24. LOS CHIBCHAS

Viniendo, pues, y a tratar de lo que sienten nuestro indios del Reino de sus principios y origen, hemos hallado que conservado sus memorias de gente en gente, tienen noticia de la creación del mundo, y la declaran diciendo que cuando era noche, esto es, según ellos interpretan, antes que hubiera nada de este mundo, estaba la luz metida allá en un cosa grande, para significarla le llamaban Chiminigagua de donde después salió y que aquella cosa o este Chiminigagua en que estaba metida esta luz y según el modo que tienen de darse a entender en esto quieren decir que es lo mismo que lo que nosotros llamamos Dios, comenzó a amanecer y mostrar la luz que en sí tenía y dando luego principio a criar cosas en aquella primera luz, las primeras que crió fueron unas aves negras grandes a las cuales mandó al punto que tuvieron ser, fuesen por todo el mundo echando aliento o aire por los picos, el cual aire todo era lúcido y resplandeciente, con que habiendo como está ahora, sin advertir cómo no tienen fundamento en lo que dicen que es el sol el que da esta luz. A este dios reconocen por omnipotente señor universal de todas las cosas y siempre bueno y que crió también todo lo demás que hay en este mundo, con que quedó tan lleno y hermoso: pero como entre las demás criaturas veían da mas hermosa al sol, decían que a él se debía adorar y a la luna como a su mujer y compañera, de donde les vino que aún en los ídolos que adoran, jamás es un solo sino macho y hembra. No se persuaden que entre las demás cosas crió Dios hombres y mujeres sino que estando el mundo de las demás, faltaban estas dos, y así se remedió esta falta de esta manera.

En el distrito de la ciudad de Tunja, a cuatro leguas a la parte del Norte y una de un pueblo de indios que llaman ibague, se hace un coro nación de empinadas sierras, tierra muy fría y tan cubierta de páramos y ordinarias neblinas que casi en todo el año no se descubren sus cumbres, si no es al medio día por el mes de enero. Entre estas sierras y cumbres se hace una muy honda, de donde dicen los indios que a poco de como amaneció o apareció la luz y criadas las demás cosas, salió una mujer que llaman Bachue y por otro nombre acomodado a las buenas obras que les hizo Furachoque que quiere decir mujer buena, porque fura llaman a la mujer y choque es cosa buena, sacó consigo de la mano un niño de entre las mismas aguas de edad de hasta tres años y bajando ambos juntos de la sierra a lo llano, donde ahora está el pueblo de Iguaque, hicieron una casa donde vivieron hasta que el muchacho tuvo edad para casarse con ella, porque luego que la tuvo se casó, y el casamiento tan importante y la mujer tan prolífera y fecunda que de cada parto paría cuatro o seis hijos, con que se vino a llenar toda la tierra de gente, porque andaban ambos por muchas partes dejando hijos en todas, hasta que después de muchos años estando la tierra llena de hombres y los dos ya muy viejos se volvieron al mismo pueblo y dél llamando a mucha gente que los acompañara, a la laguna de donde salieron, junto a la cual les hizo la Bachue una plática exhortando a todos la paz y conservación en­tre sí, la guarda de los preceptos y leyes que les había dado que no eran pocos, en especial en orden al culto de los dioses, y concluido se despidió con singulares clamores y llantos de ambas partes, y convirtiéndose ella y sumario en dos muy grandes culebras, se metieron por las aguas de la laguna, y nunca más parecieron por entonces, si bien la Bachue después se apareció muchas veces en otras partes, por haber determinado desde allí los indios contarla entre sus dioses, en gratificación de los beneficios que les había hecho. Siguiéronse de este engaño otros muchos y no fue el menor persuadirles el demonio fundándolos en esto a que le hicieran sacrificios en las aguas (como ya tratamos tocando de la laguna de Guatavita) en que tuvieron todos estos naturales or­dinaria frecuencia, pues no había arroyo, laguna, ni río en que no tuviesen particulares ofrecimientos, como en especial los hacían en una parte del río que llaman de Bosa que es el que recoge las aguas de este Valle de Bogotá donde son más ordinarias sus pesquerías y más en cierta parte peñascosa por donde pasa cerca de un cerro que llaman del Tabaco, a donde por ser mayor la pesca que hacen ofrecían entre las peñas del río, pedazos de oro, cuentas y otras cosas para tener mejor suerte en las pesquerías. Y en otra lagunilla, cerca de este puesto, al Oriente, donde tenían una costilla de un animal tan grande como de vaca o camello o quien hacían la adoración y ofrecimiento por estar dentro de las aguas, que causó no poca admiración a los españoles que le hallaron allí, por no haberse hallado en estas tierras animal tan grande, lo pudieran haber sacado, si bien es opinión de algunos que pudo ser la costilla de un camello de quien  luego hablaremos. Al fin, en todas partes que hubiese aguas con algún extraordinario asiento o disposición no daba (sic) sin ofrecimientos de unos o de otros.

