20.  DESEMBARCO DE PEDRO DE HEREDIA EN CARTAGENA.

Sacra Cesárea Católica Majestad.

Pedro de Heredia, gobernador de esta provincia de Cartagena por Vuestra Majestad, haciendo relación de lo sucedido en la tierra dice: que él entró en esta provincia de Cartagena a 14 días de enero con una nao y dos carabelas y una fusta en que metería ciento y cincuenta hombres de guerra y veintidós caballos, no embargante que en la isla Española embarcó cuarenta y siete y los demás se murieron en el camino, de los cuales caballos el día que desembarcaron, que fué dentro de esta bahía de Cartagena, uno de ellos, como salió de la mar, que como andábamos de sembarcando los otros no miramos en ello, cuando le fuimos a buscar halamos por el rastro que  lo llevaban los indios. Yo, como lo vi, acordé de ir en seguimiento de ellos y fui con dos de a caballo y quince peones, porque al presente no nos hallamos más fuera de los navíos, y como el rastro iba fresco yo creí que los alcanzáramos. Luego fuimos en rastro de ellos hasta un legua poco más por la costa de la mar. Y yendo que íbamos topamos con un escuadrón de indios que a nuestro parecer seria numero de ciento, poco más o menos, los cuales venían hacia donde  nosotros íbamos y en descubriéndonos se pusieron en arma y nos comenzaron a flechar.  Arremetimos a ellos, volvieronnos las espaldas, alcanzámoslos con los caballo luego.  No consentí que matasen ninguno, antes los rodeamos y tomamos uno de ellos para saber su lengua de la tierra; el cual, después de tomado, nos llevó a su pueblo.  Cuando llegamos, no hallamos a nadie dentro sino los buídos cerrados.  No consentí yo que se les entrase en  ninguna casa, ni se les tomase nada antes nos volvimos con aquel indio que tomamos al real donde yo le hice entender al indio con  la lengua, como nosotros no veníamos a hacerles mal, sino a tenerlos por amigos y a contratar con ellos y a darles hachas, cuchillas y otras cosas, y le hice dar dado una hacha y peines y cuchillos y anzuelos  y le dije que se fuese y que lo dijese en su pueblo y volviese a hablarnos el dijo que volvería otro día y esperamos tres días que no volvió.  Después de los cuales yo acordé tornar a ir al pueblo y cuando fuimos no hallamos a nadie como en  (el) primero acordamos de asentar en el mismo pueblo, porque hallábamos mejor agua que la que tomamos a donde estábamos porque en toda la bahía no se ha podido hallar agua que corra sino de pozos y poca, por la cual causa yo envié una de las carabelas que traíamos arriba de donde estábamos y la otra abajo a que mirasen los términos que Vuestra Majestad me dio de gobernador y para ver donde podríamos hallar mejor asiento. La carabela que fue hacia arriba a la parte de Santa Marta halló un puerto que dicen Zamba, que es seis o siete leguas del Río Grande, el cual le pareció buen puerto y que estaba en el mejor término de todos para poblar por lo que convenía al servicio de Vuestra Majestad.  Yo acordé partirme para allá por tierra con cincuenta peones y veinte de a caballo porque la gente demás iba en los navíos.  En comenzando a caminar hasta una legua del pueblo donde estábamos, que dicen Calamar, hallamos otro pueblo pequeño en el que tampoco los indios nos quisieron esperar aunque estaban en ele pueblo cuando llegamos hice que les tomásemos once o doce indias las cuales le hicimos entender lo mismo que en el otro pueblo y las soltamos una a una para que fuesen a llamar a los indios haciéndoles todo el buen tratamiento que podiamos; tampoco nunca volvió ninguna. Tornamos a seguir nuestro camino con un indio que tomamos por guía el cual nos llevó a un camino de donde vimos a un cabo y a otro del camino quedar pueblos, porque crea Vuestra Majestad que lo que de la tierra hemos visto es la más poblada y abundosa de comidas, que nunca en estas partes se ha visto.  Plega a Dios por su infinita bondad que todo lo demás sea así.

