La bebida era el pasto indispensable para las fiestas de
embriaguez descompuesta, que eran el remate de todo acto de
importancia público o privado; así como hoy es ella el mal que
degrada y consume a los descendientes de este pueblo. Con tal de
que hubiera abundancia de chicha, no importaba que faltara la
comida, pues suplían ésta bebiendo.
En los capítulos anteriores hemos descrito ya las festividades
religiosas y aun algunas de las civiles que celebraban los
Chibchas. A continuación hablaremos de las que nos faltan.
Usaban todos los indios estrenar sus casas nuevas con regocijos;
haciendo cada cual los gastos que podía, pero nunca habían de
faltar truanes o ladinos y chocarreros. Eran muchos los que ganaban
con este oficio la vida, andando de fiesta en fiesta por la paga
que les daban de mantas y otras cosas.
Ya hemos visto cómo sacrificaban los caciques algunas niñas en
tales ocasiones y convidaban después al pueblo a una gran
borrachera. En todo el tiempo que ésta duraba permanecían dos
indios viejos, de pie y desnudos, a la puerta del cercado sin comer
ni beber; cubiertos con una red grande de coger pájaros, tocaban
unas flautas que producían una música llena de tristeza y
melancolía. Figuraban ellos la muerte, siempre de pie, cogiendo
hombres en la red que servía para matar las aves, dejándolos
desnudos de las cosas de esta vida y privándolos de comer y de
beber. ¡Singular asociación de ideas de este pueblo, que comprendía
cuán cerca está siempre el dolor del placer, y que en medio de sus
desórdenes quería tener presente el pensamiento de la muerte!
Mientras estos dos indios tocaban a la entrada del cercado, había
otros en los aposentos interiores haciendo resonar en sus
instrumentos piezas tan tristes, que los invitados suspendían de
vez en cuando sus bailes y diversiones y se ponían a llorar.
El indio de la figura 7, sentado dentro de un cercado, tocando
flauta y cubierto con un vestido de red, pudiera ser el que
representa la muerte. Este curioso tunjo de buen oro fue hallado en
Pasca.
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7. Tocador de flauta, de buen oro, cubierto con vestido de red, y sentado dentro de un recinto circular con divisiones. Lo acompañan dos indios. Fue hallado en Pasca. Diámetro 8 centímetros. |
Para dar mayor solemnidad al estreno de sus casas, disponían los
caciques que algunos mozos, ágiles y esforzados, corriesen cierta
distancia que les señalaban en circunferencia, algunas veces de más
de cuatro leguas. Salían todos a un mismo tiempo a más correr, y
adelantándose los más ligeros volvían pronto al cercado, donde el
cacique los premiaba según el orden en que regresaban. Daba seis
mantas al primero y le concedía de por vida el privilegio, muy
estimado, de que cubriéndose con una pudiera dejar llegar un
extremo o punta de ella al suelo, por detrás. Al segundo que
llegaba, le daba cinco mantas, e iba rebajando una hasta llegar al
sexto. Movidos algunos por el deseo de ganar honra en la carrera,
morían víctimas de la fatiga producida por el excesivo esfuerzo que
hacían.
En los meses que correspondían a Enero, Febrero y parte de Marzo,
celebraban los caciques fiestas en las casas de sus labranzas, las
cuales se invitaban alternativamente unos a otros, haciéndose
presentes de oro, mantas y chicha. Formábanse en círculo, y
asiéndose de la mano hombres y mujeres, cantaban al son de flautas
y fotutos, canciones ora alegres, ora tristes, en que recordaban
las hazañas de los mayores. Todos llevaban el compás y se movían
sin discrepar un punto en sus visajes y meneos. En medio del
círculo tenían las múcuras de chicha, y al lado de ellas algunas
indias que no se descuidaban en darles de beber. Duraba esta
monótona función hasta que caían embriagados y se entregaban a
lúbricos excesos.
Las dazas, acompañadas de música y canto, eran parte obligada de
las fiestas de los Chibchas. Referían sus cantares, que eran manera
de villancicos con cierta medida y consonancia, los sucesos
presentes y pasados. De los asuntos graves en que ensalzaban o
vituperaban las acciones de los caciques y de los nobles, pasaban a
los chistes y a los cuentos graciosos, guardando el compás y
variando la música, según lo que cantaban. Procedíase en estas
danzas pausadamente y con cierta frialdad y regularidad afectadas,
que hace recordar el modo de ser de algunos pueblos asiáticos. Nada
tenían de la vivacidad, movimiento y alegría comunicativos que
ostentan en sus fiestas los europeos. Cuando los indios arrastraban
maderas u otros materiales para sus casas, cantaban llevando la
cadencia con los movimientos de los pies y de las manos, a
semejanza de los marineros que se ocupan en la maniobra.
