25. DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DEL NUEVO REINO

Sacra, Cesárea, Católica Majestad.

“Ya a vuestra Majestad le será notorio cómo el adelantado don Pedro Hernández de Lugo vino a la cibdad y provincia de Sancta Marta por gobernador, y llegó a ella con ochocientos hombres, poco más o menos, en dos días de enero de mill e quinientos e treinta y seis años; en la cual provincia hizo algunas entradas a las sierras, de que rescibió mucho daño, por ser la gente muy belicosa, como ya Vuestra Majestad habrá sabido por otras cartas de los gobernadores della.

“A seis de abril del dicho año, el dicho adelantado, viendo que con la gente que traía hacía muy poco fructo en las sierras de Sancta Marta, antes rescibía mucho daño de pérdida de gente, envió al licenciado Gonzalo Jiménez por su teniente, con hasta quinientos hombres de pie y de caballo, por el río Grande arriba, y por el agua cinco bergantines con la gente que en ellos cupo, y la demás gente por tierra y con los oficiales que por Vuestra Majestad residimos en esta provincia. Y de todo lo que la jornada ha subcedido, damos aviso y relación a Vuestra Majestad subcesivamente, puesto caso que algunos de nosotros hobieran de ir a informar a Vuestra majestad más largamente desta tierra que nuevamente se ha descubierto y poblado en nombre de Vuestra Majestad; a la cual llamamos el Nuevo Reino de Granada.

“En la entrada del río Grande se perdieron dos bergantines con la gente e de uno dellos, y luego el dicho adelantado tornó a armar otros dos para en seguimiento de la jornada; y siguieron el río arriba en descubrimiento de él, hasta que pasaron delante de donde otros españoles habían llegado otra vez, enviados por García de Lerma, vuestro gobernador. Y siempre prosiguiendo la costa del Río Grande arriba, así por agua como por tierra, puesto caso que, mientras más se subía, siempre había menos muestras de indios y de buena tierra, el dicho teniente prosiguió su jornada, porque él y todos llevaban propuesto de no dar la vuelta hasta hallar la tierra que a Vuestra Majestad se le hiciese servicio; y con esta porfía, pasando muchos ríos y ciénegas y montes muy malos de pasar, allegamos a un pueblo que los indios llaman de la Tora, donde hasta allí, así de hambre como por ser la más de la gente que venía nuevamente venida de España, se había muerto la mayor parte della.

“Estando el real en este pueblo, que será doscientas leguas de la mar, a nuestro parescer, el teniente, viendo la mala disposición que cada día el río mostraba de menos poblaciones, envió a descubrir, dos ve­ces, a ciertos bergantines; los cuales, de la relación que dieron después de vueltos, se coligió más mala disposición de tierra, y que así era imposible caminar por él ni por tierra, a causa que ya el río anega­ba toda la tierra, de manera que no se podía caminar.

“Visto por el dicho teniente la mala disposición disposición de pasar adelante, determinó de ver si sería posible de tomar la sierra que prolonga el dicho río Grande, que estaba, por lo más cerca, veinte le­guas; porque hasta allí no se había podido tomar, aunque muchas veces se había procurado, porque entre ella y el río es todo tierra anegada y lagunas. Y para hacerlo, envió al capitán Joan de Sanct Martin, el cual fué en ciertas canoas por un brazo de río arriba que bajaba de la sierra, el cual, como volvió, dijo que había llegado hasta veinte y cinco leguas de donde había salido, e que había hallado alguna manera de población, aunque poca, e que era camino por donde bajaba la sal que se hacía en la sierra e contractar el río.

“Visto por el teniente, determinó de ir él mesmo con la mejor gente y más sana que entonces había, para ver lo que había adelante; y se partió del dicho pueblo de la Tora, dejando en él el real, y caminó hasta donde antes se había llegado, e allí, por la mala disposición suya, se quedó, y envió a descubrir más adelante al capitán Antonio de Lebrija y al capitán Joan de Céspedes, los cuales fueron con hasta veinte y cinco hombres, para que descubriesen dichas sierras y viesen lo que en ellas había. Los cuales atravesaron un grueso trecho de sierra, que podía te­ner hasta veinte e cinco leguas de sierra montuosa; e llegaron a una tierra rasa, donde vieron muestra de muy buena tierra y buenas poblaciones, con las cuales nuevas se volvieron adonde el teniente había queda­do. E desde allí se volvió al pueblo adonde había dejado el real, para sacarle de allí e ir en demanda de aquella tierra nuevamente descubier­ta. E ya mucha gente de la que había quedado en el real se habían muerto por las causas dichas; e con la mejor gente e de mejor disposición, se partió en la dicha demanda, tornando a enviar en los bergantines to­da la gente enferma.

