CAPITULO XVII
Errores históricos en que incurrió Rodríguez Fresle-Antiguos
caciques de Iraca-El grande hechicero Idacansás-Orden de sucesión
de los cacique de Iraca-El Bermejo usurpa el poder- El cacique D.
Felipe-La leyenda de la cacica de Furatena.-Objeciones a la crónica
de los sucesos de los últimos sesenta años anteriores a la
conquista española.
Aunque Rodríguez Fresle contradice a Piedrahita en lo tocante a que
los Hunsas hubieran dominado todo el país de los Chibchas,
desfigura a su vez la historia puesto que dice:
"Entre dos cabezas o príncipes estuvo la monarquía de este
Reino, si se permite darte este nombre: Ramiriquí en la
jurisdicción de Tunja, y Guatabita en la de
Santafé."
Como cada cacique se envanecía de la gloría y de poder, reales o
supuestos, de sus predecesores, Fresle se dejó persuadir del
cacique D. Juan, a quien los Españoles dejaron un resto de
autoridad en sus tierras por haberse convertido. He aquí cómo
refiere que pasaron las cosas:
El guatabita tenía por su teniente y capitán general, para lo
tocante a la guerra, al bacatá, con título de usaque; por tal razón
éste prestaba sus servicios siempre que ocurría pelear con los
Panches y Colimas. Sucedió que los indios de Ubaque, Chipaque,
Pasca, Fosca, Chiguachí, Une, Fusagasugá y otros más, se rebelaron
contra el guatabita, negándole la obediencia y el pago de los
tributos. Este envió mensajeros a su capitán general el bacatá con
dos coronas de oro que usaba para expresar el mandato real,
ordenándole que luego que las viera juntase sus gentes, y con el
más poderoso ejército que fuera posible reunir, entrase castigar a
los rebeldes. Cumplió puntualmente las órdenes recibidas, sometió a
los contrarios, los obligó a la obediencia y cobró los tributos de
su señor, a quien los presentó con parte de los despojos de la
guerra.
Recibiéronle con grandes fiestas, a su regreso a Bacatá para
celebrar sus hazañas, y exaltados por el exceso de la chicha lo
aclamaron zipa, diciéndole que él debía ser el señor de todos y no
el guatabita, quien sin ocuparse en la guerra, se quedaba en su
palacio con sus mujeres. Turbóse este gran señor cuando supo lo que
había pasado en las fiestas, y prontamente envió a su capitán
general dos tyuquyues o mensajeros a citarlo para que en
el término de tres días compareciera ante él con sus principales
jefes militares. Disgustóse el bacatá con el emplazamiento y
preparó su ejército esperando que se le reiteran, como sucedió.
Llamó entonces a sus capitanes y les ordenó que dividieran las
fuerzas considerables con que contaba, que marchara la mitad de
ellas a situarse encima de las lomas de Tocancipá y Gachancipá, que
dan vista al pueblo de Guatabita, y que la otra le siguiese a
retaguardia, yendo a acampar con ella en el valle de Siecha. Nada
pudo hacer en su defensa el guatabita, temeroso de ser arrollado
con la guardia que tenía a su lado, y tuvo que pasar por la afrenta
de que sus propios súbditos se sometieran al bacatá quien se volvió
tranquilamente a sus tierras, dejando parte de su ejército en
Siecha.
Libre ya del grave peligro en que lo puso su teniente, no pensó el
guatabita sino en preparar una venganza terrible. Con toda
diligencia hizo llamamiento de sus gentes y envió mensajeros a su
amigo el hunsa, en solicitud de auxilios.
Entró el año 1536 y supo el bacatá que su señor salía del valle de
Gachetá con un poderoso ejército a atacarlo, y que el hunsa venía
igualmente contra él. Como estaba preparado, quiso prevenirlos,
saliéndoles al encuentro. Situóse en Siecha frente al guatabita,
que acampó en Guasca. La víspera del día en que pensaban dar la
batalla se juntaron los jeques de uno y otro campo y dijeron a los
capitanes que era llegado el tiempo de sacrificar a sus dioses y de
correr la tierra visitando las lagunas sagradas. Dejáronse
persuadir, y convinieron en una corta tregua. Empezaron por
celebrar ésta con regocijos públicos y borracheras que duraron tres
días; al cuarto se juntaron los jeques y anunciaron que al
siguiente día empezaría la peregrinación. Esa misma noche reunió el
bacatá a sus capitanes y les hizo este corto pero persuasivo
discurso:
"Mañana salís a correr la tierra, y es fuerza que andéis
dispersos entre vuestros enemigos; y ¿sabemos los designios del
guatabita ni lo que ordenará a los suyos? Soy de parecer que os
llevéis las armas encubiertas, para que si os acometieren os
defendáis; y si viéredes al enemigo descuidado, dad en él y
venceremos a menos costa, porque acabada esta fiesta es fuerza que
hemos de venir a las manos; y ¿sabemos a qué parte cabrá la
victoria, ni el suceso de ella?"
