Cartagena a Fines del Siglo XVIII
"...Se ha logrado dejar enteramente cerrada la
plaza..."
(El Virrey Ezpeleta, 1796).
Destruidos los castillos de la bahía por las bombas de los navíos
de Vernon, el eterno problema de la defensa y fortificación del
hermoso puerto de Cartagena se agravó una vez más. En realidad, no
se había resuelto definitivamente después del ataque francés de
1697, pues las reparaciones efectuadas en los fuertes a principios
del siglo XVIII y las baterías construidas antes de la última
guerra con los ingleses no habían pasado de ser obras
provisionales, hechas con la urgencia a que obligaban las
circunstancias. Cuando el ingeniero don Juan de Herrera Sotomayor,
en 1716, informó al virrey del Perú, Príncipe de Santo Buono,
acerca de las necesidades de la plaza y propuso la realización de
un plan de obras, hizo notar que éstas se dirigían a reparar las
ruinas producidas por los estragos del tiempo, y "no a
correjir los yerros y nulidades de la construcción de la plaza de
forma que quedase en una regular defensa, porque para esto era
necesario mucha mayor suma de dinero, y aquí me es preciso ceñirme
a la escasez del tiempo, por cuya razón no quedará la plaza con
aquellos defectos di manados de su primera construcción, aunque sí
reparada de lo más presiso y nesesario por aora para la
conservación"1. La única obra de carácter permanente
que se hizo antes de la guerra de 1739 fue la muralla de la Marina,
que no llegó a terminarse y que estaba destinada a oponerse a los
elementos y no a los enemigos. Por otra parte, los furiosos
temporales que con tanta frecuencia azotaban aquellas costas
volvieron a abrir el antiguo canal de Bocagrande, y desde el
momento que éste pudo ser accesible a las embarcaciones, el
problema de la seguridad de Cartagena se complicó aún más.
Tal era la situación de la ciudad de Heredia y su puerto después
del brillante episodio de la defensa contra el ataque de Vernon.
Ante sus muros se había decidido la suerte de nuestros dos
virreinatos de América del Sur, al quedar deshechos los planes
ingleses de cortar las comunicaciones por el istmo de Panamá
mediante el ataque simultáneo de las escuadras de Anson y Vernon a
las costas del Pacífico y del Caribe. Pero deshecha la escuadra del
apostadero y destruidos los castillos de la bahía, el puerto de
Cartagena -punto de apoyo y garantía de las comunicaciones entre
España y el istmo- perdió, una vez más, su seguridad.
La Corte no malgastó el tiempo buscando soluciones, ya que, apenas
transcurridos seis meses después de la retirada de Vernon, la real
cédula de 26 de octubre de 1741 dispuso la ejecución inmediata de
un plan de obras y, al mismo tiempo, fue nombrado ingeniero
director de las fortificaciones de Cartagena don Juan Bautista
Mac-Evan, a quien se dictaron amplias instrucciones en tal
sentido.
Así comienza la etapa más brillante de la historia de las
fortificaciones cartageneras, y el problema de la seguridad de la
famosa ciudad del Caribe entra en su fase decisiva. Desde la
llegada de Mac-Evan en noviembre de 1741, hasta unos años antes de
la emancipación, se trabajó casi sin descanso en Cartagena de
Indias, y las considerables sumas que se invirtieron en las obras
justifican la legendaria anécdota según la cual el rey Carlos III
se asomaba a una ventana de su palacio madrileño, esperando ver en
el horizonte la silueta de aquellos castillos que, a juzgar por lo
que costaban, debían alcanzar la altura de las nubes.
Desde 1741 hasta 1759 intervinieron en los proyectos y obras
militares de Cartagena de Indias los ingenieros don Ignacio Sala y
don Lorenzo de Solís, además del citado Mac-Evan. A éste se debió
la construcción del fuerte de San Sebastián del Pastelillo, situado
a la entrada del puerto interior, en el mismo lugar en que se
alzara antes el castillo del Boquerón, la fortaleza más antigua de
la bahía cartagenera. Don Ignacio Sala, nombrado gobernador y
capitán general de Cartagena en 1748, era uno de los más
prestigiosos ingenieros militares de la época. Había desempeñado la
dirección de las fortificaciones de Andalucía y construido
Importantes obras en el puerto de Cádiz. Su nombramiento para la
capitanía general de Cartagena es testimonio bien elocuente del
interés de la Corte por la seguridad de aquella plaza fuerte,
considerada con razón como "antemural de las
Indias". Consciente de su prestigio profesional, buen
conocedor de las últimas innovaciones introducidas en la
arquitectura castrense-como lo demuestran sus comentarios a la
traducción que hizo de una de las obras del famoso marqués de
Vauban-, don Ignacio Sala se sintió herido en lo más íntimo cuando
sus diferencias de criterio con Mac-Evan respecto de la forma y
emplazamiento del fuerte de San Fernando de Bocachica concluyeron
con la elección del proyecto que había presentado este último. Tal
vez esa fue la causa de que pidiera el relevo, que se le concedió
en 1753.
