PROLOGO


Dice el distinguido americanista marqués de Nadaillac, hablando de los Chibchas:
"Muy poca cosa sabemos acerca de este pueblo, que es considerado corno uno de los autores de la antigua civilización de la América del Sur".
Permítaseme completar esta idea agregando que, en lo poco que se sabe, hay muchos errores que se tienen hoy por hechos ciertos. Intento escribir la verdadera historia de la civilización chibcha, desembarazándola de las ficciones con que la han desfigurado los modernos escritores, que han hecho de ella una novela.
Tuvo el estudioso canónigo doctor José Domingo Duquesne un siglo de celebridad no merecida por haber inventado una serie de novedades relativas a este pueblo. Atribúyole el uso de los quipos; de los jeroglíficos; de cifras numerales; de un complicado calendario en el que se enlazan tres años diversos de doce, veinte y treinta y siete meses lunares, etc. Colocó al sapo entre los dioses chibchas, y alteró profundamente las nociones que se tienen sobre el civilizador Bochica, los sacrificios humanos, las procesiones, etc., viendo en todo un simbolismo que sólo existió en su imaginación.
No brilla el genio del barón de Humboldt, en lo que escribió acerca de los Chibchas; prohijó y divulgó muchas de las fantasías de Duquesne, y aun las aumentó, pues dijo que levantaban "columnas en que se medían las sombras solsticiales ó equinocciales y los pasos del sol por el zenit." No comprendió las tradiciones de este pueblo; trató de fábula la historia de Bochica, a quien presenta unas veces como hijo del sol, otras como símbolo de este astro, y le da la luna por esposa.
Duquesne fundó escuela; ésta ha usado un método que puede llamarse inventivo, pues los que lo siguen resuelven con la imaginación todas las dificultades que se les presentan. Comienzan repitiendo los errores de otros autores, y los complementan con errores nuevos. Suponen que las cosas debieron de pasar de tal o cual manera, y lo dan por cierto. Parecen creer que la verdad es más bien fruto de hondas cavilaciones que resultado del estudio de los hechos, y se muestran inagotables en conjeturas y deducciones ingeniosas, pero que carecen de fundamento. A los que tengan esto por exageración mía, les ruego que abran uno cualquiera de los libros ú opúsculos que se han escrito en este siglo referentes a los Chibchas, y que lo cotejen con las obras de los cronistas. De seguro que su sorpresa será grande.
¡Qué no se ha dicho de este pueblo, a quien se ha atribuido una civilización muy avanzada! Se ha ensalzado la sabiduría de sus sacerdotes, considerándolos como "depositarios de las ciencias astrológica y cronológica"; se ha dicho que en el templo de Sugamuxi se conservaban "los anales de su nación las crónicas de su civilización"; se ha hablado de observaciones meteorológicas hechas por los Chibchas; de sus "conocimientos adelantados en arquitectura"; de "sus condiciones intelectuales y materiales adecuadas para los inventos fabulosos"; de tribunales de justicia, de comentadores de leyes, etc. Si tratara de refutar todos esos errores, tendría que escribir un libro.
Ningún autor moderno ha sabido describir siquiera el vestido de los Chibchas. Ofuscados por un pasaje oscuro y mal entendido de Piedrahita, les han atribuido el uso de camisetas o túnicas cuando claramente dice el Padre Simón:
"Traer las camisetas no es hábito de los Moscas sino de los de Perú, de quienes éstos lo tomaron desde los primeros que entraron aquí con los españoles que bajaron del Perú...Los indios viejos jamás andan con camiseta."
Igualmente y por la misma razón han desacertado al hablar de la forma de las casas, de la cerradura de las puertas, de caminos empedrados, etc. La historia escrita por el ilustre Obispo, poco digna de crédito en ciertos puntos, mal interpretada en otros, ha sido el origen de muchos errores.
Es indispensable dar nuevo rumbo a los estudios etnográficos y arqueológicos relativos a Colombia, pues por el que se ha llevado hasta hoy no es posible obtener otro resultado que enmarañar la Historia y oscurecerla.
