1. PRIMERA VISION DE AMERICA

“Venido el día, que no poco deseado fue de todos, lléganse los tres navíos a la tierra, y surgen sus anclas, y ven la playa toda llena de gente desnuda, que toda la arena y tierra cubrían. Esta tierra era y es una is­la de 15 leguas de luengo, poco más o menos, toda baja, sin montaña algu­na, como una huerta llena de arboleda verde y fresquísima, como son todas las de los lucayos que hay por allí, cerca desta Española, y se extienden por luengo de Cuba muchas, la cual se llamaba en lengua desta isla Española y dellas, porque cuasi toda es una lengua y manera de hablar, Guanahaní, la última sílaba luenga y aguda.

En medio della estaba, una buena agua dulce de que bebían; estaba poblada de mucha gente que no cabía, porque, como abajo se dirá, todas estas tierras deste orbe son suavísimas, y mayormente todas estas islas de los lucayos, porque así se llamaban las gentes de estas islas pequeñas, que quiere decir, cuasi moradores de cayos, porque cayos en esta lengua son islas. Así que, codicioso el Almirante y toda su gente de saltar en tierra y ver aquella gente, y no menos ellas de verlos salir, admirados de ver aquellos navíos, que debían pensar que fuesen algunos animales que viniesen por la mar, o saliesen della (viernes, de mañana, que se contaron 12 de octubre), salió en su batel armado y con sus armas, y la más de la gente que en él cupo; mandó también que lo mismo hiciesen y saliesen los capitanes Martín Alonso y Vicente Yánez. Sacó el Almirante la bandera real, y los dos capitanes sendan banderas de la cruz verde, que al Almirante llevaba en todos los navíos por seña y divisa, con una F, que significa el rey D. Fernando, y una I, por la reina, Doña Isabel, y encima de cada letra su corona, una del un cabo de la cruz, y otra del otro.

Saltando en tierra el Almirante y todos, hincan las rodillas, dan gracias inmensas al Todopoderoso Dios y Señor, muchos derramando lágrimas, que los había traído a salvamento, y que les mostraba alguno del fruto que, tanto y en tan insólita y prolija peregrinación con tanto sudor y trabajo y temores, habían deseado y suspirado, en especial D. Cristóbal Colón, que no sin profunda consideración dejaba pasar las cosas que le a­caecían, como quiera que más y mucho más, la anchura y longanimidad de su esperanza se le certifica viéndose salir con su verdad, y que de costumbre tenía de magnificar los beneficios que recibía de Dios, y convidar a todos los circunstantes al hacimiento de gracias. Quién podrá expresar y encarecer el regocijo que todos tuvieron y jubilación, llenos de incompa­rable gozo e inestimable alegría, entre la confusión de los que se veían cercados por no le haber creído antes resistido o injuriado, al constante y paciente Colón? Quién significará la reverencia que lo hacían? El per­dón que con lágrimas le pedían? Las ofertas que de servirle toda su vida, lo hacían? Y, finalmente, las caricias, honores y gracias que lo daban, obediencia y sujeción que le prometían? Cuasi salían de sí por contentarle, aplacarle y regocijarle; el cual, con lágrima los abrasaba, los perdonaba, los provocaba todos a que todo lo refiriesen a Dios; allí le recibieron toda la gente que llevaba por Almirante y visorrey o gobernador de los reyes de Castilla, y le dieron la obediencia, como a persona que las perso­nas reales representaba, con tato regocijo y alegría, que será mejor re­mitir la grandeza della a la discreción del prudente lector, que por palabras insuficientes quererla manifestar.

Luego el Almirante, delante los dos capitanes y de Rodrigo de Escobedo, escribano de toda la armada, y de Rodrigo Sánchez de Segovia, veedor della, y de toda la gente cristiana que consigo llevaba, saltó en tierra, dijo que le diesen, por fe y testimonio, cómo él por ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla, a la cual ponía nombre Sant Salvador, por el rey e por la reina, sus señores, haciendo las protestaciones que se requerían según que más largo se contiene en los testimonios, que allí por escrito se hicieron. Los indios, que estaban presentes, que eran gran número, á todos estos actos estaban atónitos mirando los cristianos, espantados de sus barba, blancura y de sus vestidos; íbanse a los hombres barbados, en especial al Almirante, como, por la eminencia y autoridad de su persona, y también por ir vestido de grana, estimasen ser el principal, y llegaban con las manos a las barbas maravillándose dellas, porque ellos ninguna tienen, especulando muy atentamente por las manos y las ocas su blancura.

