LA CASA EN EL SIGLO XVIII
Difícil es discernir cuántas de las típicas casas cartageneras
pueden agruparse dentro de este epígrafe. Salvo el palacio de la
Inquisición, cuya portada barroca indica la época de su
construcción con tanta exactitud como la fecha que la corrobora,
las restantes carecen de detalles decorativos que permitan fijar su
cronología. Seguramente, más de una de las que hoy se conservan
libres de reformas modernas que hayan variado su aspecto primitivo,
son anteriores al siglo XVIII. Pero como el ejemplar de más valor
artístico corresponde a la segunda mitad de esa centuria, he
preferido agrupar aquí unas cuantas notas sobre la casa
cartagenera, como preámbulo al estudio de la que fue residencia del
Santo Oficio.
Durante los últimos lustros del siglo XVI y el primer tercio del
XVII debió construirse en Cartagena gran número de casas. El
franciscano fray Pedro Simón, que escribía en 1628, habla de
"la mucha suma de ventanaje y balcones volados"
que ya entonces daban a las calles cartageneras el típico aspecto
que hoy conservan y que es común a todas las ciudades costeras de
las Antillas y de las riberas del Caribe y golfo de Méjico, desde
Cumaná hasta Veracruz. Es posible que aún queden algunas casas de
esa época, más o menos reformadas posteriormente, sobre todo en los
últimos treinta años. La única que sabemos construida antes de 1620
es la de la Moneda; en su planta baja, el amplio zaguán da acceso a
un vestíbulo que comunica con el patio por medio de dos arcos, que
apean en una columna de fuste corto, disposición análoga a la que
encontramos en una casa mudéjar de Santo Domingo 2. La portada, con pilastras lisas y
dintel despiezado, con un modillón en la clave, es idéntica a la de
la casa de la Contaduría, comenzada en 1620, y del tipo que se
repite en numerosas casas de Cartagena. Semejantes también a los de
la Contaduría son los balcones volados de la casa de la Moneda y,
por otra parte, consta documentalmente que en 1613 los había en la
fachada de la plaza Mayor 3.
Esos grandes balcones de madera son frecuentes en el norte de
España y en otras regiones españolas. Su origen tal vez se
encuentre en los ajimeces moriscos que tanto abundaban en las
ciudades meridionales de la Península hasta que el balcón
renacentista fue desterrando su uso. De Andalucía, sin duda, fueron
llevados a las islas Canarias en los días inmediatamente
posteriores a la conquista, antes de que la moda de las ventanas y
balcones a la italiana desterrara para siempre de Sevilla el empleo
de los "salidiços, que antiguamente las hacían más húmedas
y sombrías", de que nos habla el historiador Morgado 4. En el archipiélago
canario tomaron carta de naturaleza los balcones volados,
arraigándose más que en ninguna otra región de España, por el
aislamiento artístico en que vivió la provincia atlántica. En 1586,
Felipe II dictó una real cédula dirigida al Cabildo de Tenerife,
prohibiendo que se hicieran en los sucesivo "salidiços, ni
corredores, ni balcones, ni otros edificios algunos que salgan a
las dichas calles fuera de la pared en que estuviere el tal
edificio" 5,
pero la orden sería revocada más tarde o fue letra muerta, ya que
jamás se cumplió. Dadas las relaciones constantes de las islas con
las Indias, es natural que del archipiélago pasaran a América y
concretamente al Nuevo Reino de Granada, en cuya conquista tomaron
parte activa los Adelantados de Canarias don Pedro y don Alonso
Luis Fernández de Lugo. Recordaré, además, que este último llevó al
Nuevo Reino de Granada en 1543 gran número de "artífices y
oficiales, para fábricas y edificios y otras cosas en orden al
ennoblecimiento y perpetuidad de la tierra" 6. Cae fuera de este lugar el
estudio de los distintos tipos de balcones americanos, pero sí diré
que los de las regiones andinas son más ricos y más semejantes a
los modelos canarios que los de la costa.