Síguese también el levantar ídolos al muchacho que sacó la Bachue de la laguna, de la estatura y edad que tenía cuando salieron y fue esto de tanta veneración que en alguna parte le hicieron estatua maciza de oro fino, como la tenían en el mismo pueblo de Iguaque, viéndose por ventura más obligados a esto que a otro por haber sido el pueblo y sitio donde se crió el muchacho, se casó y comenzaron a tener hijos. Verificóse esto en lo que le sucedió el año de mil quinientos setenta y dos al Padre Fr. Francisco de Molina, de nuestra Religión, siendo cura y doctrinero en este pueblo, donde teniendo muy en centro casi en la mitad dél dos casas de adoración que se comunicaban la una con la otra, vino a rastrearlos el padre por medio de una india madre de un muchacho que le servía, pero aunque se certificó del todo por otras pesquisas que hizo, no se atrevió por la ferocidad de los indios, a destruirles a solas su adoratorio, y así dando parte llamado (sic) a Bartolomé Pérez Garcón y a un mestizo Santana, trazó que por cierta noche viniesen en secreto al pueblo y su posada para desde allí, con el silencia posible, sacar y destruir al santuario. Fueron los dos puntuales en el concierto, y así una noche con recato y la obscuridad que hacía a la mitad de ella en compañía de estos dos y tres indios forasteros, salió el Padre de su casa para las del santuario que estaban cercadas de madera y fagina común, cerca que hacen estos indios a sus casas, por la parte de fuer, aunque estas por la de dentro tenían otra de maderos muy gruesos juntos unos con otros, por ser las puertas de cercado y buhío tan flacas que no eran más que unas delgadas cañas, asidas con cordeles de cabuyas, pudieron llegar a la cerca sin ser sentidos de los indios, porque no estaba de la casa del Padre más que hasta doscientos cincuenta pasos.  El cual cortó con un cuchillo los cordeles de las puertas, y quedándose los dos españoles fuera del buhío, dentro del cercado y el indio a la puerta para guardarla, entró en Padre Molina dentro de la primera casa con los otros dos indios.

Sacó lumbre y encendió una hacha y comenzando a mirar la primera casa donde vido ofrecidas al santuario y puestas por orden en barbacoas, más de tres mil mantas de algodón, finas y bien hechas que cada una valía más de dos pesos de buen oro, y no hallando allí otra cosa pasó en la segunda donde vido una inmensa riqueza de oro fino en pedazos de barras, tejos, cintillas de los que ellos hacen sus ofrecimientos, con figuras de hombres, aves, sierpes, y otras sabandijas, algo de esto puesto en petacas, sobre barbacoas y en adoretes (sic) entre pajas, lo que más le admiró fue una figura de un muchacho de hasta tres años puesto en pie, de oro macizo y una piedra de moler maíz del tamaño de las comunes que usan los indios que suelen pesar tres y cuatro arrobas con su mano (que llaman) y toda del mismo oro macizo, como se echó de ver, pues no pudo el Padre levantar al muchacho ni la piedra probando levantar tierra, con ser el hombre de las mayores fuerzas que se ha conocido en ésta, pues se atrevió con ellas en cierta ocasión (dejamos dicho) a embestir con un valiente caimán en el Río Grande  de la Magdalena por quitarle un caballo (como lo hizo) en que había hecho presa y se lo llevaba al río. No pasó mucho tiempo después que el Padre andaba ocupado en esto, cuando los indios sintiendo el robo de su santuario, en un instante acudieron más de trescientos a la defensa y cargando sobre los dos españoles que estaban a la puerta, dentro del cercado, fue tánta la braveza con que los embistieron que después de haberse defendido un rato, tuvieron por buena suerte escapar huyendo por donde pudieron y después amparar al Padre, el cual siendo un poco sordo, desde lo que sucedió con el caimán, y con la ocupación que traía dentro, no oyó el ruido de lo que pasaba fuera y sin duda los indios le cogieran dentro, si el que tenía la hacha encendida oyendo el tropel no la apagara y cogiera la puerta, tras quien, viéndose a obscuras, salió el Padre, riñendo porque la había apagado, y él manos a boca se halló entre más de cien in dios, que ya iban entrando en el buhío y estaban entre él y la puerta del cercado, donde si la capa de la noche que era bien negra y obscura, y una que llevaba (por ir disfrazado) con un sombrero del mismo color, no deslumbraran a los indios, lo pasara peor de lo que lo pasó, porque si conocieran que era el Padre el que les quería despojar de su santua­rio le embistieran con más fuerza, aunque no entiendo (cómo no) fue a purgar a la otra vida, como dicen, el atrevimiento, pues un indio a vueltas de la tropa (sic) y otros muchos macanazos quele dieron en el cuerpo, le acerco con uno en la cabeza de que quedó con una muy mala herida y perdiendo el sentido, cayó medio muerto, pues lo sacaron fuera del cercado arrastrando ya, como cosa en que no tenían más que ocuparse, donde hallaron lo indios del servicio del encomendero, que salieron al ruido en este tiempo con hachas de paja encendidas, y conociéndolo y pensando también que estaba muerto lo cargaron y llevaron a su casa y cama y miráronle la herida, y viendo que lo tenía puesto en peligro de muerte, una india vieja curandera le aplicó unas yerbas que conocía, con las cuales y la ayuda de Dios, escapó de las manos de la muerte; no volvió en si hasta el otro día a las ocho o nueve de la mañana, que ya no se conocía viéndose tan acardenalado y molido de los golpes que le habían dado en el cuerpo, de manera que ya a la herida de la cabeza la estimaba en menos que los demás golpes, de que después de muchos días quedó sano con el favor divino, y escarmentado de la burla que contaba muchas veces. Cargaron los indios con todo lo que había en el santuario aquella noche, y guiando a la parte de la laguna lo escondieron de suerte que hasta hoy no e ha podido rastrear a dónde, por grandes diligen­cias que se han hecho por algunos españoles, como también en desaguar la laguna por la fama que hubo se había echado en ella el muchacho, piedra y el demás oro, con otro mucho en otra ocasión de ofrecimientos de mucha grosedad; pero por ser de tanta las tierras que ciñen esta laguna les ha hecho dar de mano a sus intentos después de haber gastado en ellos algún cuidado, sudor, trabajo y dinero.