“E caminando en la dicha demanda, atravesó las dichas sierras montuosas que se llaman de Opón, e salió a la tierra rasa que los primeros descubrieron, donde comenzó la conquista deste Nuevo Reino. E haciendo alarde de la gente que traía, halló que por todos los que allí habían salido, no éramos más que ciento y septenta hombres de pie y de caballo: que todos los demás murieron en el camino, o se tornaron a Sancta Marta en los bergantines, muy enfermos”.

Después que esta relación vino a noticia del auctor destas historias, supo del capitán Joan Junco, que, de seiscientos hombres que salieron de Sancta Marta, no quedaron sino ciento y septenta; así que, lo que faltaron e murieron, fueron trescientos y cuarenta. Tornemos a la carta de los oficiales, que dice así:

“Viendo el teniente la buena manera de tierra, y como siempre había­mos traído muestra de mucha sal fecha panes grandes, y que no teníamos lenguas para la dicha tierra, determinó por seias venir preguntando dón de aquella sal se hacía. E así nos trujeron los indios adonde se hacía; la cual se hace de una agua salobre, atravesando muchas poblaciones y muy grandes y de mucha comida, en catorce o quince días después que salimos a la dicha tierra raca. Hácese aquella sal en muchas partes, blanca y muy buena.

“Llegamos a estos pueblos de la sal, ya aquí mostró la tierra lo que en ella había y lo que había adelante, porque era muy gruesa y de muchos indios, y la manera de los edificios de casas, diferentes de los que hasta entonces habíamos hallado; en especial, una jornada más adelante de dicho pueblo de la sal, entramos en la tierra del más principal señor que hay en ella, que se dice Bogotá; y bien mostró ser así, porque le hallamos una casa de su aposento, que para ser de paja, se podría tener por una de las mejores que se han visto en Indias.

“Y hasta allí, por todos los pueblos que habíamos pasado, se había visto muestra de algún oro y piedras esmeraldas, y puesto caso que el dicho Bogotá nos quiso resistir la entrada de su tierra, saliéndonos a la retroguarda asaz número de indios, poco le aprovechó; porque en fin, como son indios, luego volvieron las espaldas con daño suyo que se les hizo.

“Este Bogotá es el mayor señor que hay en esta tierra, porque le son subjetos otros muchos señores y muy principales della. Tiene forma de muy rico, porque dicen los naturales de la tierra que tiene una casa de oro, y mucho minero de piedras esmeraldas muy ricas. Hónranle demasiada mente sus vasallos; porque, en la verdad, en este Nuevo Reino son los indios muy subjetos a sus señores. Ha subjetado y tiene tiranizada mucha parte desta tierra. Hasta agora no se ha habido de él cosa ninguna, por causa que se alzó con muchos principales y con todo su oro a una sierra muy agra, adonde no se les puede hacer daño alguno, sin mucho trabajo de españoles.

“Llegados a la tierra de Bogotá, el dicho teniente envió por dos partes; por la una al capitán Joan de Céspedes, y por la otra al capitán Joan de Sanct Martín, los cuales fueron a saber qué tierra había adelante. Y por la relación que trujeron, se halló que ambos a dos, cada uno por donde fué, habián dado en una nasción de gente que llaman panches, de la cual está cercada toda la tierra y la mayor parte deste valle de Bogotá, porque entre la una tierra y la otra, no hay más de un poco de sierra de monte. Son diferentes, en las armas, desta otra parte de Bogotá, e muy enemigos los unos de los otros.

“Ya en este tiempo las lenguas se iban más aclarando y nos iban entendiendo, a cuya causa, algunos indios que nos traían oro y piedras esmeraldas, conoscíendo que de nosotros eran muy estimadas, aunque entre ellos lo son mucho, porque las tienen en tanto y mas que el oro, dijeron que nos llevarían adonde debajo de tierra se sacaban. Lo cual visto por el teniente, sacó el real del valle de Bogotá en demanda de las mi­nas de las esmeraldas, y llegó al valle que después se llamó de la Trompeta; y desde allí envió a descubrir dichas minas de esmeraldas al capitán Pedro de Valenzuela, el cual fué con cierta gente, y a cabo de seis días llegó a dichas minas, donde él y los españoles que consigo llevaba, las vieron sacar a los indios debajo de la tierra, e vieron tan extraña novedad.

“Estarán del valle de la Trompeta basta quince leguas, en una sierra muy alta, pelada. Terná el lugar donde paresce que se sacan, una legua o cuasi. Es señor della un indio muy principal, que se llama Somindoco, y es señor de muy grandes vasallos y poblaciones; sus asientos, a tres leguas de las dichasminas. No las sacan otros indios, sino los deste cacique, en cierto tiempo del año; porque para sacarlas hacen muchas cerimonias, y después de sacadas, las tractan y contractan entre ellos. El principal rescate es oro y cuentas que en esta tierra se hacen, y ropa mucha de algodón.

