EL INGENIERO DON ANTONIO DE ARÉVALO Y SUS OBRAS
DON ANTONIO DE ARÉVALO
Los últimos cuarenta años del siglo XVIII fueron decisivos para las
fortificaciones de Cartagena, cuya construcción quedó terminada
casi al final de la época española. La historia de las obras
durante este período de tiempo forma parte integrante de la
biografía del que proyectó y dirigió la construcción de las
baterías de San Felipe, el dique de Bocagrande, la escollera de la
Marina y otras edificaciones, cuya importancia basta para
consagrarle como uno de los más grandes ingenieros militares de su
época: el teniente general don Antonio de Arévalo.
Más de medio siglo de su vida transcurrió en América trabajando en
las obras de Cartagena y proyectando otras en distintas provincias
del Virreinato de Nueva Granada. Las incontables relaciones,
informes y "discursos" que, firmados por su mano,
se conservan, así como los numerosos planos que levantó y dibujó,
nos revelan una vocación que, cultivada en el estudio constante,
produjo los mejores frutos. Bien merece que aquí recoja algunas
noticias biográficas, aunque si la vida de un hombre se refleja en
obras, ahí están los muros de Cartagena, que son páginas perennes
de su biografía.
Nació don Antonio de Arévalo en la villa de Martín Muñoz de la
Dehesa, cerca de Arévalo 77, en Castilla la Vieja, hacia el año
de 1715 78,
seguramente de noble condición. A los veintiún años, el 1 de
octubre de 1736, ingresó como cadete en el Regimiento de Orán,
aplicándose al estudio de las matemáticas en la academia que tenía
a su cargo el ingeniero don Antonio Gaver. Después de tres años de
estudio pasó a Madrid a comparecer ante la Real Junta de
Fortificaciones, y obtuvo, previo examen de ésta, el grado de
subteniente de Infantería y la patente de
"delineador" apto para el ascenso a ingeniero
extraordinario. Sirvió aquel empleo durante un año, hasta que el 4
de junio de 1741 ascendió a ingeniero extraordinario y fue
destinado a Cádiz, donde estuvo a las órdenes de don Ignacio Sala,
que era, a la sazón, ingeniero director de las fortificaciones de
Andalucía. Pocos meses más tarde recibió orden de marchar a
Barcelona para incorporarse a la expedición que se preparaba para
Italia, pero al pasar por Madrid, el ministro don José Campillo le
comunicó una real orden que cambió el rumbo de su vida: se le
mandaba a servir a las órdenes de don Juan Bautista Mac-Evan,
nombrado ingeniero director de las obras de Cartagena de Indias. Se
unió a él en San Sebastián, y juntos embarcaron en Pasajes a bordo
de la fragata "Nuestra Señora del Coro", que se
hizo a la vela el 6 de febrero de 1742, en unión de otros buques de
la Compañía Guipuzcoana de Caracas, al mando del capitán de fragata
don José Iturriaga, que conducían los batallones de Portugal y
Almansa, destinados a reforzar la guarnición de Cartagena. En la
misma fragata que conducía a Arévalo viajaba también el mariscal
don Joaquín de Aranda, que iba a posesionarse del gobierno de dicha
plaza; pero no llegó a su destino, pues fue muerto en un combate
sostenido con dos navíos ingleses, a la vista de Puerto Rico, el 12
de abril, durante el cual asistió Arévalo "al vivo y
continuo fuego de todo el día".
Tres días después llegó a San Juan de Puerto Rico, donde levantó
planos de la bahía, y embarcó con Mac-Evan el 16 de julio siguiente
para Tierra Firme. Visitó La Guayra, Puerto Cabello y Maracaibo,
donde también levantó diversos planos, según disponía la real
instrucción que había recibido su jefe, y desde esta última ciudad
continuó por tierra su viaje hacia Cartagena, adonde llegó el 29 de
noviembre, después de penosa marcha a través de ásperos caminos,
casi intransitables por la mala estación.