Después que entré en estas tierras me ha solicitado el deseo de saber si en algún tiempo entró en ellas por algún camino la luz del Evangelio y se ha alentado éste en ocasiones que he visto cosas que me parecen centellas de eso, como son que estos indios esperan el juicio universal, por tradicón de sus mayores, diciendo que los muertos han de resucitar y vivir después para siempre, en este mismo mundo de la suerte que ahora viven, porque entienden haber de permanecer siempre este mundo de la manera que ahora lo vemos, que las almas son inmortales y que cuando salen de los cuerpos (que solos mueren) ellas bajan al centro de la tierra por unos caminos y barrancas de tierra amarilla y negra, pasando primero un gran río, en unas barcas o balsas de telas de araña, y por eso dicen no osan matarlas, no falte quien los pase. Allá tiene cada cual Provincia sus términos y lugares señalados, como acá donde hallan hechas labranzas porque en esto no hacen diferencia, de que ya tocamos algo tratando de la laguna de Guatavita. También hallamos, como dejó escrito el Adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada en un cuaderno de su propia mano que ponían cruces sobre los sepulcros de los que habían muerto picados de víboras u otras culebras o serpientes, aunque no saben decir el principio que tuvo el poner esta señal a estos difuntos, mas que a los de otras muertes, por diferenciar los unos de los otros. Hállase también esta misma figura de la santa Cruz, bien hecha y formada con un almagre tan fuerte que la antigüedad ni las aguas lo han podido borrar en algunas peñas altas, que las hallaron hechas cuando entraron los españoles de que yo he visto algunas cerca de los pueblos de Bosa y Suacha. Los indios pijaos y algunos del distrito de Tunja, han tenido figuras en sus santuarios con tres personas con sólo un  corazón. De todo lo cual  aunque envuelto y deslustrado con mil fábulas y obscuridades, parece salen las centellas dichas.

A que ayuda mucho una tradición certísima que tienen todos los de este Reino de haber venido a él, veinte edades (sic) y cuenta cada edad setenta años, un hombre no conocido de nadie, ya mayor en años y carga­do de canas, el cabello y barba larga hasta la cintura, cogida la cabellera con una cinta, de quien ellos tomaron el traer con otra cogidos los cabellos, como los traen, y el dejarles crecer. Andaba los pies por el suelo, sin ningún calzado, una almagalafa o manta, puesta con un nu­do hecho de las dos puntas sobre el hombro derecho y por vestido una túnica sin cuello hasta las pantorrillas, a cuya imitación andan también ellos descalzos y con este modo de vestido, aunque a la túnica han lla­mado los españoles camiseta y a la capa o almagalafa, manta; si bien ya no se usa en todas partes el traer el nudo dado al hombro con las puntas, y aún traer las camisetas no es hábito de los moscas, sino de los del Pirú de quien estos moscas lo tomaron, desde los primeros que entraron aquí con los primeros españoles que bajaron del Pirú, pues el propio hábito de los de este Reino es ceñirse una manta y cubrirse con otra, como se ve en los indios viejos que andan siempre así y jamás con camiseta. Dicen que yino por la parte del Este que son los Llanos, que llaman, continuados de Venezuela, y entró a este Reino por el pueblo de Pasca, al sur de esta ciudad de Santafé por donde dijimos había también entrado con su gente Nicolás de Fedreman. Desde allí vino al pueblo de Bosa donde se le murió un camello que traía cuyos huesos procuraron conservar los naturales pues aún hallaron algunos los españoles en aquel pueblo cuando entraron, entre los cuales dicen que fue la costilla que adoraban en la lagunilla llamada Bacacío, los indios de Bosa y Suacha (sic); a este pusieron dos o tres nombres, según la variedad de las lenguas que había por donde pasaba, porque en este Reino pocos eran los pueblos, (como ya hemos dicho) que no tuviesen diferentes lenguas, como hoy las tienen; y así en este Valle de Bogotá comunmente le llamaban Cbimizapagua que quiere decir mensajero del Chiminigagua que es aquel supremo Dios a quien conocían por principio de la luz y de las demás cosas, porque Gagua en su lengua es lo mismo que el sol por la luz que tiene, y así a los españoles entendiendo que eran sus hijos, a los principios que entraron, no supieron darles otro más acomodado nombre que del mismo (sic) nombre sol, llamándoles Gagua, hasta que los desengañaron con sus crueldades y malos tratamientos, y así les mudaron el nombre llamándoles Sueguagua que quiere decir diablo o demonio con luz, porque on este nombre Suetiva nombran al diablo y este les dan hoy a los españoles.