La muerte, cuya imagen habían tenido presente tantas veces en sus
fiestas, y cuyos, rudos golpes habían llorado con anticipación
oyendo los cantares en que sus trovadores los lamentaban, tocaba al
fin a la puerta del cercado de los nobles y del bohío de los
plebeyos. Era llegado el momento solemne en que se confiaban a la
tierra los despojos mortales del que había dejado de existir. Con
él debían sepultarse sus muebles y tesoros, pues sus mujeres y sus
hijos sólo heredaban sus bienes raíces.
Desde que algún cacique tomaba posesión de sus dominios, iban los
jeques secretamente a cavar su sepultura en un lugar retirado y
oculto, del que no llegaba a tener conocimiento ni aun aquel señor
a quien estaba destinada. Abrían un hoyo profundo en medio de los
bosques, en las ásperas sierras o en lugares donde, después de
enterrar el cuerpo, hacían correr agua de los ríos o lagunas para
cubrir la fosa, de manera que no quedase rastro alguno que pudiera
revelar su existencia.
Luego que moría el cacique le sacaban los intestinos y los órganos
internos y le embalsamaban el cuerpo con una resma que llamaban
mocoba, hecha de unos higuillos de leche pegajosa
mezclados con otros ingredientes. Lloraban su muerte los vasallos
cantando tristes endechas en que recordaban los sucesos gloriosos
de su gobierno y el bien que les había hecho. Vestíanse de luto,
que consistía en ponerse mantas coloradas y pintarse el cuerpo, y
algunas veces hasta los cabellos, de bija (achiote). Las honras que
se hacían al difunto duraban cierto número de días, según su
calidad, y creían darles mayor solemnidad tomando mucha chicha,
pues esta bebida era considerada buena para todo: para alegrarse,
para llorar y para calmar las penas morales o físicas de la
vida.
Los jeques hacían secretamente el entierro, y si alguna otra
persona llegaba a saber el lugar de la sepultura, y lo revelaba, la
amarraban a un palo y la flechaban, y premiaban al que le acertara
más pronto al corazón o a un ojo. Envolvían el cuerpo en mantas
finas, lo adornaban con ricas joyas de oro, poniéndole, además,
algunas esmeraldas y tejuelos de oro en los ojos, narices, orejas,
boca y ombligo, y lo bajaban a lo más profundo del hoyo. Colocaban
cerca de él sus armas ofensivas y defensivas: brazales, petos y
coronas del rico metal, y pendiente de los hombros la mochila de la
coca y el poporo. Alrededor del cuerpo quedaban las múcuras de
chicha y los bollas de maíz. Cubríanlo todo con una capa de tierra,
encima de la cual sepultaban vivas tres o cuatro de las mujeres más
queridas del cacique. Echaban luego otra capa de tierra, y sobre
ella ponían los esclavos que mejor le habían servido. Finalmente
llenaban la superficie de tierra para que el odioso sepulcro
quedara oculto. 110
Con el fin de que las mujeres y los esclavos no sintieran la
muerte, los embriagaban los jeques con bebedizos de tabaco y de
borrachero mezclados con chicha. No obstante esta precaución,
muchos volvían en sí y morían desesperados, como lo declaró una
india a quien desenterraron los españoles un día después de haber
sido sepultada en el valle de Ubaque. Dióseles aviso del hecho y la
sacaron ya medio muerta y descalabrada de los golpes que le daba al
pisar la tierra.
Diferenciábanse de estos entierros los de los zipas, en que los
sentaban en asientos bajos que muchas veces forraban en láminas de
oro. 111
En Tunja no se acostumbraba poner el oro donde se enterraba el
cuerpo del difunto, sino más arriba, como a una cuarta de la
superficie de la tierra.
Natural es que hubiera entre los Chibchas distintos modos de dar
sepultura a los muertos, según la clase a que pertenecían y el
cacicazgo donde vivían. A muchos los enterraban en los campos,
envueltos con sus joyas en una manta, y plantaban en el sitio un
árbol que los ocultara mejor, a fin de evitar que fueran
desenterrados para quitarles el oro y las esmeraldas. A otros los
ponían dentro de unos bohíos, que servían de cementerios.
En los dominios del hunsa, cuando fallecía alguna persona noble o
principal que no fuera cacique, le vaciaban el vientre, secaban el
cuerpo a fuego lento sobre una barbacoa, lo henchían de oro en
tejuelos y en otras formas, y de esmeraldas, y lo envolvían en
mantas con muchas ligaduras. En este estado lo colocaban sobre una
especie de camas grandes, un poco altas, que tenían en uno de los
lados interiores de sus templos.