Con arreglo a los proyectos de Sala y Mac-Evan se comenzó a
fortificar el canal de Bocachica. Ambos ingenieros estuvieron de
acuerdo en lo referente a la batería de San José, que se construyó
cerca de la orilla izquierda del canal, sobre un bajo de arena. En
la otra orilla se hizo el fuerte de San Fernando, según los planos
de Mac-Evan, cuyo proyecto era más complicado y costoso que el que
Sala había ideado con vistas a situar la fortaleza sobre el
inmediato cerro de los Hornos. Concluidos estos castillos y la
batería de Santa Bárbara en 1759, el problema de la seguridad de la
entrada a la bahía quedó resuelto. Más tarde se añadieron otras
obras de fortificación para reforzar sus posibilidades
defensivas.
Con el relevo de don Ignacio Sala coincidió el nombramiento de don
Lorenzo de Solís para el cargo de ingeniero director, vacante por
fallecimiento de Mac-Evan. Solís hizo un proyecto general para
fortificar todos los puntos débiles del recinto de la plaza y
dotarla de cuarteles y almacenes de pólvora y pertrechos, todos a
prueba de bombas. El proyecto era tan completo que tal vez por su
excesivo costo no se puso en práctica. Sus trabajos más eficaces
fueron los que realizó en Bocagrande, continuando los iniciados por
don Ignacio Sala, a quien Solís admiraba como maestro y seguía en
todo.
Destinado a Méjico en 1757, se hizo cargo de la dirección de las
fortificaciones don Antonio de Arévalo, que llena con su vida y sus
obras el último capítulo de la historia de las fortificaciones de
Cartagena. Como ingeniero militar, Arévalo es una de las figuras
más destacadas del Muevo Reino de Granada en la segunda mitad del
siglo XVIII. Buen conocedor de la gobernación de Cartagena y de
gran parte del virreinato, en la ciudad de Heredia residía desde
que, en 1741, fue destinado a servir junto a Mac-Evan en calidad de
ingeniero extraordinario, después de haber servido algún tiempo en
Cádiz a las órdenes de don Ignacio Sala. Las difíciles misiones que
desempeñó en el Darién y en Río Hacha pusieron de manifiesto sus
dotes diplomáticas y el exacto conocimiento de graves problemas
locales que comprometían la seguridad del virreinato, así como los
diarios de esas campañas, revelan su espíritu ordenado y
observador, cultivado en sólidos conocimientos.
Construidos los castillos de Bocachica, fue Arévalo quien acabó de
solucionar los problemas que la defensa y conservación de Cartagena
de Indias había planteado a lo largo de más de dos siglos. La
escollera de la Marina garantizó para siempre la seguridad de la
"muralla de la mar del Norte", librando a la
ciudad del peligro de las inundaciones con que tantas veces la
amenazaron los furiosos "nortes". El dique de
Bocagrande cerró para siempre el antiguo canal de entrada a la
bahía, dejándola reducida al estrecho paso de Bocachica, que fue
reforzado con la batería del Angel San Rafael y las que se
añadieron al fuerte de San Fernando para flanquear sus baluartes. Y
en el cerro de San Lázaro, extramuros de la ciudad, todo un sistema
de baterías convirtió el viejo fuerte de San Felipe de Barajas en
un reducto inexpugnable, que con sus galerías y cuarteles
subterráneos constituye una de las más formidables obras de
arquitectura militar que España dejó en tierras de América. Bajo la
dirección de don Antonio de Arévalo-ya entonces brigadier de los
Reales Ejércitos se terminó en 1795 el trozo de muralla comprendido
entre los baluartes de Santa Clara y Santa Catalina, ocupado por
los cuarteles, cuyas "bóvedas" a prueba de bombas
les dieron nombre. Cuando en 1798 se colocó el escudo que decora el
frontón del pórtico, quedaba concluido definitivamente el recinto
de Cartagena y, después de más de dos siglos de trabajos, era una
realidad el proyecto de convertirla en plaza fuerte, ansia y anhelo
de la ciudad de Heredia desde los días inmediatamente posteriores
al de su nacimiento a la vida urbana. Don Antonio de Arévalo cierra
con broche de oro la larga dinastía de los ingenieros militares,
que durante dos centurias habían luchado por conseguir aquella
realidad. Y después de más de sesenta años de servicios en Indias,
realizada aquella misión consubstancial con su vida, don Antonio de
Arévalo murió en Cartagena el 9 de abril de 1800.
La historia de las fortificaciones de Cartagena de Indias acaba
casi al mismo tiempo que su historia española. Quiso el destino que
aquellos muros y castillos, construidos para defenderla de los
ataques de los enemigos de España, sólo sirvieran para escenario de
luchas entre hermanos, en los días decisivos de la Emancipación. El
11 de noviembre de 1811, Cartagena proclamó su independencia.
Reconquistada por Morillo en 1815, se perdió para España
definitivamente seis años después. Pero, insensibles a los estragos
del tiempo, quedan en pie sus murallas y sus castillos, como
recuerdo de aquellos tiempos en que dependía de ellos, en gran
parte, la seguridad de todo un imperio.
La historia detallada de las últimas obras de arquitectura militar
que se construyeron en Cartagena de Indias está en las páginas que
siguen. Con ellas queda cumplido el propósito que inspiró esta
monografía.
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Informe del ingeniero Herrera al virrey del Perú, príncipe de Santo Buono (AGI: Santa Fe, 457). Publicado por MARCO: Ob. cit., pág. 233. |