Los "corredores" o balcones cartageneros constan
de una hilera de canes que, prolongando las vigas del techo de la
planta baja, sostienen el piso; unas pies derechos, o airosas
columnitas con zapatas, reciben una viga corrida, sobre la cual
descansan los carnecillos que forman el alero del tejado, y una
balaustrada forma el antepecho. Los balcones se extienden a lo
largo de la fachada o se disponen en ángulo, y a ellas se abren dos
o más puertas. Existen otros de un solo hueco, con tejadillo
volado, sin pies derechos que lo sostengan, tipo menos frecuente,
que parece degeneración del anterior y propio del siglo
XVIII.
En los patios de las casas, columnas y arcos repiten el tipo que
hemos visto en los claustros de San Francisco, Santa Teresa, Santa
Clara y La Popa, construidos todos antes de 1625. Salvo algún caso
aislado, a falta de elementos decorativos demuestra que o todos son
de la misma época o se siguió empleando el mismo modelo, sin que a
través del tiempo fuera evolucionando.
Podemos agrupar las casas cartageneras en dos tipos: de un solo
piso y de dos plantas, incluyendo en éste las de tres, que son
excepcionales. Unas y otras están construidas con ladrillo y
mampostería, con los paramentos enlucidos, y se cubren con tejados.
Las casas bajas abundan más en los barrios de Getsemaní y San
Diego, un poco alejados de las calles comerciales. La puerta
siempre está a un lado de la fachada, y en ésta se abren dos o más
ventanas, cuyas amplias rejas de madera descansan en basamentos a
modo de repisas y se cubren con tejadillos. En algún caso, las
portadas de las casas se unen, formando una sola fachada simétrica,
y la cornisa que remata los dinteles subraya la unión. Tal ocurre
en la que fue residencia de don Gonzalo de Herrera, marqués de
Villalta, cuya cornisa se quiebra para encuadrar el escudo
finamente labrado, evocando así el recuerdo de las portadas góticas
del tiempo de los Reyes Católicos.
En la calle del Espíritu Santo, del típico barrio de Getsemaní, se
encuentra el ejemplar más interesante de casa cartagenera de una
sola planta. Es una de las pocas que se han conservado libres de
reformas posteriores y tal vez la más representativa de la
arquitectura barroca popular. En la fachada se abren dos ventanas,
cuyas rejas de madera, cubiertas por tejaroces, descansan en
repisas, y bajo la cornisa que sostiene el alero del tejado corre
una hilera de mútulos. La puerta está flanqueada por columnas, que
reciben un entablemento, en cuyo arquitrabe, friso y cornisa se
continúa la convexidad de los fustes, mientras unos remates
cónicos, con estrías verticales, prolongan el movimiento ascendente
de éstos. También sobre la clave del dintel, decorada con un
modillón, se curvan la cornisa y el friso, formando una especie de
ménsula que sostiene una hornacina. Quizá esta portada, que hoy
está cubierta por innumerables capas de cal, luciera en tiempos el
ladrillo en limpio, que pondría una nota de color sobre el blanco
muro enlucido. No es menos interesante el interior de la casa:
pasado el zaguán hay un vestíbulo, separado del patio por tres
arcos, dos apuntados y uno carpanel, que apean sobre columnas
semejantes a las de la portada; unas figuras de mujer toscamente
estilizadas rematan las claves de los dos arcos apuntados. A un
lado del zaguán está la sala, en cuyo testero -entre la puerta que
comunica con el vestíbulo y otra que da acceso a una alcoba- se
encuentra un curioso ejemplar de estos
"tinajeros" que nunca faltan en las casas
cartageneras: el arco trilobulado, las semicolumnas con estrías
verticales en los capiteles, la prolongación de éstos coronada por
remates de silueta campaniforme con figuras humanas estilizadas y
esa especie de volutas laterales, forman un conjunto originalísimo
y de marcado sabor popular. Ignoro con qué fundamento se cree que
esta casa sirvió de residencia a los hermanos de San Juan de Dios
que cuidaban el Hospital del Espíritu Santo que dio nombre a la
calle 7.
