Sucedió una vez que un caballero de Firavitoba, de barba larga y de color bermejo, cosa muy rara entre los Chibchas, usurpó el poder ayudado por seis hermanos muy valientes que tenía. Los de Tobazá, pueblo de donde se debía escoger el sucesor del Iraca en aquella ocasión, dieron aviso a los cuatro electores del atrevimiento del Bermejo. Estos resolvieron hacerle la guerra, tanto por haber quebrantado los estatutos, como porque prendió al Gámeza, por haberle dicho que no le daría su voto, y a quien condenó a sufrir públicamente afrentosa muerte de horca.
Auxiliados por el tundama, los electores reunieron un crecido ejército. Preparóse el Bermejo al combate, en el cual dio muestras de aventajar a sus contrarios en el valor y la pericia militar. Estos pregonaron entonces que ninguno de los habitantes de Iraca lo siguiese, ni lo reconociese por cacique, bajo pena de la vida. Pudo tanto la amenaza, que la mayor parte de su hueste se pasó al bando opuesto. Dieron entonces sobre él y se defendió como esforzado adalid hasta caer gravemente herido. Sus hermanos sacaron su cuerpo y lo ocultaron donde no pudiera ser visto, para librarlo del suplicio de la escarpia, con que los electores querían vengar la muerte dada al gámeza.
Restablecida la paz, fue nombrado un noble de Tobazá, que se llamaba Nompaním.
Los sucesores de Idacansás siguieron explotando la credulidad de sus súbditos con sus prácticas supersticiosas; medio sencillo era éste de tenerlos sumisos y de llenar sus arcas. Cerca de medio siglo después de la conquista, visitaba el Arzobispo de Santafé la provincia de Sugamuxi. Interrogando a algunos indios, averiguó que su cacique D. Felipe, a pesar de ser cristiano, riñendo con ellos, les decía:
Vosotros, perros, no me tenéis miedo;
Pues bien sabéis que puedo cualquier cosa:
Traer contagiosa pestilencia,
La fétida dolencia de viruelas,
Grave dolor de muelas, calenturas,
Con otras desventuras, y que crío
Con este poder mío todas cuantas
Yerbas, legumbres, plantas son nacidas. 164
Nada refieren las crónicas de los antiguos zipas. La leyenda invade la historia de los Chibchas, con fundióndose la verdad con la ficción hasta sus postreros días. El Padre Simón hace durar el fabuloso reinado de Garanchacha, en Hunsa, hasta el momento en que los españoles eran ya dueños de Santamarta. Piedrahita nos muestra a Tisquesusa preparándose a seguir a las tierras de los Muzos "para apagar los ardientes deseos en que se abrasaba de ver a Furatena, señora la más poderosa y rica de las provincias confinantes, por ser dueña de las esmeraldas más finas que crían los veneros de Muzo; no para despojarla de ellas ni de sus estados (pues era igualmente venerada de los dos príncipes del Nuevo Reino), sino para reconocer su grandeza, hermosura y discreción en que era la más aplaudida, determinó ir en persona con la comitiva más ostentosa que pudieran ofrecerle su reino y sus tesoros, exaltado con tan seguido curso de victorias y con los despojos de tantas provincias expugnadas cuando más floridas. En cuyas disposiciones, suspensas ya con algunas noticias participadas de los indios de Vélez, lo dejaremos, por haber sido aquel tiempo el en que hicieron su entrada los españoles en el Nuevo Reino, de que resultó la ruina de los zipas." 165
Singular hecho histórico sería el de que hubiera existido una señora de tan raras prendas en medio de una barbarísima nación como era la de los Muzos, y que los cronistas hubieran olvidado hablar de su resistencia y de su ulterior sumisión a las armas españolas. Aseguran, al contrario, que estos indios jamás reconocieron señor, y que seguían el consejo de sus viejos, respetando a los más valientes.
Sólo tres cronistas escribieron la historia de los Chibchas en los últimos sesenta años que precedieron a la conquista española: Castellanos, el Padre Simón y Piedrahita. Este último es el único que trae unas pocas fechas, las del advenimiento de los zipas Saguanmachica, Nemequene y Tisquesusa, en 1470, 1490 y 1514 respectivamente, fechas que nos parecen muy cuestionables, en especial la última.
Mucho hay que rebajar de las citadas narraciones: discursos de fantasía que ponen los autores en boca de los zipas y zaques, descripciones de batallas, número de combatientes. No es creíble que el bacatá y el hunsa pudieran reunir cada uno un ejército de sesenta mil hombres. En esto hay demasiada exageración; reducido a la mitad el número de combatientes que dan los cronistas más moderados, todavía nos parece excesivo. Para dar una idea del esfuerzo de imaginación que tenían que hacer los indios para contar un número crecido, baste saber que para expresar mil se servían de este circunloquio:gue hisca yca ubchihica, es decir: cinco veintes diez veces. Cuarenta mil, se decía: gue hisca yca ubchihica, yca gue bosa: cinco veintes diez veces, dos veces veinte. 166
Con todo, estos fragmentos de historia bastar para dar idea de las guerras intestinas en que con frecuencia se hallaban envueltos los diferentes estados en que desde el principio se constituyó el pueblo chibcha.

164
CASTELLANOS. T.I, C. I.
165
PIEDRAHITA. Lib. II, Cap. IX.
166
Para expresar la fecha 1633 habrían necesitado hacer uso de doce palabras: gue hisca yca ubchihica, gue hisca yca ta, guetas asaquy quihicha mica, es decir: cinco veintes diez veces, cinco veintes seis veces, veinte más trece.
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