y su ciencia a
revisarla' y terminó el informe proponiendo que el gobierno de
Colombia "exigiera a la compañía el cumplimiento de sus
compromisos para la continuación de los trabajos y terminación del
canal".11
A ello, se agregó el informe de minoría suscrito por Francisco
Groot, en el sentido de invitar al Vicepresidente para aprovechar
enérgicamente la brillante ocasión que se le presentaba para vencer
toda dificultad económica y asegurar la soberanía de la nación
sobre la parte más importante de ella. Así se mostraba evidente,
que antes que la preocupación canalera, el gobierno deseaba
aprovechar la coyuntura para llenar las arcas del Estado,
prácticamente agotadas por efectos de la guerra.
El doctor Nicolás Esguerra, quien no concurrió a la junta por
razones de salud, se dirigió por escrito para expresar el concepto
que se debería consultar al Congreso, subrayando la circunstancia
de que frente a tema de tanta magnitud, convendría oír a los
representantes del partido liberal, cuando el conflicto civil
llegara a término, como parecía en razón de las gestiones de paz
que se adelantaban. Tenía razón el doctor Esguerra, cuando
conciente de las responsabilidades históricas, reclamaba ante el
alto gobierno a favor de los intereses nacionales, y no solo en
defensa de recursos financieros para adquirir armas para la guerra,
que sólo el capricho del vicepresidente y de su camarilla,
prolongaban
Martínez Silva recibió la noticia que había sido reemplazado en
la legación en Washington por el doctor José Vicente Concha, figura
notable del parlamento y del foro, pero no lo suficientemente
informado de lo que ocurría en el medio internacional,
particularmente en Washington. El mismo Martínez Silva, en carta a
Antonio José Uribe, en mayo 30 de 1901, se duele de la forma como
fue destituido, sin valorar sus servicios para la defensa de Panamá
como ruta interoceánica. "Por lo que usted me dice y por
la carta de D. Manuel infiero que la opinión allá es decididamente
contraria a toda negociación con el gobierno de los Estados Unidos
y que lo único que se desea es que la obra del canal se complete
con la compañía francesa. Siendo esto así me parece que mi misión
aquí esta virtualmente terminada"
Los supuestos cargos contra Martínez Silva, eran los siguientes:
el haberse negado a gestionar la extradición del general Uribe
Uribe, contra quien un juez, en el departamento de Bolívar, había
dictado auto de detención. Igualmente, los contactos con Uribe
Uribe y el doctor Martínez Silva para que este último se decidiera,
como lo hizo luego, en favor de la paz. Se había prestado para
comentarios desfavorables, que se calificara a Aristides Fernández,
de elemento perjudicial para el establecimiento de la paz; haber
empleado el término fanáticos, rigurosamente exacto aplicado a
tantos conservadores y liberales que no pueden reconocer jamás en
sus contrarios ninguna virtud o cualidad, ningún móvil honrado y
patriótico; haber comentado 'las conclusiones, abusos y robos de
toda especie, que formaron el carácter esencial del nacionalismo;
el que por influencias del doctor Martínez Silva se hubiera formado
un partido que será el más inteligente y el más ilustrado, pero que
tenía el pequeño defecto de no existir, según el señor Marroquín
que militó precisamente al lado de los conservadores históricos que
lo llevaron por segunda vez a la presidencia de la república; el
haberse referido a las conversaciones o convenios anteriores al
movimiento del 31 de julio de 1900 para ponerle fin a la guerra
civil. Tampoco era aceptable para el señor vicepresidente la
amistad que existía entre el doctor Martínez Silva y don Santiago
Samper, hijo del gran ciudadano don Miguel Samper, que se
distinguía por su cultura, independencia, probidad y consagración
al trabajo". 12
Los supuestos cargos contra el ministro en Washington estaban
impregnados de sectarismo político y de pugnas parroquiales, sin
que ninguno tuviese que ver con los negocios del canal, y menos aún
con la conducción de la política exterior. El sable de Fernández
manchado de sangre patibularia dominaba no solo los actos del
gobierno para acallar las voces pacifistas de los liberales,
incluyendo las del general Uribe Uribe, sino que se ponía al
servicio de los pequeños rencores para conducir sin grandeza los
destinos de la patria. Había hedor de cosas pequeñas. Venganzas
personales y total despreocupación por la suerte de Panamá, como
parte de la república.