Otros le llamaban a este hombre Nemterequeteba, otros le decían Xue. Este les enseño a hilar algodón y tejer mantas, porque antes de esto sólo se cubrían los indios con unas planchas que hacían de algodón en rama, atadas con unas cordezuelas de fique unas con otras, todo mal aliñado; y aún como a gente ruda cuando salía de un pueblo les dejaba los telares pintados en alguna piedra lisa y bruñida como hoy se ven en algunas partes, por si se les olvidaba lo que les enseñaba, como se olvidaron de otras muchas  cosas buenas que dicen  les predicaba en su misma lengua a cada pueblo, con que quedaban admirados.  Enseñoles  a hacer cruces y usar de ellas  en las pinturas de las mantas con que se cubrían y por ventura declarándoles sus misterios y los de la Encarnación y muerte de Cristo, les traería alguna vez las palabras que El mismo dijo a Nicodemus, tratando de la correspondencia que tuvo la cruz con la serpiente de metal que levantó Moisés en el desierto, con cuya vista sanaban los mordidos las serpientes, de donde pudo ser la costumbre que hemos dicho tenían de poner las cruces sobre los sepulcros de los que morían picados de serpientes.  También les enseñó la resurrección de la carne, el dar limosna y otras buenas  cosas como lo era también su vida; que si esto es así, no sólo estas de que ellos se acuerdan sino otros muchos misterios de nuestra santa fe les enseñaría.  La cual tradición ni apruebo   ni repruebo, sólo la refiero como la he hallado admitida por cosa común entre los hombres graves y doctos de este Reino.  Sede Bosa fue al pueblo de Hontibón (sic), al de Bogotá, Serrezuela y Cisierra; yéndose, abriendo los caminos allí y en todo lo demás que anduvo por montañas y arcabucos fue a parar al pueblo de Cota, donde gastó algunos días predicando con gran concurso de gente de todos lo pueblos comarcanos, desde un sitio un poco alto a quien hicieron un foso a la redonda de más de dos mil pasos porque el concurso de la gente no le atropellara, y predicar más libremente.  A donde después en reverencia suya hicieron santuarios y entierros los más principales indios.  Recogíase de noche a una nueva cueva de las faldas de la sierra, todo el tiempo que estuvo en Cota, desde donde fue prosiguiendo su viaje a la parte del Nordeste hasta llegar a la provincia de Guane donde hay mucha noticia dél, y aún dicen hubo allí indios tan curiosos que lo retrataron, aunque muy a lo tosco, en unas piedras que hoy se ven y unas figuras de unos cálices, dentro de las cuevas donde se recogía a las márgenes del gran río Sogamoso.  Desde Guane revolvió hacia el Este, y entró a l provincia de Tunja y Valle de Sogamoso, a donde desapareció quedando hasta hoy rasgos de nuestra fe en toda aquella provincia como presto diremos.

