Tenían el zipa y los caciques en sus casas, que describiremos más adelante, un número considerable de mujeres llamadas tiguyes, en ocasiones hasta trescientas el primero, y ciento los otros, sin contar las que las servían. Cuidábase mucho de su conducta; el guatabita había establecido por ley que si un indio ponía los ojos con afición en alguna de las mujeres de su cercado, era castigado prontamente de muerte junto con la india quien se había atrevido a mirar. La esposa principal y favorita del zipa y de los caciques era la que mandaba y gobernaba la casa; tenía un raro privilegio, y era que, llegada la hora de su muerte, podía mandar a su marido que guardase continencia durante un tiempo que no pasase de cinco años. Esrmrábase éste cuando llegaba el trance fatal en ganar la buena voluntad de su consorte con ruegos y regalos, y hacióndole presente el buen trato que le había dado, para que le disminuyera el tiempo de la vida continente. Muerta la favorita, ocupaba el puesto de predilecta la mujer más antigua.
Los delitos de los caciques, asegura Piedrahita que podían castigarlos sus mujeres, pero sin pasar de seis azotes la pena aunque el delito fuera digno de muerte. Cuenta que hallándose Jiménez de Quesada en el pueblo de Suesca, fue una mañana a visitar al cacique y halló a sus nueve mujeres atándolo, y luego, a pesar de sus súplicas, le dieron por turno muchos azotes. Averiguada la causa, le dijeron que unos españoles le habían hecho tomar la víspera un poco de vino que lo había embriagado.
Las mujeres chibchas eran sumisas a la voluntad de sus maridos, y aunque fueran muchas, se conformaban con su suerte y no reñían entre sí. No obstante, la pasión de los celos no podía dejar de tener cabida en sus corazones. Referíase como ejemplo que podía servir de freno a las preferencias de los caciques, que a un antiguo príncipe de Bacatá, llamado Meicuchuca, le presentó una vieja una hermosa doncella. Prendóse tanto de su belleza y de su gracia, que olvidó por completo la favorita, prodigando todas sus atenciones a la otra. Rabiaba de celos la favorita sin poderlo remediar, hasta que consultó a un jeque. Previos los ayunos y ofrendas de costumbre, éste le respondió que llegase una noche a la cama del cacique. Así lo hizo, y halló a su marido durmiendo y con él una gran culebra en que se había convertido su joven rival. Salió en silencio del aposento y se fue a contar al jeque lo que pasaba. Aconsejóle éste que convidase a la india con otra de las mujeres a bañarse en el río Funza. Hizo la cacica el convite, y estando ya dentro del río se convirtió la rival en una gran culebra y desapareció entre las aguas, con lo cual cesaron los celos de la favorita.
Cuando los caciques tenían noticia de doncellas hermosas, las pedían a sus padres, quienes con gusto se las enviaban. Ocupábanlas algún tiempo a su servicio, sin ponerles ningún vestido, y luego que las contaban en el número de sus mujeres, las cubrían con las ropas y atavíos que éstas usaban.
Tenía el zipa su casa principal de recreo en Tenaguasa (Tena), a donde iba con alguna frecuencia a bañarse y a divertirse, con sus mujeres y su servidumbre. En Tabio tenía otra casa para cuando quería bañarse en las aguas termales. Solía también retirarse Teusaquiyo, lugar donde después se fundó la ciudad de Bogotá. El zaque tenía su sitio de recreo en Ramiriquí, el cacique de Iraca en los baños de Iza, y el de Guatabita cerca de Guasuca o Guasca.
Los hijos de los caciques no heredaban sino los bienes de su padre, que se repartían entre ellos y las mujeres que dejaban. El sobrino mayor hijo de hermana heredaba el estado 99. Como eran muy celosos de que se con en sus familias la nobleza de la sangre, y no podían tener confianza en la fidelidad de sus mujeres, a quienes permitían entregarse a los excesos de la lujuria en sus fiestas 100, se valían de este medio para alcanzar su propósito. A falta de sobrino por la línea femenina; entraba a gobernar el hermano de mayor edad. Tampoco heredaban los hijos a la gente principal, civil o militar, sino los sobrinos, salvo el caso de que tuvieran hijos habidos en esclavas, pues éstos heredaban de derecho a sus padres 101. Si el cacique era independiente y no tenía hermano, podía señalar antes de su muerte heredero de otras familias y pueblos, y sus súbditos lo recibían y le obedecían como si fuera de noble estirpe.