“Visto por el teniente lo que los que habían ido a descubrir decían, así porque dijeron que desde las dichas minas parescían unos llanos muy grandes, que era maravilla, tanto que por ninguna parte se parescía o otra cosa, como por saber con más certidumbre de las dichas piedras, y también por salir a los llanos, si fuese posible, para lo cual allegó el real cerca de las minas de las piedras esmeraldas; desde allí envió al capitán Joan de Sanct Martín a descubrir los dichos llanos, porque, por lo que decían, mostraban estar poblados. La salida fué tan dificultosa a ellos, que por ningund cabo se pudo salir, así por ser la tierra muy áspera, como por muchos ríos muy grandes que a ellos salen, de cuya causa no se pudo salir a ellos, y se quedaron así.

“En este tiempo, cuanto más íbamos andando, más las lenguas nos iban entendiendo, e dijeron al teniente de un gran señor que estaba cerca de donde estábamos con nuestro real, que se llamaba Tunja. El teniente fué sobre él con la más gente que pudo de pie y de caballo y le prendió, puesto caso que al principio, el día que se entró en su tierra, nos sa­lió al camino a manera de paz, y se le dió. Después paresció ser tracto doble, porque entrados en su pueblo donde vivía, quisieron él y sus in­dios hacer otra cosa de lo que publicaban, a cuya causa fué tomada su persona con poca cantidad de oro y piedras, porque lo más y mejor tenía alzado. Lo poco que se le tomó fué en su aposento, donde dormía, y en unos oratorios que estaban junto a él. Serían hasta ciento y cuarenta mill pesos de oro fino, y treinta mill de oro bajo, con algunas piedras, aunque pocas, porque como decimos, lo tenían ya escondido. Este Tunja es muy gran señor y sónle muchos señores subjetos. Es muy rico. Los in­dios desta tierra, que son principales, cuando se mueren, no se ponen debajo de tierra sino encima, y ponen en los cuerpos algún oro y esmeraldas. Es señor de mucha gente y no es tan tirano como Bogotá.

“Estando el real en este pueblo de Tunja, se tuvo nueva de otros dos caciques el uno se llama Duitama, y el otro Sogamoso, ambos a dos a tres jornadas deste pueblo de Tunja, a los cuales el teniente fué con cierta gente de pie y de caballo, y hallólos alzados. En el pueblo de Sogamoso se hallaron colgados en unos oratorios que tienen, hasta cantidad de cuarenta mill pesos de oro fino y algún oro bajo y piedras. No se hallaron indios algunos, porque estaban alzados. Deste pueblo se volvió el teniente al real. Pasando por el otro señor que se decía Duitama, salieron al camino gritando y con armas para nos ofender si pudieran, Matáronse algunos dellos, aunque pocos, por el ruin sitio en que estaban.

“Vuelto el teniente a Tunja, se pesó el oro que había, y pesado, hobo, así en lo que se tomó en Tunja como en lo de Sogamoso y otro poco de oro que por la tierra se había habido, peso de ciento e noventa e un mill e ciento e noventa y cuatro pesos de oro fino, y de otro oro más bajo, treinta e siete mill e doscientos e treinta y ocho pesos, y de otro oro que se llama chafallonía, en que hobo diez e ocho mill e trescientos e noventa pesos. Hobiéronse mill e ochocientas quince piedras esmeraldas, en las cuales hay piedras de muchas calidades, unas grandes y otras pe­queñas y de muchas suertes,

“Vista por el teniente y capitanes la grandeza y riqueza de la tierra en que andábamos, hobo de volver a Bogotá porque se creía y teníamos por cierta nueva que era sin número la riqueza que tenía, así de oro como de piedras, porque era mucho mayor señor que Tunja. El teniente, con cierta gente de pie y d caballo, volvió sobre Bogotá, y hallólos tan de guerra, que de día ni de noche nunca dejaron de darnos guazábaras y muchas escaramuzas; y nos pusieron en mucho aprieto de cansancio, así de personas como de caballos. E informado el teniente de algunos indios que se tomaron en las dichas guazábaras, cómo el dicho Bogotá estaba en una casa de placer que él tenía a tres leguas de su valle, determinamos de ir sobre él una noche, por prenderle y hacerle amigo, si pudiésemos. Y al cuarto del alba dimos sobre él, y con algunas escaramuzas que con los indios que tenía se hobo, fué su dicha que le mataron entre otros que murieron allí por andar desconocido, y aun dicen que con más ruin  hábito que los otros, aunque por entonces no supimos de su muerte, por­que se fué a morir a un monte sin nosotros le conoscer ni ver. Y visto por el teniente cómo todos estaban tan de guerra, determinó de volver a su real, y vuelto, todavía descobrir los llanos para saber los secretos dellos, a lo cual envió al capitán Joan de Sanct Martín con cierta gen­te de pie y de caballo, diciendo que por Duitama se descobrirían mejor; y por otra parte determiné de se llegar allá, para desde allí enviarlos a descubrir, e así lo hizo, aunque tampoco se descubrieron por razón que adelante se hallaron mucha cantidad de sierras nevadas muy grandes, que estorbaban la salida.