Después que paso este predicador se conforman en decir vino una mujer a estas tierras hermosísima y de grandes resplandores, o por mejor decir, el demonio en aquella figura, que predicaba y persuadía contra la doctrina del primero, a la cual llamaron también con varios nombres; unos le daban Chie, otros Guitaca y otros Xubchasgagua, pero los que más bien dicen a su parecer afirman que fue aquella Bachue, que dicen los engendró a todos, y se metió hecho culebra en la laguna.  Seguían a esta en sus predicaciones mucho más que al otro, porque les predicaba vida ancha, placeres, juegos y entretenimientos de borracheras, por lo cual el Chimizaguagua le convirtió en lechuza, e hizo que no anduviera sino de noche, como ella anda.  Comenzó con esto a caer la doctrina que les había enseñado el otro, porque en cuanto a la limosna les persuadía no la hicieran, aunque fuera a sus padres, y en caso de necesidad así lo guarda, y pues en siendo viejos, sin fuerzas para el trabajo los echan y no lo quieren recoger en sus casas, de que se siguen grandes inconvenientes para su conversión pues viéndose necesitados y sin poder trabajar, se andan de casa en casa por los pueblos viejos y viejas, convidando si quieren que hagan hechicerías y adivinaciones, mascando tabaco y embriagándose con el humo para adivinar con esto con mil vanidades los fines y sucesos de las cosas que intentan, que no es pequeño estropiezo para disuadirles de su gentilidad y engaños del demonio, por tener a estos viejos por susoráculos. También se les confundió la doctrina de la cruz, pues a las que mandaba poner el primer predicador en las mantas, les iban quitando sus formas perfectas, echándoles unas rayas desde los extremos como hoy las traen que más parecen signos de escribanos que otra cosa. La resurrección de la carne e inmortalidad de la alma la fueron envolviendo, como vimos, en mil fábulas y cosas ridículas de que tenían tantas con infinitas trasmutaciones que si hubiéramos de tratarlas se pudieran hacer mayores libros que hizo Ovidio de sus Methamorfoseos (sic), que todos fueron sartas de disparates como lo son el decir que hubo siempre entre ellos tan grandes hechiceros que cuando querían se convertían en leones, osos y tigres y despedazaban los hombres como estos animales verdaderos, pero todo debió de ser ilusiones que les ponía el demonio, como sobre quien tenía tanto señorío.

 

HERENCIA DE LOS CACICAZGOS .

No heredaban a sus padres los hijos de los caciques, sí no era las haciendas que se hallaba tener cuando morían que se repartían entre to­dos y las mujeres que dejaban, porque el estado lo había de heredar so­brino hijo de hermana y no de hermano para asegurar con aquello su san­gre, por la poca satisfacción que tenían de la fidelidad de las mujeres. Faltaba esta regla en la sucesión del cacique o rey de Bogotá, pues le sucedía el cacique del pueblo de Chía, como ya dejamos dicho y la razón y principio que esto tuvo, y no era de heredar los cacicazgos a secas y sin ceremonias, que no le diesen dos ayos al que había de suceder luego que llegaba a los años de la discreción, que le fueran enseñando e industriando en buenas costumbres y vida honesta, hasta que llegaba a la edad de quince o diez y seis años, porque entonces lo metían que ayunara uno en la casa que para esto tenían diputada y apartada del común trato de la gente, pues sólo veían de cuando en cuando a sus maestros. En este año de ayuno los horadaban las narices y orejas y cumplido les decían los jeques de su pueblo y parcialidad lo que había de ofrecer aquella primera vez a los dioses o figuras de león, águilas tigres y osos que hacían los plateros de oro fino o como se le dada el pretendiente, de cuyas manos iba a la de los jeques y de ellas a la de los dioses, con las ceremonias y respetos dichos.  Lo cual acabado, acababan con gran cantidad de su vino en una gran fiesta que hacían a todos los caciques con vecinos a quien volvían los retornos doblados de los presente que a él le hacían de mantas, oro, armas y otras cosas y en especial se hacía esta fiesta más crecida cuando le daban la investidura del cacicazgo y lo metían en posesión, cuando faltaba el antecesor por muerte, porque era duraba diez y seis días con grandes bailes  y embriagueces, después de haberle concedido el Bogotá que entrase en posesión de su estado, porque aunque les vinieran de derecho no los gozaban sin que él los confirmase y aprobase primero.  Y así luego que tomaban posesión del Estado venía el Bogotá con la confirmación acompañado de los más principales y cargado de dones de valor y estima con que la hacía muy grande el Bogotá de sus personas y los confirmaba en el Estado y volvía a enviar a sus pueblos.  A cuya entrada estaban sus vasallos aguardándolo con presentes ricos para con ellos hacer el reconocimiento que decía a su señor natural y dar el parabién de las mercedes que el había hecho el gran Zipa que así se llama en esta lengua el supremo señor de todos los demás.

Desde entonces lo obedecían con tanta puntualidad, sin faltar en nada que pienso han sido en esto estas naciones las superiores de cuantas hemos conocido, aunque ya ha caído esto casi del todo por el recurso que tienen los indios a la Justicias españolas de los agravios o injusticias que les hacen los caciques y así son mal obedecidos en pagarles los tributos y en lo demás que les ordenan.

 

LEYES .