Llevónos por aquel camino porque dijo que por allí habíamos de ir a Zamba, a donde queríamos ir.  Y habiendo andado hasta tres leguas dimos con un pueblo y entramos por el procurando apaciguar la gente,  porque estaba toda dentro según lo que pareció no sabían de nosotros, o si sabían con ser el pueblo tan grande no se les daba nada.  Ellos se encomenzarón  a rehacer y a pelear con nosotros; hubimos de hacer lo mismo.  Era el pueblo tal que había dos horas que andábamos peleando con ellos y no habíamos llegado a la mitad del pueblo.  De donde yo acordé tornar a recoger la gente y recogernos hacía el un cabo del pueblo, y creyendo ponerles temor hicieles poner fuego. Y mientras el pueblo ardía nos retiramos a unas labranzas a rehacernos, a donde estando que estábamos vienen los indios a dar con nosotros; tornamos allí a pelear con ellos como los tomamos fuera de la fuerza del pueblo, desbaratamoslos luego.  Tornamosnos recoger para rehacernos otra vez y todos juntos acordamos de ir a dar otra vez  en el pueblo.  Cuando fuimos, no hallamos ya a nadie porque todos eran idos  huyendo.  Tomamosles hasta en cantidad de treinta o cuarenta indias las cuales yo las solté la mayor parte de ellas una a una haciéndoles entender como nosotros no veníamos a hacerles mal, y si alguno les habíamosle hecho era porque ello nos habían comenzado a flechar a nosotros, rogándoles que fuesen nuestro amigos; tampoco nunca quisieron venir. Obró Dios en este día con nosotros uno de sus misterios que El hace cuando es servido, que no nos hirieron más de dos hombres, de los cuales murió el uno, y seis caballos, de los cuales murieren tres. Y porque los seis caballos que nos hirieron eran los mejores, acordamos de tornarnos al pueblo donde salimos a curarlos y también, viento la grosedad de la tierra, por enviar de socorro de caballos; para lo cual luego despachamos una carabela para Jamaica. Creo, placiendo a la voluntad de Dios, si no; rehacemos de les caballos que hemos menester, en esta tierra se hará muy gran servicio a Dios y a Vuestra Majestad. Supimos de un indio que tomamos del mismo pueblo que dos leguas de allí está otro pueblo mayor que aquel. Dice que la tierra es muy rica; y en lo que nosotros de ella hemos visto así parece, porque el oro  que en ella hemos visto es fino. La abundancia que en este pueblo se halló de comi­das fué en mucha cantidad y es de manera, que si lo mucho que está por ver responde con lo poco que hemos visto, aunque anden mil de caballo en la tierra, serán menester. Hemos sabido de otro camino por la costa de la mar para ir a Zamba donde queremos ir a sentar, que nos dicen los indios que los pueblos que hay en al camino son pequeños. Estamos de partida para allá. Muestrase la gente esta tierra ser belicosas y tener guerras unos con otros, porque en esto pueblo donde nosotros estamos, que es pueblo de calidad y el otro grande, los hallamos todos cer­cados, la mayor parte de ellos, de cabezas de muertos puestas en palos. Lo que de ello hemos pedido alcanzar es que son de sus enemigos.

