CAPITULO VIII
Soberanos que gobernaban a los Chibchas-Gobierno
absoluto-Obediencia y respeto de los súbditos-Presentes que se
daban a los caciques- Nobleza, usaques y guechas-Tributos-Castigo
de los que no los pagaban-Esclavos-Tiguyes o mujeres de los
caciques-Prioridad y privilegios de la favorita-La rival de la
privada de Meicuchuca, convertida en culebra-Modo de heredar los
caciques-Prueba de la continencia-El cacique de Chía, heredero del
zipa, por qué?-Reclusión de los herederos de los caciques-Fiestas
de coronación de los caciques y del zipa.
Cinco soberanos o señores principales, independientes unos de
otros, gobernaban el pueblo chibcha cuando los españoles
conquistaron su territorio. Empezando por el Norte, el Guanentá
residía en la población de este nombre 91, situada en la Mesa de Jéridas.
Estaban sujetos a su mando los caciques de Uyamata, Sancoteo,
Caraota, Cotisco, Siscota, Cacher, Xuaguete, Bocore, Butaregua,
Macaregua, Chalalá, Poima y Poasaque.
Al Este se hallaban el Tundama y el Sugamuxi 92. Del primero dependían los caciques
de Onzaga, Chicamocha, Soatá, Chitagoto, Susacón, Ocabila, Icabuco,
Lupachoque, Sátiva, Tutasá y Cerinza.
El señorío de Iraca o Sugamuxi, el menos extenso de los cinco,
comprendía los cacicazgos de Gámeza, Firavitoba, Busbanzá, Tobazá,
Toca, Pesca y algunos más.
Los dominios del zaque o hunsa ocupaban el centro del país. Residió
primitivamente en Ramiriquí, de donde pasó su capital a Hunsa
(Tunja). Rendíanle vasallaje los caciques de Tuta, Motavita, Sora,
Ramiriquí, Turmequé, Tibamá, Tenza, Garagoa, Somondoco y muchos
otros pueblos.
El zipa 93, el más
poderoso de los señores, residía en Bacatá o Muequetá (Funza). Sus
estados comprendían todas las tierras del Sur, y ocupaba
próximamente las dos quintas partes del territorio chibcha. Las
poblaciones principales eran: Simijaca, Guachetá, Ebaté, Chocontá,
Nemocón, Zipaquirá, Guatabita, Chía, Suba, Ebaque, Tibacuy,
Fusagasugá y Pasca.
Los caciques de Sáchica y Tinjacal eran señores libres 94, y lo eran también los de
Chipatá, Saboyá y sus vecinos, puesto que dice Piedrahita que el
hunsa hizo "levas de gente extranjera, que consiguió de
los cantones de Vélez donde a cualquier príncipe extraño se le
permitían por su dinero." 95
El gobierno del zipa, del zaque y de los caciques era una monarquía
absoluta, un despotismo oriental. Tenían al su cargo la dirección
de los negocios del estado y de las operaciones de la guerra;
daban, reformaban y hacían aplicar las leyes y obraban en todo como
jefes supremos de sus dominios, sin que ningún otro poder moderador
interviniese en las decisiones de su soberana voluntad. La clase de
los jeques, que recibían de sus manos la investidura del
sacerdocio, les estaba sometida, como todas las demás. Eran
obedecidos y reverenciados casi como dioses. Los más de los
caciques, aunque fueran absolutos en sus tierras, se humillaban
ante el zipa y el zaque.
Los indios jamás miraban a la cara a su señor, pues si entraban
donde estaba, lo hacían vueltas las espaldas, o inclinándose
profundamente y volviendo la cara cuando llegaban cerca de él; se
sentaban o permanecían de pie, pero siempre con la cabeza baja. Los
caciques y los embajadores tenían que someterse al mismo
ceremonial. Decían los indios que los cristianos eran muy
desvergonzados porque hablaban con el licenciado Jiménez de Quesada
cara a cara y mirándolo. Cuando el zipa escupía, se arrodillaban
uno o dos de los nobles, se hablaban y volvían la cara atrás,
extendían los brazos presentándole una toalla fina para que
escupiese, porque aquella saliva era cosa santa que no debía tocar
en tierra. El que la recibía se retiraba muy honrado y satisfecho,
como si se le hubiera concedido alguna merced. Sólo los indios
principales podían pasar cerca del cacique, pero habían de ir con
la cabeza muy baja.
Andaba el zipa en andas de madera adornadas con planchas de oro;
las llevaban a hombros gentes de su casa. Precedíanle algunos
indios que quitaban las piedras y terrones del camino, y tendían
mantas y flores para que pasase sobre ellas. El mismo determinaba
los sujetos de distinción a quienes permitía hacer uso de andas en
premio de señalados servicios.
Ningún mensajero, noble o persona principal, podía presentarse ante
cualquier cacique con las manos vacías, pues había de ofrecerle
algún regalo cada vez que lo visitaba. En las ocasiones solemnes
las dádivas eran verdaderamente regias.