Viendo, el Almirante y los demás su simplicidad, todo con gran placer y gozo lo sufrían; parábanse a mirar los cristianos, a los indios, no menos maravillados que los indios dellos, cuanta fuese su mansedumbre, simplicidad y confianza de gente que nunca cognoscieron, y que, por su apariencia, como sea feroz, pudieran temer y huir de ellos; como andaba entre ellos y a ellos se allegaban con tanta familiaridad y tan sin temor y sospecha, como si fueran padres y hijos; cómo andaban todos desnudos como sus madres les habían parido, con tanto descuido y simplicidad, todas sus cosas vergonzosas de fuera, que parecía no haberse perdida o haberse restituido el estado de la inocencia, (en que un poquito de tiempos que se dice no haber pasado de seis horas, vivió nuestro padre Adán) No tenían armas algunas, si no eran unas azagayas, que son varas con las puntas tostadas y agudas, y algunas con un diente o espina de pescado, de las cuales usaban más para tomar peces que para matar algún hombre, también para su defensión de otras gentes, que dizque les venían a hacer daño.....

Tornado, pues, a nuestro propósito de la historia, trujeron luego a los, cristianos de las cosas de comer, de su pan y pescado y de su agua y algodón hilado y papagayos verdes muy graciosos, y otras cosas de las que tenían (porque no tienen más de lo que para sustentar la naturaleza humana, que ha poco menester, es necesario).

El Almirante, viéndolos tan buenos y simples, y que en cuanto podían eran tan liberalmente hospitales, y con esto en gran manera pacíficos, dióles a muchos cuentas de vidrio y cascabeles, y a alguno; bonetes colorados y otras cosas, con que ellos quedaban muy contentos y ricos. El cual, en el libro desta su primera navegación, que escribió para los Reyes Católicos, dice de aquesta manera: “Yo, porque nos tuviesen mucha amistad, porque cognoscí que era gente que mejor se libraría y convertirla a nues­tra sancta fe con amor que por fuerza, les di a algunos dellos unos bone­tes colorados y unas cuentas de vidrio, que se ponían al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con que hobieron mucho placer, y quedaron tanto nuestros, que era maravilla; los cuales después venían a las barcas de los navíos, adonde nos estabamos, nadando, y nos traían papagayos y hilo de algodón en ovillos y azagayas y otras cosas muchas, y nos las trocaban por otras cosas que no les dábamos, como cuentecillas de vidrio y cascabeles.

“En fin, todo lo tomaba y daban de aquello que tenían, de buena voluntad; mas me pareció que era gente muy pobre de todo; ellos andaban todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una, harto moza, y todos los que yo vide eran mancebos, que ningu­no vide que pasase de edad de treinta años, muy, bien hechos de muy hermosos y lindos cuerpos y muy buenas caras, los caballos gruesos cuasi como cerdas de cola de caballos y cortos; los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás, que traen largos, que jamás corta. Dellos se pinta de prieto, y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pinta de blanco, y dellos de colorado, y dellos de lo que hallan; dellos se pinta las caras, y dellos los cuerpos y dellos solos los ojos, y dellos solo la nariz; ellos no traen armas, ni las cognoscen, porque les amostré espadas y las tomaba por el filo y se cortaba con ignorancia. No tienen algún hierro; sus azagayas son unas varas sin hierro, y algunas dellas tienen al cabo un diente de pece y otras de otras cosas. Ellos todos a una mano son de buena estatura de gradeza, y buenos gestos, bien hechos. Ellos deben ser buenos servidores y de buen genio, que veo que muy presto dicen todo lo que les decía, y creo que ligeramente se harían cristianos, que pareció que ninguna secta tenían, etc. “Todas éstas son palabras del Almirante”

(Historia de las Indias I, pag. 200—203)

Extracto de Casas, Bartolomé de las, Historia de las Indias, 3 Vols. (México, 1951).
 

 

 

 

 

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