“Vista la mala disposición de salir a los llanos, el dicho teniente determiné de salir a ellos y descubrirlos con ciertas lenguas que tuvo, dejando el real en la tierra de Tunja, mandándoles que fuesen a la tie­rra de Bogotá. E fué la vuelta dellos, tomando la demanda por otra par­te que los descubridores habían ido; y volvió por la tierra de Bogotá, y llegando a un cacique subjeto al dicho Bogotá, que se llama Pasca, tuvo nuevas cómo desde allí a ocho jornadas de despoblado, había una tie­rra que se llama Neiva, muy rica, donde los indios sacan el oro debajo de tierra; y los indios de Pasca les llevaban sal y otras cosas de contractación, y rescatan con ellos oro, y dicen que desde allí parescen los llanos. E así, el teniente, con la dicha nueva, tomó la vía de la dicha Neiva, y fueron allí con mucho trabajo de mucho frío e hielos que hay en el camino y tierra despoblada. Llegados allá, vieron una tierra llana, aunque no era la que desde las minas se paresce, porque es el valle del río Grande que sale a Sancta Marta; y como el valle en alguna parte ensancha la tierra, parescen llanos, e hay sierras de la una par­te y de la otra. E los otros llanos son las vertientes otras de la sie­rra en que estamos, a la parte do sale el sol. Esta tierra de Neiva es diferente de la de Bogotá, porque es muy cálida y enferma, y no bien poblada. Tienen oro fino, y muestra de plata y muy buena, y hay oro, en la dicha tierra, de minas, y en ella las hay, y según dicen los natura­les, muy ricas.

“Viene el río Grande por esta tierra de Neiva todavía muy crescido, por cuya causa y porque nos adolescía mucha gente, el dicho teniente se volvió al valle de Bogotá sin ver más de los llanos. Y desde allí envió a llamar el real, que estaba cerca del valle de Bogotá, con un cacique que se llama Suesca, el cual había venido de paz a un hermano del teniente, que había quedado en el dicho real, y con el mesmo cacique vinieron otros muchos señores comarcanos dél. Y venido al valle de Bogotá todo el real, súpose la muerte de Bogotá, que había sido muerto en la casa de placer, y cómo un sobrino suyo, que se dice Sagipa, su heredero, se había alzado en una sierra, encima del dicho valle, con el oro y piedras que el dicho Bogotá muerto tenía. Y visto por el dicho teniente el alzamiento del dicho Sagipa, envió a decir a todos los caciques del comarca que a él eran subjetos, que viniesen luego a ser sus amigos, donde no, que él los mataría y haría la guerra a ellos y a todos sus descendientes. Lo cual sabido por los dichos caciques, en poco espacio de tiempo vinieron o todos los mas, si no fueron algunos que con el Sagipa estaban alzados en la sierra; entre los cuales vino un sobrino suyo, que se dice Chía, a quien el teniente hizo mucha honra, el cual asimesmo decía que la herencia e señorío del Bogotá muerto le pertenescía, porque decía ser suya. Este Chía es señor por si, y ninguno puede ser Bogotá si primero no es cacique de Chía, que es costumbre ya antigua entre ellos que, en muriendo Bogotá, hacen a Chía, Bogotá, y luego se elige otro que sea Chía, y mientras que es Chía, Bogotá, y luego se elige otro que sea Chía, y mientras que es Chía, no señores en otros caciques ninguno, mas de un pueblo que él tiene, adonde reside.

“Estando el real en el valle de Bogotá, tuvimos nueva de una nasción de mujeres que viven por sí, sin vivir indios entre ellas, por lo cual las llamamos amazonas. Estas, dicen los que dellas nos dieron noticia, que de cierto esclavos que compran, se empreñan, y si paren hijo, lo envían a su padre, y si es hija, críanla para aumentación desta su república. Dicen que no se sirven de los esclavos más de hasta empreñarse dellos; que luego las tornan a enviar, e así, a tiempo los envían e a tiempo los tienen. Oída tal nueva en tal tierra como ésta, envió a su hermano con alguna gente de pie y de caballo a que viese si era así lo que los indios decían; y no pudo llegar a ellas por las muchas sierras de montaña que había en el camino, aunque llegó a tres o cuatro jornadas dellas, teniendo siempre mas noticias de las que había, e que eran muy ricas de oro, e que dellas se trae el mesmo oro que hay en esta tierra y en la de Tunja. Por este camino se descubrieron valles de grandes poblaciones.