"Soy y he sido amigo, respondió Martínez Silva al
vicepresidente Marroquín, en carta fechada en Washington el 11 de
marzo de 1902, de Santiago Samper, amistad que es ya tradicional en
mi familia y con la cual me considero altamente honrado. Me consta,
y a usted le consta también, que Santiago Samper no fue favorable a
la revolución, y que guardó al menos hasta cuando yo me separé de
Bogotá, la más absoluta neutralidad. Por eso me opuse yo a toda
medida de persecución contra Santiago Samper y alguna vez le
presenté a usted el comprobante de una treta infame urdida por el
señor Aristides Fernández, para comprometer a Samper y justificar
así la persecución que contra él se fraguaba: Santiago Samper es un
hombre modelo de buen ciudadano, como lo fue su ilustre padre,
ejemplar en su hogar doméstico, correctísimo en sus negocios,
benévolo de carácter, caritativo como pocos, patriota antes que
todo y de ideas políticas muy distantes de las exageraciones
liberales.
"Qué razón podía haber, pues, para perseguir tan
tenazmente a un hombre así? doloroso es para mi tener que decirlo:
aquello no es sino uno de tantos síntomas de ciega demagogia
conservadora que fermenta en el círculo que rodea hoy a usted y que
se encubre hipócritamente con capas de religión. En el fondo de
todo eso hay envidia, odio contra las distinciones sociales bien
adquiridas y contra la riqueza ganada honradamente. Que sea
conservatismo, no lo se, y si lo fuera, no seré yo nunca de esos
conservadores". 13
Así mismo, se le inculpó a Martínez Silva su oposición a que el
gobierno colombiano interviniera en Venezuela y Ecuador y a la
compra de buques. El propio acusado aceptó la responsabilidad de
tales hechos. Pero analizados cuidadosamente los riesgos que tales
acciones hubiesen implicado, el juicio de la historia se muestra
favorable al ministro que le evitó al país sinnúmero de
contrariedades en sus relaciones con Venezuela. Igual puede decirse
con respecto del Ecuador, ya que estas hubiesen abierto frentes de
guerra innecesarios, cuando el país se encontraba en llamas.
Los dieciséis meses de permanencia en los Estados Unidos del
ministro Martínez Silva hubiesen arrojado resultados diferentes, si
Bogotá hubiese estudiado los innumerables informes que redactó, y
los cuales ni siquiera merecieron respuesta. Para el país hubiese
sido diferente la evolución de la política relacionada con el
istmo, si la paz nacional se hubiese consolidado con el concurso de
los jefes liberales Uribe Uribe, Vargas Santos y Antonio José
Restrepo, miembros del comando revolucionario residente en Nueva
York y la voz del plenipotenciario colombiano no hubiese sufrido el
inevitable deterioro por las críticas que en los Estados Unidos,
enjuiciaban severamente la conducta del gobierno Marroquín.
Uno de los últimos actos de Martínez Silva en Washington, fue
elaborar proyecto de tratado, que finalmente no se presentó. El
final de su misión se caracterizó por hecho insólito, que lejos de
disminuir su prestigio, lo exaltó ante la opinión sensata del país,
hasta el punto de que Luis Eduardo Nieto Caballero escribiera,
cuando el fallece al poco tiempo. "Colombia acongojada
enlutó su bandera y lo inscribió para siempre en la lista de sus
grandes".14
El incidente consistió en que un grupo de distinguidos
ciudadanos, encabezados por Martínez Silva, elaboró memorial de
protesta, dirigido a Marroquín, contra el fusilamiento de los
liberales, y las medidas de represión que llegaban hasta los más
increíbles excesos. A pesar de los términos comedidos de la
protesta, Fernández ordenó conducir a los signatarios al panóptico.
Allí se confinaron, junto con Martínez Silva, José Joaquín Pérez,
Bernardo Escobar, Francisco A. Gutiérrez e Isidro Nieto. Ellos
habían resistido a la presión oficial para que se retractaran. Del
panóptico salieron confinados a Gachalá, y de allí a Gachetá donde
terminaron de cumplir la sanción.
Este nuevo atropello confirmaba de manera inequívoca, que a los
ojos del gobierno nada distinto del aniquilamiento de los
adversarios podía tenerse en cuenta y que las voces de paz y
serenidad patriótica se ahogaban con hechos de violencia,
retaliación y odio.
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Memorando del subsecretario de relaciones exteriores encargado
del despacho, doctor Antonio José Uribe al doctor Carlos Martínez
Silva, ministro de estado en el mismo departamento sobre los
principales asuntos que ha de tratar en su carácter de enviado
extraordinario y ministro plenipotenciario ante el gobierno de los
Estados Unidos de América. Libro azul. Documentos diplomáticos
sobre el canal y la rebelión del istmo de Panamá. Ministerio de
relaciones exteriores. Imprenta Nacional. Bogotá 1904. Págs. 3 y
4.