Aunque cada uno de los reyes Bogotá es ponía particulares leyes según le parecía convenir a su república y buen gobierno, tenían algunas comunes y de inmemorable antigüedad, puestas por los reyes pasados, a cuya observancia nunca faltaban, que eran así: Mandaban que quien matase mu­riese, aunque lo perdonasen los parientes del muerto, porque la vida decían que sólo la daba Dios, y que los hombres no la podían perdonar; si algún hombre soltero forzaba alguna mujer había de morir por ello, y si casado habían de dormir dos solteros con la suya; si alguno se hallase que tuviese cuenta con su madre, hija, hermana o sobrina, que entre ellos eran grados prohibidos, lo metiesen en un hoyo angosto de agua con muchas sabandijas venenosas dentro y cubriéndolo con una gran loza lo dejasen pereciendo allí y la misma pena se daba a ellos (sic): los que incurriesen en el pecado nefando muriesen con tormentos y los que de ordinario les daban era empalarlos con una estaca de una palma espinosa hasta que les saliese por el cerebro, porque decían era bien fuese cas­tigado por donde había pecado. Y dejaba la ley puerta abierta para que los reyes sucesores pudieran agravar las penas, con que fue la gente de este reino, siempre limpísima en este pecado y bien diferente de la de los llanos sus vecinos, y de los de Santa Marta, como diremos en la tercera parte. Si alguna mujer casada moría de parto, mandaba la ley que perdiese el marido la mitad de la hacienda y la llevase el suegro o suegra, hermanos o parientes más cercanos, en defecto de los padres; mas quedando la criatura viva, sólo estaba obligado a criarla a su costa y aún añadían en algunas partes que si no tenía hacienda había de buscar algunas mantas el viudo con que pagar a los herederos la muerte, y si no le perseguían hasta quitarle la vida. Ninguno por prohibición de la ley podía subir en andas para ser llevado en hombros de sus criados a alguna parte, sino sólo el Bogotá y a quien por privilegio y merced ga­nada con señalados servicios se lo concediese. Estaban limitadas las pinturas, galas, joyas y en sus vestidos y adornos a la gente común, y concedido el privilegio a los Bsaques y a los demás caciques y otros principales licencia par poder traer las narices y orejas horadadas y ponerse en ellas y en el cuello las joyas de oro que quisiesen, como también estaba concedido a los jeques.  Era ley que los bienes de quien muriese sin herederos quedasen aplicados al fisco y cofres reales; que quien huyese de la batalla antes que el capitán que los gobernaba le diesen una muerte vil, al albedrío de su cacique; que quien se mostrase cobarde en la guerra le vistiesen por afrenta ropas de mujer y usase los mismos ministerios y oficios que ellos usan en sus casas por el tiempo que quisiese el cacique.  Estaban ordenadas también otras penas ligeras para más ligeras y livianas culpas, como eran azotes, romperles la manta con que se cubrían, tresquilarse (sic) los cabellos que por mucha gala traen largo y así tienen por pena afrentosa hoy que se los hagan quitar los españoles en pena de algunos delitos que cometen, aunque ya van perdiendo el miedo poco a poco a este castigo, viendo que allí se les quedan las raíces con que luego se va remediando aquella falta.  Este castigo era común a mujeres y hombres y así ahora lo es también común el sentimiento dél.

Estas eran las comunes leyes que tenían puestas los Bogotáes a todo su reino sobre las cuales había otras costumbres comunes y aún particulares de cada pueblo en especial acerca de casarse, porque el que quería tratar eso, ya tenía determinado con quien hablaba sin poner casamenteros ni otras ceremonias por su persona con alguna de las que tenían a su cargo o debajo de su amparo a la que pretendía, ora fuesen padres o parientes, con quien trataban del precio que había de dar por ella, y si lo que ofrecía no les parecía bastante añadía por dos veces la mitad más de lo que prometía primero y si a la tercera no bastaba, buscaba mujer más barata, pero si en estos conciertos quedaba satisfecha y contenta la parte de la novia, entregábansela sin más de dote que algunas quince o veinte múcuras de chicha y algunas alhajuelas usuales de casa.  De manera queiban por diferente camino de nuestra nación para echar esta mercaduría de casa pues ellos la venden y se la pagan con ser de menos valor, y entre nosotros se usa pagar porque las quieran llevar, y aún pienso viene de ahí el tratar estos indios tan mal y como esclavas a sus mujeres, porque él las tiene como compradas por el precio que dieron; y las nuéstras ser tan respetadas y mandonas porque parece comprar el respeto con la dote que llevan.

 

 

AGRICULTURA Y COMERCIO.