“Después de vuelto desta jornada, viendo el teniente y nosotros que era bien que Vuestra Majestad supiese los servicios que en esta tierra se le habían hecho e hacían, determinó de ir en persona, con algunas personas que con él van, a besar las reales manos de Vuestras Majestades, y hacerles relación de todo lo que acá había pasado. Paro lo cual hizo hacer tres partes del oro e piedras que en esta tierra se habían habido, que hasta entonces eran ciento e noventa y un mill doscientos noventa y cuatro pesos de oro fino, y de oro bajo, treinta y siete mill doscientos ochenta y ocho pesos, y de otro bajo diez y ocho mill doscientos e noventa pesos, y mili ochocientas quince piedras esmeraldas de todas suertes. De todo esto se pagó el quinto a Vuestra Majestad, y lo demás se partió entre la gente, e cupieron a quinientos e diez pesos de oro fino, e cincuenta e siete pesos de oro bajo, e cinco piedras esmeraldas por parte.

“Como ya se publicaba que el teniente se quería ir, viendo Bogotá el buen tractamiento que a todos los caciques que venían de paces se les hacía, e viendo la mala vida que tenía en estar alzado y fuera de su casa, y matándole y prendiéndole muchos de sus indios, determinó de venir a ver a dicho teniente; al cual se le hizo toda la honra y buen tractamiento que se le pudo hacer, e quedó debajo de la obediencia de Vuestra Majestad. El cual, viendo el buen tractamiento que se le había hecho, rogó al teniente que le diese alguna gente para ir contra unos indios enemigos suyos, que eran panches, cerca de aquí, a los cuales el dicho teniente fué, así por agradalle como por más confirmar la paz; y para que viese que éramos amigos de nuestros amigos. Y a la vuelta le dijo que, pues era nuestro amigo, había de hacer obras de amigo: que ya sabía cómo Bogotá su tío, el pasado, fué enemigo nuestro, y en esta enemistad le habíamos muerto; por tanto, que el oro y piedras que el dicho Bogotá tenía, eran de Vuestra Majestad, y de los españoles vuestros vasallos; que lo hiciese traer y nos lo diese, pues eran bienes de nuestro enemigo; e que lo demás de su señorío de la tierra, sirviendo a Vuestra Majestad como debía, se lo dejaba. A lo cual respondió que él no lo tenía, e que su tio lo había dejado y repartido en muchas partes; y después dijo que él lo tenía.

“Visto por el teniente cómo andaba disvariando; lo trujo a real consigo, e le dio una casa en que estuviese con su guarda que de cristianos le puso. E le dijo que hiciese traer el oro y piedras que de su tío tenía; sino, que no lo dejaría ir de allí hasta que lo diese. Visto esto, el dicho Bogotá que en veinte días daría una pequeña casa que estaba junto a la suya, llena de oro y muchas piedras, en la cual casa se le hizo todo el buen tractamiento que se le pudo hacer, dándole sus indios e indias que le sirviese. Y cumplido los veinte días que había quedado, no trujo nada de lo que había dicho. Visto esto por el teniente, le dijo que había seído muy mal hecho hacer burla de los cristiano, e que no  lo había de hacer así; a lo cual dijo que todavia lo haría caer, e que lo andaban ayuntando, lo cual paresció ser bien mentira e que nos traía en palabras; por lo cual el teniente determinó de dejarle en unos grillo y seguir su viaje, para dar cuenta a Vuestra Majestad. E así se partió, dejando en su lugar a su hermano, Hernán Pérez de Quesada. Y caminó hasta un pueblo que se dice Tinjaca; e de allí determinó de ir en persona a ver las minas de las piedras esmeraldas, para dar más entera relación a  Vuestra Majestad dellas, dejando en el dicho pueblo la gente que llevaba; y llevó consigo tres o cuatro de caballo y las vió dónde y cómo se sacan  las dichas piedras; de lo cual Vuestra Majestad será informado del mismo teniente y de otras personas, que el servicio de Vuestra Majestad desean.

“Vuelto de las minas de las esmeraldas, tornándose a juntar con la otra gente para seguir su jornada del pueblo de la Tora, a donde había de hacer los bergantines para ir el río abajo hasta Sancta Marta, supo nuevas muy extrañas de la tierra en que estabamos, que son lo de las mujeres suso dichas, que es innumerable el oro que tienen, y también de una provincia que está a las verientes de los llanos a donde no se puede salir, que se dice Menza, en la cual provincia dicen los indios que hay una gente muy rica, e que tienen una casa dedicada al sol, donde hacen ciertos sacrificios y ceremonias, e que tienen en ella infinidad de oro y piedras, y viven en casas de piedra, e andan vestidos y calzados, y pelean con lanzas a porras. Y también nos dijeron que el Bogotá que está preso, tenía una casa de oro, e piedras en mucha cantidad. Lo cual visto por el teniente y los que con él iban tantas novedades y tan gracias, todos juntos nos paresció que sería más servicio de Vuestra Majes­tad ir a ver las partes y dichas y llevarle más relación, aunque se tardase en ello un año más; e así nos volvimos al valle de Bogotá, a donde quedaba el real o campo nuestro.

