Extraían los Chibchas sal en gran cantidad para su consumo y para el tráfico con las tribus vecinas. Paro poderla transportar a grandes distancias la preparaban compactada por el mismo procedimiento que se practica hoy en Zipaquirá, Nemocón y Tausa, que eran las salinas explotadas por ellos. Hacían evaporar el agua salada en muy grandes vasijas de barro que ellos llamaban gachas y hoy moyas. Estas sólo servían una vez, pues la sal quedaba formando un pan semiesférico consistente, de dos o tres arrobas de peso, tan adherido a la vasija, que para despegarlo era preciso romperla. 120
Dijimos antes que cultivaban el algodón, con el cual tejían mantas que pintaban con pincel. Trazaban a lo largo de las mantas fajas angostas con colores vegetales, y dibujaban labores no muy vistosas.
Estimaban mucho las esmeraldas, y como las minas de Muzo, que producían las más bellas de estas piedras, quedaban en tierras de sus enemigos, explotaban las de Somondoco, las que en tiempo anterior a la conquista fueron muy ricas. Se hallaban estas minas en territorio del cacique del mismo nombre, en una larga loma o cuchilla. El modo de beneficiarlas era el siguiente: movían la tierra deleznable que estaba sobre las vetas de esmeraldas, con coas o barras puntiagudas de madera resistente, y luego la arrastraban haciendo correr sobre ella agua de unos grandes estanques donde la recogían. Este trabajo no se podía ejecutar sino en la época de las lluvias. Los indios de Somondoco cambiaban las esmeraldas por oro, mantas de algodón y cuentas.
No tenían en su territorio minas de oro, metal muy usado y estimado por ellos; lo obtenían de otras tribus. De Moniquirá sacaban el cobre. Hacían uso de una medida de capacidad para el maíz, y se servían del palmo y del pie para determinar la longitud.
Fueron los Chibchas con los habitantes del Chimú, en el Perú, los dos únicos pueblos del Nuevo Continente que se sirvieron de moneda para sus cambios. Consistía la moneda de los Chibchas en unos tejuelos ó discos de oro, vaciados en moldes apropiados, y sin ninguna señal. Como no tenían peso, los medían encorvando el índice de manera que se apoyara en la primera coyuntura del pulgar; en el vacío que quedaba ponían éstos. Debían tener, pues, próximamente una pulgada de diámetro. Fundían otros de mayores dimensiones, para lo cual se servían de unas cintas de algodón que daban la vuelta a su circunferencia y cubrían el ancho del borde.
Servía esta moneda para el pago de los tributos de los caciques que rendían vasallaje al zipa y al zaque; y también para los cambios en los mercados interiores, pues en sus tratos con las tribus vecinas permutaban unas cosas por otras, como lo acostumbraban hacer entre ellos mismos cuando les faltaba moneda.
Recordaremos algunas de las circunstancias en que los cronistas hacen mención de tejuelos de oro. Los indios de Guachetá hicieron presente a Jiménez de Quesada de algunos de éstos. Muerto el zipa Tisquesusa, los españoles saquearon su albergue y hallaron "una totuma, vaso de oro fino, llena de tejolillos de lo mismo que pesaron mil pesos poco menos, que, según pareció, de sus tributos aquella noche de su desventura, un señor se la dio de sus vasallos." 121 En una sepultura excavada en territorio de Tunja, se halló una mochila llena de tejuelos de oro que valieron algo más de cien mil pesos.
Para que se vea cuán general era entre los indios el uso de esta moneda, citaremos lo que dice Rodríguez Fresle que acordó el Rey, más de cuarenta años después de la conquista:
"Gobernando D. Lope de Armendáriz, sucedió que del arbitrio que el contador Retes dio a Su Majestad acerca de la moneda con que estos naturales contrataban, que eran unos tejuelos de oro por marcar, de todas leyes, mandó el Rey que esta moneda se marcase. Abriéronse cuatro cuños de una marca pequeña para más breve despacho, por ser mucha la moneda que había de estos tejuelos, y particularmente la que estaba en poder de mercaderes y tratantes. Dio Su Majestad un término breve para que todas estas personas y las demás que teñían esta moneda la marcasen sin derechos algunos; y pasado, dende adelante se le paga sen sus reales quintos...Esto no impidió á los indios hacer su moneda y tratar con ella; sólo se mandó que por un peso de oro marcado se diese peso y medio de oro sin marcar; y con esto había mucha moneda en la tierra, porque los indios continuamente la fundían. 122
En la rica colección de antigüedades chibchas que Mr. Randall llevó de Bogotá a Nueva York en 1882, había tejuelos de oro de varios tamaños y precios. 123
Como los Chibchas no tenían conocimiento de la ley o calidad del oro, y sólo veían que este metal en su estado nativo era de un color más o menos subido, no tenían en cuenta sus quilates para dar valor a los tejuelos.
Había frecuentes mercados públicos en los principales lugares; en Bacatá, Zipaquirá, Tunja y Turmequé los tenían cada cuatro días; hacían sus tratos muy tranquilamente y sin levantar la voz. Comerciaban con las tribus vecinas en varias ferias, a las cuales concurrían en épocas fijas; las más importantes tenían lugar en el Sur, en el territorio de los Poincos, a quienes los españoles llamaban Yaporogos. Extendíanse éstos en ambas márgenes del Magdalena, desde el río Coello hasta el Neiva. Eran ricos en oro, el que cambiaban con los Chibchas por sal, mantas y esmeraldas. La feria de Coyaima, a orillas del Saldaña, era muy concurrida; acudían a ella especialmente los indios del pueblo de Pasca y sus convecinos. Tenían otro mercado cerca de Neiva, probablemente en Aipe; la conocida inscripción indígena que se ve allí en una gran piedra orillas del Magdalena, lo indica claramente. Es como un muestrario de artículos de comercio: mantas, joyas de oro, etc.