Dieron los capitanes la orden del caso a sus soldados,
encargándoles el secreto.
Cubrían las gentes al día siguiente los montes y los valles,
corriendo llenos de alborozo a los santuarios, cuando a una señal
de sus capitanes acometieron los Bacatáes a los contrarios, matando
a los soldados extraños que servían como auxiliares, pues se les
había prevenido que perdonaran a los súbditos del zipa. Impuesto
éste del trágico suceso, se retiró con su desalentado ejército a
Gachetá. Dueño del campo el vencedor, siguió para Guatabita, donde
se proponía esperar el ataque del ejército del hunsa, cuando
llegaron sus espías con dos mensajeros que éste enviaba al zipa
para avisarle que había sabido que "por la parte de Vélez
habían entrado unas gentes nunca vistas ni conocidas, que tenían
muchos pelos en la cara, y que algunos de ellos venían encima de
unos animales muy grandes que sabían hablar y daban grandes voces;
pero que ellos no entendían lo que decían, y que se iba a poner en
cobro en sus tierras, que se pusiese él en las suyas."
Salió el bacatá con su ejército a los llanos de Nemocón, cuando
tuvo noticia de que se acercaban los hijos del Sol.
Lo único que hay de cierto en esta ficción es que los guatabitas
llegaron a ser casi tan poderosos como los bacatáes, y que el zipa
no logró vencerlos sino usando de una estratagema, muy distinta de
la que dice Rodríguez Fresle que empleó, como lo referiremos en el
siguiente capítulo.
El cacique Nompaném gobernaba en Iraca cuando Bochica desapareció
de sus tierras. Llevó entonces adelante el intento que tenía de
reducir a preceptos las enseñazas del maestro, imponiendo penas a
los que los quebrantaran. Heredó el estado y el celo por la
observancia de estas leyes una hermana suya llamada Bumanguay, la
que se enamoró de un indio de Firavitoba, con quien casó y a quien
dejó a su muerte en su lugar. Este cacique conmutaba por oro y
mantas las penas que a Nompaném, con lo que se relajaron las buenas
costumbres.
Pero quien acabó de pervertir las doctrinas de Bochica fue el
grande hechicero y cacique de Iraca, Idacansás 162, de quien dijimos ya en
el capítulo III que sin razón ninguna lo confunden algunos autores
con aquél. Logró persuadir a sus súbditos que podía por propia
voluntad hacer llover, helar, granizar, mudar el calor en frío, el
tiempo húmedo en seco, y afligir a los pueblos con epidemias.
Divulgóse poco a poco la fama de los prodigios que obraba, y de
todas partes del país de los Chibchas recurrieron a él, pidiéndole
los socorriera en sus necesidades. Con tal motivo se tuvo por santo
su territorio y se hizo célebre el templo de Iraca, que vino a ser
lugar preferido de peregrinación. Desde muy lejanos lugares acudían
las gentes a presentar a Idacansás sus valiosas ofrendas, que éste
entregaba al jeque en cargado del templo, con lo que se
acrecentaban las riquezas guardadas en él, y el nombre del cacique
era generalmente ensalzado. 163
Para conservar esta buena opinión usaba mil embustes; fingiendo que
se enojaba con la gente de las provincias, la amenazaba con
muertes, pestes y otros azotes, o se subía a un monte, vestido de
mantas coloradas y acompañado por algunos de los nobles, y para dar
a entender que vendría epidemia de disentería esparcía por el aire
polvos de bija o de ocre rojo. Otras veces se vestía de blanco, y
echando ceniza por el aire anunciaba con esto que vendrían hielos y
secas, con lo que se destruirían las raíces alimenticias. Para dar
mayor fuerza a sus pronósticos, se mostraba muchas veces disgustado
y melancólico a los que le venían a hablar.
La estimación tan grande en que se tuvo a Idacansás fue motivo para
que después de él se cambiara el orden de sucesión establecido.
Convínose en que el heredero de Iraca fuese nombrado en elección
hecha por los caciques de Busbanzá, Gámeza, Toca y Pesca, debiendo
escogerse el candidato alternativamente de Tobazá y Firavitoba.
Cuando no lograban ponerse de acuerdo, concedían voto al
tundama.
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El nombre de Idacansás es derivado de Iraca, vocablo incluido en él con solo el cambio de la r por la d. |
| 163 |
Dice Piedrahita que los zipas daban cierto tributo en cada luna a Idacansás para tenerlo grato, y que para las guerras que emprendían daban cuenta primero al Iraca, con el fin de que constase la justificación de ellas. Ambas afirmaciones son inexactas. |