Y llegados al dicho vallo, el teniente hizo cierta información contra el dicho Bogotá, que estaba preso con muchos señores de la tierra, por la cual se halló que tenía un buhío y más de oro y muchas piedras esmeraldas, lo cual se le demandó, haciéndole algunas premias para que lo diese. E dijo que lo daría y no lo dió, porque sus indios, después que lo vieron preso y mal tractado, se alzaron con ello. De manera que, como era indio gran señor y delicado, con poco trabajo que pasó, murió en la prisión. Y así se quedó su riqueza sin parescer hasta agora, por­que todos lo más principales suyos, e sus indios con el dicho oro están alzados en unas sierras y hechos fuertes, y aun dicen los naturales de la tierra que ya tienen otro Bogotá hecho, a quien obedescen e tíenen por señor.

“Desde a pocos días fué el teniente a los panches, por ruego de un cacique amigo nuestro, para satisfacelle de algunos daño que dellos había rescebido, en la cual jornada se descubrió el río grande que antes habíamos visto en neiva, y es el mismo que va a Sancta Marta. Estará hasta veinte leguas desta cibdad de Sancta Fe, que fué harto bien para esta tierra, a causa que se pueden hacer bergantines en que en diez o doce días vayan a Sancta Marta, y poder por él también traer los basti­mentos que en esta tierra eran nescesarios. En esta jornada se vieron en la otra parte del río, hasta cuatro o cinco leguas dél, unas sierras nevadas, grandes, que prolongan el río arriba y abajo. Y preguntando a los indios que qué gente vivía en aquellas sierras, dijeron que era gente como la del valle de Bogotá, e que eran muy ricas, porque tenían vasijas de oro e plata, donde eran ollas e otras cosas de su servicio, en lo cual se certificaba mucho. Creemos será así, porque en el río hay oro y muy fino. Y conesta nueva y con haber hecho algún daño en los panches, se volvió a Bogotá a donde estaba el real.

“Desde a pocos días con la gran nueva de que las dichas tierras teníamos el teniente envió a su hermano con la gente de  pie y de caballo que la paresció que convenía para la dicha jornada de las sierras nevadas, por estar, como están, tan cerca deste valle. E iban también aderesadoz y de tan buena gana como si entonces salieran de la mar; con tanto deseo de servir a Vuestra Majestad como es razón. Desde a seis días que se partieron deste valle, tuvimos nuevas de algunosindios cómo por el río grande abajo iban muchos cristianos de pie y de caballo, de lo cual no poco maravilados, por ser en parte tan extraña, determinó el teniente que su hermano se volviese con la gente que llevaba, y que se fuese a ver qué gente era, y así envió a llamar a su hermano, y se volvió luego. Después devuelto, teniéndose más fresca la nueva, lo tornó a enviar con doce de caballo y otros tantos a pie, para que pasase el río y fuese en su busca hasta topar con ellos e saber qué gente era; lo cual se hizo, y no con poco trabajo por causa del río, y se supo cómo era gente del Pirú, que venían debajo de la gobernación de don Francisco Pizarro, e traían por capitán a Sebastián Benalcázar como Vuestra Majestad será informados.

“Vuelta la gente a este pueblo nuestro con la nueva de los cristiano e quién eran, desde a ocho días tuvimos nueva cómo el dicho Sebastián de Benalcázar  pasaba el río y se venía a este valle de Bogotá. Junto con esto e a una sazón, supimos cómo por la parte de los llanos adonde no habíamos podido salir que es hacia donde sale el sol venían otros cristianos, e que eran muchos e traían muchos caballos, de lo cual no poco espantandos, no pensando quién podrían ser, se envió a saber quien eran, porque decían que estaban cerca de nosotros hasta seis leguas. E supimos cómo era gente de Venezuela, que habían salido con Nicolas Fedreman, al cual traían por su teniente y general, y entre éstos venían algunos que decía ser de Cubagua, de los que se habían alzado e Hierónimo Dortal; los cuales venían trabajados e fatigados, así de mucho camino y mala tierra, como de ciertos páramos despoblados e frialdades que habían pasado que con poco trabajo mas pudiera ser parescer todos.