"E por la diligencia é manos de nuestros soldados, dice
Oviedo, fueron después digestos é ampliados aquellos estómagos é
vientres rellenos, en que se ovo mucha cantidad de oro é de
esmeraldas, que allí estaban perdidas con el oro."
Los dos soldados españoles que entraron al templo de Sugamuxi
encontraron en una barbacoa bien compuesta varios cuerpos secos,
envueltos en finas telas de algodón y adornados con ricas joyas y
muchas sartas de cuentas. De uno de los aposentos del hunsa
Quemuenchatocha sacaron los españoles una urna de oro fino adornada
con valiosas esmeraldas, hecha a modo de linterna o farolillo.
Pesaba 6,000 pesos (30 libras) y contenía los huesos de algún
antiguo cacique. Suelen hallarse en las cuevas momias bien
conservadas, sentadas en la postura en que está la de la figura 8,
y envueltas algunas veces en mantas de algodón pintadas. En 1602
descubrió Fray Pedro Mártir de Cárdenas una cueva donde los indios
de Suesca colocaban los cuerpos de los que morían. Quitada la losa
que la cerraba se hallaron más de 150 momias sentadas en rueda y en
medio el cacique, con sartas de cuentas en los brazos y cuello y
una toca, a modo de turbante, en la cabeza. Junto a él había muchas
telas pequeñas de algodón. De otro subterráneo, situado entre Leiva
y Moniquirá, sacaron a mediados de este siglo gran número de
momias, una de ellas sentada en un asiento bajo y con arco y flecha
en la mano; muchas mantas finas, vasijas de loza y muy curiosas
joyas y figuras de oro.
Las gentes más religiosas seguían llorando sus difuntos por seis
días más desde enterrados, y aun les hacían aniversarios durante
algunos años. Convidaban a sus parientes y amigos a llorar con
ellos al son de tristes instrumentos y cantares, en que celebraban
las acciones del finado que merecían ser elogiadas. Buscaban,
finalmente, distracción y consuelo en la chicha y mascando hayo. La
gente común convidaba también a estos llantos, y daba fin a la
función distribuyendo bollos de maíz.
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8. Momia chibcha sentada.
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Honraban los Chibchas a los guerreros que morían en los
combates. Estando Jiménez de Quesada en Cajicá, llegaron a su
campamento doce indios cubiertos con mantas negras y grandes
bonetes del mismo color, y dijeron que iban allí para hacer las
honras de los muertos en la refriega pasada. Retiráronse a un
adoratorio donde cantaron en tono lastimoso como dos horas y media,
sin que los españoles los entendiesen.
Los conquistadores sacaron grandes riquezas de las sepulturas,
santuarios y otros lugares donde los Chibchas guardaban u
ocultaban el oro y las esmeraldas. En Tunja excavaron un entierro
superficial tan rico, que los tejuelos de oro que hallaron en él
valieron más de cien mil pesos, fuera de muchas esmeraldas finas.
Después siguieron descubriéndose en todo tiempo depósitos de
tunjos, y alhajas de oro y de cobre, vasijas de loza, objetos de
piedra, etc. No puede la generación presente culpar a las
anteriores de haber sido descuidadas en conservar esos recuerdos de
una civilización tan poco conocida. Ella adolece, con excepción de
algunas honrosas individualidades, de la misma indiferencia y
apatía de nuestros mayores. Aún no tenemos siquiera un museo de
antigüedades que merezca este nombre en que se conserven los
monumentos de los Chibchas; éstos, aunque muy inferiores a los que
dejaron los mexicanos y los peruanos, son muy dignos de
estudio.
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Los caciques eran enterrados entre los Guanes; de la manera que acabamos de describir; sólo se diferenciaban sus sepulturas en que no hacían la entrada por en encima, sino a un lado de la barranca. Los españoles abrieron muchas de éstas, en las que encontraron gran cantidad de oro. |
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"En sillas de oro" dice el Padre Simón que los sentaban; "en duhos que muchos de ellos suelen ser de oro," dice Castellanos. Nos parece más probable que las sillas fueran cubiertas con láminas de oro. Agrega el Padre Simón que "metían el cuerpo del zipa en un tronco de palma con cabo, forrado de dentro y fuera de gruesas planchas de oro fino, cubiertas con otra de lo mismo." Cambiando las gruesas planchas por láminas delgadas, todavía se emplearía bastante oro en las tres cubiertas que dice debía llevar el tronco. El autor del Epítome y Oviedo también, hacen mención de estos "ataúdes de oro," que el último llama cataures, agregando que los echaban en el fondo de las lagunas o en un pozo cavado al efecto. Según ellos, este modo de entierro se usaba también para los caciques. |