En el Norte había una gran feria en Sorocotá, orillas del río Sarabita, llamado Suárez por los españoles. Acudían allí de todas las tribus vecinas con los frutos de sus tierras y con oro de Girón y del Carare a comerciar con los Chibchas. Hacían sus contratos de mayor cuantía sobre una gran piedra, colocándose todos a la redonda, pues tenían por agüero favorable seguir esta costumbre. Habiendo querido el alcalde de Vélez acabar con esta superstición, hizo romper la piedra, que pesaba cosa de cuatro quintales, y se halló que era un rico mineral de plata, del que se extrajeron más de veinte libras de metal. En vano se buscó el filón de donde se había desprendido, pues no fue posible descubrirlo.
Eran los Chibchas muy entendidos en sus tratos y aun dados a la usura, pues si no se les pagaba al vencimiento del plazo, se tenía por costumbre que cuantas lunas pasaran del tiempo señalado, fuera creciendo la deuda por mitades, de manera que se centuplicaba en un año.
Llamó mucho la atención de los conquistadores el aspecto pintoresco de las poblaciones, y muy particularmente los vistosos cercados de los caciques, que de lejos parecían fortalezas inexpugnables, de donde vino el nombre de Valle de los Alcázares que pusieron a la sabana de Bacatá.
Las paredes de los bohíos eran hechas de palos hincados a trechos en la tierra; en los intervalos construían bahareques formados de cañas entretejidas y atadas, llenos de barro los intersticios. Cubríanlos de paja larga sobre bien trabadas varas. Quedaba el techo de dos alas, de forma rectangular; algunas veces lo hacían cónico. Las puertas y las ventanas eran pequeñas. Las casas de los señores y caciques tenían muchos aposentos, grandes patios y molduras de madera; acostumbraban pintarlas y cubrir de espartillo el suelo. 124 Encerrábanlas con unos cercados cuadrados, hechos de cañas entretejidas que formaban paredes de tres a cuatro metros de altura. En cada esquina del cercado, y aun a trechos en las paredes, estaban plantados gruesos maderos de nueve a diez metros de altura, pintados de rojo y con una garita en la parte superior. Ya dijimos que estas gavias servían para el sacrificio de víctimas humanas.
Para llegar a las habitaciones del zaque había que pasar dos cercas, que distaban doce pasos la una de la otra; en la de más adentro había grandes casas.
El cercado o casa fuerte del zipa en Cajicá tenía un corredor interior en toda la extensión del cuadro, de cinco varas de ancho, cubierto con un toldo impermeable de tela gruesa y muy tupida, en el que entrarían unas dos mil varas de género. Dentro del cercado había varias casas vistosas y bien arregladas, con las paredes guarnecidas de carrizos muy limpios, enlazados con hilos de diversos colores. Unas de ellas estaban llenas de armas, en otras guardaban maíz, papas, frijoles y cecina de venado y de otros animales. Había, en fin, grandes aposentos que servían de habitación.
En la parte exterior de las puertas del cercado del zaque y del sugamuxi acostumbraban poner pendientes láminas, patenas y otras joyas de oro fino que brillaban siempre que el sol las hería, y producían además un sonido metálico agradable, dando unas con otras, cuando las movía el viento o abrían las dos hojas de la puerta. Las piezas de oro que descolgaron los españoles del cercado del sugamuxi valieron 80,000 ducados. Eran estos indios tan respetuosos y poco codiciosos, que no se les ocurría hurtar una joya, aunque las puertas eran de caña y no tenían más cerradura que un cordel, con que las aseguraban con una o más vueltas y nudos.
No llegaron los Chibchas a construir ningún edificio de piedra, pues la conquista los sorprendió en los momentos en que se ocupaban en dar este paso adelantado en la vía del progreso.
En el valle del Infiernito, cerca de la villa de Leiva, existían hasta hace muy poco tiempo dos filas de columnas, o más bien bases de columnas paralelas, de asperón de color rojo, de cuarenta centímetros de diámetro, y medio metro de altura fuera del suelo. Las dos filas distaban entre sí diez metros en la base, y estaban inclinadas las columnas hacia lo interior.
Se contaban 34 en la fila del Sur y sólo 12 en la del Norte, fijadas todas a una distancia igual de cuarenta centímetros. A pocos pasos se veía tendida una columna de cinco metros y medio de largo. Además, en el Valle, en dirección al Occidente y a una distancia hasta de seis leguas, yacía esparcido un centenar de piedras, de 2 a 4 metros de longitud, 50 a 80 centímetros de anchura y 40 a 60 de espesor, con una estría o raya en hueco en una extremidad. 125

120
CASTELLANOS. T. I, Canto II.
121
CASTELLANOS. T. I, Canto VII.
122
El Carnero. Cap. XI.
123
Esta colección fue comprada al señor D. Gonzalo Ramos Ruiz; se conserva en el Museo Real de Berlín.
124
"La casa del bogotá, para ser de paja, se podría tener por una de las mejores que se han visto en Indias." (Relación a Su Majestad, de los capitanes San Martín y Lebrija).
125
Hemos tomado estos datos de una noticia descriptiva de las ruinas, escrita por el señor Manuel Vélez, dirigida a M. Jomard, Presidente de la Sociedad de Geografía de París, y publicada en 1847 en el Boletín de dicha Sociedad.
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