La reverencia, la constante adulación a los jefes de estado y la
sumisión de sus súbditos, que era tan grande, "que ninguna
nación de las del mundo tuvo tal obediencia ni respeto,"
96 los envanecía y
los afirmaba en su despotismo, que sólo podía mitigarse cuando el
mandatario era de condición mansa.
El guatabita tenía a sus vasallos tan sujetos, que si alguno quería
ponerse una manta diferente las de los demás, tenía que pedirle
licencia, pagándole muy bien, y el mismo cacique lo había de cubrir
con ella.
Estimaban mucho los Chibchas la nobleza de la sangre, procuraban
que las familias principales se conservaran sin mezcla, y hacían
gran diferencia entre nobles y plebeyos. Los caciques de más
distinguido linaje tenían el título de usaques; el que se
daba especialmente a los que vivían en la frontera de los enemigos.
Eran ellos quienes convocaban la gente de guerra. En los
campamentos ocupaban sitios diferentes, distinguidos con sus
insignias de diversos colores, de manera que podían conocerse por
las tiendas que ponían. El zipa era bacatá usaque, es decir, usaque
de los usaques.
El valor militar abría camino a los honores. La enemistad de los
Panches obligaba al zipa a ten guarnición en los pueblos de la
frontera, para lo cual se ser vía de ciertos indios que llamaban
guechas 97, hombres esforzados, valientes y
determinados, que unían estas cualidades la destreza y la
vigilancia. Estos guerreros eran buscados en todo el reino, y el
bacatá los hacía venir a su presencia y los instruía en lo que
habían de hacer. Honraba y premiaba a cada uno según sus hechos, y
de entre ellos escogía con frecuencia los caciques de los pueblos
donde llegaba a faltar el heredero legítimo. Andaban los guechas
siempre con el pelo corto, horadados los labios, las narices y en
contornolas orejas. Poníanse en las aberturas de los labios y
orejas canutillos de oro fino en número igual al de los enemigos
que habían muerto en la guerra. Entre las figurillas de oro de los
Chibchas suelen encontrarse algunas que representan a estos bravos.
Se ven armados y adornados con largos canutillos de oro, que les
dan aire marcial. Véanse las figuras de oro números 4, 5 y 6. La
que lleva el número 6 muestra los dientes, y esto le da aspecto
feroz.
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4. Guerrero guecha de oro, sentado
dentro de un cercado, y rodeado de objetos de difícil
interpretación.
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5. Guerrero guecha, de muy buen oro,
con casco terminado en punta retorcida, armado con una tiradera y
una vara llena de picos; mide 7 centímetros.
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6. Guerrero guecha, de muy buen oro, de aspecto feroz, mostrando los dientes. Lleva en la mano derecha una tiradera y dos dardos. Está reducido a los dos tercios de su tamaño. |
Los vasallos pagaban su tributo a los caciques 98 en mantas y en oro, que
fundían en forma de tejuelos. Al indio que no daba la cuota que le
correspondía le enviaban con un criado un leoncillo o un oso que
amarraba a la puerta de su casa. Tenía que mantener al criado y al
animal, dando de comer al último tórtolas, curíes y pajarillos.
Estaba, además, obligado a entregar cada día una manta de algodón.
El pobre indio que llegaba a verse en tales conflictos, hacía las
mayores diligencias por pagar. En otras partes se valían de un
medio distinto. Enviaban a cobrar el tributo, y si no se pagaba en
los días que se daban de espera, entraba el cobrador a la casa del
deudor moroso y apagaba con agua la lumbre, que no era permitido
volver a encender hasta que no se entregaba la suma que se
debía.
El zipa y los caciques reducían los prisioneros a la esclavitud, y
llevaban a la guerra a los Panches y Colimas, empleándolos como
flecheros. A las mujeres de los vencidos las ocupaban en el
servicio doméstico. Los esclavos más fieles eran enterrados vivos
con sus señores.
No hay noticia de los empleados principales que tenía el zipa en su
corte; sólo se sabe que entre ellos había contador y tesorero. El
pregonero era muy considerarlo en su pueblo; nombrábalo el cacique,
escogiéndolo entre las personas más estimadas y de noble
estirpe.
| 91 |
Cada señor era generalmente conocido con el nombre de la
capital de sus dominios; era, pues, común decir el Bacatá, el
Hunsa, el Guatabita, etc.
|
| 92 |
Los españoles mudaron la voz Tundama trasponiendo las letras, en Duntama y luego en Duitama, y cambiaron el nombre de Sugamuxi por Sogamoso. |
| 93 |
Tanto el título de Zipa, como el de Zaque, equivalen a gran señor. Castellanos escribe Cipá. |
| 94 |
PIEDRAHITA. Lib. II, Cap. VI. |
| 95 |
PIEDRAHITA. Lib. II Cap. IX. |
| 96 |
CASTELLANOS. |
| 97 |
Guecha o güecha, voz formada de cha, varón, y gue o güe, que yo mate: varón que da la muerte. |
| 98 |
El título de cacique era el que daban los naturales de la isla Española a los jefes de tribus. Los Chibchas llamaban a estos psihipcua. |