En las casas altas, la planta baja sirve, generalmente, a fines
comerciales, y está ocupada por tiendas o depósitos, destinándose a
vivienda el piso superior. El amplio zaguán da acceso a un
vestíbulo, del cual arranca la escalera de tipo claustral situada
en un ángulo; tras el vestíbulo está el patio, claustrado sólo en
das o tres lados para que le refresque la brisa marina, y a
continuación viene el "traspatio" o corral, con
las habitaciones de la servidumbre y las caballerizas. En la planta
alta, la parte frontera a la calle está ocupada por el salón, con
una alcoba a cada lado y techo de artesa, común a toda la crujía,
pues los tabiques que forman esas piezas nunca llegan hasta el
techo, a fin de que el aire circule con facilidad. En la antesala o
vestíbulo de la planta alta, donde desemboca la escalera, suele
encontrarse el " tinajero", especie de alacena
con puertas de rejas de madera, donde se ponían las panzudas
tinajas que conservaban el agua siempre fresca. El corriente que
las casas grandes tengan entresuelo, donde se guardaban las
mercancías que podían ser dañadas por la humedad del piso. Estos
entresuelos, que suelen ser de corto puntal, tienen ventanas con
rejas a la calle y, a veces, puertas y vanos a una galería volada
sobre canecillos y con antepecho de balaustres de madera que corre
a lo largo de una o más crujías del patio. La abundancia de lluvias
impone el tejado sobre el cual se alza el
"mirador", torrecilla construida siempre de
ladrillo, desde la cual se divisa el amplio panorama del mar y la
bahía.
Este tipo de casa, en que casi siempre se combinan la vivienda y el
depósito o establecimiento de comercio, es semejante al que desde
fines del siglo XVII, encontramos en Cádiz, ciudad que mantenía
intimas relaciones comerciales con Cartagena y en la que se daban
circunstancias semejantes, tales como la situación marítima, su
carácter mercantil y la limitación de espacio que imponía la isla
que le sirve de asiento y el recinto de murallas que cercaba su
casco urbano. De este tipo de origen gaditano con amplios
entresuelos, y más parecidas aún en su fisonomía exterior a las
cartageneras por la nota colorista que ponen en sus fachadas los
balcones volados de madera, son las viejas casonas que aún quedan
en poblaciones costeras de la isla de Tenerife. En Garachico, en el
Puerto de la Cruz y en Santa Cruz de Tenerife se encuentran casas
semejantes a las de Cartagena, con muros enlucidos y
grandes-balconadas, construidas en los siglos XVII y XVIII, cuando
la isla exportaba a Europa y a las Indias los famosos vinos de
malvasía. Los "miradores" de las casas
cartageneras recuerdan también los de los palacios gaditanos, no
sólo por el fin que inspiró su construcción, sino también por la
forma. Pocos quedan, desgraciadamente, pues en su mayor parte han
sucumbido a los estragos del tiempo. Tal vez sea de la segunda
mitad del siglo XVII el de una casa situada en la calle de las
Damas -en la parte más antigua de la ciudad, cerca de la plaza de
la Aduana-, cuyos pormenores arquitectónicos suscitan el recuerdo
de la cercana torre de Santo Domingo.
El mirador de la casa del Consulado 8 es de tipo semejante a los que en Cádiz
adoptan la forma de sillón, en cuyo aparente espaldar se aloja la
escalera, mientras en la mitad anterior, orientada hacia el mar, se
abre una especie de balcón 9. En el ejemplar de referencia, las
ventanas, rectangulares, rematadas por cornisas, le dan un aspecto
más severo, si bien lo popular surge en el remate de almenas
coronadas por pequeños pináculos de cerámica vidriada, de industria
momposina.
