CAPITULO V
Ideas de los Chibchas sobre la vida futura-Recompensas y
castigos-Resurrección de la cacica de Guatabita y de su hija-Juicio
universal y resurrección general, según Castellanos-Vicios comunes
entre los indios-Cómo cumplían los deberes morales para con los
demás-Solemnes procesiones religiosas.
Las ideas, espiritualistas de los Chibchas eran muy confusas. La
misma voz con que designaban el alma, fihisca, significaba
aliento, huelgo.
Creían que las almas son inmortales, y que en la muerte se separan
de los cuerpos y bajan al centro de la tierra por unos caminos y
barrancas de tierra amarilla y negra, pasando primero un gran río
en unas barcas de tela de araña, y no mataban estos insectos para
que no escasearan las telarañas. Tenían un concepto material de la
vida futura, pues en ella esperaban seguir viviendo como en ésta,
en provincias y pueblos de términos demarcados, con sus mujeres,
comiendo y bebiendo. Por esta razón se hacían sepultar los caciques
con tres o cuatro de sus mujeres preferidas, con sus mejores
esclavos para que les sirvieran, y además, con comidas, chicha,
vasijas, vestidos y telas con qué hacer otros, armas, joyas,
etc.
No tenían infierno o lugar destinado para el castigo de los malos;
tanto estos como los buenos bajaban al centro de la tierra, pero
mientras los unos gozaban de gran descanso y placer, a los otros
les estaban dando muchos azotes.
Observa muy juiciosamente el autor del Epítome, que creían
tan bárbara y confusamente en la inmortalidad del alma,
"que no se puede, de lo que ellos dicen, colegir si en lo
que ellos ponen la holganza y descanso de los muertos es el mesmo
cuerpo o el ánima por sí." No culpamos, pues, a los
cronistas, por las oscuridades que en lo tocante a este punto
notamos en ellos; atribuímoslas más bien a la profunda ceguedad de
los indios. Si ponían en las sepulturas, junto con las cosas de uso
del difunto, comestibles para el gran viaje, no era, sin duda, para
que se quedaran indefinidamente debajo de tierra. Si lo caciques
disponían que se embriagara i sus favoritas y a sus esclavos
preferidos para sepultarlos en su compañía, era para bajar pronto a
gozar con ellos en su paraíso. Comprendemos que pudieran forjarse
la ilusión de que los cuerpos que enterraban pasaran pronto
resucitar en el centro de la tierra, ya que acostumbraban dejarlos
para siempre en una misma fosa. Mas ¿podían tener la misma ilusión
en lo tocante a los numerosos cadáveres momificados que conservaban
en los templos y en las cuevas, y que estaban viendo
constantemente? Creemos que su obcecación era tan grande, que no so
daban cuenta de esta dificultad.
En el único caso de resurrección que los Chibchas contaban en sus
leyendas, la cacica de Guatabita se arroja a la laguna junto con su
niña de pecho y la muchacha que le servía de carguera. Las tres
mueren ahogadas, y vuelven el mismo día a la vida en unas casas
mejores que las que dejaban, situadas en el fondo de la laguna.
Logró un jeque sacar la niña, pero llegó muerta a la tierra.
Llevóla entonces de nuevo a su madre, y resucitó la niña por
segunda vez. Es muy digna de notarse la circunstancia de que la
cacica se proponía criar a su hija para que le tuviese compañía.
Tenían quizá la esperanza de que los niños continuaran creciendo en
la otra vida.
No pocas dificultades presenta el siguiente pasaje de Castellanos,
transcrito por el Padre Simón y Piedrahita, con escasa variación en
el estilo:
También esperan ellos el juicio
Universal, y dicen que los muertos
Han de resucitar y para siempre
Vivir en este inundo, de la suerte
Que agora viven, y es porque presumen
Ser este mundo permanescedero
De la misma manera que lo vemos.
No se comprende cómo hubieran podido concebir los Chibchas la idea
tan elevada de un juicio universal, que para ellos no tenía objeto.