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CFR. DIEGO MENDOZA. El canal interoceánico. Bogotá,1930. Págs.
6 y 7.
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Idem. Ibidem
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GERMAN CAVELIER. Op. cit. Tono II. 1860-1903. Pág. 270.
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Oscar Terán para describir la personalidad del abogado y el
papel jugado en el affaire Panamá, dice: M señor Ciomwell, can
franqueza rayana en cinismq va al extremo de insinuar algunos de
los medios, al alcance suyo y de sus socios, puestos en práctica en
el desempeño del mandato recibido. Sien está, dice, explicar aquí
también que en más de treinta años de activa y dilatada carrera
profesional, la firma de Sullivan y Ganwell se había creado íntimas
relaciones, susceptibles de ser aprovechadas ventajosamente, can
hambres colocados en posiciones de poder e influencia en todos los
círculos y en todas partes de las Estados Unidos; y que no solo se
hallaban las socios de la firma en pie de estrechas e íntimas
relaciones con sus colegas más distinguidas de todo el país, sino
que habían llegado a conocer y a poder sobornar par la influencia a
un número considerable de hambres públicas figurantes en la
política, en los círculos financieros y en la prensa Y todos estos
prestigios y relaciones fueran de utilidad grande y a veces
decisiva y un enorme auxiliar en el descargo de sus deberes
profesionales para con el asunto de Panamá... Ni sería posible ni
quite conveniente detallar y enumerar los modas y maneras
innumerables can que fueron aprovechados en dicho asunto nuestra
posición influyente y nuestro poder- No quiere decir esto que la
remuneración por nuestros servicios deba bastarse en esta
consideración únicamente, pero fue ella en parte la que añadió peso
y potencia a nuestras actividades profesionales, la que contribuyó
substancialmente al resultado obtenido y la que nos permitió,
durante los críticos trances que atravesó este gran negociado,
apartar lo que en varias ocasiones pareció el golpe de gracia de la
empresa de P y cambiar en victorias decisivas los casos más
desesperados'. Esta trascripción pertenece al libro The story of
Panamá. Documento letra A, Pág. 206. CFR OSAR TERAN Historia
crítica del atraco yanqui mal llamado en Colombia La pérdida de
Panamá' y en Panamá 'Nuestra independencia de Colombia'. Pág.13.
Bogotá, 1976
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Esta versión corresponde a la publicada por Luis Martínez
Delgado en la obra Panamá su independencia de España - su
incorporación a la Gran Colombia - su separación de Colombia - el
canal interoceánico, y tiene fecha Washington junio 25 de 1901.
Sobre el particular German Cavalier observa: "II gobierno
colombiano no publicó en el libro azul el mernorandum de Martínez
Silva a Hay, de 27 de marzo de 1901; el presidente Marroquín
(mensaje de 1904) censuró a Martínez por la presentación de tal
memorandum, agregando que se había improbado por cable de 25 de
abril. Mas el gobierna colombiano no pudo conocer el memorandum el
25 de abril, y el cable de esta fechase refería claramente a las
declaraciones atribuidas a Martínez Silva por la prensa
nortemericana. Incurre en contradicciones Marroquín cuando dice que
el cable de 25 de abril censuró también la presentación del
memorandum (el de 27 de marzo) a la Comisión Istmica, cuando en
verdad el memorando destinado a ella fue diferente y presentado can
posterioridad. GERMAN CAVALIER. Op. cit. Pág. 352.
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LUIS MARTÍNEZ DELGADO. Op. cit Pág. 171 y ss.
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Op. Cit. Pág. 98.
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CARLOS MARTÍNEZ SELVA. Par qué caen los partidos políticos.
(Política colombiana interna e internacional - Separación de Panamá
- epistolarios). Juicio crítico del doctor Luis E Nieto Caballero
Comentarios y notas de Hernando Martínez Sanabria. Camacho Roldán y
cia. S A. Librería Colombiana. Bogotá,1934. Pág. 116 y ss.
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Idem. Ibidem
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Idem. Pág. 119.
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LUIS MARTÍNEZ DELGADO. op. cit. Págs. 102 y 103.
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Idem. Ibidem
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CARLOS MARTÍNEZ SILVA. Juicio crítico de Luis Eduardo Nieto
Caballero. Op. cit. Pág. LIII.
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