“En nuestro campo hallaron, todo el buen recogimiento y comida y vestidos que hobieron menester para reformar sus personas, de lo cual Vuestra Majestad será más informado. A esta sazón y tiempo estaban el dicho Nicolás Fedreman con su real y el dicho Sebastián de Benalcázar con el suyo, y nuestros en el valle de Bogotá, en nuestro pueblo, todos en triángulo de seis leguas, sabiendo los unos de los otros. Cosa es que Vuestra Majestad y todos los que lo supieren, ternán a grand maravilla juntarse gente de tres gobernaciones, como la del Pirú e Venezuela y Sancta Marta, e una parte tan lejos de la mar, así de la del sur, como de la del norte. Plega a Nuestro Señor sea para mas servicio suyo e de Vuestra Majestad.

Estando todos tres reales en triángulo, habiendo mensajeros de unas partes a otras, y mirando todos lo que mas servicio sería de Vuestra Majestad, se concertó nuestro teniente con Nicolás Fedreman, y con Sebastián de Benalcázar, para que quedando toda la gente de Venezuela y algunas de la del Pirú en este Nuevo Reino de Granada e gobernación de Sancta Marta, con una persona que los tuviese en  paz e justica, todos tres tenmientes juntos se fuesen el río Grande abajo a besar las reales manos de Vuestra Majestad, y darle cuenta y relación, cada uno de por sí, de lo que en vuestro servicio les había subcedido e el viaje que cada uno dellos había fecho. Vuestra Majestad puede tener por cierto que así el Nicolás Fedreman como Sebastián de Benalcázar traen grandes noticias de tierras ricas que hay en este Nuevo Reino; y puede Vuestra Majestad creer que así las hay e se hallarán de aquí adelante, a causa de estar la tierra de paz, y con razonable número de los españoles y caballos para lo descubrir y buscar.

“Después de fecho este concierto ya dicho, viendo nuestro teniente cómo en esta tierra quedaban hasta cuatrocientos hombres, e ciento e cincuenta caballo, paresció a él y a todos, que convenía al servicio de Vuestra Majestad poblar, sin esta cibdad de Sancta Fe, otros dos pueblos. El uno quedó poblado en un valle que llaman de la Grita, que estará bien treinta leguas desta cibdad de Sancta Fe; y el otro no queda poblado, mas háse de poblar en la provincia de Tunja; creemos que se poblará presto, porque el teniente así lo deja mandado. E poblándose éste, quedará gente para descubrir lo que está a la redonda, hasta tanto que Vuestra Majestad provea lo que convenga a su real servicio. Los cuales pueblos han poblado en nombre de Vuestra majestad, dejando en cada uno dellos justicia y regimiento, como al teniente paresció que convenía para el pro e bien de cada uno dellos.

“Demas desto, paresció a él y a nosotros, que para más bien de los naturales de la tierra (y aun porque así convenía al servicio de Vuestra Majestad), que en esta tierra se depositasen los indios en personas que lo merescieren y lo hobiesen trabajado en la conquista y pacificación y descubrimiento della, para que les dén de comer y de vestir, y otras cosas nescesarias para su servicio. Lo cual se hizo, e se depositaron algunos caciques en las personas  dichas, hasta tanto que Vuestra Majestad vea lo que convenga a su Real servicio. Y también se hizo porque le parescio al dicho teniente, y a nosotros, que convenía así para la perpetuación de la tierra, dejando por depositar los caciques mayores, señores de la tierra, hasta tanto que Vuestra Majestad provea en ello lo que más convenga a su servicio. Los cuales caciques son, el uno el cacique que llaman Bogotá, y el otro el cacique que llaman Tunja, y el otro el cacique que llaman Somindoco. Este es el señor de las minas de las piedras esmeraldas; y estos tres quedan así libres hasta que Vuestra Majestad provee a de ellos lo que convenga a su servicio.

“Todo lo suso dicho  ha pasado hasta el día de hoy, así en el camino desde Sancta Marta aquí, como en la conquista y pacificación deste Nuevo Reino, dejando otras particularidades que son de poca importancia, de que se pueda dar cuenta a Vuestra Majestad, más de que esta tierra, todo lo que della habemos visto, es tierra sana en gran manera, porque después que estabamos en ella, que  puede haber dos años más, no nos ha faltado hombre de dolencia alguna.  Es bien bastecida de carne de venados, que se matan en cantidad, y de otra como conejos, que llaman corís, se matan sin número; demás de la mucha carne de puercos que de aquí adelante habrá, que los traían la gente que vino del Pirú, que dejaron en este Nuevo Reino más de trescientas cabezas, todas hembras y preñadas.  Hay mucho pescado en los ríos y algunas fructas de la tierra.