Después de levantar un mapa de la bahía de Cartagena y sus
inmediaciones, pasó a Santa Marta por orden del virrey Eslava,
donde también levantó planos e hizo, además, las obras necesarias
para ponerla en defensa, pues se esperaba un ataque de enemigos. Al
regreso trabajó en el fuerte de San Sebastián del Pastelillo, en el
baluarte de San José, en la construcción del cuerpo de guardia y
cisternas del Castillo Grande y en los recalzos que se hicieron a
la muralla de la Marina. Concluidas estas obras se iniciaron las
del dique de Bocagrande, proyectado por don Ignacio Sala, y en
ellas trabajó, aunque poco tiempo, pues el virrey Pizarro le ordenó
que fuese a la villa de Honda a disponer, "para el
beneficio del comercio", un puente de cal y canto sobre el
río Gualí. Sacó de cimientos uno de sus cuatro pilares y, dejando
planos e instrucciones, marchó a Santa Fe, donde elaboró el
proyecto-que ejecutó en gran parte-de una calzada de media legua de
longitud, con dos puentes, en una llanura anegadiza. De la capital
del Virreinato regresó a Cartagena tan pronto como tuvo noticia del
fallecimiento de su jefe, Mac-Evan.
Aquí trabajó de nuevo en el dique de Bocagrande, hasta que se
suspendieron las obras; en la erección de la batería de San José y
en la de Santa Bárbara, que no se terminó entonces. Cuando don
Ignacio Sala pasó a Portobelo en 1753, quedó a cargo de Arévalo la
dirección de las obras y comenzó a sacar de cimientos el fuerte de
San Fernando. Continuó estos trabajos a las órdenes de don Lorenzo
de Solís y, al marchar éste destinado a Veracruz, en 1757, se hizo
cargo nuevamente de la dirección y terminó la fábrica de las
baterías, la demolición del castillo de San Luis y el saneamiento
de las inmediaciones, pobladas de ciénagas, que eran fuente perenne
de enfermedades, como pudo comprobar a riesgo de su propia salud,
pues allí padeció cinco "tabardillos" que a poco
le cuestan la vida. Concluidas las fortalezas de Bocachica, dirigió
los recalzos que se hicieron a los baluartes de La Merced, Santa
Clara y Ballestas y reparó el de San José, cuyo revestimiento se
había cuarteado.
El bien ganado prestigio de Arévalo trascendió a la Corte, y en
1761 le fue encomendada la difícil misión de pacificar a los indios
del Darién y practicar un detenido reconocimiento de aquellos
territorios. Levantó un mapa general y varios planos de sus puertos
y caminos y escribió un diario del viaje, así como una descripción
de la provincia y de las ventajas que se obtendrían poblándola, ya
que ofrecía fáciles pasos hacia el Pacífico. Proyectó la
construcción de un fuerte que la protegiese hasta su total
reducción y consiguió que los jefes indios accediesen al
establecimiento de una población y del fuerte, e igualmente logró
que bautizasen a sus hijos y todos quedaran reducidos a vivir en
paz con los españoles 79.
Cumplida su misión, no halló reposo al regresar a Cartagena: había
estallado la guerra con Inglaterra y no se dio descanso hasta dejar
la ciudad en estado de defensa. En varios meses de febril actividad
construyó las baterías del cerro de San Lázaro, hizo otras en
Bocachica y reunió toda clase de pertrechos de guerra, en previsión
de que la contienda europea tuviese repercusión al otro lado del
Atlántico. De estas obras, así como del malecón de Bocagrande y de
la escollera de la Marina, me ocuparé más adelante.