Salimos del pueblo de Calamar para ir a Zamba.  Dios Nuestro Señor, que quiso encaminar para que lo que en esta tierra estaba encubierto se supiese, nos encaminó que el día que salimos de allí hallamos un indio pescando a la orilla del mar y le tomamos para que nos guiase el camino para Zamba.  En tomándole yo le hice decir con la lengua que no hubiese miedo y el me dijo que no había miedo, que amigo era de los cristianos, yo le dije que, pues que era nuestro amigo que hiciese que lo fuesen todos.  Y él dijo que así lo haría, y así lo hizo que siempre lo envíe delante a los pueblos e iba y sacaba a los indios que nos saliesen a recibir y así que tuvimos toda la tierra de paz hasta que llegamos a Zamba. La cual yo anduve toda a buscar sí había asiento y no hallé disposición para pueblo principal, porque el puerto es bajo a la entrada que no tiene más de brasa y media, y aunque es la más fértil tierra que hay en el mundo y más poblada, no hay buena disposición para hacer un pueblo. Y de aquí acordamos que sería bien ir a ver el Río Grande,  pues estábamos tan cerca de el que estaría diez leguas, y por ver la tierra que así /?/ era. De aquí  se volvió el indio que traíamos por guía. Yo tomé de aquí otras guías que nos llevaron y vamos catorce de a caballo y hasta se­tenta peones. El día que salimos de Zamba salieron con nosotros a nues­tro parecer bien dios mil hombres y fueren con nosotros una jornada y de allí se volvieren. Seguimos nuestro camino hasta el río. Hallamos a cada legua o a cada dos leguas pueblos muy grandes, muy gran muestra de oro en ellos, porque no habíamos indio qué no trajese oro en cantidad. Fuimos al río, andaríamos por él haciendo entradas y salidas, porque él arriba no se puede andar obra de veinte leguas. Y hallamos tantos pue­blos que en ninguna tierra de España ni en ningún cabo la hay tan poblada. Todos los más pueblos cuando llegábamos nos tenían  aparejada tanta comida que aunque fueramos mil hombres nos pudiera sobrar. Pedíamosles y dabannoslo en cada pueblo lo que ellos querían, porque como éramos poca gente no hacíamos más de lo que ellos querían. Estuvimos en esta entrada hasta volver a este pueblo de Zamaba veintidós días.  Trajimos diez mil castellanos de oro fino y bajo, poco más o menos.  Cuando volvimos  a este puerto de Zamba hallamos la carabela que yo había enviado al río del Cenú haber si había buena disposición para poblar que era venida.  Dicen que hay buena disposición allí para poblar y hemos acordado porque el invierno se entra de recogernos a Calamar, que es en el puesto de Cartagena, adonde primero estábamos, para rehacernos allí este invierno de caballos y gente, porque yo he enviado a cargar dos navíos de caballos a la Isla, para de allí salir el verano a verlo y hacer pueblo de asiento.  Este pueblo de Calamar donde nos fuimos a invernar es para poca gente, buen asiento y muy seguro. Vuestra Majestad crea que si lo demás de la tierra responde como lo hemos visto así de abundancia de comidas como de riqueza de oro, que en todo lo descubierto no hay otro tal. Si nosotros con tan poca gente pudimos andar lo que anduvimos fué que en lo que anduvimos se hallaron seis diferencias de lenguas y no hay pueblo ninguno que no tenga guerra con otro, que como los pueblos son grandes tienen grandes divisiones unos con otros, porque en allegando que llegamos a pueblo luego nos rogaban que les fuésemos a ayudar diciendo que tenían guerra con otros. En algunos pueblos no se ha dejado de castigar algunas cosas sin que se haya perdido, bendito el nombre de Nuestro Señor, hombre, sino el que nos mataron en la primera guazavara, aunque se han hecho castigos en otros pueblos, tan recios, porque hallamos una provincia que se comían unos a otros a donde yo ahorqué a cier­tos que tenían por oficio de carniceros de hombres para comer. Otra ca­sa al presente no hay que hacer saber a Vuestra Majestad, más de quedar rogando a Dios Nuestro Señor por la vida de Vuestra Majestad con acrecentamiento de mayores Estados en ensalzamiento de nuestra Santa Fe Católica.

De Vuestra Sacra Cesárea Católica Majestad.

El menor vasallo.

Firma: Pedro de Heredia.

Sin fecha, Febrero 1533 /?/

(Friede, Documentos, III, pag. 20-26).

Fuente

FRIEDE, JUAN, Colección de documentos inéditos para la Historia de Colombia (1509-1550). 10 Vols. (Bogotá, 1955-1960).

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