El ejemplar mejor conservado de la típica mansión cartagenera, en
que se hermanan perfectamente las comodidades de una vivienda
señorial con las exigencias utilitarias de la casa de comercio, es
la de la calle de la Factoría, residencia del opulento marqués de
Valdehoyos 10, que
a fines del siglo XVIII disfrutaba el privilegio de la importación
de harinas y esclavos, fuente de bien saneados beneficios. La
fachada es sencilla, como todas las de la ciudad, con rejas de
madera en las oficinas de la planta baja y en los entresuelos,
amplio balcón de madera que prolonga la sala hacia la calle y
portada con pilastras lisas y dintel despiezado, con un modillón
decorando la clave. El espacioso zaguán, de alto puntal con techo
sobre vigas, tiene a ambos lados escaños de piedra y está
atravesado por un corredor a manera de puente que pone en
comunicación los entresuelos de uno y otro lado. Después del zaguán
se encuentra el vestíbulo, que tiene a la derecha arranque de la
escalera y la puerta de acceso a las habitaciones del portero,
independientes del resto de la casa, y a la izquierda una amplia
balconada que comunica con los entresuelos. Viene después el patio,
cuyas crujías longitudinales están claustradas con arcos de medio
punto peraltados, sobre columnas de fuste monolítico, con capiteles
del tipo corriente antes descrito; por uno de los lados del patio
corren las balconadas sobre canes del entresuelo y del piso
superior, y el lado opuesto está cerrado por un muro que no rebasa
la altura de la planta baja, permitiendo así que las brisas
refresquen la casa. Pasado el patio se encuentran crujías en que
tuvieron sus habitaciones los sirvientes y esclavos de la casa, y
un gran traspatio que comunica con la huerta. En la parte anterior
de la planta baja y en los entresuelos estaban los almacenes y
oficinas -la "factoría" que dio nombre a la
calle- del dueño de la casa. Aún se ven colgando de las vigas del
vestíbulo bajo unas fuertes cadenas, destinadas a sostener la
garrucha que servía para izar los fardos hasta los almacenes, bien
secos y ventilados, que ocupaban toda la amplitud de los
entresuelos.
La amplia escalera, de peldaños de ladrillo defendidos por cintas
de madera para evitar el desgaste, conduce a un vestíbulo superior
que da acceso al gran salón y a los corredores volados sobre el
patio. El salón tiene suelos de ladrillo dispuesto "a
espina de paz"; el cielo raso moderno oculta un rico
artesonado mudéjar, parte del cual se puede ver en una alcoba
contigua. No faltaba en esta casa el mirador, que fue destruido por
una tormenta.
| 2 |
ANGULO: Historia del Arte Hispanoamericano, tomo 1 (Barcelona, 1945),. pág. 108; y El Gótico y el Renacimiento en las Antillas, en "Anuario de Estudios Americanos", tomo IV (1947). |
| 3 |
Se citan en la Relación del auto público de la fe, qué se mandó publicar por los Señores Inquisidores de... Cartagena de las Indias. . . y se zelebró el día 2 de febrero de 1614 (Biblioteca Colombina, Sevilla: mss. 1180 de varios en folio). |
| 4 |
Historia de Sevilla (1587), pág. 144. |
| 5 |
Archivo Municipal de La Laguna (Tenerife), sección 1ª, libro II, folio 100. Agradezco este dato a mi buen amigo don Leopoldo de la Rosa y Olivera, Secretario de la Mancomunidad Provincial de Santa Cruz de Tenerife. |
| 6 |
FLOREZ DE OCARIZ: Ob. cit., tomo I, pág. 77. |
| 7 |
PORTO DEL PORTILLO: Plazas y calles de Cartagena (Cartagena, 1945), pág. 308. La casa fue destruida hace pocos años. |
| 8 |
Para la historia de la casa, cfr. RESTREPO (PASTOR): Album de Cartagena. Mansiones señoriales, en BH, núm. 85, págs. 27 - 29. Adquirida la casa del Coronel de Milicias don Manuel de Prada, dispuso el prior del Consulado don Matías de Torices la ejecución de ciertas obras imprescindibles para instalar las oficinas del Tribunal, que no afectaban a la estructura del edificio. Hizo el presupuesto de su costo el maestro mayor de albañilería Antonio Miranda, así como una somera traza que no reproduzco por su falta de interés artístico. En 1806 las obras se habían suspendido por fallecimiento del prior (AGI: Santa Fe, 960). |
| 9 |
PEMAN (CESAR): El arte en Cádiz, Madrid, 1930. |
| 10 |
RESTREPO (PASTOR): Mansiones señoriales. Residencia de la familia Tono Maciá, BH, núm. 86 (1945), págs. 41 -43. |