Trabajaba Arévalo en la construcción del dique de Bocagrande,
cuando le fue encomendada otra misión no exenta de dificultades. Al
tomar posesión del Virreinato don Manuel Guirior, su antecesor le
dejó sin solucionar el delicado problema de la sublevación de los
indios del Río de la Hacha, que estaban alzados desde cuatro años
atrás, y no se había conseguido reducirlos, a pesar de tener allí
destacados setecientos hombres del Batallón de Saboya y del
"Fijo" de Cartagena, además de cuarenta
artilleros y más de trescientos milicianos. Estas fuerzas
ocasionaban un gasto tan cuantioso como inútil, y el Virrey no
hallaba medio de obtener un situado de cien mil pesos y un refuerzo
de dos mil hombres que pedía el coronel que mandaba aquéllas, don
José Benito de Enzio. Entonces Guirior dio amplias facultades a
Arévalo y le entregó el mando de aquel ejército y de la provincia;
éste, apenas tomó posesión, despidió doscientos milicianos de los
que estaban a sueldo, y en cuatro meses resolvió un problema que
había consumido cuantiosos caudales durante cuatro años. Sin la más
mínima lucha consiguió reducir a los indios a nuevas poblaciones,
en las que construyó -por cuenta de S. M.- iglesias y casas para
los curas y capitanes. Pacificó toda la provincia, reconoció varios
puertos y parajes de la costa y del interior, levantando mapas y
planos de todos y, conseguida la reducción de los naturales, dio
instrucción al Gobernador nombrado para sucederle, dejándole en el
nuevo establecimiento de Bahía Honda noventa soldados, setenta
milicianos, seis artilleros y una batería de ocho cañones para la
defensa de la bahía e impedir el contrabando. Regresó al Río de la
Hacha y se restituyó a Cartagena el 26 de junio de 1773 con la
tropa sobrante y el tren de artillería.
Al año siguiente fue a Maracaibo para pacificar unas parcialidades
de indios que impedían el comercio con la provincia de Río Hacha, y
sacó de ésta vecinos, con los que fundó el pueblo de San Bartolomé
de Sinamaica y los establecimientos de Bahía Honda y Pedraza.
Al regresar a Cartagena en 1774, el Virrey le comisionó para ir
otra vez al Darién, con el fin de hacer un establecimiento de
españoles para impedir el contrabando y fabricar el fuerte
proyectado en 1761, que no se había podido construir por falta de
medios económicos 80. Sin embargo, pasaron dos lustros
antes de que esta nueva expedición al Darién se llevase a efecto.
Al fin, después de vencer múltiples dificultades, gracias al tesón
del arzobispo-virrey Caballero y Góngora, a fines de enero de 1785
salieron de Cartagena, rumbo a las playas del Darién, las fuerzas
expedicionarias al mando de don Antonio de Arévalo 81, que por entonces contaba
setenta años.
El rey, que ya habla premiado sus servicios con el grado de
brigadier, le ascendió a ingeniero director de los Reales
Ejércitos, Plazas y Fronteras, por cédula de 14 de mano de 1775 82.
Dos veces solicitó Arévalo el cargo de Gobernador de Cartagena, sin
que viese realizados sus deseos: la primera vez en 1770 y la
segunda dos años después, al quedar vacante por fallecimiento de
don Gregorio de la Sierra, en cuya ocasión escribió al ministro
Arriaga pidiéndole que apoyase su petición 83. Cuando en 1782 fue nombrado Virrey
interino el gobernador de Cartagena don Juan Torrézar Díaz
Pimienta, designó a Arévalo para que le sucediese en este cargo
interinamente, ya que el teniente del Rey don Roque de Quiroga, a
quien por derecho le correspondía desempeñarlo, estaba, a la sazón,
enfermo. Reunido el Cabildo el día 1 de abril del citado año, fue
leída la orden del Virrey y, en consecuencia, pasaron dos regidores
a casa del brigadier a notificarle el nombramiento. Momentos
después entraba en la sala don Antonio, acompañado de los dos
regidores, y ante la cruz de su espada prestaba juramento en
presencia de todos. El acta en que se hizo constar la ceremonia
refleja la consideración y el prestigio que aureolaba la figura del
anciano brigadier 84. Poco tiempo desempeñó el cargó, pues
unos meses después lo ocupaba don Roque de Quiroga.