“También se darán las de España, por ser la Tierra, como es, muy templada y fresca.  En algunas partes della se coge el maíz en ocho meses del año, en cantidad.  Es Tierra pelada en las lomas; en los llanos hay poca leña, sino es en las vertiente s de las sierras a todas partes.  La gente della andan vestidos de ropa de algodón, diferente de la de Sancta Marta y de la del Pirú; es muy buena y pintada de pincel la más della.  Los edeficios son de paja, muy grandes, en especial las casas de los señores, que son cercadas de dos y tres cercas; la manera de los aposentos es cosa mucho de ver por ser de paja.  Los señores que hay en la tierra, son muy acatados y temidos de sus indios, en tanta manera, que cuando han de pasar algunos indios cabe ellos, han de ser indios principales, y éstos ha de ir la cabeza muy baja, a manera de muy grande obediencia.  Son idólatras: hacen sacrificios al sol de muchachos y papagayos y otras aves; queman piedras esmeraldas, y dicen que cuanto mayor es el señor, tanto le es más honra quemar las mejores piedras para el sol.  Tiene otra manera de  cerimonias gentílicas.

Es tierra, en muchas partes della aparejada para sus ricas minas; y los indios de mucho servicio y domésticos: son gente que quiere paz y no guerra, porque aunque son muchos, son de pocas armas y no ofensivas.

“Los indios panches, que están entre el río Grande y esta tierra de Bogotá, son indios muy belicosos y guerreros; tienen malas armas de flechas y hondas y dardos y macanas a manera de espadas; tienen rodelas.  De todas esta armas se aprovecha cuando hacen guerra.  Cómense unos a otros, y aun crudos, que no se les da mucho por asarlos ni cocerlos, aunque sean de su misma nasción o pueblo. Andan desnudos por la mucho calor de la tierra.  Estos panches y los indios de Bogotá se hacen cruel guerra, y si los panches toman indios de los de Bogotá o los maten o lo comen luego, y si los de Bogotá matan o toman algunos de los panches, traen las cabezas dellos a sus tierras e pónenlas en sus oratorios y los muchachos que traen vivos, súbenlos a los cerros altos e allí hacen dellos ciertas cerimonias y sacrificios y cantan muchos días con ellos al sol porque dicen que la sangre de aquellos muchachos come el sol y la quiere mucho, y se huelga más del sacrificio que le hacen de muchachos que de hombres.

“En doce días de mayo de mill e quinientos e treinta y nueve años, habiendo nosotros de venir a dar cuenta a Vuestra Majestad como sus oficiales, juntamente con el licenciado Gonzalo Jiménez, el dicho licenciado nombró oficiales por Vuestra Majestad, a los cuales queda en poder la caja que nosotros como oficiales de Vuestra Majestad teníamos en este Nuevo Reino; y dentro della queda el oro que a Vuestra Majestad a pertenescido por su quinto que es veinte y nueve mill e cient pesos de oro fino y ocho mill e quinientos y tres pesos de oro bajo, y cinco mill e quinientos de chafalonía, para lo cual el dicho teniente les tomó fianzas, así de los que le quedaba en poder como de lo demás que se hobiere adelante.  El teniente se parte en este mismo día  dar cuenta a Vuestra Majestad; lleva,  demás de lo que en este otro capítulo se dice que queda en la caja, once mill pesos de oro fino, para que Vuestra Majestad vea la muestra del oro de esta tierra.  Demás desto y a todas las piedras de las esmeraldas que hasta agora a Vuestra Majestad han pertenecido de sus quintos reales, que son quinientas y sesenta y dos piedras esmeraldas, en las cuales hay mucha que se creen se de muy gran valor.

“Los cual todo pesado, el dicho teniente y capitanes arriba dicho y otros con hasta treinta hombres, venimos a nos embarcar al río Grande, a un pueblo que se dice Guataqui que allí hicimos; y viviendo el río abajo hasta treinta leguas, hallamos un raudal grande del río, el cual, con mucho trabajo y riesgo de nuestras personas pasamos.  Y ende en doce días siguiente, llegamos a la boca del río a la mar; y saliendo para irnos a la cibdad de Sancta Marta de donde habíamos salido nos dio un tiempo de brisa recio y creímos perder allí uno de los bergantines e arribamos con el tiempo a esta cibdad de Cartagena, a  donde manifestamos el oro que traíamos por nuestro registro al juez e oficiales de Vuestra Majestad los cuales no fundieron o marcaron todo el oro e dieron aviamiento, como al servicio de Vuestra Majestad conviene.  E de aquí todos juntos nos partimos a ocho deste mes de julio en una nao, que al presente está en este puerto, que va a los reinos de España.  Plega a Nuestro Señor Dios que siempre las victorias de Vuestra Majestad vayan en crescimiento de muchos más reinos e señorios, e aumento de nuestra santa fe católica – S. C.C. M. – Criados y vasallos de Vuestra Majestad que sus reales pies y manos besan. – Joan de Sanct Martín. Antonio de Lebrija”

(Fernández de Oviedo, I, pag. 83-92)

Fuente

FERNANDEZ DE OVIEDO Y VALDES, GONZALO, Historia General y natural de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano. 5 Vols. (Madrid, 1959).

 

 

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