En los cacicazgos donde se rendía vasallaje al zipa era profundamente sentida la muerte del señor cuando no dejaba heredero. En tal caso correspondía al bacatá el nombramiento del sucesor. Escogía éste entre los indios más nobles y de valor experimentado del señorío dos hombres de buena presencia, prefiriendo algún bravo guerrero guecha. Conocían estos bárbaros la influencia que ejercen en el mandatario la belleza, los halagos y la astucia de la mujer, y sabían cuánto puede la sensualidad para lograr que se quebrante la justicia, se infrinjan las leyes y se violen los derechos de los asociados. Comprendían que para gobernar a los demás es preciso saber reprimirse, y por esto sometían públicamente a los candidatos a la prueba nada honesta de la continencia. Poníanlos al frente de una graciosa doncella, sin más vestido que el que les dio la naturaleza, y si notaban en alguno de ellos alteración sensual, lo desechaban como hombre de poca vergüenza y desprovisto de aptitudes para el gobierno. Si ambos se mostraban faltos de recato, ponían otros a la prueba, hasta dar con uno que guardase completo sosiego. Este que daba de cacique y le sucedían sus sobrinos. Según una antigua costumbre, el heredero del zipa era el cacique de Chía, a quien sucedía a su vez el sobrino hijo de hermana. El motivo de esta ley era el siguiente: en cierto tiempo, que no saben fijar, el chía tenía un hermano menor, joven, gallardo y animoso, que se enamoró de una de sus mujeres y aunque estaba muy bien guardada logró entrar en relaciones con ella. Indignóse el cacique y procuró prenderlo para castigarlo con la pena impuesta a los que cometían estos delitos, que era el empalamiento. Informado el mancebo de las intenciones de su hermano, puso tierra de por medio y fue a ofrecer sus servicios al bacatá, quien se preparaba a entrar en campaña contra algunos pueblos que se le habían rebelado del lado del Oriente y estaba a la sazón con su ejército en Guasca. Recibióle muy bien, pues le eran conocidas la nobleza de su linaje y sus buenas prendas, y lo nombró su capitán general. Mostróse tan valiente en todas ocasiones, que se distiiguió entre los jefes, y se hizo temible a los enemigos por la decisión y pujanza con que los acometía y vencía. Tuvo la guerra los más felices resultados, quedando en poco tiempo reducidos a la obediencia los pueblos alzados.
Sólo faltaba someter el de Ubaque, adonde pasó el bacatá. Enfermó gravemente y se hizo llevará sus casas de Muequetá. Viendo cercana la muerte, y que no tenía heredero forzoso, ni había en su reino un hombre que igualase a su capitán general, resolvió designarlo para que le sucediese. Llamó luego a sus capitanes y gente noble, expúsoles la resolución que había tomado, ensalzando el valor, la cordura y la prudencia del hermano del chía, virtudes que ellos tenían bien experimentadas, y concluyó mandándoles que le obedeciesen y jurasen por su cacique y señor, lo que hicieron incontinente. A poco dejó la vida el bacatá, y el nuevo zipa terminó la guerra de pacificación.
Miraba el cacique de Chía, lleno de temor, cómo crecía la prosperidad de su hermano, con quien comprendía no podía entrar en lucha armada, porque sería a todas luces desastrosa para él. Sabía que estaba enojado y que se preparaba a tomar venganza de los pasados agravios; trató de apaciguarlo enviándole de mensajeros a la madre y a una hermana. Hallaron éstas al bacatá en su casa fuerte de Cajicá, hiciéronle un presente de algunas piezas de manta, oro y esmeraldas, y luego hablaron de amistades y de olvido de lo pasado. Los regalos y las buenas razones que el afecto inspiró a la, madre y a la hermana, a quienes quería mucho, ablandaron su corazón, y después de algunas pláticas se convino por una y otra parte guardar la paz y en que el hijo de la hermana, la que estaba en cinta, heredase primero al chía, y que, muerto el bacatá, dejase el cacicazgo de Chía y ocupase el otro. Aprobado este convenio por las partes, y aceptado por los principales del estado, quedó establecido como ley.