De las cegueras con que hablan estos indios, como hemos visto, acer­ca de sus principios, podemos entender tienen las mismas acerca de su venida a estas tierras y así solo se sospecha vinieron de las partes del Este por algunas conjeturas que de ellos tenemos, de que por no po­der sacar cosa de fundamento, no trataré más. Sólo digo que la necesidad del frío, y no ser de suyo la tierra, por la misma razón, de árboles frutales silvestres, ni de otra cosa de comida que naturalmente produzca como lo son algunas tierras calientes de quien ya hemos hablado en nuestra primera parte, donde se sustentan los indios sin cansarse en hacer sementeras, los de estas del Reino se dieron mucho a ellas y así han sido siempre grandes labradores de maíz, yuca, batatas, arracachas, jíquimas, turmas, cubios y otras raíces, y en especial lo eran de algodón en las tierras que alcanzaban calientes, que eran todas las circun­vecinas a las espaldas de las serranías que cercan estos valles del reino, porque aunque por todas partes estaban cercados de enemigos, a punta de lanza defendían sus labranzas que tenían en tierras calientes de frutas, raíces y algodón que no se dan en las frías.   De este hacían mucha y muy fina buena ropa de mantas desde que aquel su predicador que dijimos se las enseñó a tejer con las cuales se vestían revolviéndose una al cuerpo y cubriéndose con otra, sin diferencia hombres y mujeres; con las que sobraban y la sal que se hace en los tres pueblos Zipaquirá, Nemocón y Tausa, en que ha tenido excelencia este Nuevo Reino sobre to­das sus tierras convecinas se iban a ellas en los mercados que tenían puestos en ciertos parajes de términos comunes y de tanto días y lunas.

Para mayores noticias de esto importará darlas de otras costumbres que tenían en orden a sus contratos e inteligencia de vivir en modo político; dividían el tiempo como nosotros, en días, meses y años, aunque con diverso modo porque los días contaban por soles, viendo que él era la causa de ellos, de manera que tantos soles eran tantos días; éstos distinguían en solo tres partes: mañana, medio y tarde, los meses contaban por lunas con sus menguantes y crecientes, dividiendo cada una de estas dos en otras dos, con que venían a ser cuatro partes del mes, o la luna, al modo que nosotros lo dividimos por cuatro semanas; tenían también año de doce meses o lunas que comenzaba en enero y se acababa en diciembre, pero por la inteligencia (sic) que nosotros tenemos de comenzarlo en aquel mes, ni como la que tuvieron los romanos de comenzarlo en el de marzo, pues sólo le daban principio desde enero porque desde allí (comenzaban) a labrar y disponer la tierra, por ser tiempo seco y de verano, para que ya estuviesen sembradas la menguante de la luna de marzo quo es cuando comienzan las aguas del primer invierno en esta tierra, y como desde la luna de enero que comenzaban estas sementeras hasta la de diciembre que las acababan de coger hay doce lunas, a este tiempo llamaban con este vocablo chocam que es lo mismo que nosotros llamamos año, y para significar el pasado decían cbocamana y al año presente chocamata y a la luna llamaban chía. Nunca supieron contar más que cheste, veinte, y este número iban multiplicando las veces que habían menester. Usaban de medidas para el maíz que llamaban aba; aunque nunca usaron de paso para el oro ni otra cosa, pues sólo para entender­se en el oro fundido eran unos tejuelos redondos, hechos en los moldes que tenían para ello, y era su moneda, aunque sin ninguna señal, y por eso común a todas las provincias pues no miraban más que al valor intrínseco. Usaban medidas de las coyunturas de los dedos de la mano por la parte de dentro, de manera que la circunferencia del tejuelo había de llegar ambas des rayas do las coyunturas, y para los que eran mayores, en tratos de mayor cuantía, unas hebras de algodón con que daban vuelta a la circunferencia del tejuelo y a todo su ancho. No conocieron moneda de otro metal que de oro, sí bien les sucedía de ordinario cuando les faltaba éste trocar unas cosas por otrás.