Continuó al frente de la Comandancia de Ingenieros de Cartagena y
terminó por completo las fortificaciones. Las últimas obras que
dirigió fueron la construcción de la cortina de la muralla situada
entre los baluartes de Santa Clara y Santa Catalina y los cuarteles
de las Bóvedas, adosados a ella. Así quedaron concluidas, después
de cerca de dos siglos de trabajos, las murallas del recinto de
Cartagena.
Durante varios lustros informó semestralmente a la Corte de las
obras que tuvo a su cargo. Pero los años no pasaban en balde: en
los últimos informes, su firma es apenas legible, y su
rúbrica-antes firme y rotunda-es una línea vacilante que demuestra
los estragos de la edad en su naturaleza fuerte. Le faltaba la
vista, agotada en largas horas de labor minuciosa, y la mano, que
nunca había permitido la menor vibración al tiralíneas, temblaba al
empuñar la pluma.
La Corte, que había premiado sus leales servicios, en 1791, con el
ascenso a teniente general de los Ejércitos 85, le dio una prueba más de
consideración cuando su inutilidad física le movió a pedir el
retiro. Le fue concedido, que dando relevado del cargo de ingeniero
director, pero no quedó convertido en un ser inútil, arrinconado en
espera de la muerte, ya que no se prescindió por completo de sus
servicios: "es la voluntad de S. M. -se dijo al Virrey-que
continúe este general en el Estado Mayor del Exército de este
virreynato y sirva con su consejo, conforme lo ha hecho hasta ahora
con su persona" 86.
Pocos meses después-9 de abril de 1800-murió don Antonio de Arévalo
87, a los ochenta y
cinco años de edad y setenta de servicios, de los cuales pasó
cincuenta en Cartagena, donde realizó las más importantes obras de
fortificación que el genio de España elevó en tierras de
América.
| 77 |
Así consta en los libros de la antigua Parroquia del Sagrario de Cartagena, según me comunicó el historiador don Pastor Restrepo, a quien reitero mi agradecimiento. |
| 78 |
En la Hoja de servicios de 1775 -citada más adelante- consta que tenía en esa fecha cincuenta y nueve años. |
| 79 |
La expedición al Darién y Golfo de Urabá (1 de enero a 26 de
febrero de 1761) se llevó a cabo en los buques "El
Gallo" y la goleta "Las Dos Hermanas",
al mando del Teniente de navío Francisco Javier Monty, que escribió
un "Diario" publicado por CUERVO:
Documentos..., tomo I (Bogotá, 1891), pág. 483 y ss.
|
| 80 |
Hoja de servicios de 1774 (AGI: Santa Fe, 946). Véase también la "Relación" del Virrey Guirior, publicada por POSADA e IBAÑEZ: Relaciones de mando (Bogotá, 1910), página 174 y ss. |
| 81 |
GROOT: Ob. cit., tomo II (Bogotá, 1869), pág. 29. |
| 82 |
"Boletín de la Sociedad Geográfica de Colombia" (julio, 1941), págs. 28-29; citado por SANTA TERESA (P. Severino de): Historia documentada de la Iglesia en Urabá y el Darién, vol. IV, segunda parte (Bogotá, 1956), pág. 315. |
| 83 |
Arévalo a Arriaga, 26-V-1772 (AGI: Santa Fe, 945). |
| 84 |
Acta del Cabildo 1-IV-1782 (AGI: Santa Fe, 1.012). |
| 85 |
RC. de 26-II-1791, publicada por URUETA: Documentos..., tomo VI, pág. 349. |
| 86 |
Oficio de 27-IX-1799. Ibídem, pág. 350. |
| 87 |
El Gobernador Anastasio Cejudo al Virrey, 19-IV-1800 (AGI: Santa Fe, 625). |
