Los sacerdotes de los Chibchas eran llamados chyquy,
palabra que los españoles cambiaron por la deje jeques.
Heredaban siempre esta dignidad los sobrinos hijos de hermana, como
sucedía respecto de los caciques. A los que tenían este derecho,
los sacaban de mediana edad de la casa de sus padres, y los
encerraban en un edificio que llamaban cuca, apartado del
pueblo, y especie de seminario dirigido por un indio viejo. Este
los hacía ayunar con grande abstinencia; no comían en el día sino
una escasa porción de mazamorra o puches de harina de maíz, sin sal
ni ají, y raras veces les permitían agregar algún pajarillo o unos
pocos pececillos de los arroyos. Enseñábales el viejo las
ceremonias de su culto y de sus sacrificios, las supersticiones de
su idolatría, el orden que debían observar para hablar con el
Demonio, el uso de ciertas yerbas de que se servían para curar las
heridas y otras enfermedades, los hechizos y ademanes ridículos con
que debían aplicarlas, etc.72 Cumplidos los doce años que duraba el
noviciado, le horadaban las narices y orejas al candidato y le
ponían zarcillos y nariguera de oro; acompañábanlo muchos indios
hasta un riachuelo, donde se lavaba todo el cuerpo y vestía mantas
nuevas. De allí seguía con su séquito a la casa del cacique, quien
le daba la investidura de jeque, el cala bazuelo 6 poporo para
guardar el hayo, algunas mantas finas y pintadas, y le concedía
licencia para ejercer en sus tierras el sacerdocio. Celebrábase
este acto con grandes fiestas, danzas y bebida abundante, y
ofrecían sacrificios para que el nuevo jeque se ejercitara en
ellos.
Habitaba el jeque en el templo 73, de donde sólo salía para cumplir las
funciones de su ministerio, o para dar asistencia médica a los
enfermos. No tenía que preocuparse por la subsistencia, pues su
sementera y labranza se la hacían en común, y para su vestido le
daban mantas los que le entregaban ofrendas para los ídolos. Vivía,
con mucho recogimiento y abstinencia, comiendo sólo cosas ligeras,
y poco nutritivas. Estaba obligada a guardar celibato, porque
decían que teniéndole por hombre santo, por consejero en los
asuntos graves, y debiendo, además, presentar las ofrendas a sus
dioses, convenía que observase vida exenta de mancha carnal. Si
llegaba a cometer alguna falta contra la castidad, se le privaba de
la dignidad del sacerdocio. Hablaba poco, ayunaba con frecuencia, y
sometía su cuerpo a ásperas penitencias, sacándose muchas veces
sangre en abundancia. El sueño del jeque debía ser corto; pasaba la
mayor parte de la noche mascando, sin tragar, hojas de coca que
mezclaba con un polvo calcáreo hecho de ciertos caracoles y
conservado en un calabazuelo. Con un palillo sacaba un pocote esta
mezcla, que era tenida por muy sana y de mucho sustento, para
llevarla a la boca pasándola por las encías. El mismo hacía la
cosecha y preparación de las hojas, cortándolas una una con la uña
del dedo pulgar, a raíz del tallo, extendiéndolas en mantas y
poniéndolas a tostar al fuego en una vasija de barro. Como
estimaban tanto la coca, sahumaban con ella a sus dioses. Además,
quemaban con este mismo fin frutillas de moque, semejantes a
cabra-higo, trementina parda y unos caracolillos y almejuelas que
despedían tan mal olor, que dice Castellanos "e de
aquestas es abominable hedor, y tál al fin cual lo merece el hijo
de maldad por quien se hace."
Cuando el año era seco y amenazaba el hambre, se sometían los
jeques a un muy riguroso ayuno que duraba algunos días, terminado
cual subían a un monte destinado al efecto ; allí quemaban moque y
mechones untados de trementina, y, tomando las cenizas, las
esparcían por el aire, diciendo que de aquellas se habían de
congelar las nubes, y llover y suceder la abundancia a la
carestía.
Ya hemos dicho cuáles eran los lugares preferidos por los indios
para sus devociones. Cuándo algún hombre o mujer tenía una
necesidad, acudía a consultarla con el jeque, a quien sólo en tales
casos era permitido mirar y hablar a las personas de distinto sexo.
El jeque mascaba tabaco en su bohío, pretendiendo que consultaba al
Demonio, y luego indicaba el número de días que debía ayunarse. El
ayuno era muy severo y no se podía interrumpir, aun cuando hubiese
peligro de morir en él. Obligaba a la castidad, a la abstinencia de
carne, de pescado, sal y ají, condimento preferido de ellos, y a
privarse de lavarse el cuerpo, cuidado que tenían muy
frecuentemente. 74
Concluidos los días de ayuno, que llamaban saga,
entregaban al jeque la ofrenda. 75 Este, que también se había preparado
con ayunos, se desnudaba aquella noche a veinte pasos del
santuario, y escuchaba primero si se oía algún ruido: muy
quedo se acercaba él, y poniéndose al frente levantaba en ambas
manos la figurilla de oro o de otra materia, que llevaba envuelta
en algodón; decía en pocas palabras cuál era la necesidad del que
la ofrecía, y pedía el remedio para ella. Finalmente, postrándose,
la arrojaba al agua, la metía en una cueva o la enterraba, según
fuese el santuario, y se volvía dando pasos atrás al lugar
donde había dejado el vestido.76 A la mañana siguiente daba cuenta de
la respuesta del Demonio al que le había presentado la ofrenda,
expresándose con palabras equívocas, y el indio se retiraba
satisfecho, retribuyendo antes su trabajo con dos mantas y algún
oro. Volvía a su casa, se mudaba el vestido que se había puesto
para el ayuno por otro nuevo y galano, y convidaba a sus parientes
y amigos, a quienes festejaba durante algunos días. Bailábase,
cantábanse villancicos apropiados a la circunstancia, y, sobre
todo, se bebía gran cantidad de chicha. 77
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Uricoechea hace de estas casas de enseñanza verdaderas
academias. He aquí lo que dice:
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Así lo dicen Castellanos y Piedrahita. Según el Padre Simón, tenía su casa cerca del templo. |
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Por desgracia se ha perdido mucho el hábito de la limpieza
entre los descendientes de los Chibchas; lo que acabamos de decir
no es invención nuestra; claramente lo dice Castellanos:
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Fuera de este y otros ayunos de circunstancia, tenían los indios uno general que duraba dos meses; sólo se les prohibía el uso de la sal. Estaban, además, obligados a guardar continencia. Con este ayuno decían que vivían más religiosamente y dejaban de enojar al Sol. |
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Idolo se decía chunso en lengua chibcha, de donde viene la
palabra tunjo. También se decía chunsua, voz con
que designaban igualmente los santuarios.
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Alguna vez habían de ser los engañados los mismos jeques
embaucadores, en lugar de los pobres indios. He aquí un suceso
ilustrativo que ocurrió en tiempo de Rodríguez Fresle, en el último
cuarto del siglo XVI:
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