Si sus cuerpos estaban gozando en unión de las almas en el centro
de la tierra si no había separación de buenos y malos, y sólo se
distinguían en que, mientras los unos disfrutaban de bienes y
comodidades, los otros estaban afligidos por los males que les
sucedían y los azotes que les daban, ¿a qué fin una segunda muerte
en su paraíso para resucitar en la tierra donde habían vivido
primero? El indígena que habló a Castellanos del juicio universal,
tomó esta idea del dogma católico para atribuirla a la religión de
los Chibchas.
Lo que dice al fin el autor, que presumían que este mundo
permanecer de la misma manera que lo vemos, sí nos parece muy
natural que lo creyeran, pues no tenían motivos para juzgar que las
cosas pudieran pasar de otro modo.
Las ideas de moralidad que derivan de la ley natural, grabada
profundamente por Dios en el corazón humano, se habían alterado y
depravado entre los Chibchas con motivo de las supersticiones a que
estaban sujetos. De aquí provenía el que en ciertas ocasiones
fueran muy tolerantes con los vicios, y en otras calificaran de
meritorios actos que en sí mismos no tienen virtud alguna, puesto
que el individuo no es agente de ellos, sino que los sufre
involuntariamente. Juzgaban de la suerte buena o mala que había de
tener cada uno en la otra vida, por la enfermedad que causaba su
muerte. Quedaban esperanzados de que los que morían de calenturas,
de dolor de costado o de cámaras de sangre, irían al lugar del
descanso.
"Los que mueren por sustentación y ampliación de su
tierra, dicen questos, aunque han sido malos, por sólo aquello
están con los buenos descansando y holgando; y ansi dicen quel que
muera ni la guerra y la mujer que muere de parto, que se van
derechos á descansar y á holgar por sólo aquella voluntad que han
tenido en ensanchar y acrecentar la república, aunque antes hayan
sido malos y ruines." 84
Cuando juzgaban, por el género de muerte del paciente, que éste
tendría una desgraciada vida futura, se entristecían y no se ponían
mantas nuevas. Pero si presentían que había de ser feliz, le
barnizaban la cara con bija, perfumaban la sepultura con
trementina, la cubrían con un pequeño bohío y la adornaban con unas
figuras semejantes a cruces hechas de hilos de varios
colores.
¡Qué estímulo podía existir para obrar bien en una sociedad donde
se creía que las determinaciones ineludibles de un hado fatal
decidían de la suerte definitiva de los hombres!
Por lo que hemos dicho se comprenderá cuán laxa sería la medida de
los deberes morales entre los Chibchas. Eran vicios comunes entre
ellos la embriaguez, la lujuria y la mentira. Rodríguez Fresle
dice, hablando de sus grandes borracheras: "adonde el que
más incestos y fornicaciones cometiera era más santo."
Aunque en esto haya exageración, hay mucho fondo de verdad.
Los sangrientos y bárbaros sacrificios que hacían de niños y de
hombres habían desarrollado en ellos instintos feroces. La
crueldad, que era carácter distintivo de casi todas las tribus que
poblaban el Nuevo Reino de Granada, lo fue también de los Chibchas,
aunque estaban más adelantados que las otras.
Veamos cómo se comportaban en sus relaciones con los demás.
Cuando la mujer daba a luz dos hijos gemelos, se tenía por señal de
incontinencia, y al segundo que nacía le quitaban la vida.
Trataban mal a sus mujeres, que les servían como verdaderas
esclavas, pretextando que las compraban.
Eran humanos con sus enfermos; los acompañaban, y llamaban a los
jeques y hechiceros para que los recetaran. Juntábanse muchos a
verlos fallecer. Tenían por dichoso al que moría de rayo o de
muerte repentina, porque había pasado de esta vida sin
dolores.
Cuando sus padres llegaban a la ancianidad y no podían trabajar,
faltaban a la obligación de mantenerlos y los echaban de sus casas.
Viéndose necesitados, se iban viejos y viejas de pueblo en pueblo
convertidos en hechiceros y agoreros.