No puedo dejar pasar sin reparo ciertos juicios emitidos por autores de nota. Dice el General Joaquín Acosta que "los primeros europeos que pisaron el territorio de los Chibchas se propusieron extirpar como diabólicas cuantas tradiciones, ritos y ceremonias hubieran podido servir para darnos una idea de la constitución política religiosa de aquel pueblo. Lo poco que se ha conservado, (agrega), se halla mezclado de tantas fábulas y conjeturas, que al reproducirlo nos rodea la más penosa incertidumbre, por carecer de datos seguros y contestes."1 Uricoechea va más lejos, pues asevera que "los conquistadores se opusieron a conservar los gérmenes de la civilización indiana, y han conseguido casi dejarnos en tinieblas."
Conviene considerar estos cargos bajo distintos puntos de vista. Entre los Chibchas sucedió lo mismo que en Roma y dondequiera que el Cristianismo ha tenido que luchar con la idolatría; la superioridad incontestable de la religión Católica acabó con el gentilismo, sin dejar en pie ninguna de sus prácticas. Si el celo de los misioneros los llevó a quemar por centenares informes y grotescos ídolos de madera, nada perdió el arte con esto, y si los españoles echaron al fuego, para fundirlos, los tunjos y alhajas de oro de los indios, hicieron lo que generalmente han hecho entre nosotros en este siglo los descubridores de entierros y de santuarios.
Las dos obras históricas relativas a los Chibchas, que sirvieron de base principal a las relaciones de los cronistas, fueron escritas por dos conquistadores; pues la una tuvo por autor al humano y discreto licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, descubridor de estas regiones y fundador del Nuevo Reino de Granada, y la otra a Juan de Castellanos, quien vino de España a tornar parte en la conquista de nuevas tierras, antes de recibir las órdenes sagradas. Puédese, con toda propiedad, alterar la proposición de Uricoechea en estos términos: los conquistadores conservaron la historia de la civilización chibcha, y sin sus escritos estaríamos hoy casi en tinieblas en lo que a ella se refiere.
No son tan escasas, como dice Acosta, las noticias que se han conservado de este pueblo, digno de ser estudiado, ni hay que culpar a los cronistas de que sus tradiciones fueran confusas y mezcladas de fábulas. No podía ser de otro modo, ya que los Chibchas no tenían ninguna clase de escritura, ni manera de computar los tiempos, ni había entre ellos hombres que se ocuparan en guardar el recuerdo de hechos pasados.
Hasta hace muy pocos años nuestras crónicas estaban por lo general sepultadas en el olvido, pues se ignoraba el paradero de algunas, y otras yacían manuscritas en la Biblioteca Nacional. Los hombres estudiosos y amigos de conocer las antigüedades colombianas sólo se podían procurar las obras del ilustre Obispo Piedrahita y del Padre Zamora. Gracias a los cuidados de la Real Academia de la Historia, tenemos hoy una hermosa edición de la Historia de las Indias, de Oviedo. Los eruditos americanistas D. Antonio Paz y Melia y D. Marcos Jiménez de la Espada han publicado, con preciosas noticias preliminares, la Historia del Nuevo Reino de Granada, por Juan de Castellanos, y el Epítome de la Conquista. Y entre nosotros, D. Felipe Pérez dio a la estampa El Carnero, de Rodríguez Fresle; D. Medardo Rivas la obra de Piedrahita, y el Gobierno Nacional la obra del Padre Simón.2

1
Siete páginas más adelante se contradice Acosta reconociendo que la tradición no es confusa ni dudosa respecto de la mitología, usos y costumbres de los Chibchas, "en cuyo apoyo se encuentra el testimonio conteste de diferentes autores que no pudieron copiarse."
2
Faltan a esta obra dos complementos indispensables: una fe de erratas para salvar las numerosas incorrecciones que afean la edición, y un índice general alfabético para facilitar las indagaciones.
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