Los que habían de ser caciques, debían estar primero encerrados por algunos años en un templo o adoratorio, según su categoría. La reclusión duraba generalmente de cinco a siete años. Sólo de noche podían salir a ver la luna y las estrellas, y se recogían antes de que el sol los viera. No tenían trato con mujeres; estaban sometidos a continuos ayunos; no comían carne, sal, ají ni otras cosas que les vedaban. Los guardas que los vigilaban les daban en ciertos días muchos y terribles azotes. Dos ayos tenían el encargo de enseñarles buenas costumbres y vida honesta. Cualquiera infracción a la regla, que estaban obligados a declarar bajo juramento era motivo para que se les reprobara, reputándolos por viles e infames. Concluido el encierro se les horadaban las orejas y las narices para adornarlas con pendientes y narigueras de oro, que era la cosa de más honra entre ellos 102. Luego les decían los jeques lo que habían de ofrecer por sus manos, aquella primera vez, a sus dioses: figuras de oro, osos, tigres o águilas. Todo terminaba con una gran fiesta, a la que se invitaba a los caciques convecinos, quienes se presentaban con regalos de mantas, oro, armas y otras cosas. La chicha, tomada como siempre en gran cantidad, era esencial complemento de la fiesta.
Los caciques vasallos del zipa no podían gobernar sus estados sin que él los confirmase después de haber tomado posesión de ellos, según sus leyes. Las fiestas de la coronación duraban quince días. El último traían los principales las coronas, orejeras y narigueras de oro, las patenas o chagualas para el pecho, y las medias lunas para la frente, y adornaban con las más hermosas al cacique. Vestíanle finas telas de algodón, poníanle en la mano un bastón de guayacán bien labrado, y cuentas verdes y blancas y otras joyas en la cabeza. Daban remate a la fiesta partiendo a la carrera con las alhajas de menos valor hasta el primer río o riachuelo, y las arrojaban al agua en alabanza de sus dioses. Terminada con esto la fiesta, se presentaba ante el zipa, acompañado de los principales y con preciosos dones, a pedir la ratificación del cargo. Este lo recibía muy bien, lo agasajaba mucho y lo despedía después de confirmarlo en su cacicazgo. Volvía su pueblo, donde sus súbditos lo aguardaban con ricos presentes en prueba de adhesión a su señor natural, y a fin de darle los parabienes por las mercedes que le había hecho el gran zipa o supremo señor.
Las fiestas que se hacían en la coronación del bacatá eran semejantes a éstas, aunque se celebraban con mayor pompa y grandeza. Sentábanle en rica silla guarnecida de oro y esmeraldas; poníanle preciosa corona de oro en forma de bonete y le vestían con sus más finas y vistosas telas. Tomábanle juramento de que sería rey de buen gobierno y ampararía sus tierras y vasallos. Estos le juraban, a su vez, obediencia, y cada cual le daba, en señal de ello, una joya. Presentábanle gran número de venados, conejos, curíes, perdices, palomas y otras aves para abastecimiento de las fiestas y grandes regocijos que seguían. Señalábanle los grandes de la corte, que tenían derecho de hacerlo, nuevos oficiales para el gobierno de su casa y le daban mujer que correspondiera en prendas, nobleza y hermosura sus merecimientos. Después de ésta podía elegir cuantas quería, siendo ella siempre la superior en el estado, la predilecta y favorita. La parte de esta fiesta que describimos era verdaderamente regia y propia de un pueblo civilizado; dejamos en la sombra las bacanales que provocaba el abuso de la chicha, en las que estaban persuadidos que los acompañaba y excitaba su dios Baco, Nencatacoa.

99
Sólo el cacique de Iraca era nombrado por elección, como lo explicaremos en el capitulo XVII.
100
SIMÓN. T. II, pág. 309.
101
SIMÓN. T. II, pág. 297.
102
Dice Oviedo que cualquiera persona principal, hombre o mujer, había de estar cierto número de años encerrada en el adoratorio, sin ver el sol. Agrega que era costumbre general en los indios del Nuevo Reino traer orejas y narices horadadas; que los que no eran caciques sino principales se estaban encerrados un mes y las demás gentes diez o quince días para poder agujereárselas.
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