No se acostumbraba socorrer a los pobres, y su desgracia era más
bien motivo de burla. 85
Mataban en la guerra a cuantos enemigos podían, aunque se les
rindieran; cuando los muertos eran de la tribu de los Panches,
llevaban sus cabezas para colocarlas en sus adoratorios. Si
lograban capturar al cacique o señor, lo traían a su tierra, le
sacaban los ojos y lo dejaban con vida para ultrajado en sus
fiestas. Quemaban los pueblos de los vencidos y sacrificaban los
niños al Sol. De la suerte de los mayores de edad decidían a su
antojo. 86
Eran los Chibchas muy religiosos en su idolatría, sumisos y
respetuosos para con sus caciques y peleaban con valor en defensa
de sus tierras.
Bien quisiéramos extendernos un poco más sobre el punto tan
importante del cumplimiento de los deberes morales; pero por
desgracia es muy poco lo que a este respecto hemos podido hallar en
los cronistas.
Las víctimas que los Chibchas destinaban al sacrificio eran
generalmente niños de otras tribus o naciones. Acabamos de ver que
reservaban para la inmolación los niños que tomaban a sus enemigos
en guerra. Otros eran traídos de la provincia de los Marbachares,
situada en los llanos de San Juan.
Antes de hablar de estos sacrificios, describiremos las solemnes
procesiones religiosas que hacían en ciertos tiempos del año,
especialmente en el de la cosecha, que era en Septiembre.
Celebrábanse en las anchas carreras que conducían al cercado del
jefe del Estado o cacicazgo, quien asistía a ellas acompañado de
los principales de su dominio y de un crecido número de sus
súbditos. Pintábanse de bija y de jagua los que se exhibían en
ellas, engalanábanse con variados trajes y disfraces, se ataviaban
con diademas, medias lunas, patenas, collares y narigueras de oro y
mucha plumería, y marchaban divididos en cuadrillas. Cada cual
ostentaba su riqueza; muchos representaban animales, y se mostraban
cubiertos con pieles de leones, tigres y osos. Los sacerdotes
llevaban puestas coronas de oro en forma de mitras. Seguíales una
prolongada cuadrilla de hombres pintados sin disfraz ni joya
alguna. Estos lloraban implorando al Sol y a Bochica por su zipa o
cacique, y pidiéndoles les concediesen lo que pedían. Para hacer
más patentes sus ruegos llevaban la cara cubierta de máscaras con
lágrimas pintadas. Luego entraba otra numerosa compañía, riéndose
los unos con estrépito y saltando de alegría, diciendo otros que ya
el Sol les había concedido lo que pedían los delanteros. En pos de
estos iban otros disfrazados con máscaras de oro, arrastrando sus
mantas por el suelo, como para barrer la carrera a los que les
seguían. Estos, ricamente adornados, bailaban y cantaban al son de
los fotutos, tambores, flautas y zampoñas. Detrás venía el zipa o
cacique, lujosamente vestido; lo acompañaban y seguían los
principales y el séquito de gente que tenía a su servicio. Cuando
llegaban al fin de la carrera presentaban las ofrendas a sus
ídolos, y luego volvían por la misma hasta llegar a la casa del
cacique. Este alababa las invenciones de libreas, juegos, danzas y
entretenimientos; premiaba con algunas mantas a los que habían
salido con mayor lucimiento, y les distribuía mucha chicha para que
volvieran a sus casas a acabar en ellas la fiesta, como era de
costumbre, embriagándose.
Puede imaginarse el lector cuál sería el atractivo de estas fiestas
tan llenas de animación, en las que se veía una muchedumbre de
gentes con disfraces tan variados, cubiertas con sus más ricas
joyas, danzando, saltando, gesticulando, llorando, riéndose y
cantando al son de los desacordes instrumentos músicos de los
indios.
Estas procesiones se continuaron por muchos años después de la
conquista, y fue la costumbre que se desarraigó con más dificultad
de entre los naturales.
Con frecuencia hacían correr en medio de la función la sangre de
una víctima inocente, como se diría en el capítulo que sigue.
| 84 |
Epítome de la conquista del Nuevo Reino de Granada. |
| 85 |
Una de las preguntas que hacían los misioneros en la confesión
a los indios, era esta:
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| 86 |
OVIEDO. Lib. XXVI, cap. XXX. |