Esto,   como hemos dicho, se hacía en los mercados o ferias donde se juntaban de muchas partes, llevando todos a cuestas sus mercaderías, porque como ya dijimos en nuestra Primera Parte, no se halló en esta tierra ni en todo lo descubierto de estas Indias, animal que les pudiera ayudar a llevar cargas. Lugares de mercados fueron casi todos los que había de indios en estas dos provincias de Bogotá y Tunja, pero los más principales se hicieron de ordinario en dos, el uno en los pueblos que estaban a las márgenes del Río Grande de la Magdalena, tierra muy caliente, poblada por ambas partes de los indios ryras (sic) o como llamaron los españoles yaporoges por un cacique de ellos llamado Yapaocos. Estos eran tantos que cogían sus poblaciones ambas márgenes de este  gran río, desde el Coello hasta el de Lache, que entra en el Grande en frente de Neiva. Eran estos grandes mineros por ser muchas las vetas de oro que hay en la tierra nombrada y esto les ocasionaba a saberlo fundir y labrar haciendo de ello muchas y grandes joyas de las que muchas veces hemos dicho, aunque mal labradas, para las galas y santuarios. A las tierras de estos acudían a hacer mercados lo moscas, en especial los del pueblo de Pasca y sus convecinos llevándoles mucha cantidad de finas mantas, sal y esmeraldas, con que rescataban del mucho oro fundi­do y en joyas que les daban en trueque los Yaporogues que fue el camino más principal por donde entró la mayor parte del oro que hubo en este Nuevo Reino, y hallaron los españoles, aunque no dejó de acrecentarlo el que sacaban de los pillajes en las victorias que tenían de sus enemigos los panches, en cuyas tierras se han hallado ricas vetas de ello, porque en todo lo que tocá en las dos provincias frías de Bogotá y Tun­ja, hasta hoy no se ha podido hallar rastro como dejamos dicho, si no es lo que en estos tiempos se ha hallado cerca de Sogamoso. Eran tan sutiles en sus tratos que no había indio que les igualase, con ser en las demás cosas de tan ofuscados ingenios. Eran grandes logreros pues si para el tiempo que fiaban sus mercancías no se les acudía con la paga, era ley que cuantas lunas pasasen del tiempo señalado, fuese creciendo las deudas con mitades  con que muchas veces venían a se el número de la deuda crecidísimo sobre lo que valía lo que la había contraído (sic).  Las esmeraldas fueron siempre buen género en ellos porque lo estimaban para sus galas y santuarios de que andaba gran número en la tierra, por haber sido abundante en ella (sic) en sus principios las minas de Somondoco, de donde sólo las sacaban a la sazón que entraron los españoles, y se comunicaban entre los indios de tierra fría porque las de Muzo participaban poco por las sangrientas enemistades que había entre ellos y los moscas, si bien por los contratos y rescates que habían entre los unos y los otros, no obstante sus enemistades, les venían muchas de ellas, después que los muzos se apoderaron de aquella tierra de guerra, habiendo subido de las margenes del Río Grande, como después diremos más largo, de donde sacamos que habiendo sido los moscas señores de aquellas tierras de los muzos, antes que ellos las quitaran pudieron tener y tuvieron muchas esmeraldas del cerro de Itoco de donde ahora se sacan.

El otro puerto famoso donde se hacían los más gruesos mercados era en la tiera del cacique Sorocotá que ahora se comprende en los términos de la ciudad de Vélez; aquí por ser comunes Bogotaes, Tunjas, Sogamosos, Guanes, Chipatáes, Agataés, Saboyáes, y otras muchas provincias comprendidas dentro de estas, se juntaban de ocho en ocho soles, gran suma de gente con los frutos de sus tierras, en que también bullía buena suma de oro, en especial de los que acudía al Poniente, como eran Agatáes y sus vecinos, que viven a las vertientes del Río Grande de la Magdalena, donde siempre se ha hallado mucho de este metal, auqnue nunca el de plata y así se tuvo por cosa rara lo que sucedió en este mercado de Sorocotá, ya algunos años después de fundados los españoles, los cuales dejaron pasase adelante como lo tenías de costumbre, aunque por haber sucedido unos negros esclavos cimarrones acudían allí el día de mercado, haciendo a los indios mil agravios que después pagaron en la horca por industria de las Justicias, por evitar estos y otros inconvenientes, mandó la de Vélez se mudara el puesto del mercado a una loma alta, cerca del otro puesto, donde aunque comenzaron a acudir era de tan mala gana que los más se volvían a su primer sitio haciendo sus contratos de mayor cuantía sobre una piedra de hasta cuatro quintales que había en un cerrillo del puesto a cuya redonda estaba toda la gente. Advirtiendo en esto la ciudad de Vélez y habiendo los alcaldes de ella buscado la causa, hallaron que aquella piedra era la que no les podía arrancar de su primer sitio por las supersticiones que en ella tenían para sus contratos, con que determinaron con más veras quitarles de allí, y para que todo tuviera efecto hacer pedazos la piedra. La cual halla ron quebrantándola, tan rica de plata que se sacaron de ella más de ochenta marcos, de que se hicieron muchas piezas que algunas permanecen hoy; llenóse con esto la tierra de esperanzas, entendiendo ser aquella piedra de algunas minas ricas de algún metal, que hubiese cerca, haciendo en esto apretadas diligencias por más de cuatro años, en que se trastornaron todas las quebradas, cerros y amagamientos de la redonda, con extraordinarios cuidados que todos fueron en vano, por no haberse podido rastrear hasta hoy cosa de este metal en minas, en toda la tierra que lo buscaron, donde salió opinión entre muchos que aquella piedra se la había traído allí el demonio de alguna mina rica de plata de las de la ciudad de Mariquita, Potosí u otra parte, para las supersticiones que sobre ella hacían.

(Fray Pedro Simón, Noticias Historiales, II, Ediciones de la Revista Bolívar, pags 227-233-234-239/254-256/261-264/271-276).

Fuente

SIMON, FRAY PEDRO, Noticias de Historiales de las conquistas de la Tierra Firme en las Indias Occidentales. 9 Vols. (Bogotá, 1953).

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